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sábado, 18 de abril de 2026

Cine y Pediatría (849) “El consentimiento”, el escalofriante grooming cultural

 

Hoy revisamos una de las historias reales más escalofriantes de los últimos años. El crudo y aterrador relato de una niña de 13 años seducida por un célebre escritor que removió hace décadas a toda Francia, una película que consiguió dos nominaciones a los César y que se fundamentó en el adictivo bestseller de Vanessa Springora titulado “Le Consentement”, un libro autobiográfico publicado en 2020 en donde relata su experiencia como víctima de abuso sexual por parte del escritor francés Gabriel Matzneff cuando ella era una adolescente y él tenía cerca de 50 años. La obra expone los mecanismos de manipulación psicológica, el control y la ambigüedad del consentimiento en una relación asimétrica, enmarcada en la permisividad cultural de los años 70 y 80 en Francia, aquel entorno social que legitimó la violencia sexual contra menores bajo la máscara del “amor” y la “cultura”. 

Y cuando indagamos algo más nos encontramos con esta descripción en Wikipedia: “Gabriel Matzneff es un pederasta y escritor francés. Autor prolífico que publicó unos cincuenta libros, gran parte de ellos sobre los abusos a menores que cometía y recibió numerosos premios literarios, entre ellos, los premios Mottart y Amic de la Academia Francesa en 1987 y el premio Renaudot de ensayo de 2013”. Un personaje así y una historia de este calado se traspasó a la gran pantalla con El consentimiento (Vanessa Filho, 2023), un drama duro y muy lúcido que obliga a repensar qué significa realmente consentimiento en chicas menores de edad desde el punto de vista psicológico, social y jurídico. Allí donde el reconocido escritor seduce a la joven, y es celebrado (y no criticado) por el acomodativo e hipócrita mundo cultural y político francés de la época. 

Al desgranar el argumento, se nos sitúa en París, año 1985. Vanessa (Kim Higelin), de 13 años, conoce en una cena a Gabriel Matzneff (Jean-Paul Rouve), un escritor célebre, carismático, culto y muy manipulador. Él empieza un cortejo sofisticado (cartas, llamadas y elogios a la inteligencia de la menor), hasta que la convierte en su “amante” y “musa”, presentándola en círculos culturales donde casi nadie cuestiona esa relación. Cuando la madre (Laetia Casta) se da cuenta de ello, amenaza a su hija: “Si vuelves a verle, ¡te mando a un internado!”.Y ella le contesta “Tu responsabilidad es dejar que tu hija se siente con un pedófilo” y promete suicidarse si le separan de ese amor…, mientras él la sigue seduciendo: “Vamos a demostrarles a los demás que el verdadero amor sí existe… Tú eres la última niña que esperaba. Estoy dispuesto a luchar para casarme contigo. Eres mi amor definitivo”. Así que, finalmente, la madre consiente la relación e incluso expresa algo así delante de su hija y su depredador sentados a la misma mesa: “Yo creo que hay que dejar que los niños crezcan como quieran, a sus anchas. Hay que dejar que se equivoquen, que se hagan daño. Hay que dejar que aprendan a ser ellos mismos, eso es”. Una escena escalofriante… Mientras que el padre de Vanessa, que inicialmente se indigna y amenaza con ir a la policía, desaparece después de la vida de su hija. 

La película va subrayando cómo Vanessa se va perdiendo en esa relación, que vive como una gran historia de amor, y encuentra en él una figura de maestro, padre idealizado y amante, todo mezclado. Pero con el tiempo toma conciencia de lo destructiva y anormal que es ese vínculo, hasta ver a Matzneff como el depredador que realmente es. Porque la pedofilia del escritor es conocida en la familia, en el colegio, en la sociedad… Incluso aparecen agentes de protección de menores que le vigilan. Pero siguen adelante, ante el espanto del espectador que conoce que no es ficción, sino que fue una historia real de dominio público. Impensable en la actualidad. 

Escenas muy duras en sus diálogos, casi insoportables por la opresión del adulto sobre la joven, del lobo sobre su Caperucita,… Y lee Vanessa en los cuadernos de su depredador sexual las aventuras con otros jóvenes: “Unos poco billetes bastan para satisfacer mi deseo. A veces me encuentro en la cama con hasta cuatro niños de entre 8 y 18 años al mismo tiempo y disfruto con ellos del sexo más exquisito. Sí, esos niños que acaban en mi casa son una especie diferente, un rastro de sabores que no me canso de probar”. Y Vanessa se martiriza e intenta dejarlo. “No puedo más”… y la posibilidad del suicidio no le es ajena. Pero regresa…, atrapada, subyugada, maltratada con esa asimetría de la edad y el poder tan denigrante. Finalmente, le tiene que suplicar a Gabriel que la deje partir, porque “eres la cruz que tendré que soportar toda la eternidad”. Pero el depredador continúa al acecho de su pieza, no la suelta, la oprime, la asfixia. Y la menor no cuenta ni con el apoyo de su madre presente, ni de su padre ausente. 

Fueron varios años de calvario, pues llega a soplar las velas de sus 18 años, mayoría de edad. Para profundizar más en la herida, el escritor publica un libro sobre su relación con ella que la expone ante todos y ante todo, insoportablemente detallista. Ella, desesperada en sus acciones, llega a ser expulsada del instituto. Pero ya ha sido sustituida y ahora Gabriel ya ha tomado otra joven pieza femenina… Y hasta la televisión le pregunta en entrevistas sobre ese deseo de seducir a jóvenes, y apreciamos absortos que no solo le consienten la respuesta, sino que le ríen la ocurrencia. Una vida más destrozada ante la impunidad de la sociedad que no solo lo permitía, sino que lo publicaba… y le dejaban y le premiaban. Parece que en la literatura todo valía… y cabe recordar que en 1977 este personaje fue el promotor de una carta abierta en Le Monde pidiendo la despenalización de las relaciones entre adultos y menores de 15 años, firmada por intelectuales como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Michel Foucault. 

Un salto temporal nos lleva a una Vanessa adulta que sigue angustiándose al sentir el nombre de su particular lobo feroz escritor. Y esta asfixiante historia finaliza escribiendo el libro que doy origen a esta película. Y gracias a ese testimonio aparecido en 2020, Gabriel Matzneff, tras décadas de publicar abiertamente sobre sus relaciones sexuales con menores y ser protegido por la élite intelectual de Francia, pasó de ser una figura premiada a convertirse en un paria social tras el testimonio de una de sus víctimas. Por fortuna, las consecuencias inmediatas no de dejaron esperar: la editorial Gallimard dejó de comercializar todas sus obras por primera vez en su historia, y otras editoriales siguieron su ejemplo. La fiscalía de París abrió una investigación por violación de menores. Aunque el caso de Springora prescribió, en 2023 se inició una nueva investigación por hechos similares contra otra víctima. 

El debate que nos deja esta película y esta historia es profundo. El primero, analizar esa pedofilia y pederastia envuelta en retórica “cultural” y romántica, que se camufla bajo un discurso de alta cultura y libertad sexual; y donde se subraya que el desequilibrio de poder (edad, fama, experiencia, posición social) imposibilita hablar de consentimiento libre, por mucho que la adolescente crea que “elige”. El segundo, volver a recordar la adolescencia como territorio de vulnerabilidad, etapa de tránsito con escollos para ir construyendo la identidad, y donde la película ilustra los mecanismos típicos del grooming: seducción gradual, idealización, aislamiento, alternancia de ternura y violencia, y culpa trasladada a la víctima (“tú me provocas”, “tú eres especial”). El tercero, cómo la familia y la sociedad pueden pasar de salvadores a cómplices, y en este caso la actitud de esos padres separados asusta por la desprotección a que dejan a su hija: la madre no solo no frena esa relación, sino que la llega a legitimar; el padre que inicialmente actúa con indignación, termina ausentándose, dejando a la menor sin protección efectiva; pero tan grave o más es aquel mundo cultural y político francés, que conociendo la fama de pedófilo de Matzneff, guarda silencio y en muchos casos lo celebra. Y, finalmente, el poder de la denuncia, ese paso que traslada a la víctima como narradora, en este caso con la novela como tabla de salvación y reparación, lo que acaba desmontando el mito del escritor y provocando un gran debate social. 

Y una gran pregunta para el debate: ¿qué es el consentimiento con chicas menores? Y la película invita a distinguir entre tres niveles: lo que la menor siente, lo que la ley reconoce y lo que éticamente es admisible. 

- La dimensión legal (Francia y España como referencia). En Francia, se ha fijado la edad mínima de consentimiento sexual general en 15 años; por debajo de esa edad, todo acto de penetración sexual con un menor se considera automáticamente violación, y en casos de incesto el límite se eleva a 18. En España, la edad legal de consentimiento sexual está en 16 años: cualquier acto sexual con menor de 16 se considera abuso sexual, y se parte de la presunción de que no existe capacidad para prestar un consentimiento jurídicamente válido; es decir, incluso si una adolescente verbaliza que quiere la relación, la ley entiende que no puede consentir de forma válida por la asimetría de edad, madurez y poder. 

- La dimensión psicológica: por qué “decir sí” no equivale a consentir. Porque desde la psicología del desarrollo y la clínica con menores, varios factores explican por qué el “sí” de una chica de 13–15 años no puede equipararse al de un adulto: desarrollo incompleto de capacidades de juicio abstracto, evaluación de riesgos y anticipación de consecuencias, que maduran bien entrados los 20 años; vulnerabilidad a la idealización de figuras adultas carismáticas (profesores, artistas, médicos, etc.), con fuertes componentes de dependencia y necesidad de aprobación; mayor probabilidad de interpretar como “amor” lo que en realidad es manipulación, especialmente cuando el adulto se presenta como víctima, genio incomprendido o amante sacrificado; dificultad para identificar la violencia en contextos que alternan momentos de aparente ternura con episodios de humillación, celos, presión sexual o control, lo que genera confusión y autoculpa. 

- La dimensión ética y relacional. Porque más allá de la ley, el consentimiento ético exige al menos: igualdad razonable de poder entre las partes (edad, capacidad económica, posición social, dependencia emocional); ausencia de manipulación, chantaje emocional, coacción o promesas que anulen la libertad real (por ejemplo, “si me dejas, me mato”, “destruiré tu reputación”, “nadie te querrá como yo”); capacidad de comprensión de lo que se está aceptando (implicaciones para el cuerpo, la salud, la vida social, la biografía futura). 

Por todo ello, El consentimiento se transforma en una película de obligada “prescripción” en familias y centros  educativos.

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