sábado, 25 de septiembre de 2010

Cine y Pediatría (37): “Ciudad de Dios”, infancias alrededor de las favelas


Mezcle en una coctelera algunas películas clásicas norteamericanas sobre gánsters y drogas (por ejemplo Uno de los nuestros de Martin Scorsese, 1990, Reservoir Dogs de Quentin Tarantino, 1992, Snatch: cerdos y diamantes de Guy Ritchie, 2000 y Traffic de Steven Sorderbergh, 2000) y algunas películas sudamericanas sobre esos mismos temas, si bien con ese sabor de cine hambriento de realidad (por ejemplo, Amores perros de Alejandro González Iñárritu, 2000, La virgen de los sicarios de Barbet Schroeder, 2000 y Rosario Tijeras de Emilio Maillé, 2005) y quizás se pueda destilar algo de la esencia de Ciudad de Dios, una sorprendente película brasileña del año 2002 que nos adentra en la cruda realidad de la juventud en las favelas de Río de Janeiro.

Ciudad de Dios fue dirigida por Fernando Meirelles (quien contó en la codirección con Kátia Lund, documentalista de las favelas) con la producción de un hombre tan importante para el cine de Brasil como es Walter Salles (Estación central de Brasil, 1998; Diarios de motocicleta, 2004). La película fue adaptada de un best-seller del mismo nombre de Paulo Lins, basada en una historia real y dio como resultado un portento de guión (adaptación de una complicadísima novela de 600 páginas, con 300 personajes, tres décadas de acción y ningún protagonista claro), una fotografía experimental (unión de formatos y técnicas en aras de la calculada y valiente puesta en escena), un minucioso montaje (puesta en escena frenética que juega con las tres partes en que se divide el film y las tres décadas de acción para ir variando el ritmo, la intensidad y la anarquía narrativa hasta alcanzar cotas de paroxismo y brillantez extraordinarias en el lenguaje fílmico) y unos intérpretes muy especiales (un nutrido reparto de 100 niños de la calle, no artistas profesionales, que otorgan la verdad, la intensidad y el realismo más emocionante a todo este conjunto) destinada a llegar al corazón, la cabeza y los sentidos de todos los espectadores. Una cita artística inapelable… y con mensaje.

La frase que identificó a la película fue: "Lucha y nunca sobrevivirás... Corre y nunca escaparás...". Ciudad de Dios narra la vida de varios chicos que habitan en una favela en Río de Janeiro a lo largo de casi treinta años, entre los sesenta y los ochenta, bajo la mirada de de Buscapé, un niño que no se deja arrastrar por la marginalidad que le rodea y que posteriormente acabará convertido en fotógrafo de esa misma realidad. Pero el auténtico protagonista de esta historia es la propia Cidade de Deus, marco geográfico y social, germen y testigo del crecimiento y la ascensión de jóvenes cabecillas como el despiadado Zé Pequeno –Dadinho en su infancia–, su socio y mejor amigo Bené, Cenoura –la competencia en el negocio de la droga– o Mané Galinha. Los intérpretes –principalmente actores no profesionales– seleccionados para la ocasión, en su mayoría niños y adolescentes extraídos de distintas favelas brasileñas y, por tanto, conocedores de primera mano de la situación que recoge la película, representan otra de las grandes aportaciones. Su mismo rodaje estuvo condicionado por las relaciones de poder que vertebran este submundo: los realizadores tuvieron que pedir la colaboración del jefe de una favela para poder filmar en su zona y disponer así de las condiciones de seguridad adecuadas para poder realizar la filmación.

Lo que más llama la atención de Ciudad de Dios es su marcada estructuración, compuesta de tres partes bien diferenciadas, que funcionan de forma autónoma, a pesar de que están relacionadas entre sí por el devenir de los acontecimientos y la progresión de los personajes en el tiempo. Cada uno de estos capítulos –años 60, años 70 y años 80– posee su propia trama independiente –presentación, nudo y desenlace–, focaliza su atención en un personaje según su relevancia en ese determinado momento, y, lo que es más importante todavía, cada uno de ellos presenta un acercamiento conceptual propio, lo que se traduce en un tratamiento estético distinto en cada caso –aquí entran en juego tanto la fotografía y la iluminación, como el montaje y la dirección–, acompañándose, según corresponda, por unos u otros ritmos musicales.
La película nos presenta un mosaico de tribus urbanas con distintos comportamientos que acabarán cayendo en la corrupción, que tienen como común denominador las drogas como eje fundamental de su vida, ya sea como medio de supervivencia o como costumbre adictiva, pero, en definitiva, siempre como pasaporte a la destrucción. En la película asistimos a una impunidad criminal desoladora, a un país que se cruza de brazos ante un imperio delictivo, ante una situación legal que favorece esa podredumbre moral, esa miseria humana… y que toca de lleno a la juventud. Porque es un mundo en el que los héroes infantiles son terribles asesinos y maestros de la delincuencia.

Ciudad de Dios se ha convertido ya, por méritos propios, en un título clave del realismo del tercer mundo, un grito de protesta sobre la situación de los niños en las favelas. Niños que saben que probablemente no llegarán a adultos. porque su niñez cada vez es más corta: resulta significativo que uno de ellos diga, en un momento de la película, que ya es un hombre por el hecho de ya haber fumado, inhalado, robado y asesinado. Se trata de una nueva generación familiarizada con el crimen, que ha crecido con él y que acaban controlando despiadadamente este ambiente: la escena en que Zé Pequeno mata a uno de los “raterillos” (niños ladrones de menos de 10 años) es escalofriante.

La durísima realidad de las favelas ha sido llevada al cine en varias ocasiones, tal vez la más célebre fuera Orfeo negro (Marcel Camus, 1959), en clave romántica. Pero ahora Fernando Meirelles y Kátia Lund nos presentan otra realidad de las favelas y… más allá de las favelas. Ciudad de Dios fue elegida como representante brasileño para los premios Oscar en 2004 y recibió, además, cuatro nominaciones (Mejor edición, Mejor fotografia, Mejor guión adaptado y Mejor dirección). Y para Fernando Meirelles fue un espaldarazo al estrellato, que lo lanzó a Hollywood y en su primera incursión nos regaló con El jardinero fiel (2005), de la que tendremos tiempo de comentar en alguna ocasión.

Quedémonos ahora con las crudas imágenes de unos niños y adolescentes criados en la favelas y que nos muestran una realidad que nos gustaría que no existiera. Pero para evitar esta cruda realidad. hace falta que la sociedad, la educación y las familias tengan estructuras sólidas enfocada a ofrecer valores sólidos en nuestros jóvenes y evitar la lacra de la violencia, drogadicción y marginalidad.