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sábado, 12 de abril de 2025

Cine y Pediatría (796) “Adolescencia”, una serie para prescribir

 

El proyecto Cine y Pediatría se acerca a su octavo centenar de entradas o posts en el blog Pediatría basada en pruebas, donde probablemente ya hemos superado el millar de películas “prescritas” en relación con la infancia y adolescencia alrededor de problemas de la Pediatría Clínica y, sobre todo, de la Pediatría Social (con la familia y el centro escolar como epicentros habituales). Y siempre hemos hablado de películas, pues consideramos que las series tienen connotaciones diferentes. Pero en esta ocasión vamos a hacer una excepción al tratar de la serie que ha impactado en este año 2025 y del que casi todo el mundo habla por sus cualidades cinematográficas y por sus mensajes: Adolescencia (Philip Barantini, 2025), miniserie británica de cuatro capítulos distribuida por Netflix y una duración total de 228 minutos. Por tanto, un metraje final no muy superior al de algunas películas actuales (con cierta tendencia al largo metraje), que bien vale prescribir en familias y colegios. 

Adolescencia sigue la historia de Jamie Miller, un adolescente de 13 años acusado de asesinar a su compañera de clase, Katie. La serie se desarrolla en cuatro episodios, cada uno desde una perspectiva diferente, abordando la detención (episodio 1), la investigación escolar (episodio 2), la terapia psicológica del acusado (episodio 3) y el impacto en su familia (episodio 4). Una serie que combina una narrativa poderosa, sin filtros ni juicios morales, con una técnica de filmación innovadora, abordando temas cruciales en la sociedad actual. Ha sido aclamada por la crítica y el público por su realismo, sus actuaciones memorables y su capacidad para abordar temas difíciles de manera honesta y conmovedora. 

Y entre lo más conmovedor se encuentran los principales personajes: Jamie Miller (Owen Cooper, en una interpretación soberbia en su primer papel en la pantalla), el adolescente protagonista; Katie (Emilia Holliday), la víctima del crimen, una chica popular y carismática en la escuela, si bien solo sale su foto; Manda, la madre de Jamie (Christine Tremarco), dedicada a cuidar de su familia y que no puede entender lo que ha sucedido; Eddie, el padre de Jamie (Stephen Graham, quien es también coguionista de la serie), un hombre más enfocado en su trabajo de fontanero que en sus hijos y que ahora también intenta asmilar lo ocurrido; Lisa, la hermana mayor de Jamie (Amélie Pease), quien vive con un sentimiento de culpabilidad permanente por lo que está ocurriendo en su familia; el inspector Luke Bascombe (Ashley Walters) y la detective de policía (Rakie Ayola), encargados de navegar por la complejidad de la situación y descubrir la verdad; el amigo de Jamie (Connor Swindells), quien acaba siendo un testigo clave en la investigación; la psicóloga Briony Ariston (Erin Doherty), uno de los papeles más impactantes. Cada uno de estos personajes aporta una perspectiva poliédrica de la historia, en lo que es un drama psicológico con formato de thriller. 

La narrativa juega con la tensión psicológica y el drama social, mostrando cómo el entorno digital y la presión social pueden influir en la conducta de los adolescentes, quienes conocen y viven experiencias insospechadas por sus padres. Y este contundente (y escalofriante) mensaje no solo es válido para esta serie, sino para nuestra la vida cotidiana de toda aquella familia en la que convivan adolescentes. Entre los temas abordados en la serie se encuentran la influencia de las redes sociales, la búsqueda de identidad, la masculinidad tóxica y la cultura incel. Un término que es posible que muchos desconociéramos y que vale la pena destacar. 

La cultura incel (del inglés "involuntary celibate", o célibe involuntario) es un movimiento y subcultura en línea que surgió en la década de 1990 y se ha expandido principalmente a través de internet. Esta cultura se caracteriza por la frustración y el resentimiento de algunos hombres que se sienten incapaces de establecer relaciones sexuales o románticas con mujeres, a menudo atribuyendo esta situación a factores externos, como la sociedad, las mujeres o la injusticia. Algunos aspectos y creencias comunes en la cultura incel incluyen el sentimiento de injusticia y victimización (pues se ven a sí mismos como víctimas de una sociedad que no les permite acceder a las relaciones sexuales o románticas que desean), el odio y misoginia (con ese profundo resentimiento hacia las mujeres, a quienes ven como responsables de su situación), las creencias en la superioridad masculina, el rechazo a la diversidad y la inclusión, la violencia y extremismo (y aunque no todos los incel promueven la violencia, algunos individuos y grupos dentro de esta cultura han sido vinculados a actos violentos, incluyendo tiroteos y ataques contra mujeres y minorías). Ni que decir tiene que muchos expertos y organizaciones consideran que esta subcultura representa un riesgo para la seguridad pública y la salud mental. Y con esta serie es posible que conozcamos algo más… 

Como vemos, reflexiones contundentes, porque, aunque la historia reflejada no está basada en un hecho real concreto, no deja de ser una realidad patente el que los padres no conozcan en muchas ocasiones el entorno, aficiones y jerga en la que se mueven sus hijos (recordar el significado que para ellos tienen los emoticones como nuevo lenguaje codificado de los adolescentes de última generación). Pero además de por su contenido, también la serie Adolescencia ha sido elogiada por su uso (para algunos abuso) de los planos secuencia de cada episodio, que han sido grabados utilizando una combinación de técnicas y tecnologías, como cámaras de alta resolución, lentes de gran angular, movimiento de cámara fluido (a través de grúas, steadicam y cámaras portátiles, incluso también drones). Porque es muy llamativo como cada episodio, de una duración aproximada de una hora, es un puro plano secuencia por lo que todos los movimientos y diálogos de los actores han debido ser milimetrados (por ello, cada episodio tuvo que repetirse entre 12 y 16 veces), y ello con un fin claro: introducir al espectador en la escena de los hechos sin tiempo para respirar. 

Y este recurso técnico y artístico de una sola toma para narrar una escena (o toda una historia) sin corte ni edición nos devuelve a la memoria otras películas con recordados planos secuencia. Sirvan algunos ejemplos: La soga (Alfred Hitchcock, 1948), que en realidad fueron 10 planos secuencia de 10 minutos (pues los rollos de 35 mm de entonces no permitían grabar más tiempo), pero conectados con trucos que daban una aparente continuidad; Sed de mal (Orson Welles, 1958), cuyo plano secuencia inicial es de los más icónicos e influyentes en la historia del cine, aunque dure menos de 4 minutos; El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone, 1966), con la secuencia final del duelo a muerte entre los tres personajes; 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), con esa secuencia de la puerta estelar donde el astronauta Dave Bowman viaja a través de un túnel de luz y colores; La lista de Schlinder (Steven Spielberg, 1993), con la secuencia de la liquidación del gueto de Cracovia observada a través de los ojos de Oskar Schinder; Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), con ese divertido baile en el Jack Rabbit Slim´s entre John Travolta y Uma Thurman; Snake Eyes (Brian de Palma, 1998), con el vibrante plano secuencia inicial de 10 minutos en la que la cámara sigue a Nicolas Cage a través del casino de Atlantic City; El club de la lucha (David Fincher, 1999), en la escena de lucha brutal entre Brad Pitt y Edward Norton; El arca rusa (Aleksandr Sokúrov, 2002), rodada en un solo plano secuencia de 96 minutos en el Museo Hermitage y que se va moviendo por 33 salas para contarnos tres siglos de la historia de Rusia, un prodigio de planificación con 2000 actores y tres orquestas en directo; La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006), con esa vigilancia del capitán Gerd Wiesler a los artistas disidentes; El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009), con la brutal escena de persecución en el campo de fútbol, aunque aquí si hubo posproducción y efectos digitales, pero el resultado final estuvo muy conseguido; 127 horas (Danny Boyle, 2010), con esa secuencia de la caída de Aron Ralston en el cañón, donde queda atrapado; La invención de Hugo (Martin Scorese, 2014), con ese inicio de la llegada de Hugo a la estación de tren; Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014), donde la cámara sigue a Riggan Thomson mientras prepara su obra de teatro y lucha con su ego, aunque en realidad son ocho segmentos unidos por transiciones suaves bajo la técnica conocida como “plano secuencia simulado”; y un largo etcétera. Es decir, nada nuevo, pues además el director y actor principal de Adolescencia, Philip Barantini y Stephen Graham, ya tuvieron una experiencia previa común en la película Hierve (Boiling Point) (Philip Barantini, 2021), pues toda la película transcurre en una cocina en una noche durante un plano secuencia de 92 minutos.  

Y por eso, pasado el tiempo, regresa a nuestro pensamiento la serie y algunas de las escenas de cada episodio. En el primer episodio ese inicio violento (con la policía entrando a la fuerza en la casa de Jamie para detenerlo: “¡Cometen un grave error! Si solo es un crío, por favor”) y ese final trágico (con Jamie y su padre enfrentados al dolor de las imágenes vistas en el vídeo). En el segundo episodio esos continuos desplazamientos de los policías por el instituto, hablando con profesores y alumnos (“No estás entendiendo lo que hacen: 80% de las mujeres se sienten atraídas por el 20% de los hombres; hay que engañarlas, porque no pillas por la vía normal”, le dice el propio hijo del inspector) y el original viaje de la cámara por el cielo a través del dron, desde el instituto al lugar del asesinato. En el tercer episodio, para muchos, el más contundente, ese tour de forcé mantenido entre Jamie y la psicóloga, con momentos de tensión: “¡Tú no me dices cuando tengo que sentarme!”. Y en el cuarto episodio, esas vivencias alrededor de la furgoneta de trabajo con ese final emotivo con el muñeco de peluche, y las palabras del padre: “Lo siento hijo, debí hacerlo mejor”. 

La información, debates y análisis de esta serie se han multiplicado en los distintos medios de comunicación, sea prensa, televisión, vídeos o distintas redes sociales. Revisiones de todo tipo, cinematográficas, psicológicas, sociales,… y también todo tipo de detalles y anécdotas. Es posible que quede poco más por decir. Pero no quiero dejar de destacar a Stephen Graham, este actor británico todoterreno, alma de Adolescencia también como coguionista, y quien se ha fajado en el cine y la televisión, en el cine comercial e independiente, en la filmografía británica y estadounidense, con títulos como Snatch. Cerdos y diamantes (Guy Ritchie, 2000), Gangs of New York (Martin Scorsese, 2002), la citada Hierve (Boiling Point) (Philip Barantini, 2011) o El irlandés (Martin Scorsese, 2019), pero donde quiero anotar una anécdota alrededor de una de sus películas más recordadas y ya vista en Cine y Pediatría: This is England (Shane Meadows, 2006), una historia dura y sin concesiones a partir del resurgir del movimiento skinheads y los peligros de las mentes nacionalistas. En esta película, el papel principal del adolescente Shaun lo llevó a cabo Thomas Turgoose, quien se unía a una banda skinhead en donde se encontraba Combo, papel interpretado por Stephen Graham. Ambos actores compartieron una gran cantidad de escenas y eso terminó por forjar una especie de relación de padre-hijo entre ambos, de forma que Stephen estuvo a punto de adoptar a Thomas cuando la madre de este falleció a causa del cáncer. Detalle que habla a todas luces de la implicación social de este actor, por lo que no es de extrañar que se haya implicado hasta la médula en nuestra serie de hoy.  

Se cuenta que la serie Adolescencia puede tener una secuela. Pero, salvo error u omisión, segundas partes nunca fueron buenas… Quizás mejor no tocarlo. Y quedarnos con estas preguntas a responder: ¿qué pasa por la mente de los adolescentes?, ¿el monstruo nace o se hace?, ¿qué pasa ahora, tras digerir esta serie, por la mente de los padres?,...

 

sábado, 21 de enero de 2023

Cine y Pediatría (680) “Cuidado con los niños”, vienen acompañados de adultos


Vamos conociendo cada vez un poco más del cine que se viene desarrollando en los países nórdicos, y que va mucho más allá de cine noir que tan de moda han impuesto en estos lares. Y hoy hablamos de una película de Noruega, que en algún foro se ha definido como la mejor película humanista de la última década: Cuidado con los niños (Dag Johan Haugerud, 2019), una película de150 minutos de metraje para un drama pausado situado en un centro escolar que va calando poco a poco. Y esta película se suma a las dos únicas películas noruegas ya presentes en Cine y Pediatría: Brothers (Aslaug Holm, 2015) y El viaje de Nisha (Iram Haq, 2017), y ninguna es cine de palomitas.

Pero la primera escena de Cuidados con los niños ya entra directamente en materia: “Se han llevado al niño directamente a la UCI… No es bueno sangrar tanto por la oreja”. Las conversaciones de los profesores que intentan entender lo ocurrido. Al parecer eran amigos los dos implicados, aunque ambos los recuerdan como insolentes en clase. “Las dos familias son de alto nivel. Deberemos pensar una estrategia frente a los medios”, se comenta en el claustro de profesores. Los hechos son estos: durante el recreo de esta escuela. Natalie (a la que llaman Lykke sus padres y Anna su abuela) - la hija de 13 años de un destacado miembro del Partido Laborista, Sigurd Eriksen (Hans Olav Brenner), y una madre periodista de un partido de izquierdas - hiere gravemente en el campo de deporte a su compañero de clase, Jamie, - único hijo de un político de alto nivel de la derecha, Par Erik Lundemo (Thorbjørn Harr), cuya esposa falleció hace tiempo -. Cuando se anuncia horas después desde el hospital que éste ha muerto, las versiones contradictorias entre profesores y padres de lo que realmente sucedió corren el riesgo de empeorar una situación difícil y traumática. Y es así como el segundo largometraje de Dag Johan Haugerud propone una ardua exploración de la culpa, la pena y los problemas de comunicación. 

En el claustro de profesores, Liv (Henriette Steenstrup), la directora, se siente orgullosa de la notas de sus alumnos y de que apenas hay acoso en el centro, “pero si el acoso tiene que ver con esto, tenemos que hacer algo”. Intentan averiguar qué paso y quién tenía que vigilar el patio, y al parecer le correspondía a Anders (Jan Gunnar Røise), el profesor hermano de la propia directora. Natalie (Ella Overbye) dice que bromeaban y le empujó, pero no le pegó; otros chicos presentes dicen algo diferente. Y una reflexión vuela en el aire: “A veces se castiga a los niños por el pecado de sus padres”

Y el largo metraje se divide en diferentes fundidos de diferente color (en rojo, en azul, en negro, en gris o en verde). Y ante semejante tragedia, la película nos devuelve sensatas y calmadas conversaciones, como reflejo de esa sociedad, reflexiva y sin estridencias, donde intentan cuidar las palabras, si bien a medida que avanza la historia también las palabras comienzan a tener un doble filo. La sensación de culpa de Anders, por no estar en el lugar que le correspondía cuando sucedió la tragedia, intenta aliviarla realizando tutorías en casa de Natalie para ser apoyo y conexión con el centro escolar, allí donde tienen conversaciones profundas sobre las amistades del colegio, sobre el uso de las redes sociales, sobre Jamie. Y también somos testigos de las conversaciones de los padres de ella, porque intentan comprender cómo ha podido suceder: “¿No te sientes culpable?”…Tampoco ayuda a Lykke que nos sintamos culpables” o “¿Quién mejor que tus padres para entender la necesidad de mentir?”. 

En los sucesivos consejos de profesores se descubre que Natalie acosaba a otra compañera: “Si Natalie es como una bomba de relojería, no podemos tener a una alumna que sea un riesgo para los demás”. Y unos defienden que fue un accidente, otros que un posible homicidio que cabe no minusvalorar, aunque por la edad no acabe teniendo una repercusión penal sobre ella. Y mientras avanza la historia en busca de la verdad, resurgen los conflictos cruzados entre los diversos protagonistas que aparecen, tanto en la escuela como en sus contextos familiares diversos. Un aspecto llamativo es que Liv tiene como amante al padre de Jamie, pero lo han ocultado, e intentan salir de su confusión y dolor, aunque desemboca en un pensamiento tan duro del padre como éste: “Se saldrá con la suya solo porque es una niña. ¿Sabes lo injusto que es eso?… No puedo evitarlo, quiero que pague por lo que ha hecho. Que sufra. Quiero que se le grave en la mente. Y que nunca vuelva a ser feliz. Incluso si los psicólogos le dicen que no es su culpa, quiero que se sienta culpable el resto de su vida”. Y la crudeza de estas palabras de este padre dolido no van a la zaga del violento encuentro con Natalie en el aparcamiento, donde le dice cosas horribles de las que no puede por menos que arrepentirse luego. 

Es Cuidado con los niños una película en la que solo aparece una niña, Natalie, pues incluso Jamie solo es un nombre, pero no un actor. El resto son adultos, profesores y familiares que se enfrentan a este fatal incidente y donde sutilmente descubrimos hechos en las relaciones entre ellos que desgranan el modelo de bienestar noruego en un thriller con connotaciones políticas y sociales encubiertas. Porque el percance surge de la discusión y amistad de unos niños con orígenes ideológicos maternos y paternos dispares, circunstancias que hacen cuestionar toda la investigación sobre lo ocurrido. Y a pesar del elevado número de temas tratados (sistema educativo, comunidad LGTBI, sindicatos, ocupación nazi de Noruega, conciliación laboral, racismo…), da la sensación de que no se llega a ninguna conclusión sobre el trágico hecho del que parte el largometraje. Parece como si el incidente infantil fuera un recurso narrativo en el guion para cuestionarnos sobre temas actuales y el presunto hecho violento del planteamiento se diluye entonces, mientras se presentan adultos preocupados, débiles, ilusionados, problemáticos, miedosos y cautos, y sus condiciones morales son el tratado en esencia de la película. Y es curioso que en un país donde abunda el noir nórdico, el asunto del posible asesinato pase a un segundo plano y sea la responsabilidad, decir la verdad y ser honesto la preocupación principal de los afectados. 

Cuidado con los niños es un estudio del ser humano complejo, pero también sencillo. Grandes conflictos, pequeños detalles, cruda a veces, amable en otras y absurda en otras tantas… como lo es la vida, como es el análisis de este retazo de sociedad noruega. Y para ello el director se apoya en una música que se repite de forma metálica para incremento de la crispación puntual que puede existir durante el desarrollo de la historia, una banda sonora a cargo de Peder Kjellsby, y también en una cámara en ocasiones agazapada, detrás de las actrices y actores de imponente talento interpretativo que transmiten la empatía necesaria para agarrarte a la historia, llena de interrogantes pendientes de respuesta: ¿ha sido una muerte accidental o provocada?, ¿se desestima el caso por la edad de la agresora o porque realmente se considera no culpable?, ¿ha sido correcta la actuación en el centro educativo tras el accidente?, ¿la comunicación con los padres es la oportuna?, ¿son las redes sociales el mejor homenaje o es un mal uso reiterado?, ¿hasta qué punto influyen las relaciones personales en el trabajo?, ¿es correcto el corporativismo entre el profesorado?, ¿dónde acaba el dolor y cuándo empieza el perdón? 

Es esta película un análisis del ser humano que precisa de un visionado activo y que nos recuerda que sí hay que tener cuidado con los niños es porque vienen acompañados de adultos. Porque como dice su eslogan, cuando la crisis golpea es cuando revelamos nuestra verdadera personalidad.

 

sábado, 22 de mayo de 2021

Cine y Pediatría (593). La infancia y adolescencia a juicio en “Monstruo” y "Un niño culpable"

 

Las películas judiciales constituyen un subgénero en el séptimo arte, considerando como tal aquellos dramas que tienen como escenario un tribunal, con declaraciones de los testigos, interrogatorios exhaustivos, protestas aceptadas o denegadas, y jurados atentos para luego deliberar con fundamento. Algunas permanecen en nuestra memoria: Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957), Testigo de cargo (Billy Wilder, 1957), Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959), El juicio de Nuremberg (Stanley Kramer, 1961), En bandeja de plata (Billy Wilder, 1966), Veredicto final (Sidney Lumet, 1982), La caja de música (Constantin Costa-Gravas, 1989), Presunto inocente (Alan J. Pakula, 1990), El misterio Von Bülow (Barbet Schroeder, 1990), Algunos hombres buenos (Rob Reiner, 1992), Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), La tapadera (Sydney Pollack, 1993), En el nombre del padre (Jim Sheridan, 1993), El cliente (Joel Schumacher, 1994), Pactar con el diablo (Taylor Hackford, 1997), Legítima defensa (Francis Ford Coppola, 1997), Acción civil (Steven Zaillian, 1998), La caja de música (Constantin Costa-Gavras, 1999), Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), El jurado (Gary Fleder, 2003), El secreto de Vera Drake (Mike Leigh, 2004), Fracture (Gregory Hoblit, 2007), Michael Clayton (Tony Gilroy, 2007), Aguas oscuras (Todd Haynes, 2019), El juicio de los 7 de Chicago (Aaron Sorkin, 2020), entre otros. Algunos de estos clásicos títulos ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría como Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979), Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), Custodia compartida (Xavier Legrand, 2017) o El veredicto (La ley del menor) (Richard Eyre, 2017). 

Menos habituales son las películas judiciales cuando el acusado de homicidio es un adolescente o un niño. En esas circunstancias todo cambia, y es como si la propia sociedad se sometiera a juicio. Y de ello versan dos recientes películas, una estadounidense para el cine, Monstruo (Anthony Mandler, 2018), y otra británica para la televisión, Un niño culpable (Nick Holt, 2019). Y hoy vienen de la mano, pues merecen una reflexión común. 

- Monstruo (Anthony Mandler, 2018) se fundamenta en la novela “Monster” de Walter Dean Myers, especializado en literatura para jóvenes adultos. Tras más de dos décadas como director de comerciales y videoclips para destacadas figuras de la música (como Beyoncé, Rihanna, Jay-Z, Shakira, Nicki Minaj, Justin Bieber, Muse, Lana del Rey, Taylor Swift, Lenny Kravitz, The Weeknd o Jonas Brothers), Mandler debuta en el largo con esta obra que viene avalada por su etiqueta de cine independiente desde Sundance. 

Narra la historia de Steve Harmon (Kelvin Harrison Jr.), un joven de raza negra de 17 años que ha crecido en el barrio de Harlem en Nueva York, estudiante brillante, aficionado al cine y buen hijo, pero sobre el que cae la losa de un asesinato en el que asegura no haber participado, pero donde pesan más los prejuicios que las pruebas. Y nos él mismo nos narra esta historia en primera persona: "A plena luz del día parecía una película. Esta es esa película. Mi historia. Escrita, dirigida y protagonizada por Steve Harmon". Y mediante el montaje paralelo de dos líneas temporales tratadas con una fotografía diferencial, iremos alternando entre la evolución del juicio y la vida de Steve Harmon, llegando al clímax con la resolución del jurado popular y terminando de encajar las piezas del puzle del crimen. El juicio, los abogados, el jurado popular, el veredicto… y su reflexión: "Niño, hombre, humano o monstruo. Es genial poder serlo. ¿Y tú qué ves cuando me miras?". 

Un drama intimista y reflexivo sobre la delgada línea que separa la inocencia de la culpabilidad en el sistema judicial. Y sirva la metáfora que nos deja su profesor de cine cuando proyecta en clase la película Rashomon (Akira Kurosawa, 1950) para establecer un paralelismo entre el punto de vista de un cineasta ante su obra con la propia manera en qué afrontamos la vida real. Y surge nuestra pregunta: ¿hay una única verdad? Y surge la pregunta de nuestro protagonista: “¿Debería definir mi vida por un solo instante?”

- Un niño culpable (Nick Holt, 2019) se constituye en un drama judicial inspirado en un caso real donde un niño de 12 años fue acusado de asesinato. Y así comienza: “Con arreglo a la Ley de Infancia y Juventud de 1963, los niños de apenas 10 años pueden ser juzgados por asesinato. Basada en una historia real”. Ese mensaje continúa con la imagen de Rafael McCullin, Ray (increíble Billy Barrat), ese niño de 12 años angelical – apenas entrando en la adolescencia – y sometido a un juicio por sospecha de asesinato. Y como en la película anterior, también se fundamenta en ese montaje paralelo que alterna entre la evolución del juicio y la vida de Ray, llegando al clímax con la resolución del jurado popular. Y de nuevo un tribunal, abogados, una familia disfuncional, un psicólogo, un juez y un jurado público. “Rafael McCullin, no se imagina la tristeza que me produce verle aquí acusado de matar a un hombre. Y brutalmente” le dice el juez. Y el psicólogo determina que, tras recordar lo ocurrido Rafael, presenta un desorden por estrés postraumático, pero no es un psicópata, que muestra empatía y sensibilidad, es inteligente, reservado y comedido. 

La historia nos descubre que Ray huye de casa porque no puede seguir viviendo con su padre y se va a la casa de la madre. Esta vive ahora con otra pareja que no le quiere allí, un violento padrastro que ataca también a su hermano mayor, Nathan, con una pequeña hacha. Y aunque es detenido por la policía bajo el cargo de intento de asesinato, regresa al hogar donde su violencia se extiende a su esposa y a los atemorizados hijastros. 

Vamos reconociendo que Ray es un buen alumno, buen hijo con su madre y buen hermano, tanto con Nathan como con sus dos pequeñas hermanastras. Por ello suena desconcertante la descripción del homicidio del padrastro, perpetrado por los dos hermanos mientras aquél dormía: “Cincuenta y siete puñaladas en la espalda a distintas profundidades, 12 más largas en la parte derecha del pecho… Intento prolongado de decapitación y un solo fragmento de piel conectado al cuerpo”. Finalmente el jurado declara culpable a los dos hermanos. Ray explica a su madre que lo hizo para protegerla a ella y a su hermano, pero ella le dice: “¿De qué ha servido si no estamos juntos?”. 

Y este colofón: “La edad mínima de responsabilidad legal en Inglaterra y Gales es de 10 años. En 1995, el Comité de los Derechos del Niño de la ONU estableció que esto era incompatible con las obligaciones del Reino Unido respecto a los derechos de los niños. Desde entonces han sido juzgados 7057 niños de edades comprendidas entre 10 y 14 años”. 

Dos películas, Monstruo y Un niño culpable, para ver el cine judicial bajo otro prisma. El prisma de la infancia y adolescencia, y en ella preguntarse cuestiones de difícil respuesta: ¿puede un niño cometer el crimen de un adulto?, ¿cuáles son los límites de edad para la ley y la pena aplicada?