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sábado, 3 de noviembre de 2018

Cine y Pediatría (460): “Un viaje inesperado” del autismo al corazón


A partir de las aportaciones de Leo Kanner (1943) y Hans Asperger (1944), el autismo ha sido foco de intenso debate, no sólo sobre aspectos fenomenológicos, etiológicos y terapéuticos; sino también sobre su propia naturaleza. Bajo un controvertido debate entre teorías psicodinámicas, conductistas y biológicas transcurrieron casi cuatro décadas, hasta que el autismo fue incorporado a los manuales diagnósticos. A partir de los años 80 una parte importante de los profesionales implicados en el autismo basa el diagnóstico en criterios consensuados que permiten delimitar grupos homogéneos, sin los cuales sería estéril la investigación y el intercambio de conocimientos. 

Pero los criterios actuales, y sobre todo la ubicación nosológica del autismo, parecen estar todavía lejos de ser consolidados como definitivos. Si es cierto que hay un cambio en las dos últimas versiones del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM). El DSM-IV, publicado en 1994, definía el autismo y sus trastornos asociados como “trastornos generalizados del desarrollo” (TGD). En el DSM-V, publicado en 2013, esta definición ha sido sustituida por el término “trastornos del espectro autista” (TEA), que han sido incluidos a su vez dentro de una categoría más amplia de “trastornos del neurodesarrollo”. En el DSM-IV, la categoría de los TGD comportan cinco subtipos de autismo: el trastorno autista, el síndrome de Asperger, el trastorno desintegrativo infantil, el trastorno generalizado del desarrollo no especificado y el síndrome de Rett. Sin embargo, el El DSM-V ha sustituido cuatro de estos subtipos (trastorno autista, síndrome de Asperger, trastorno desintegrativo infantil y TGD no especificado) por la categoría general “trastornos del espectro autista”. El síndrome de Rett ya no forma parte de este sistema de clasificación. En lugar de hacer distinción entre estos subtipos, la definición diagnóstica del DSM-V especifica tres niveles de gravedad en los síntomas, así como el nivel de apoyo necesario. 

Con ello uno intuye que conocemos mucho del TEA, pero quizás desconozcamos muchos más. No es de extrañar que para todos (padres y familiares, sanitarios, sociedad y para los propios implicados) el autismo sea un viaje inesperado. Como lo es el título de esta película del año 2004 producida para el canal de televisión por cable norteamericano Lifetime y dirigida por Gregg Champion, un guión inspirado en una historia real: Un viaje inesperado (traducción del original inglés Miracle Run). 

Una conmovedora historia de amor. Corrine Morgan (Mary Louise Parker) tiene dos hijos mellizos de 7 años, uno solo repite sonidos y frases, otro no habla. La madre nos comenta que ha ido a varios doctores y siempre le dicen lo mismo: “Los niños son más lentos que las niñas, los gemelos tienen sus propios códigos de lenguaje".  Pero hasta que llega el diagnóstico definitivo, gemelos fraternos con autismo, y en ese momento la cara de circunstancias y angustia de la madre. Porque con ello esta madre nos da un reflejo de que para la mayoría de los mortales este diagnóstico es una losa. Y su gran preocupación: “Nunca se irán. Nunca tendrán una vida normal”. 

Porque para esta madre el diagnóstico de autismo de sus mellizos será un reto al que dedicará su vida. Su novio actual, que no es el padre biológico de los niños, al conocer la noticia sale corriendo y les abandona. Y ella se encuentra como una madre soltera y escasa experiencia laboral, en una búsqueda de varios caminos que resultará interminable: la búsqueda a una respuesta a lo que es el autismo en toda su dimensión de presente y futuro (a través de asociaciones o de internet), la búsqueda de un trabajo para salir adelante, la búsqueda de alguien que quiera cuidar a sus hijos (y las muchas negativas al saber que son autistas) y la búsqueda de una escuela que acepte a sus hijos. 

Y primero vivimos la infancia de los mellizos, luego la adolescencia de Stephen (Jake Cherry de niño, Zac Efron de adolescente) y Philip (Jeremy Shada de niño, Bubba Lewis de adolescente). Por fortuna, consiguen matricularse como cualquier otro alumno gracias a la dedicación y ayuda de un profesor especializado en personas con estos problemas de autismo. Por fortuna, en la vida de Corrine aparece Doug (Aidan Quinn) en el jardín de su casa, haciendo una reparación, pero luego reparando parte del dolor de esta familia, donde finalmente los niños logran superar etapas, con un lenguaje funcional adecuado y demostrando dotes especiales para el ajedrez, la música o las carreras deportivas. Pero siguen manteniendo las características de su autismo, con sus estereotipias, su voz robótica, sus dificultades de interacción social, la anormal respuesta a los ruidos y la baja aceptación de la frustración. Y en ese camino les ayuda el tener a Rocky Balboa como referencia de superación, y por ello Stephen se enfoca en las carreras, que logra ganar, y Philip entra en una escuela especial de música tocando la guitarra. 

Y conocemos que Corrine crea la Fundación Miracle Run para la investigación sobre el autismo. Y por ello al final, Stephen da un discurso acerca de cómo su madre le ayudó a él y a su hermano con su autismo: “Mi nombre es Stephen. Mi hermano Philip y yo tenemos autismo. Tengo 15 años y he superado muchos obstáculos. A mi madre le habían dicho que quedaríamos en una institución de por vida, Pero ella se negó a aceptarlo. En el pasado, no tenía amigos, Yo no sabía exactamente cómo hacerme amigos. Era muy solitario. Si no fuera por el amor de mi madre, mi hermano yo no estaríamos aquí esta noche”. 

Es Un viaje inesperado una película sobre el autismo en sentido estricto, pero también es un drama familiar sobre el amor materno y la capacidad de superación.

sábado, 28 de julio de 2018

Cine y Pediatría (446). “Goodnight Mommy”, soy tu gemelo


No es habitual el cine de terror en Cine y Pediatría. Se han aproximado a ello películas como La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), El cebo (Ladislao Vajda, 1958), Carrie (Brian de Palma, 1976 y el remake de Kimeberly Peirce, 2013), Los Otros (Alejandro Amenábar, 2001), El bosque (M. Night Shyamalan, 2004), Frágiles (Jaume Balagueró, 2005), Insensibles (Juan Carlos Medina, 2013), Los demonios (Philippe Lesage, 2015), etc.  En ella, los niños forman parte de la trama en muchas ocasiones por su inocencia, en otras por su peculiaridad (y las enfermedades raras han sido a veces la excusa). Y hay muchos más ejemplos, recordados seguramente por la mayoría: El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960), El exorcista (William Friedkin, 1973), La profecía (Richard Donner, 1976), ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976), La maldición (Takashi Shimizu, 2002), Dark Water (Hideo Nakata, 2002 y su remake de Walter Salles, 2005), Eden Lake (James Watkins, 2008), Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008 y su remake de Matt Reeves, 2010), La huérfana (Jaume Collet-Serra, 2009), Sinister (Scott Derrickson, 2012), entre otras.

Y en algunas, como el clásico El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) dos gemelas al final de un pasillo te llaman, al unísono, para que vayas a jugar con ellas, en una escena siempre recordada y muy remedada. Y es que aquí estas gemelas eran casi una anécdota en la película, pero es que la gemelaridad es algo muy especial. Incluso se comenta si hay conexión sobrenatural entre los gemelos…

Pues hoy llega a Cine y Pediatría una película austriaca del año 2014 que fue en su momento un gran éxito en el Festival de Venecia y premiada en el Festival de Sitges: Goodnight Mommy, que algún crítico la ha definido como digna heredera de Funny Games (Michael Haneke, 1997 y que el mismo convirtiera en remake diez años después como Funny Games U.S.) con retazos del cine fantástico de David Cronenberg, esencia de la claustrofobia del hogar de Canino (Yorgos Lanthimos, 2009) y fugas entre campos de maíz a lo Terrence Malick. Una película dirigida a dúo por Verónica Franz y Severin Fiala, que no son gemelos, pero han ideado una película así a dúo. Lo que se dice una distopía con madre, gemelos y dosis de algo parecido al suspense, terror y psicológico. La traducción del título original en alemán (Ich Seh, Ich Seh) sería como el “Veo veo”… Pero, y ¿qué ven…?

Comienza la película la imagen de una mujer rodeada por siete chicos y chicas de diversas edades, todos vestidos con dirndls y trachts (prendas austríacas tradicionales), que cantan una clásica canción de cuna. Sin dilación, la siguiente escena es la de dos hermanos gemelos angelicales de 9 años que corren y juegan entres los campos de maíz. Apreciamos que viven en una moderna casa aislada en medio de la naturaleza. En un momento determinado aparece la madre (Susanne Wuest), con la cara totalmente vendada, quizás regresa de una operación (quizás cirugía estética, pensamos). Nadie más, y salvo un gato, unos gusanos, un cura y dos personas de la Cruz Roja que pasan por allí al final de la película, nadie más.

Mientras, los hermanos gemelos Elias y Lukas (Lukas y Elias Schwarz, dos jóvenes actores sin experiencia que conservan su nombre real para sus protagonistas) juegan en los prados bajo la intensa lluvia, se divierten peleando o haciendo guerras de eructos, mientras exploran por cualquier lugar de su aislada casa en medio del campo,… sospechan que su madre no es su madre, por los cambios de personalidad que perciben. Porque ellos comparten todo, hasta el temor, hasta el miedo…

Y unas fotos familiares delatan que quizá la madre también tuviera una hermana gemela. Y comienza el juego de espías para descubrir la verdad, porque todo resulta extraño: para los gemelos… y para el espectador. Y ellos dicen a mitad de película: “Queremos a nuestra madre”. Y más adelante la madre, ya sin el vendaje en la cara le confiesa al cura: “Estamos superados. El accidente, la separación…”.

Y la película se transporta a ese halo de desasosiego característico del cine austriaco (estela del maestro Haneke y del propio Ulrich Seidl) y a mitad de la obra da un nuevo giro, y nos transporta con escenas e imágenes difíciles de arrancar de la memoria. Porque según pasan los días, los niños empiezan a sospechar que esa con la que viven, aislados en medio del campo, no es su madre sino una impostora. Y hay rostros que se ocultan tras vendajes (en la madre) y hay máscaras que ocultan los rostros de los hermanos gemelos. Y hasta aquí podemos leer…

Aunque nos queda la frase final de la madre y bastantes interrogantes: “No es tu culpa que Lukas haya muerto. El accidente no fue tu culpa”. Y por ello es Goodnight Mommy una película que resulta incómoda de ver, pero al mismo tiempo no puedes dejar de verla. Porque quizás el mayor terror es la no asimilación de la pérdida y cuando la identidad se desorienta… Como nosotros.

 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Cine y Pediatría (360). "El cohete" en el cielo y las minas en la tierra


La zona de Indochina, esa península en el sudeste asiático entre India y China, comprende los actuales países de Camboya, Vietnam, Laos, Birmania y Tailandia, una zona de perpetuo conflicto y que tuvo en la colonización francesa en el siglo XIX y las guerras de la segunda mitad del siglo XX sus puntos calientes de inflexión. Han pasado más de 40 años de la denominada como Guerra de Vietnam y sus secuelas siguen patentes en esta zona del mundo: en la actualidad hay alrededor de 150.000 malformaciones provocadas por el "agente naranja" del ejército estadounidense lanzó en algunas zonas rurales de Vietnam (y que también afectó a Laos y Camboya) como herbicida defoliante con alto contenido en dioxina, y también cada año aún 500 personas son víctimas de las minas antipersona que quedaron sin detonar de esa guerra. 

Y allí nos traslada la que ha sido la ópera prima del director australiano Kim Mordaunt, un avezado documentalista (y también actor), en una película coproducida entre Australia, Vietnam y Laos. Y lo hace con la película del año 2013, El cohete. Una película que llegó a ser candidata al Oscar a Mejor película extranjera por parte de Australia, esta sorprendente película protagonizada por un niño empeñado en no defraudar a su padre y que se hizo con el Premio a Mejor Debut en el Festival de Berlín. Una película grabada en ubicaciones espectaculares de Laos y Tailandia, y que contó con algunos actores profesionales y muchos otros no profesionales (o más bien ni actores), una obra con humor y drama, fabricada con pasión y compasión, logrando algo tan difícil como hacer una película que nos haga sentirnos bien estando ubicada en un país con un pasado reciente tan triste. 

Todo comienza con un parto natural en una cabaña en Laos. Una madre da a luz a un niño en compañía de su suegra, ...pero regresan las contracciones y entonces todo parece indicar que son gemelos. Y el espectador aprecia que algo no va bien por las caras de sus protagonistas, pues los gemelos se acompañan de mitos y leyendas, y no son apreciados en esa cultura, que se tiene que deshacer de uno. Pero el segundo nace muerto por lo que se intuye una asfixia perinatal grave quizás por una circular del cordón umbilical. Aún así la suegra le dice a la madre: "Pero sigue siendo un gemelo. Uno está bendito, otro está maldito". Y queda una gran duda, pues podría ser que el que sobrevivió sea el gemelo maldito, pero eso lo van a descubrir después... 

Y entonces la historia nos presenta a ese niño, Ahlo, ya con 10 años que vive con sus padres y abuela en una zona rural de Laos. Y la abuela no olvida lo que ocurrió en el parto y sigue considerándole una persona que trae la mala suerte. Por entonces se les informa que tienen que ser reubicados, pues el pueblo va a ser inundado por la construcción de una nueva presa. En el proceso de emigración, un accidente acaba con la vida de la madre delante del hijo ... y la abuela le dice al padre, desconocedor de este hecho: "Él tenía que haber muerto. En el útero, como su hermano. ¡ Es un gemelo !". Y es así como Ahlo vive con el sentimiento de culpabilidad, por esas desafortunadas creencias, y vive empeñado en no defraudar a su padre y con el deseo de plantar las semillas de mango, porque así le hubiera gustado a su madre. 

En el viaje de emigración por el país conoce a Kia, una hermosa y alegre huérfana de 9 años que vive con su excéntrico tío Purple, un personaje muy peculiar, clon de su ídolo, James Brown, de quien admira su música y sus modos, de forma que viste igual que él y luce su mismo tupé, tanto que nunca se cambia de ropa, aunque ya es quizá más amante del alcohol que de la música. Y en el viaje de esta peculiar comitiva atraviesan un territorio asolado por la guerra (las escenas de las minas antipersona nos recuerdan una realidad demasiado presente) con el fin de encontrar un nuevo hogar. Pero la desdicha parece perseguirle y, en un último intento por demostrar que no es gafe, construye un gigantesco cohete para participar en el concurso más lucrativo y peligroso del año: la Fiesta de los Cohetes, esos cohetes de fabricación casera que se lanzan al cielo para pedir la lluvia. 

La idea de El cohete surgió de un documental hecho por Mordaunt y Wilczynski en 2007, el cual detallaba la interminable labor de recogida de minas y bombas en Laos, financiado en parte por la ayuda de Australia. Los estadounidenses dejaron caer 2 millones de toneladas de explosivos en nueve años durante la guerra de Vietnam, tratando de cortar la ruta Ho Chi Minh. Artefactos sin estallar siguen matando a cientos de laosianos al año y otros quedan mutilados, muchos de ellos niños. Y bajo los ojos de unos niños, Ahlo (Sitthiphon Disamoe) y Kia (Loungnam Kaosainam), el director intenta claramente dramatizar una situación horrible con sentimientos acogedores en lugar de ira. 

Porque al final el cohete de Ahlo llegó tan alto que tocó el cielo y provocó la lluvia. Y floreció el mango... No sé si es suficiente para calmar tanto dolor, pero es bueno. Y hacerlo a través de los ojos de estos niños, del paisaje de Indochina y de una música embriagante. 

Porque El cohete es una película emocionalmente poderosa, entre la poesía y la prosa, y que va más allá del mero objetivo de crear arte y ensayo, allí donde los personajes encarnan el espíritu de resistencia y esperanza surgido de un país afectado por un legado de guerra y en pleno gran cambio económico. Porque el cine nos permite viajar a lugares lejanos y desconocidos, y simultáneamente a sentimientos próximos y universales. Y nos permite mirar al cielo para ver la fiesta de cohetes, sin dejar de mirar al suelo para no pisar una bomba. 

sábado, 21 de septiembre de 2013

Cine y Pediatría (193). “El fin de la inocencia”, cuando los hijos intentan enseñar a los padres


Era difícil mantener el tono de la ópera prima de Michael Cuesta, L.I.E. (2001), y que comentamos la semana previa. Pero este director estadounidense lo consiguió con su siguiente película: El fin de la inocencia (2006), mostrando de nuevo las heridas de la sociedad a través de adolescentes, las heridas de los padres a través de sus hijos
Hay algo común en ambas películas: el daño que una disfunción familiar provoca en la infancia/adolescencia. En L.I.E. el protagonista busca al padre perdido y se encuentra con un trasfondo de social de violencia, delincuencia y pederastia. En El fin de la inocencia tres preadolescentes de 12 años (el título original "12 And Holding") buscan en sus familias referentes para averiguar su lugar en el mundo y se encuentran con un trasfondo de vulnerabilidad y el amor incondicional que los niños sientes por su padres (a los que necesitan), con la diatriba entre la inocencia, el amor y la venganza a tan temprana edad. 

Rudy y Jacob Carges son dos hermanos gemelos (ambos interpretados por Conor Donovan), aunque son completamente diferentes. Rudy es valiente, carismático y el preferido de sus padres; Jacob es tímido, introvertido y acomplejado por un extenso angioma plano en la hemicara izquierda (por su extensión y localización trigeminal, bien pudiera corresponder a un síndrome de Sturge-Weber), de forma que se nos presenta al inicio con una máscara blanca similar a la del protagonista de la película de terror, Viernes 13. Comparten experiencias y vivencias con dos amigos inseparables, todos con 12 años de edad: Malee (Zoë Weizenbaum), hija única de una psicóloga separada de su marido, y quien sólo se comunica con su el padre por teléfono; y Leonard (Jesse Camacho), un vulnerable niño obeso dentro de una familia obesa y que tienen en la comida su religión.
Rudy muere trágicamente quemado en la casa de un árbol en el que jugaban, por un incendio incidental de dos matones del barrio. Y las consecuencias de esta muerte violenta es asumida de una forma diferente por Jacob, Malee y Leonard. Comienzan a recorrer el camino del autodescubrimiento y empiezan a distinguir sus voces de las de sus padres; los tres se unen y luchan con los sentimientos de venganza, con la carga del dolor y con la indeleble experiencia de crecer, apreciando que sus padres están más perdidos que ellos en este camino. Jacob se debate entre el odio al niño que mató involuntariamente a su hermano gemelo (y su posterior amistad labrada en las sucesivas visitas a la cárcel) y la incomprensión de sus padres, quienes adoptan un hijo (que resulta ser negro, para más desconcierto de Jacob). Malee se acaba enamorando de un joven que acude a la consulta de psicología de su madre, con el que conecta como “dos almas gemelas”, pero donde no se sabe si pesa más el amor como pareja con tan distinta edad o la búsqueda de una figura paterna que no tiene. Leonard lucha contra su obesidad, gracias al apoyo de su profesor de gimnasia (quien al verle físicamente tan patético, le regala dos libros: uno de nutrición y otro de ejercicio), de forma que, finalmente, llega a establecer métodos expeditivos contra su madre, con la intención de que pueda también perder peso.

El fin de la inocencia es todo aquello que una película independiente debe ser: original, audaz, inteligente, empática… y diferente. Puro cine "indie" que engancha al mostrarnos como los adolescentes van perdiendo su inocencia a medida que aprenden en el camino de la vida y haciendo de sus tres protagonistas arquetipos de la nación “usamericana”, a la que Michael Cuesta da un repaso integral y demoledor en plan Michael Moore o Morgan Spurlock. Así, en la trama de la película nos encontramos pura crítica y reflexión acerca del sistema judicial y penitenciario, del uso y abuso de las armas de fuego, de los graves desórdenes alimentarios de una buena parte de la población, de los desgarros afectivos en que deviene la desestructuración familiar, de los prejuicios raciales, etc.

Basado en un guión de Anthony S. Cipriano y con la banda sonora de Pierre Földes (colaborador también en L.I.E.), El fin de la inocencia nos muestra algo atemporal y universal como que nuestros hijos siempre nos enseñan a los padres algo sobre el mundo. Jacob intenta enseñar a sus padres a ser juez y parte en la venganza por la muerte de su hermano gemelo. Malee intenta enseñar a su madre que la ausencia de figura paterna crea un sentimiento difícil de superar en la fase de crecimiento. Leonard intenta enseñar a su familia que el estilo de vida (alimentación y ejercicio) es fundamental para preservar la salud. Tres intentos con más voluntad que éxito, y cuyas experiencias nos indican que estos tres niños de 12 años se enfrentan al fin de la inocencia…