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sábado, 3 de agosto de 2019

Cine y Pediatría (499). “Matilda”, cuando los hijos sobreviven a la familia y a la escuela


“Todo el mundo nace, pero no todo el mundo nace igual. Hay quien nace para carnicero, panadero o cerero. Algunos solo servirán para hacer ensalada de tapioca. Pero de una manera u otra, cada ser humano es único para bien o para mal. La mayoría de los padres creen que sus hijos son las criaturas más bonitas que adornan el planeta. Otros reaccionan de forma menos emocionada”. Con esta introducción en voz en off comienza una película muy especial sobre una familia disfuncional en la que nace una niña que tiene que hacerse poderosa para sobrevivir a ese entorno. 

Y la voz en off prosigue, y ya nos quedan pocas dudas tras las primeras escenas: “Harry y Zinnia Wormwood vivían en un barrio muy agradable y en una casa agradable, pero ellos no eran agradables. Estaban tan inmersos en su estúpida vida que apenas se daban cuenta de que tenían una hija. Y si hubiera prestado un poco de atención, habrían advertido que era una niña bastante extraordinaria”. Y el narrador prosigue en la descripción de esta familia: “Cada mañana, el hermano mayor de Matilda, Michael, iba al instituto. Su padre se iba a trabajar vendiendo coches usados a un precio injusto. Y su madre se iba al bingo. Matilda se quedaba sola y eso le gustaba”

La película ya casi todo el nombre la reconoce, Matilda, que es el nombre de su pequeña protagonista. Una película dirigida en el año 1996 por el reconocido actor Danny DeVito – también productor y director ocasional – en lo que es una fiel adaptación del libro con el mismo título y escrito por Roald Dahl, un escritor galés especializado en crear personajes extraordinarios que desnudan las contradicciones del mundo de los adultos y un escritor especial en el que muchas de cuyas obras se han adaptado al cine, como Gremlins (Chris Columbus, 1984), James y el melocotón gigante (Henry Selick, 1996), Charlie y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005) o Mi amigo el gigante (Steven Spielberg, 2016).

Es Matilda una novela y una película en la que, a lo largo de la obra, se muestra la contraposición entre valores positivos y negativos, lo bueno y lo malo y la diferencia entre ayudar y dañar a los demás. Matilda y Miss Honey representan aquellos valores positivos de la sociedad (ser amable, ayudar a los demás o procurar el bien común), mientras que los padres de Matilda y Miss Trunchbull caracterizan la maldad y todo aquello dirigido a hacer daño a las personas (engaño, maltrato o aprovecharse del más débil). Se trata en definitiva de cuestionar la autoridad, sobre todo moral, de los adultos.

Desde las primeras escenas confirmamos que la extraordinaria mente Matilda (Mara Wilson, soberbia en su papel y quien actuó durante toda la película aun habiendo sufrido la pérdida de su madre durante el rodaje) no ha nacido en el mejor hogar, por lo que debe recurrir a sus instintos de autodefensa para poder convivir con su familia directa, encontrando un fuerte aliado en la lectura. Henry (Danny DeVito), el padre, es un vendedor de coches usados, desaprensivo, ignorante y enemigo de todo aquello que dé motivo para pensar seriamente; su madre, Zinnia (Rhea Perlman), es una mujer hueca que se ajusta perfectamente al escaso nivel intelectual de su marido, una madre de lo más “fashion-victim que no se entera ni de cuántos años tiene su hija; finalmente, su hermano mayor, Michael, es un bobalicón que parece seguir el camino de sus padres y con quien la niña no tiene ninguna posibilidad de comunicación. Cuando Matilda es recurrentemente abandonada en el hogar, busca refugio en la Biblioteca Municipal, en los libros, en la lectura y en la imaginación. Todos los días lee un libro y su mente crece con la lectura, mientras la de sus padres iba disminuyendo con la televisión (recordamos como se reúnen para ver el concurso "Pégueme y págueme"). Los padres la detestan por listilla y no integrarse en la familia; y ella no los aguanta por lo mediocres que son, hasta el punto que los castiga y los reprende, como cuando le dice a su padre: “Lo que haces es ilegal… Eres un estafador”.

Es tal el desapego que se olvidan incluso de llevarla al colegio cuando cumple los 6 años. Y cuando finalmente la envían, así la presentan ante la directora Trunchbull (Pam Ferris, en uno de los papeles imprescindibles de esta película): “Tengo un hijo, Michael, y una equivocación, Matilda”. Pero esa expresión no impresiona a la directora, prácticamente un ogro que trata a los alumnos como si fueran animales, y que piensa así: “Mi concepto de una escuela perfecta es aquélla en que no hay ningún niño, ninguno”. Su consuelo es la presencia de la angelical Miss Honey (Embeth Davidtz), su maestra – y, a la vez, sobrina de la directora -, quien le brinda su cariño al descubrir en ella un alma noble carente de afecto y con especiales cualidades. Pero, pese a no ser la escuela ideal, Matilda piensa: “Después de todo, cualquier escuela es mejor que no tener escuela”. 

Y Matilda acaba descubriendo sus poderes de telequinesia para controlar y revertir a su favor determinadas situaciones ante los desaprensivos adultos que le rodean: “Dicen que los seres humanos solo usamos una pequeña parte de nuestro cerebro. Matilda podría no saber la gran fuerza de su mente si no fuera por los acontecimientos que empezaron al día siguiente”. Y tras muchos avatares, haciendo humor negro de la tragedia, llegamos a un final feliz cuando Matilda es adoptada por Miss Honey, y ambas consiguen una familia en la que demostrarse su cariño.

Porque Matida es una película para todos los públicos: aparentemente dirigida a un público infantil, desarrolla elementos con carácter adulto, tan importantes como el maltrato infantil, la familia, la educación, la estafa o los valores en la vida. Es por esto que la película puede usarse como recurso didáctico para tratar estos temas tan sensibles con nuestros hijos.

Matilda es un ejemplo, tratado con acidez, de cuando los hijos sobreviven a la familia y a la escuela, a determinadas familias y determinadas escuelas – los dos lugares principales para su desarrollo – y que se resume en esta frase que su padre y la directora Trunchbull dicen a Matilda: “Tú eres tonta, yo lista; tú pequeña, yo mayor; tú no tienes razón, yo siempre. Y no puedes hacer nada para remediarlo”. Dolorosa asimetría de poder. 

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