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sábado, 23 de junio de 2018

Cine y Pediatría (441). “El año que mis padres se fueron de vacaciones”, el Mundial de las infancias perdidas


En estos momentos el mundo gira alrededor del XXI Copa Mundial de Fútbol en Rusia. Pero hoy recordamos a Brasil, el considerado el mejor seleccionado histórico de este campeonato, con 5 entorchados (1958, 1962, 1970, 1994 y 2002) seguidos de Alemania e Italia con 4, Argentina y Uruguay con 2, y con uno tres países europeos (Francia, Inglaterra y España). Y recordamos al considerado el mejor equipo de Brasil de todos los tiempos, el de 1970, aquel en el que jugaban Pelé, Tostao, Rivellino, Everaldo, Clodoaldo, y tantos otros al frente del entrenador Mario Zagallo. Y recordamos hoy aquella IX Copa Mundial de Fútbol de 1970 celebrada en México, pues ella es el leitmotiv (e incluso el macguffin) de una película mítica en el país carioca y en el séptimo arte: El año que mis padres se fueron de vacaciones (Cao Hamburger, 2006). 

Porque quizás sigue siendo así, y el fútbol es ese opio del pueblo que, para bien o para mal, nos hace olvidar la realidad política y social que nos acucia. Y en 1970, Brasil y el resto del mundo estaban revolucionados con la proliferación de dictaduras militares en Sudamérica o con la guerra de Vietnam. De hecho, Brasil estaba sometido a una dictadura militar tras el golpe de estado de 1964 (y que se extendió hasta la elección de Tancredo Neves en 1985), pero la mayor preocupación en la vida de Mauro, un chico de 12 años, tiene poco o nada que ver con esa situación: su mayor sueño es ver como Brasil gana por tercera vez el mundial de fútbol, y su tiempo lo pasa entre sus juegos de futbolín con piezas de plástico y porteros que son cajas de cerillas, la colección de cromos del Mundial y el llegar a ser un gran portero. 

Porque Mauro (Michel Joelsas) representa a tantos como él que transitan en esa etapa de la vida en que uno pasa de la infancia a la adolescencia, y que se ve forzado a vivir sin sus padres, quienes por ser militantes de izquierdas se ven obligados a desaparecer en aquel año de 1970 (aunque técnicamente “están de vacaciones”) y a dejarle con su abuelo. Así es como viajan de Belo Horizonte a Sao Paulo, al Barrio de Bon Retiro, donde vive el abuelo. Pero algo inesperado le ha ocurrido a su abuelo el día previo (un infarto mientras trabajaba en su barbería), y el joven se encuentra abandonado a su suerte sin poder informar a sus padres. Es finalmente Shlomo, el vecino de su abuelo, un viejo judío solitario y empleado de la sinagoga local, el que se encarga de él. Esta inesperada cohabitación resulta, para ambos, en una inmersión en mundos desconocidos de los que emergen, cada uno a su manera más maduros que antes. 

Y en ese tiempo de incertidumbre en una ciudad extraña, sin su abuelo, sin sus padres, con la atención de un desconocido vecino, Mauro sigue con sus juegos de fútbol, con sus cromos y con sus reflexiones (“Mi papá dice que en el fútbol todo el mundo puede fallar, menos el portero. Ellos son jugadores diferentes que se pasan la vida ahí, solos, esperando lo peor”, “Aunque todos dudaban de nuestra selección, mi papá pensaba que 1970 era el año de la selección en el Mundial…pero había tan poca calma, que hasta yo pensé a dudar”), mientras no deja de esperar una llamada telefónica de sus padres y mira por la ventana en busca del Volkswagen escarabajo azul en el que viajo con ellos por última vez. 

Y lo cierto es que Mauro cayó en la puerta de Shlomo (Germano Haiut) como Moisés en el Nilo, como un mensaje entre la comunidad de rabinos, pero la convivencia inicial no fue fácil: “Tú no eres judío, eres gentil. Ahora un gentil…”. Y mientras espera una llamada de sus padres, Mauro aprende a enfrentarse cada día a una realidad que a menudo no es fácil, porque se ve solo y repite de alguna forma la aventura de sus padres, inmigrantes judíos, sobreviviendo en un nuevo mundo al que fue abandonado, como Moisés. Y los días pasan entre la comunidad judía, entres los chicos vecinos, con la irreverente Hanna (Daniela Piepszyk) a la cabeza, con la idílica joven Irene que enciende la imaginación de todos los jóvenes del vecindario (y es también su amor idílico), con la comunidad italiana, con el joven Ítalo involucrado en las manifestaciones de estudiantes (“Hay muchas personas de vacaciones como tus padres, Mauro”), y otros personajes que desean recuperar la felicidad sofocada por la dictadura. Y el fútbol era una buena excusa para olvidar, como nos recuerda Mauro: “El día 3 de junio de 1970 todo Brasil se paralizó… Pobrecito del portero de Checoslovaquia, en el primer pegón tendrá que enfrentar a Pelé y a Tostao en el mismo equipo. Como mi papá quería verlo ”. Y transcurren los hechos en la película mientras transcurren los partidos del Mundial que el pueblo ve en esas televisiones en blanco y negro: en la fase de clasificación Brasil ganó 4-1 a Checoslovaquia, 1-0 a Inglaterra y 3-2 a Rumanía. Y en cuartos se enfrenta a Perú (4-2), en semifinales a Uruguay (3-1) y en la final gana a Italia por 4 a 1. Y siguen las reflexiones de Mauro (“Y de pronto descubrí lo que quería ser: quería ser de color y poder volar”), mientras sigue mirando por la ventana en cada partido, mientras sigue buscando a sus padres con la ayuda del vecino judío. Y mientras transcurren los partidos, transcurre la vida. 

Y en las escenas finales contrata la alegría de Brasil como Campeona del Mundo 1970 en el mítico Estadio Azteca de Ciudad de México y la tristeza de Mauro, porque su madre regresa “de vacaciones”, pero sin el padre. Y su reflexión final: “Y así fue el año de 1970. Brasil se volvió tricampeón mundial y, sin querer ni poder entenderlo, yo terminé siendo una persona llamada exiliada. Creo que exiliado quiere decir que tu padre se retrasa tanto, pero tanto, que nunca vuelve a casa”. 

Porque de alguna manera, la aventura de Mauro se funde con la de sus ancestros, creando un espejo poético que refleja situaciones de persecución, exilio y adaptación de su familia, sus padres y sus abuelos. Y todo ello en un São Paulo que es pura diversidad étnica y cultural, representada por el escenario del distrito de Bom Retiro de los 70, donde conviven los inmigrantes de distintos orígenes étnicos, religiosos y políticos, como italianos, griegos, negros y, sobre todo, judíos. 

Y cuando uno ve esta película a la mente regresa otra, diferente pero similar: Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002) donde se nos muestra los estragos de la dictadura argentina de forma indirecta y desde el punto de vista de Harry, un niño de diez años que vivió una infancia clandestina como esa otra historia oficial que se escribe desde la niñez. Y curiosamente, esta película del director Cao Hamburger, natural de Sao Paulo, está coproducida por otro director nacido en la misma ciudad, el mítico Fernando Meirellles, quien ya nos ha dejado dos películas en Cine y Pediatría: Ciudad de Dios (2002), la historia de las infancias alrededor de las favelas, y El jardinero fiel (2005), una profunda reflexión sobre la ética de los ensayos clínicos. No es de extrañar que con este compromiso con el cine denuncia estuviera al lado de esta película de hoy, un canto al Mundial de las infancias perdidas… por tantos conflictos políticos.

 

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