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sábado, 5 de noviembre de 2022

Cine y Pediatría (669) Cuando menos es ”Mass” en busca de respuestas entre el duelo y el perdón

 

La ópera prima de Fran Kranz (como guionista y director) pone a dos parejas de adultos frente a frente en un ambiente minimalista de un cuarto, en la que basta una mesa y cuatro sillas para que la película nos transporte a casi dos horas de diálogos cruzados en lo que es una gran película y un gran descubrimiento fílmico en unos años pandémicos de profunda sequía de buenas películas. La película lleva por título Mass (Fran Kranz, 2021) y se constituye en un encuentro terapéutico para que estos dos matrimonios intenten seguir adelante con sus vidas en una montaña rusa de emociones que vamos descubriendo a medida que transcurre el metraje y donde sus vidas familiares se han visto destruidas tras una devastadora tragedia, ya no infrecuente en una sociedad como la estadounidense. Es por ello que esta película navega por temas como la culpabilidad, la desolación, el dolor, la curación por la palabra y los recuerdos, o la crítica a la violencia imperante en un país donde el consumo de armas está a la orden del día y con la que crecen las nuevas generaciones. 

Mass es un drama intimista en el que dos parejas desnudan su corazón y hacen frente a sus peores traumas. Se trata de una de estas pequeñas maravillas de guion y de interpretación actoral (actores reconocidos, aunque poco conocidos, que se dejan la piel) que nos sumerge en el vaivén emocional de lo que se narra y que tardaremos en olvidar. Un film que no cabe duda que llegará a ser una obra de teatro y que, como tal, cabe dividirlo en tres partes casi simétricas, con su introducción, nudo y desenlace. 

Introducción: presentación de los personajes. 

En una tarde de otoño tres personas preparan una reunión en una pequeña habitación de la iglesia parroquial anglicana. Una de ellas entendemos que pueda ser una mediadora social y, por las cuatro sillas que se acondicionan, entendemos que es el número de personas que se van a encontrar. Unos pañuelos de papel solicitados nos indican que la emoción es posible que brote en el encuentro. 

La primera pareja que llega, Jay (Jason Isaacs) y Gail (Martha Plimpton), tienen dudas y ella se pregunta: “¿Qué es lo que hacemos aquí?”. Luego llega la segunda pareja, Richard (Reed Birney) y Linda (Anna Dowd). Las absurdas frases hechas para quedar bien cuando nadie es capaz de dar el primer paso marcan la tensión, pero ni las flores regaladas ni las fotos de familia que se comparten como telón de una cordialidad forzada impiden que llegue el momento de la verdad con esta afirmación de Gail: “Queremos escuchar y cerrar las heridas”. Y por fin, reconocemos lo que quizás ya intuíamos: “¿Por qué quiero saber de tu hijo? Porque mató al mío”; y Jay añade: “Creo que necesitamos saber cómo pasó. Necesitamos que nos ayudéis”

Nudo: los hechos. 

Jay y Gail tienen dos hijos, Evan y Sophie; Richard y Linda tiene dos hijos, Steve y Hayden. Evan y Hayden iban al mismo instituto… y ahora están allí hablando de ellos, de forma que la tensión crece en cada diálogo cruzado entre los cuatro, donde cada uno manifiesta su tristeza, su desolación, su dolor, sus reproches. El objetivo de encontrar un culpable para sentir su propia culpa evaporarse y el intento de justificar lo que ocurrió por parte de Richard y Linda. 

En la narración conocemos la timidez de Hayden, su falta de amigos y el acoso escolar que sufrió al cambiar de residencia, y cómo se sumergió en los juegos de ordenador a los 13 años. Porque era el diferente y los padres intentaron ayudarle, pero cualquier terapia reforzaba su negatividad. Y los padres de Evan se sinceran: “Decidimos no litigar. Pero eso no significa que no queramos veros sufrir. Queremos que os castiguen. Queremos que os duela”. Pero los padres de Hayden nunca sospecharon que su hijo pasaría de tener ideas suicidas a ideas homicidas, y por ella Linda exclama: “Muchas veces desee que me hubiera matado también a mí. Pero nos quería. Nos lo dijo. Dijo que sentía hacernos pasar por todo eso”. No era un psicópata, era empático y sufría; no hubo negligencia familiar ni maltrato, e intentaron ser buenos padres y apoyarle. 

Pero nada impidió que fabricase una bomba y se proveyera de armas de fuego, de forma que en aquella clase murieron por la explosión directa tres alumnos, y siete más por los disparos. Diez muertos, uno de ellos Evan, y uno más, el once al que nadie lloró (salvo sus padres): Hayden. Y Linda recuerda como nadie quería enterrar a su hijo y todos les hicieron sentir avergonzados: “Y no dije nada porque no sabía qué decir. Y pido perdón. Jamás creí tener algo que decir los bastante bueno”. 

Desenlace: la salvación del perdón. 

Y tras esa catarsis emocional que nos conmociona como espectadores (y como padres), llega la lamentación de Gail: “Le prometí a mi hijo que su vida significaría algo, que sería en vano. Que por él, por todos ellos, las cosas cambiarían. Pero no ha cambiado nada. La diferencia es que se ha ido”. Y esas palabras de perdón y el abrazo sanador, que trata de suturar las heridas abiertas a golpe de reproche por el dolor más intenso: la pérdida de un hijo, en un caso como víctima y en otro como victimario

Esta película es un claro ejemplo de que menos es “mass”, en un juego de palabras. Porque Mass es una montaña rusa cinematográfica, cuya subida es lenta, pero la bajada es tremenda y puede dejar sin respiración. Por ello ha recibido un gran recibimiento por la crítica y el público, fundamentado en su guion y uno de los repartos más proporcionados y generosos que se han visto últimamente en el cine, una actuación a ritmo de jazz donde cada uno de los cuatro protagonistas sacan melodía en conjunto, a la vez que cada uno tienen su “solo” y su momento de gloria. Los Premios de la Academia se olvidaron de nominar el guion y a sus protagonistas, pero ya sabemos que los Óscar son capaces de hacer esas cosas, como también de dar el premio a mejor película a un remake que aporta poco: pero eso será una historia para la próxima semana. 

Porque hoy cabe destacar a Mass como una experiencia dolorosa y catártica, honesta y minimalista (un solo escenario y ausencia de deliberada de banda sonora), un viaje en busca de respuestas entre el duelo y el perdón. Una película exigente como espectadores, tanto física como emocionalmente, que nos redime con el buen cine y que plantea amplios debates.

 

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