Páginas

sábado, 17 de mayo de 2014

Cine y Pediatría (227). “Kauwboy”, la mascota y el vacío emocional


Películas con un niño o niña como protagonista hay cientos, de cualquier edad (con la adolescencia como edad preferida). Pero la película de hoy es diferente y se convierte por ello en una película plenamente aconsejable, aire fresco frente a la monotonía. Hablamos de Kauwboy (2012), el primer largo de ficción del holandés Boudewijn Koole (afamado cortometrajista y documentalista), una película que no dejará indiferente y que viene precedida por haber ganado el premio Discovery en los Premios del Cine Europeo y el premio al mejor director debutante en la pasada Berlinale. Y es que es lo que ocurre con filmografías poco habituales en nuestro entorno, caso del cine hecho en Holanda, que lo que se filtra suele ser bastante impactante, caso de otra película que comentamos en su momento en Cine y Pediatría: Skin (Hanro Smitsman, 2008). 

Boudewijn Koole nos habla en Kauwoy de la pérdida a través de la insólita amistad entre un niño y su grajo. Con cierta frecuencia, surgen películas que retratan el vacío que deja la pérdida, el drama de la ausencia máxime cuando esta incide sobre la infancia. No es tan común, sin embargo, hablar de la tragedia desplazada por la sustitución, por el afecto perdido y reemplazado por un cariño inesperado, que vale como sustento de una felicidad basada en la negación. 

Jojo (Rick Lens, soberbio) es un niño de 10 años que, ensombrecido por el ambiente desolador en el que vive en una casa en las afueras de la ciudad, con un padre inseguro y una madre siempre ausente (cuyo destino sospechamos, pero que sólo logramos desvelar bien avanzada la película), encuentra una vía de escape en su nueva compañía, una cría de grajo que encuentra en el campo en una de sus múltiples correrías en solitario. Sabe que su padre no aceptaría que tuviese un animal en casa (“Los animales y las plantas pertenecen al exterior”, es lo que piensa su progenitor), por lo que hace todo lo posible por esconderlo. En ocasiones, Jojo llama por teléfono a su madre sin que su padre se entere, pero en sus cortas conversaciones (en donde no oímos la voz de la madre) se inventa una vida feliz y cuenta lo que no puede contar a su padre, si bien no le revela nada sobre la nueva amistad que ha creado con el pájaro, pues quiere darle una sorpresa y regalárselo para su cumpleaños. Algo complicado, ya que el padre, Ronald (Loek Peters), no quiere preparar una celebración a alguien que nunca está y le vemos que sufre continuos cambios repentinos de humor, con conatos de violencia psicológica y física contra su hijo. 
Y es así como Jojo crea una vida paralela junto al grajo, de nombre Jack, al que cría con la complicidad de Yenthe (Susan Radder), una compañera de waterpolo que siempre masca chicle azul. Ella le pregunta un día: “¿Dónde está tu mamá?”, a lo que responde Jojo: “Está de gira en América”. La voz en off de Jojo nos acompaña durante la cinta y, en un momento, nos recuerda que los grajos tienen un comportamiento social, en ocasiones, mejor que el humano: “En los campos se posan en grupos. En los árboles se arreglan unos a otros sus plumas. El macho le da a la hembra algún bocado que encuentra, y ella lo acepta con amor. Incluso si uno está enfermo, el otro se queda”. Y Jojo tiene muy claro lo que lee en un libro de naturaleza: “Cuida bien un grajo y tendrás un amigo de por vida”

Una temática que podría haber abocado al tono pastel, sino fuera porque Koole (y sus actores) prefieren abordar la soledad del muchacho y su problemática familiar en cuidados términos visuales (cámara y fotografía). Y es así como el padre, por ejemplo, casi nunca es filmado en su totalidad, es un fragmento de cuerpo que depende de Jojo, como un apéndice. Y es así como la madre sólo aparece en fotos o en sus canciones. Y el mundo surge, en su esplendor y su miseria, de la mirada del niño, pero su director no acude al tremendismo, sino que mantiene los sentimientos a una cierta distancia, con un cine más cercano al cine de Truffaut que de Rossellini, más cercano a Andrea Arnold (Fish Tank, 2009) que a los hermanos Dardenne (Rosetta, 1999; El niño de la bicicleta, 2011) y, por qué no, con un gusto visual con toques de Yorgos Lanthimos (Canino, 2010) y el mundo de esos niños que se refugian en su propio universo fantástico como distracción para hacer frente a la triste realidad que le rodea: Donde viven los monstruos (Spike Jonze, 2009) o El labertino del fauno (Guillermo del Toro, 2006).

Koole no llega nunca al fondo de las cosas, pero no renuncia a una progresión narrativa conducida y sin ceder un ápice de terreno. Porque la felicidad para Jojo no será el cumplimiento de todos sus sueños (esos pájaros y esos fantasmas que pueblan literalmente su cabeza), sino la aceptación de una realidad no demasiado amable, pero en el fondo la única de que dispone. Y todo ello bajo los acordes repetidos de una canción country que canta su madre. Y ya desde el principio nos enseña sus cartas, como cuando encuentra a la cría de grajo y la pone junto al altavoz de una radio, donde suena la música de una canción de su madre y él le dice al pájaro: “Trata de la luna y las estrellas y cosas por el estilo. La escucho cada noche antes de irme a dormir. Me alegro de haberte encontrado. Vas a dormir a mi lado, ¿verdad?”.

Jean Piaget definió que, en la etapa concreta operacional (encuadrada entre los 6 y 12 años), la presencia de la figura paterna y materna en el entorno habitual del niño supone también de manera indirecta una fuente de información para su desarrollo. Y, precisamente de la presencia y ausencia de modelos, nos habla Kauwboy, un evocador cuento moderno que nos acerca a la vida de un niño, maduro antes de tiempo. Y así, antes de descubrir el secreto de la película (que no es tal), reconocemos que Kauwboy es mucho más que la típica historia de iniciación, es un bello poema sobre el crecimiento y las ilusiones que dominan la niñez. Frágiles, etéreas pero también necesarias. Es el contraste de una familia desestructurada y la concepción de Jojo de ésta.

Porque la amistad entre un animal y un niño y el entorno de vacío emocional familiar son dos temáticas muy recurrentes que han sido llevadas a la pantalla infinidad de veces (la mayoría con el empalago de la factoría Disney), aunque pocas veces con la sutileza y el buen gusto de esta cinta que viene, como un regalo, de los Países Bajos. Y el principio y el final se abre y se cierra con la misma frase: “Primero, no había nada. Nada en absoluto. Y después habría una llama. Una llama muy grande”. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario