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sábado, 25 de abril de 2020

Cine y Pediatría (537) “Mentes brillantes” de Medicina hacia el MIR


Thomas Lilti es un cineasta francés peculiar. Y lo es porque es médico y porque se ha propuesto se ha propuesto acercar su vocación sanitaria al cine. Y, de momento, lo ha conseguido con una especie de trilogía que comenzó con Hipócrates (2014), continuó con Un doctor en la campiña (2016) y finaliza de momento con nuestra película de hoy, Mentes brillantes (2018).  

Hipócrates abordaba las vicisitudes de un residente médico en formación, en lo que fue todo un “sleeper” y una sorpresa en la gran pantalla; Un doctor en la campiña versa sobre las relaciones entre un médico general y su sustituta, una médica hospitalaria, en una zona rural de Francia; y ahora llega Mentes brillantes, donde Lilti hace un ejercicio de retrospectiva de sus años como estudiante de medicina.  Tres películas en las que nos presenta diferentes facetas de la medicina y lo hace con un mensaje tremendamente humanista, acercando su profesión al público, que puede conocer una realidad que parece ajena. Y en todas subyace una crítica a la sanidad bajo tres perspectivas diferentes: una crítica al sistema formativo de residentes y las deficiencias de la sanidad pública, a la realidad de la medicina rural y a un sistema educativo excesivamente competitivo. Y curiosamente estas tres películas, no ajenas a la crítica, es interesante ver cómo consiguen contarlo con historias que perfectamente se podrían catalogar como “feel-good movie”. Y en el caso de Mentes brillantes también se podría considerar una “coming-of-age” a la francesa. 

En Francia, como en todos los países, el acceso a la carrera de medicina no es fácil. Miles de estudiantes se enfrentan cada año a su primer curso en la Facultad de Medicina con el gran reto de pasar al siguiente, en un sistema de numerus clausus, por el que existen un número de plazas limitadas para el segundo año. En ese primer curso coinciden Antoine y Benjamin, dos alumnos parisinos diferentes, pero que se convierten en compañeros de clase y buenos amigos. Antoine (Vicent Lacoste, el mismo protagonista de Hipócrates) es “tripitidor” de ese primer año que sirve de filtro para el siguiente (por tanto, su última oportunidad), vive obsesionado por conseguir ser médico e intenta seguir siendo ordenado y metódico en su plan de vida y estudios. Benjamin (William Lebghil) solo sigue los pasos de su padre, cirujano digestivo, y lo hace sin preguntarse si tiene vocación de médico, más amante de la comida que del estudio, aunque no se le da mal. Dos personalidades opuestas que se ayudarán en el difícil curso académico. 

Y durante el metraje recorremos parte de esa vida universitaria que guardamos en nuestro recuerdo, una vida que regresa varias décadas después con esas aulas masificadas de los anfiteatros de Medicina donde había que guardar sitio y con esos alumnos mucho más reivindicativos que los que hoy disfrutamos. Y la película nos pasea por la biblioteca y el comedor universitarios, los exámenes, los simulacros de tests, los listados de notas sobre las paredes de nuestra habitación, el olor a formol de las prácticas de Anatomía, los cadáveres, las fotocopias de los apuntes, la organización de nuestro exhaustivo tiempo para el estudio… Y también revisa un buen número de temas que algún día nos sabíamos al dedillo y hoy recordamos con nostalgia: el ciclo de Krebs, el aparato de Golgi, la dopamina, el locus niger, la válvula mitral, los sarcómeros, la ACTH, y un largo etcétera que compartimos con el estudio de nuestros protagonistas. Y cómo no, las estrategias que nos buscábamos para aprobar, como se las inventan Antoine y Benjamin cuando nos dicen: “Lo mejor es hacer exámenes de otros años. No hay que comprender, es una pérdida de tiempo”, “Solo tenemos que aprender a contestar de forma automática, como un acto reflejo”, “Tenemos que ser máquinas de responder preguntas. La diferencia está en los detalles”

Y en esta película, como ya ocurre desde hace mucho en la formación universitaria en Medicina de muchos países, la “itaca” es lograr contestar bien a esas pruebas de acceso multitudinarias con test con cientos de preguntas de respuesta múltiple: no se pueden olvidar esas imágenes cenitales del film, con cientos de mesas y alumnos examinándose en pabellones, donde hay 329 plazas para 2.500 aspirantes. Y que aquí, en Mentes brillantes, es el filtro para pasar del primero al segundo curso de Medicina, pero que España es algo diferente y conocemos por examen MIR: el acceso para elegir plaza como Médico Interno Residente de alguna especialidad médica. 

Y con Mentes brillantes revivimos algo que no nos es ajeno: los alumnos que logran superar las pruebas académicas sin esforzarse (sería nuestro Benjamin) y aquellos otros que pese a ser estudiosos y esforzados, fracasan en las pruebas de elección múltiple (sería nuestro Antoine), obsesionado con alcanzar su sueño, lo que lo condena a la impotencia y la frustración. Hasta los padres de Antoine se preocupan por la competitividad de su hijo, y le piden que descanse, pues saben que puede explotar por la falta de sueño y control sobre su vida. Y eso finaliza con que la amistad entre Antoine y Benjamin finaliza en un enfrentamiento a causa de los celos, la rivalidad y discrepancias vitales. Porque está bien querer algo, pero siempre bajo control, y así resuena esta reflexión de la película: “Muchos aprueban el examen, pero no están hechos para ser médicos”. ¿Cuántas veces habremos pensado esto a lo largo de nuestra trayectoria…? 

Antoine se enfrenta a un fracaso que le puede llevar a tener que elegir otras áreas de las Ciencias de la Salud como Odontología, Farmacia, Podología, Fisioterapia,… Todo un dilema que se soluciona en la película con un verdadero acto de amistad. Y con la misma música con la que empezó la película, termina: la mítica canción de Donna Hightowerr, “This World Today Is A Mess”, porque sí, este mundo (universitario) es un conflicto… con tantos aspectos por resolver. 

Vale la pena prescribir la filmografía de Thoma Lilti para nuestra sanidad. Y no olvidar esa reflexión de Mentes brillantes: “¿La diferencia entre el estudiante de Medicina y el de preparatoria? Si les pides que se aprendan la guía telefónica, el de preparatoria te preguntará ¿por qué? y el de Medicina ¿para cuándo?”. 

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