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sábado, 7 de diciembre de 2019

Cine y Pediatría (517). “La cigüeña metálica” de la guerra en la infancia


“Entre 1980 y 1992, la Guerra Civil de El Salvador enfrentó al ejército y al movimiento guerrillero Frente Farabundo Martí. Las consecuencias de la guerra fueron más de 90.000 muertos y desaparecidos. Alrededor de 1.000 niños fueron apartados de sus familias de origen. La desaparición forzada es un crimen de lesa humanidad que sigue afectando a millones de víctimas en todo el mundo”. Con esta declaración comienza la película española del año 2012 titulada La cigüeña metálica, dirigida por Joan López Lloret, y que se centra en el tema de los niños desaparecidos durante la guerra de El Salvador. Y es que la temática del destino no es ajena a este director conocedor del largometraje y mediometraje documental y con la temática del destino como santo y seña, como ya hiciera en Utopía 79 (2006) donde deconstruye el sueño de la revolución de Nicaragua, en Sunday at five (2007) sobre el proceso de paz en Irlanda, o en Sinai, más allá de océano (2010) alrededor de los relatos de exiliados de la República Española setenta años después de su viaje transoceánico a México. 

Cuando Joan López Lloret se enfrenta a esta película y esta temática ya han pasado 20 años desde la firma de los Acuerdos de Paz de la guerra en El Salvador (1980-92), un conflicto que enfrentó al ejército y a la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, conocido bajo las siglas FMLN. Las operaciones de las fuerzas armadas en las zonas rurales tuvieron consecuencias devastadoras para la población civil, con miles de muertos y desaparecidos. Y numerosos niños quedaron huérfanos de padre, madre, o ambos. En plena guerra, “la cigüeña metálica” determinó el destino de tres niños: Ana Lilian, Ricardo y Blanca. Ana Lilian deambuló perdida durante años tras sobrevivir a la masacre de toda su familia, a Ricardo se lo llevó una familia de militares, y Blanca fue adoptada en España. Ellos fueron alguno de los miles de niños desaparecidos en los 80 y hoy intentan comprender su pasado para poner paz a su futuro, y algunos han rehecho su vida gracias al apoyo de la organización Pro-Búsqueda. 

Y esta película documental nos presenta a nuestros tres protagonistas a través de sus hijos. Y hoy Ana Lilian vive en el Lago Coatepeque/Tamanique (El Salvador) con sus siete hijas, Ricardo vive en San Miguel (El Salvador) con sus tres hijos, y Blanca vive en Pamplona (España) con su hija Mayra de 5 años. Y vamos recorriendo los recuerdos de Ana Lilian, Ricardo y Blanca, tres niños adoptados en diferentes lugares a consecuencia de la guerra. 

Ana Lilian con tan sólo 8 años, presenció cómo dos soldados de las fuerzas del ejército torturaron y mataron a toda su familia. Ella fue una de las pocas supervivientes de la masacre de Sisiguayo, su pueblo, de la que recuerda todo. Durante años, vivió de familia en familia. Ana Lilian es hoy madre de 7 niñas, a las que cuida y educa sola, y con un pequeño sueldo. La vida de Ana Lilian nunca ha sido fácil. Ella sólo pudo reencontrarse con un tío lejano, al que ve de vez en cuando. Y Ana Lilian nos dice con lágrimas en los ojos: “Me dije un día, voy a tener siete hijos. Y ahora siete hijos van a llenar este vacío que yo tengo dentro de mí. Créanmelo, no lo llenan. Porque yo quiero a mis siete hijas, pero ellas no han podido llenar el vacío. No he podido superarlo porque siempre estoy vacía… Cómo olvidar todo lo que me pasó”. Y aún más, cuando recuerda que de niña vio al despertar que habían matado a su madre y hermanos, y ella había recibido un balazo que le atravesó el brazo derecho (y que vemos en su cicatriz): “Me pasé tres o cuatro meses que no podía hablar… Y me decía: yo para dónde voy a ir si murieron todos”. Y continúa relatando aquellos momentos: “Separaron a los hermanos de las hermanas. A los chicos los enviaron a Aldeas Infantiles y a nosotras nos enviaron al Hogar”. Y ahora una de sus hijas nos dice: “Si me porto bien voy a llegar al cielo, si me porto mal, no. Si voy al cielo quiero ver a mi otra abuelita, y a mis tíos y a todos los que se murieron”. 

Ricardo tiene el recuerdo claro: a él y sus hermanos se los repartieron como “pollitos” cuando un pelotón del ejército los encontró en la montaña de Morazán. A Ricardo le tocó con la familia de un joven soldado. Años después, cuando ya era un adolescente, se alistó a las fuerzas del ejército, pero en ese momento no sabía que su madre biológica estaba justo al otro lado de la línea integrando las fuerzas revolucionarias. Tras años de búsqueda por todo el país, Ricardo y su madre se reencontraron cuando la guerra terminó. Ahora se ven con frecuencia y ella ejerce de abuela. Ricardo trabaja conduciendo un camión y predica cada domingo en una iglesia evangelista. Y Ricardo aún se rebela: “Éramos niños, éramos personas. No éramos pollos para que nos repartieran”.

Blanca desapareció cuando tenía unos pocos meses de vida. Sus padres murieron mientras huían del ejército en las montañas de Chalatenango y la niña fue trasladada a un orfanato, donde las monjas únicamente le contaron que había llegado ahí en un helicóptero. Blanca ha rehecho su vida en Navarra, lugar al que llegó tras ser adoptada con 14 años. Hace poco pudo ver por primera vez a su familia salvadoreña y conocer qué sucedió en aquellas montañas. Y Blanca recuerda: “Es muy triste que mi madre murió. Pero me dijeron que murió dos o tres días después de los tiros. Es duro cuando te cuentan todo eso”. Y pese a su orfandad es capaz de sincerarse: “Mis padres siempre han estado conmigo… pero nunca les pude poner cara”.

Y la película documental avanza con nuestros tres protagonistas entre imágenes en color de la realidad actual, imágenes en blanco y negro de la guerra de El Salvador, e imágenes de archivo de un color deslavazado. Y con tres imágenes recurrentes en el transcurrir de la película: el helicóptero (nuestra cigüeña metálica) proyectando su sombra sobre la tierra, las niñas y niños bañándose en la balsa de agua ocre y estancada, y una canica rodando entre distintos hoyos blancos y rojos de una madera. Y entre estas imágenes algunas reflexiones de las personas entrevistadas: “Y yo todavía hay cosas que no las entiendo…”.

Y paredes pintadas con el eslogan “Revolución o muerte”, que nos marca lo que fue: muchas muertes, muchos desaparecidos y mucho dolor. Infancias rotas, adolescencias turbulentas, donde escasean los recuerdos felices de nuestros tres protagonistas. Y ahora el reencuentro de madres biológicas y madres adoptivas.

Y al final la imagen de la noche en Pamplona, en San Miguel, en Tamanique. Y los hijos de nuestros tres protagonistas durmiendo. Un sueño tranquilo de un nueva generación, un sueño tranquilo que sus padres no tuvieron (y algunos siguen sin tener). No es la primera vez que en Cine y Pediatría esta Guerra Civil de El Salvador es protagonista. Porque ya estuvo presente en la película Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004) donde se hace patente otra lacra de la guerra en la infancia: los niños soldados.

Y es que mientras la cigüeña es la encargada de traer los bebés a un hogar, la “cigüeña metálica” de la guerra nunca trae nada bueno para la infancia. Una película tan desconocida como necesaria. Ni tráiler en Youtube he podido encontrar, solo en Vimeo.

Porque en el cielo no podemos olvidarnos que, además de cigüeñas blancas, también algunos niños y niñas han visto cigüeñas metálicas... 

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