sábado, 6 de noviembre de 2021

Cine y Pediatría (617) “La (des)educación de Cameron Post” y la promesa de Dios

 

“De acuerdo, prestad atención. Ya es hora de empezar. Veréis, esta mañana me he puesto a pensar. He pensado en cómo… como era tener vuestra edad. En cómo venía a rezar como si estuviera obligado a hacerlo. No lo entendía igual que ahora. Y se me ocurrió que debía contaros un secreto. ¿Sabemos qué hacemos cada domingo en la Iglesia nosotros, los adultos? Intentamos deshacer las cosas que hicimos cuando teníamos vuestra edad. Pensad en ello, sois el futuro. Y estáis en la edad en la que sois muy vulnerables al mal. Y cuando digo mal, hablo en serio. Puede que ahora no lo veáis, ni mañana tampoco. Pero lo que parece divertido es vuestro enemigo. Y ese enemigo está apretando la soga que lleváis alrededor del cuello. Mientras experimentáis con ese yugo como si fuera un juguete y pensáis «Por una vez no pasada nada, solo un poquito más» ¡Zas! Ya os ha atrapado”. Esta es la charla que da un pastor a unos adolescentes en su catequesis al inicio de esta película que se desarrolla a principios de los años 90 y cuenta la imprevista experiencia de Cameron, una adolescente de 12 años que, tras el baile de graduación, es descubierta en actitud de intimidad con otra chica. Y sin dilación la película nos muestra cómo esta chica es enviada a un centro en Montana llamado La promesa de Dios, y allí, en medio de la naturaleza y junto a otros jóvenes, poder recibir una terapia de reconversión sexual. En otras palabras, considerar su lesbianismo como una enfermedad. 

Nos encontramos ante la película La (des)educación de Cameron Post (Desiree Akhavan, 2018), donde esta directora estadounidense de origen persa (y activista LGTBI) acepta el reto de llevar a la pantalla la novela “The Miseducation of Cameron Post” de Emily M. Danforth, publicada en el año 2012. Sí es cierto que la novela profundiza más en los prolegómenos de nuestra protagonista, Cameron (Chloë Grace Moretz), quien perdió a ambos padres en un accidente de tráfico y vive con una conservadora tía. De hecho, toda su vida familiar y escolar queda mínimamente trazada para centrar enseguida su entrada en La promesa de Dios, allí donde se intenta curar a chicos y chicas de su homosexualidad. 

Lo mejor de esta película es, sin duda, su protagonista, la veterana actriz – a pesar de su juventud - Chloë Grace Moretz y ello porque desde niña se ha enfrentado a la cámara dejándonos una apreciable filmografía en series y películas. Y eso lo confirma que ya en Cine y Pediatría nos ha dejado tres obras tan interesantes como diferentes: La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011), Carrie  (Kimberly Peirce, 2013) y Brain on Fire (Gerard Barrett, 2016). Ya intuíamos a una joven gran actriz, pero la contención actoral de La (des)educación de Cameron Post lo confirma. Y aquí aporta a su personaje una inusual madurez, esa que a veces la vida exige antes de tiempo a esta adolescente (cabe decir que Chloe Grace Moretz tenía 21 años cuando interpretó este papel, aunque su cara infantil sugiere menor edad). Sabemos que la verdadera identidad de Cameron está salvaguardad por su nivel de aceptación y autoconocimiento y eso entronca con la mirada  compasiva con que la directora retrata a los personajes y describe esa experiencia contra natura. De hecho, de la experiencia inversiva de ese internado se destaca la complicidad la protagonista con otros jóvenes en la misma situación de ella, especialmente con Jane (Sasha Lane), la chica de la pierna ortopédica, y Adam (Forrest Goodluck), el chico de ascendencia india. Y tampoco dibuja a los educadores como seres retorcidos o malvados, lo que sugiere que todo es más amable que en otras películas con similar temática. Si bien sí se juega con una perversa reformulación lingüística y a los pacientes se les llama “discípulos”, a la inapropiada reconversión sexual, “reajuste” y a la homosexualidad, “confusión de género” o “SSA-Same Sex Attraction”. 

Porque la película se centra en mostrarnos las señas de identidad de estos centros de reorientación sexual, como la moralidad cristiana como arma salvadora, la eliminación de cualquier atisbo de individualismo, el control de la comunicación con el exterior, la insistente búsqueda de culpabilizar a los padres o a traumas no resueltos (que tienen que dibujar en ese esquema de iceberg). Y esa hermética doctora Lidia Marsh (Jennifer Ehle) que les dice: “La homosexualidad no existe. Solo existe la batalla contra el pecado que libramos…El pecado es pecado. Y tú te enfrentas al de la atracción hacia tu mismo sexo. El primer paso sería que dejases de considerarte homosexual… Deberías considerarte cristiana”. Pero la presión a la que son sometidos los internos a veces también viene de la propia familia, como esa carta de un padre: “Rechazo tu petición de volver a casa al acabar el semestre. Aún eres muy afeminado, y esa es una debilidad que no acepto en mi hogar”. 

Simbólicamente queman los dibujos de sus dibujos de icebergs en el momento que deciden escapar juntos Cameron, Jane y Adam. Y con la imagen de ellos tres en la parte posterior de una furgoneta termina una nueva película para la reflexión. Posiblemente una película que solo escoge la esencia de la novela, pero quizás esa esencia es suficiente, o al menos así lo debieron interpretar los jurados que la galardonaron como Mejor película en el Festival de Sundance y también con la Espiga de Plata del Festival de Valladolid. 

Ni que decir tiene que esta película tiene una profunda relación con Plegarias para Bobby (Russell Mucahy, 2009) y con Identidad borrada (Joel Edgerton, 2018).   Y al igual que nuestra película de hoy, estas dos también basan su guion en sendos libros: “Prayers for Bobby: A Mother's Coming to Terms with the Suicide of Her Gay Son”, la novela biográfica de Leroy Aarons sobre la historia real de Bobby Griffith, un adolescente homosexual que se suicidó a causa de la intolerancia religiosa de su madre y de la sociedad; y “Boy Erase: A Memoir” el libro autobiográfico de Garrad Conley, a quien sus padres envían a un programa de terapia de conversión de su homosexualidad (Love in Action, LIA) en el que, a través de doce pasos basados en el estudio de la Biblia, intentan suprimir su orientación. 

Porque en estos momentos del siglo XXI y con lo que ya se conoce, debiera quedar claro que la homosexualidad no es una enfermedad y, por tanto, no hay que buscarle cura. Y que el problema no es que haya personas con orientaciones sexuales diferentes, sino que vivamos en una sociedad enferma, rígida e intolerante, donde el verbo amar se conjuga mal y en minúsculas. Y esa es la verdadera promesa de Dios: amar. No otra. Y La (des)educación de Cameron Post nos lo vuelve a recordar.

 

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Incremento de los casos de maltrato infantil


Una reciente noticia de prensa pone el punto de atención en el marcado incremento de casos de maltrato infantil en nuestro entorno: en 2019 en Alicante fueron un 25% mayor que las de dos años antes. Y este año y medio de pandemia por la enfermedad COVID-19 deja un escenario incierto sobre la actualidad de la progresión de estas cifras puesto que la irrupción del SARS-CoV-2 aún no ha permitido depurar los datos del pasado ejercicio. 

A propósito de esta noticia, os dejo las preguntas y respuestas completas a mi encuesta en ella, pues quizás complementa la noticia de una forma más entendible. 

- ¿A qué crees que se debe este aumento de notificaciones? 
Es difícil conocer la causa, pero probablemente sea la suma de dos aspectos. El primero es bastante más evidente y se trata de una mayor concienciación de los sanitarios por denunciar estos hechos, facilitado porque existen protocolos muy definidos de sospecha de maltrato infantil. El segundo quizás porque pueda existir un incremento real de estas situaciones, aunque realmente es difícil encontrar una causa que lo justifique en el periodo que analizas. 

- ¿Cuáles son los tipos de maltrato más frecuentes con los que os encontráis los sanitarios? 
Una de las definiciones más claras de maltrato infantil es la que considera toda acción, omisión o trato negligente, no accidental, que priva al niño de sus derechos y su bienestar, que amenaza o interfiere en su desarrollo físico, psíquico o social y cuyos autores son personas del ámbito familiar principalmente. De forma sencilla y operativa se distinguen los siguientes tipos de maltrato: maltrato físico, negligencia, abuso sexual y maltrato emocional. 
En este sentido, la negligencia es el tipo de maltrato más frecuente (más del 80% de los maltratos), seguido del abuso emocional (más del 30%), el maltrato físico (20%) y el abuso sexual (3-4%), según los datos del Programa Nacional de Epidemiología de la Violencia en el Ámbito Familiar del Centro Reina Sofía. 

- Aunque todavía no se cuenta con datos del 2020, ¿crees que durante la pandemia habrán subido o bajado los casos de maltrato infantil?, ¿por qué? 
La propagación de la COVID-19 y algunas de las medidas tomadas para frenarla, como el confinamiento social, el aislamiento social y la falta de escolarización presencial durante el primer semestre del año 2020, han expuesto durante más tiempo al potencial maltrato que hayan podido recibir niños y niñas de familias con conflictividad. Y, de acuerdo con encuestas realizadas por UNICEF, en más de la mitad de los hogares entrevistados, la conflictividad intrafamiliar ha aumentado durante las cuarentenas. Y también las dificultades económicas y el riesgo de exclusión social. Todos ellos son factores de riesgo asociados a malos tratos. 

- ¿Puedes contarme el protocolo de actuación a través de un caso real? 
El protocolo de actuación en el Hospital General Universitario de Alicante está muy estructurado a través del Comité de Traumatismo no Accidental en Menores, constituido por pediatras de distintas secciones, radiólogos, traumatólogos, neurocirujanos, oftalmólogos, intensivistas y trabajadores sociales. 
Existen tres acciones imprescindibles una vez hemos hecho el diagnóstico de maltrato o sospecha de maltrato: 

1. Tratamiento de las lesiones y prevenir posibles consecuencias 
Esto implica una amplia anamnesis, cuidados exploración física y las pruebas complementarias necesarias, siendo las pruebas de imagen muy importantes. 

2. Asegurar la protección del menor 
- Ingresar al niño en un hospital hasta que se aclare el diagnóstico y/o la situación, no pudiendo ser dado de alta hasta que la situación de sospecha de malos tratos esté aclarada y previa comunicación con el Juzgado de guardia y Fiscalía de menores. 
- La información a padres o cuidadores, debe ser impersonal, ya que no conocemos quien es el causante. Se informará de la enfermedad como una forma infrecuente de presentación lo que nos obliga a estudiar que el niño presente una enfermedad de base o que exista un posible maltrato que puede ser desconocido por lo padres. ç

3. Informe a las Autoridades 
- Comunicación de los hechos al Juzgado de guardia y a la Fiscalía de menores, ya que el tipo de diligencias que llevan unas y otras son paralelas, pero distintas. 
- También se realiza una hoja de notificación para la Sección de menores de la Conselleria de Sanitat Universal i Salut Pública 
- Comunicarse con el forense cuando es necesario la toma de muestras y/o valoración de lesiones sospechosas de malos tratos. 
- Comunicación con Trabajo Social del propio hospital.

Este es un tema que ya tratamos hace un año en el blog a propósito de la constitución el Comité de Traumatismo no accidental en menores de nuestro hospital, un equipo multidisciplinar formado por pediatras (de diferentes secciones), radiólogos pediatras, neurocirujanos pediátricos, intensivistas pediátricos, traumatólogos pediátricos, oftalmólogos pediátricos, médicos forenses, trabajadores sociales, médicos forenses y representantes de la dirección del hospital.  Un documento que os compartimos en este enlace por su interés.

Porque toda la sociedad debe combatir los malos tratos. Y un buen comienzo es conocer la realidad que nos circunda.

lunes, 1 de noviembre de 2021

COVID-19 en Pediatría: valoración crítica de la evidencia


En el mes de abril de 2021, desde el Comité de Trabajo de Pediatría Basada en la Evidencia (CT-PBE) de la Asociación Española de Pediatría (AEP) y de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap) publicamos en formato guía de práctica clínica el trabajo "COVID-19 en Pediatría: valoración crítica de la evidencia" tras nueve meses de intenso trabajo colaborativo. 

Y este documento de 313 páginas se ha resumido con sus tablas de síntesis y recomendaciones principales en el reciente artículo especial en Anales de Pediatría. 

En este artículo que adjuntamos presentamos el resumen del documento de valoración crítica de la evidencia disponible sobre la COVID-19, elaborado con formato de guía de práctica clínica siguiendo la metodología GRADE. 

El documento trata de dar respuestas a una serie de preguntas clínicas estructuradas, con definición explícita de la población, intervención/exposición, comparación y resultado, y una jerarquización de la importancia clínica de las medidas de efecto valoradas. 

Realizamos revisiones sistemáticas de la literatura para responder a las preguntas, agrupadas en 6 capítulos: epidemiología, clínica, diagnóstico, tratamiento, prevención y vacunas. Valoramos el riesgo de sesgo de los estudios seleccionados con instrumentos estándar (RoB-2, ROBINS-I, QUADAS y Newcastle-Ottawa). Elaboramos tablas de evidencia y, cuando fue necesario y posible, metaanálisis de las principales medidas de efecto. Seguimos el sistema GRADE para realizar síntesis de la evidencia, con valoración de su calidad y, cuando se consideró apropiado, emitir recomendaciones jerarquizadas en función de la calidad de la evidencia, los valores y preferencias, el balance entre beneficios, riesgos y costes, la equidad y la factibilidad. 

Un trabajo y un artículo que tiene el compromiso de su actualización con el tiempo. Esperamos que sea de vuestra utilidad.