sábado, 25 de febrero de 2012

Cine y Pediatría (111). La estética y la ética de los hermanos Dardenne (II): “El niño” y “El niño de la bicicleta”


Cine social, cine comprometido, cine denuncia, cine de valores, cine realista,… son etiquetas frecuentes en la filmografía de algunos directores, que funcionan como agitadores de conciencias. Algunos ejemplos ya se han tratado en Cine y Pediatría, desde distintos puntos de vista y desde distintas latitudes, enarbolando un necesario estandarte a favor de las infancias desfavorecidas o problemáticas: el español Fernando León de Aranoa, el británico Ken Loach, el francés Bertrand Tavernier, el estadounidense Todd Solondz, el sueco Lukas Moodysson, el colombiano Victor Gabiria o toda la familia Makhmalbaf desde Irán. Y muchos más…

Aquí podríamos incluir a Jean-Pierre y Luc Dardenne, pero estos creadores huyen de esta serie de marcas, pues prefieren apelar a la sinceridad desde la neutralidad, mostrando sin juzgar y dejando ventanas y puertas abiertas para que la vida se cuele con toda su complejidad. Porque los hermanos Dardenne nos muestran personajes que en sus pulsiones y pasiones, en sus fortalezas y debilidades, son extremadamente parecidos a nosotros mismos. Personajes que viven con la eterna dicotomía entre el bien y el mal, y esa dicotomía marca su comportamiento en busca de un lugar en el mundo.
Vimos parte de ese mundo de los hermanos Dardenne en la entrada previa con Rosetta y El hijo. Hoy lo veremos con El niño y El niño de la bicicleta.

El niño (2005) es la historia de unos padres adolescentes sin trabajo y aterrados por la responsabilidad de la nueva paternidad. Sonia (Déborah François) tiene 18 años y acaba de dar a luz al hijo de su compañero Bruno (Jérémie Rennier), un joven inmaduro e inconsciente que vive del subsidio de su novia y de los pequeños robos que trama a diario en un mundo de mafias callejeras. Habituado a negociar con lo conseguido, venderá “en adopción” a su hijo recién nacido a un contrabandista por un puñado de billetes. Su arrepentimiento llegará tarde, pero aún así emprende una búsqueda desesperada por recuperar a su hijo.
El abandono de un hijo es algo habitual, pero la venta se ha convertido en algo novedoso. Cruel novedad que la prensa denomina como “venta salvaje”, en la que los bebés se convierten en moneda de cambio en trapicheos de drogas o ajustes entre delincuentes y sobre la que los hermanos Dardenne nos muestran con fría realidad. De nuevo, los Dardenne eligen a adolescentes como protagonistas de sus historias, buscando detectar en ellos el cambio y la evolución ante las dificultades que la vida presenta, estudiar su lucha por abrirse camino en un mundo que vive de espaldas a planteamientos éticos. Son seres sin pasado y sin futuro, que viven en la inmediatez que lleva consigo la falta de trabajo, la soledad y la escasa cultura. La merecida (y nada discutida) segunda Palma de Oro para estos hermanos belgas nos cuenta una historia que habla de amor (un relación entre la pareja de adolescentes que es dura y es tierna) y de paternidad, de dudas y de (falta de) responsabilidad.

El niño de la bicicleta (2011) centra su historial en Cyril (Thomas Doret) un chico de 12 años que es abandonado por su padre (Jérémie Renier), porque se siente incapaz de cargar con esta responsabilidad. Cyril, furioso e incontrolable, logra escapar del centro de acogida e intenta encontrar a su padre; en su desesperada búsqueda se encuentra con Samantha (la nueva musa del cine belga, Cécile De France), una joven peluquera que logra acogerlo en su hogar. La búsqueda de su padre lleva a Cyril a una serie de peripecias de la que saldrá madurado; en el camino, la lucha constante entre el Cyril inquieto y arisco y la Samantha fuerte y cariñosa nos creará tensiones también en nuestras conciencias.
La sencillez de la historia funciona como las tragedias griegas, con personajes arquetipos: el niño es figura de una generación que ha de crecer sin padres; la peluquera es la imagen luminosa de la humanidad generosa; el padre inmaduro representa a los padres ausentes y dimisionarios. Llena de humanismo, es un relato para una época que necesita recuperar la maternidad/paternidad y la filiación. Ser madre y padre no es un asunto biológico, es un asunto de amor que ha de fundarse en él: por eso Samantha es una verdadera madre. En una sociedad más desestructurada de lo que uno quisiera, el mundo necesita a “Samanthas” para que puedan crecer los pequeños “Cyril”.

Vemos que no es el cine de los hermanos Dardenne un espectáculo hecho para todas las retinas y todas las entrañas, pues es un cine visceral y directo no apto para todas las sensibilidades. Con estas cuatro películas que hemos presentado, los Dardenne se han propuesto fundar una “familia” cinematográfica alrededor de adolescentes que se agarran con toda el ansia posible a la vida, con la supervivencia a toda costa, con el triunfo de la vida en cada minuto, con la familia que podía ser (y no es) como telón de fondo. Y para dar forma esta idea elucubrada recurren a un elenco de actores de confianza (con Olivier Gourmet a la cabeza) y con actores adolescentes que debutan para ser personas, no personajes. Para siempre Émile Dequenne, Morgan Marinne, Jérémie Renier, Deborah François y Thomas Doret son niños actores en la memoria de Cine y Pediatría.

Lo más milagroso acerca de la obra de los hermanos Dardenne es cómo consiguen en cada una de sus películas impregnar de poesía y trascendencia unas vidas que por lo demás son patéticas y miserables. Y todo ello por la estética y la ética de su obra: la estética de un panorama de angustia vital y desolación social y la ética del dilema moral y la supervivencia. La ética descansa en la estética, porque la cámara de los Dardenne son los ojos de nuestra conciencia.