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miércoles, 20 de agosto de 2025

Intoxicación etílica en Pediatría, más en mujeres, más en verano

 

La Encuesta Estatal sobre Uso de Drogas en Enseñanza Secunadaria (ESTUDES) publicado en 2023 nos informó de algunos datos preocupantes: 
- El alcohol es el tóxico responsable de más intoxicaciones en Urgencias de Pediatría. 
- La mayoría no son accidentales. 
- Más prevalentes en adolescentes: el inicio del consumo de bebidas alcohólicas es 13,7 años; un 42,8% entre 14 y 18 años reconoce haber bebido hasta la ebriedad en algún momento; las adolescentes que se emborrachan superan en 10 puntos a los chicos de la misma edad. 
- El alcohol está implicado en la mitad de los accidentes con víctimas mortales. 
- En el 10% de los casos está asociado al consumo de otras drogas, principalmente cannabis. 

La clínica depende del grado de alcoholemia: 
- Intoxicación legal (50-100 mg/dl): euforia, verborrea, desinhibición e incoordinación. 
- Intoxicación leve (100-200 mg/dl): farfullar de palabras, labilidad emocional, torpeza motora, ataxia, alteración de reflejos, somnolencia y náuseas. 
- Intoxicación moderada ( 200-300 mg/dl): lenguaje incoherente, agresividad, letargia, estupor y vómitos. 
- Intoxicación grave (300-400 mg/dl): depresión del SNC, coma. 
- Intoxicación potencialmente letal (>400 mg/dl): depresión respiratoria, convulsiones, shock y muerte.

En este sentido cabe referir que en una revisión retrospectiva realizada en las Urgencias de Pediatría de nuestro Hospital General Universitario Dr. Balmis entre enero de 2010 y diciembre 2023 se contabilizaron 154 casos de intoxicación etílica en menores de 15 años, lo que viene a suponer alrededor de un caso al mes de media. Durante esos 14 años del estudio se atendieron un total de 520.000 urgencias pediátricas, por lo que una cifra de 154 casos nos habla que es un motivo infrecuente de consulta, pero no excepcional y, sin duda, muy preocupante. 

En dicho estudio, más del 90% de los casos se concentraban entre los 13 y 14 años, y tres de cada cuatro eran chicas (una proporción a favor de las chicas muy superior a la estimada por el estudio ESTUDES. La estacionalidad era superior en verano, posiblemente asociado a los hábitos en época de vacaciones. Y lo que es más llamativo es el incremento de estas consultas desde el año 2020 respecto a años previos. De todos, tres pacientes requirieron ingreso hospitalario tras la consulta en Urgencias de Pediatría (uno de ellos a la UCI Pediátrica). Y también detectamos tres pacientes en los que la intoxicación etílica se repitió más de una vez en un corto periodo de tiempo. Para revisar este trabajo se puede consultar este enlace.  

A esta problemática dedicó un artículo especial Diario Información el pasado domingo 10 de agosto. Y curiosamente, dos días después dos chicas de 14 y 16 años acudían a nuestras Urgencias de Pediatría en estado de embriaguez, la de mayor edad quedó en Observación y la menor edad pasó directamente a la UCI Pediátrica debido a su situación neurológica.  

Está claro que estamos ante un problema mayor (basta con ver cómo beben los más jóvenes en la vía pública). Un tema complejo que requiere un enfoque multifacético, combinando medidas a nivel familiar, educativo, social y político, fomentando un ocio saludable para dar alternativas y romper el “botellón”. Y es posible y el modelo Planet Youth de Islandia nos lo demostró, pasando de ser uno de los países con peores tasas de alcoholismo y drogadicción en adolescentes en los años 90 a tener las tasas más bajas de consumo en el mundo en la actualidad. Sirva un post de hace nueve años en el que recordamos a lo que nos enfrentamos… 

sábado, 7 de noviembre de 2020

Cine y Pediatría (565). “Un monstruo en mi puerta”, demasiados monstruos a desterrar

 

En los últimos premios Oscar, la película surcoreana Parásitos (Bong Joon-Ho, 2019) marcó un hito porque se trata de la primera producción de habla no inglesa ganadora del Oscar a la Mejor película, además de la estatuilla a Mejor director, Mejor guion original y Mejor película extranjera. El que la cinematografía coreana pueda lucir con orgullo este flamante hito no es casualidad, sino la consecuencia de un proceso que lleva cocinándose en Corea del Sur desde hace veinte años. La nueva ola de cine coreano, conocida también como Hallyuwood (un juego de palabras alrededor del Hollywood estadounidense y el Bollywood indio), inició a mediados de los noventa, pero ganó notoriedad después del año 2000. Esta nueva etapa coincidió con la llegada del gobierno democrático a Corea del Sur en 1987, cuando el país comenzó a florecer cultural y artísticamente. La nueva ola del cine coreano es representada principalmente por Kim Ki-duk (Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera, 2013; Hierro 3, 2004; El arco, 2005), Chan-Wook Park (Oldboy, 2003; Lady Vengeance, 2005; Stoker, 2012) y Bong Joon-ho (Memories of Murder, 2003; Mother, 2009; Okja, 2017). 

En un principio, el cine coreano replicaba las fórmulas de los géneros cinematográficos, sin embargo, con la incursión de cineastas jóvenes en su industria, comenzaron a experimentar con historias más arriesgadas, destacando principalmente en el cine de terror. Y donde encontramos películas del estilo de Salvar el planeta Tierra (Jang Joon-hwan, 2003), Los poseídos (Kim Jee-woon, 2003), Poetry (Lee Chang-Dong, 2010) o Nobody’s Daughter Haewon (Hong Sang-soo, 2013), entre otros muchos. 

Y hoy presentamos la ópera prima de la debutante July Jung, una película surcoreana del año 2014: Un monstruo en mi puerta. Pero que, pese a ese título, no es una película de terror, aunque lo que nos cuenta puede llegar a ser terrorífico. En ella se narra la historia de Young-nam (Doona Bae), una joven sargento de policía atormentada por un pasado oculto y que es trasladada a una pequeña localidad costera y allí se encuentra con Do-hee (Kim Sae-ron), una adolescente de extraña personalidad a la que tendrá que cuidar cuando su abuela muere en un accidente y queda a cargo de su abusivo y alcoholizado padre, y en cuyo apoyo encuentra una posibilidad de redención cuidando de esa niña que es víctima de malos tratos. Pero, en el transcurso de la película, los hechos y las personas no son lo que parece. Y que nos aboca a un desenlace tan auténtico como sorprendente

Y ello en un ejercicio de suspense, tenso y perturbador, que también es un perfecto retrato de dos personajes fascinantes y misteriosos, ambiguos y llenos de matices, magníficamente interpretado por esas actrices, una ya consolidada y otra en efervescencia. Pero lo más importante de esta película es que es una continua denuncia de problemas sociales, tan diversos como los malos tratos infantiles, el abandono, el alcoholismo, la pedofilia y el rechazo a los homosexuales, temas en los que hemos avanzado en el siglo XXI, pero que siguen demasiado presentes en nuestras vidas y que tanta disfunción provocan. 

Porque cuando nuestra joven policía Young-nam llega a ese pequeño pueblo costero se siente perdida y la vemos acumular en botellas de agua una bebida alcohólica que le ayudan a conciliar el sueño. Su encuentro con Do-hee, esa niña solitaria y maltratada (tanto en el colegio como en el hogar) le da sentido a su profesión, aunque sus superiores le aconsejan que no se entrometa. “¿Es que no puedo castigar a mi hija?” le llega a decir su padre no biológico, un hombre alcoholizado dedicado a contratar ilegales y abusar laboralmente de ellos. Pero también la abuela es alcohólica y también la maltrata física y psicológicamente. “Cuando no bebe no me pega” se sincera la niña, quien le llega a decir a Young-nam: “¿Puedo irme con usted?”. Hecho que se hace realidad cuando la abuela aparece muerta por un supuesto accidente y comprueba que Do-hee está llena de hematomas y heridas, y le sobrecogen sus explicaciones: “Ni siquiera mi madre me quería”

Pero cuando la acoge, descubre que no es la angelical y frágil niña que creía. Y el ebrio padre da alguna pista: “Puede que no lo sepa, pero esta niña tiene problemas… igual que su madre”. Y es entonces cuando descubrimos también el secreto de Young-nam, porque reconocemos que esconde su lesbianismo y la que fuera su novia le recrimina: “Si te hacen un poco de daño, desapareces. Siempre haces lo mismo”. Y todo se complica en el pueblo cuando el padre la acusa de acoso sexual a una menor, cuando solo quiso salvarla de un ambiente tóxico de maltrato. Y es juzgada por abrazar a una niña llena de hematomas porque “se convierte en un problema cuando lo hace un homosexual”. Y de nada sirven sus declaraciones en el juicio: “Yo la quería, por eso la besaba y la abrazaba… Lo único que hice yo era proteger a una niña sometida a malos tratos”

Y al final todo se vuelve del revés. Y la sargento acaba en la cárcel y libre el padre. Y Do-hee regresa con el maltratador… y consuma su venganza hacia ese padre que solo sabe pegar a las mujeres. Y se hace realidad el pensamiento del padrastro: “No parece una niña. A veces parece que esconde un monstruo dentro”. Sí, ese monstruo en mi puerta que aparece cuando no se cuida. 

Una película que es un tour de forcé entre sus dos protagonistas. Pero donde el ambiente rural, con sus gentes sencillas pero poco tolerantes antes los sucesos y personas nuevas, es otro de los personajes que sobrevuela la historia. Y otro es el silencio, que aporta tensión en largos planos que nos atrapan de principio a fin. Una película con gran acogida en el Festival de Cannes y con diversos premios, premios que demuestran el mensaje universal de esta película. Porque Un monstruo en mi puerta consigue hacernos sentir incómodos al tratar ciertos temas, y no se anda por las ramas a la hora de desterrar los muchos monstruos que acechan nuestra puerta.

 

sábado, 4 de agosto de 2018

Cine y Pediatría (447). “Sparrows”, esos gorriones entre el fuego y el hielo


Después de nuestro viaje iniciático por Islandia, estaba claro que la siguiente película de Cine y Pediatría debía proceder de ese país. Una cinematografía, la islandesa, que se desconoce y que no llega a las salas de cine de España y muchos otros países. Y de la tierra del fuego y del hielo compartimos hoy la vivencia de una película que es fuego y hielo, una “coming of age” auténtica y transgresora que se hizo con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián del año 2015, año de su estreno: hablamos de Sparrows (Gorriones) del guionista y director de Reikiavic, Rúna Rúnarsson. 

Se entiende por “coming of age” a un género literario y cinematográfico que se centra en el crecimiento psicológico y moral del protagonista, a menudo desde la juventud hasta la vida adulta. Y hay muchas películas alrededor de esa reivindicación que desde Cine y Pediatría hacemos de la adolescencia como género cinematográfico, pero en concreto Sparrows se le ha llegado a definir como el Submarine rural e islandés. Ya tuvimos oportunidad de definir a la británica Submarine (Richard Ayoade, 2010) como la metamorfosis de todo adolescente, el cual se despierta un día convertido en un “bicho raro” en esa tierra de nadie que nos lleva de la tierna irresponsabilidad de la infancia a la dura responsabilidad de ser adulto: y como un submarino los adolescentes navegan entre la ingenuidad infantil, la efervescencia hormonal de la adolescencia y la supuesta sensatez de la madurez. 

Pues bien, hoy Sparrows (Gorriones) nos sitúa en una tierra de nadie que ya es de todos (o al menos un poco mía): Islandia. Y es un placer sentir como todo en esta película me es próximo y cercano: el idioma (porque toda película debería verse en su versión original subtitulada), el perfil de Reikiavic y sus poco habitados pueblos, las montañas y costas (con ese inmenso y bello paisaje, casi lunar en ocasiones), los cielos, las iglesias luteranas, las piscinas de agua termal, los eternos días de verano… 

Y todo comienza con un mensaje subliminal en Sparrows. Porque el film se inicia con los arcos de una bóveda de una iglesia luterana para ir descendiendo hasta situarse en la cabeza de nuestro protagonista, Ari (Atli Oskar Fjalarsson), un adolescente de 16 años, que canta en el coro de la iglesia con su aún voz angelical. Con ese principio, en apariencia tan sencillo, se condensa gran parte de la carga simbólica que estructura el relato: la convivencia de cierta idea de lo espiritual con lo humano. Techos blancos, Ari vestido de un blanco inmaculado junto con el resto de niños cantores del coro: todos blancos, todo blanco, como la nieve y el hielo de Islandia. Una secuencia onírica para los títulos de crédito… que tras 100 minutos de metraje nos transportarán a un final tan duro como poético. 

Y todo arranca cuando la madre de Ari se marcha con su novio a África y como no puede llevarse a su hijo consigo le pide que vaya a vivir con su padre, Gunnar (Ingvar E. Sigurdsson), con el que no tiene relación desde hace seis años y que vive en la zona rural de Westfords. La evidente distancia que siente respecto a su padre la compensa con su abuela, que le da el único apoyo emocional que ninguno de sus progenitores le da en ese trance que tiene que vivir, ya sea desde la ausencia (la madre) o desde la incapacidad (el padre). Una compleja adolescencia en la que tiene que lidiar con la difícil relación con su padre (“No creo que él me entienda más que yo a él” dice el padre a la pregunta de la abuela de qué tal se entienden) y el reencuentro con sus viejos amigos de la infancia en lo que es un retorno forzado a su pueblo natal, en ese momento en que se celebra la Fiesta de Solsticio de Verano y siempre es de día. Un verano en Islandia en el que tendrá que combinar el alcoholismo y descontrol de vida de su padre y la aparición del primer amor y el primer contacto con el sexo, todo lo cual le llevará a un inevitable vértigo emocional. 

“Supera ya esa autocompasión que te atormenta desde el divorcio. Afronta el hecho de que apenas has visto a tu hijo en años. Deberías ser un ejemplo para él. Tienes una segunda oportunidad” le dice la abuela a su hijo Gunnar, claramente un mal ejemplo para Ari, su nieto. Y vamos intuyendo que el alcoholismo debió ser uno de los problemas de la separación de su mujer, separación que no ha superado, y que le hace regresar al alcohol y a las fiestas descontroladas con los amigos. Y todo esto acaba por hacer explotar a Ari: “Nunca te acordaste de mi cumpleaños. Siento vergüenza de ser tu hijo, ¿me oyes? ¡ Eres un puto perdedor !”

Al problema familiar se suma el hecho de que el alcohol, la marihuana, la ketamina y otras drogas ronden a los jóvenes, en lo que sin duda parece que fue un gran problema en Islandia (y que se ha logrado combatir). Y todo ello nos lleva a un final demoledor que viven Ari y su amiga Lára (y conviene no realizar spoiler), pero basta decir que es una de las secuencias en silencio más sorprendentes que haya visto. Y con la frase final de ella:”¿Lo he hecho bien? Me alegro de que haya sido contigo”… 

Todo lo anterior se entiende cuando se ve la película… Al igual que ese abrazo final que el hijo busca del padre dormido… Porque todos somos gorriones y necesitamos ese abrazo protector de los padres (y también de los amigos). 

Y este argumento es el que nos regala Sparrows (Gorriones) en donde, como es habitual en la cinematografía de Islandia, la naturaleza resulta omnipresente y hegemónica en el diseño de los espacios físicos que se filman, como un personaje más. Abundan los planos generales en amplia panorámica, como en los westerns con ampulosa épica, donde hay una focalización absoluta de las montañas, filmadas como entes superiores, magnánimos e imponentes, un paisaje superior en la isla que es tierra de fuego y de hielo, como la propia película. 

Tierra y fuego en  Sparrows (Gorriones) gracias a su sentido dominio del tempo en busca del clímax al que nos lleva desde ese inicio angelical a un dudoso purgatorio. Y por ello, no es otra típica película adolescente: ni estúpida, ni comedia ni made in USA, sino realizada en Islandia. Y, por tanto, como no podía ser de otra forma, es un retrato íntimo de esta volcánica etapa de tránsito, un viaje iniciático filmado con implacable, austero y en ocasiones helado temple. La arrebatada fotografía de Sophia Olsson y la celestial banda sonora de Kjartan Sveinsson (miembro de la banda Sigur Rós), son los sustentos del discurso de Rúnarsson, atonal en apariencia hasta que rompe, con mínimo artificio y máxima efectividad, en un tercer acto que nos llena de sentido y sensibilidad. Un momento en el que Ari, nuestro hierático protagonista deja escapar una lágrima por la infancia que se va, y la incertidumbre que domina, como las brumas islandesas, la vida adulta. 

Y es así como Sparrows (Gorriones) se constituye en una película que siempre busca una melodía en medio del caos, un aliento de lo trascendente entre el desconcierto existencial. Una joya de cine hecha desde el corazón y realizada en el corazón de Islandia. Una película que dedico a Bergþóra y Stephan, nuestros nuevos amigos islandeses, nuestros cicerones entre volcanes, glaciares y cataratas.

 

sábado, 6 de septiembre de 2014

Cine y Pediatría (243). “Cadena de favores” para cambiar el mundo


“Piensen en una idea para cambiar nuestro mundo… ¡ y pónganla en acción !”. Esta es la frase (y el mensaje) que, escrito con tiza en una pizarra, emite un profesor a sus pequeños alumnos. Y este es el mensaje fundamental de una novela y película especial. 

Catherine Ryan Hyde, afamada novelista estadounidense que cuenta sus obras por éxitos internacionales, nos regaló en 1995 su libro “Pay it Forward”. Y la directora y productora Mimi Leder lo transformó en película en el año 2000 bajo el mismo título, traducido en España como Cadena de favores, un drama con mensaje que contó en su haber con un trío espléndido de protagonistas, protagonistas de Oscar: Haley Joel Osment (nominado a Mejor actor de reparto en 1999 por El sexto sentido), Helent Hunt (Mejor actriz en 2012 Mejor…imposible) y Kevin Spacey (Mejor actor de reparto en 1995 por Sospechosos habituales y Mejor actor en 1999 por American Beauty). 

La película comienza con el inicio de un nuevo curso en los años 90 y en un centro escolar en Las Vegas. El nuevo profesor de sociales, Eugene Simonet (Kevin Spacey) propone a sus alumnos de Primaria un trabajo (“Piensa una idea para hacer del mundo un sitio mejor”), y les motiva con frases como “el reino de las posibilidades existe en nuestro cerebro” y con ideas como que el proyecto requiere “un acto de fe extrema en la bondad de la gente”
A Trevor McKinney (Haley Joel Osment), un chico de 11 años muy espabilado, se le ocurre una idea: hacer tres favores, y que los beneficiados hagan lo mismo, y así se extenderá en la sociedad la cadena de favores. Pero esta cadena no puede hacerse de cualquier manera y tres son las reglas de Trevor para que funcione: 1) tiene que ser algo que realmente ayude a las personas; 2) tiene que ser algo que no puedan hacer por sí mismas; y 3) si yo lo hago por ellas, ellas deben hacer a su vez un favor a otras tres personas. 

Y así avanza una película de personajes especiales y de vidas cruzadas: el profesor solitario y aparentemente derrotado por las quemaduras de la vida, las mentales y las físicas reales (como demuestra su cara desfigurada, y que nos confiesa que son cicatrices consecuencia de la violencia que su padre ejerció sobre su madre y, finalmente, sobre él); este pequeño alumno, muy atento y observador, que intenta sobrevivir al mundo que le rodea con una familia desestructurada; Arlene (Helen Hunt), la madre de Trevor, quien encuentra en el alcohol la falsa tabla de supervivencia a un matrimonio roto con un marido maltratador; Jerry (James Caviezel), el joven drogadicto perdido en la vida como vagabundo; Chris (Jay Morh), el periodista con prejuicios, confundido con lo que ve a su alrededor, escéptico al principio por esta cadena de favores; y otros muchos personajes encadenados en la película. 

Y así avanza la película entre las buenas intenciones (altruismo y utopía para conseguir un mundo mejor) y la cruel realidad (violencia escolar, familiar y social, alcoholismo y drogadición, fracaso personal, etc.). Y avanza entre frases memorables de nuestros protagonistas: 
- Frases del profesor Simont: “Esta es la clase de estudios sociales, es decir, vosotros y el mundo. Se trata de ese mundo que está ahí fuera y, aunque decidáis que no queréis conocerlo, os aseguro que os vais a dar con él de bruces. Creedme. Así que ya podéis poneros a pensar en el mundo y lo que es para vosotros…”. 
- Frases del alumno Trevor: “En realidad, el mundo no es exactamente una porquería. Aunque, supongo que es duro para aquellos acostumbrados a que las cosas sean como son. Aunque sean malas y no quieren cambiarlas, se dan por vencidos y entonces se sienten como perdidos. Y cuando se rinden…todos podemos perder”. “Es difícil cambiar para la gente, acostumbrada a las cosas como son, incluso si están mal”. “Ayudar a alguien a quien queremos ayudar no tiene tanto mérito. Pero si estás enfadado con tu madre y la ayudas, entonces tiene mucho mérito”. 

Y esta cadena de favores nos lleva a un final inesperado (y no deseado). Pero es posible la esperanza con movimientos como “Pay It Forward”… y es posible cambiar el mundo. Y esa es la idea que nos traslada la escena final de la película, con cientos de velas y de flores en la puerta de su casa de Trevor… 

Y con la magia de las palabras de J.K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter, decimos: “No necesitamos magia para cambiar el mundo, llevamos todo el poder que necesitamos dentro de nosotros”. Y por ello, la película Cadena de favores nos regala un último mensaje: “Pasea la vista por el mundo que te rodea y cambia lo que no te guste”.