sábado, 17 de agosto de 2013

Cine y Pediatría (188). “Voces inocentes”… la de los niños soldados


Unas botas militares pisando el suelo embarrado por la lluvia. Unos soldados armados acompañan bajo la lluvia intensa a unos niños con los brazos en la cabeza, todo ello grabado a contraluz y con cámara lenta. Una voz en off inicial de un niño: “Tengo mucha sed. Me duelen los pies. Tengo piedras en el zapato. Seguro que nos van a matar… ¿Por qué nos quieren matar sino hicimos nada?”

Así comienza una película que se considera imprescindible para poder entender de nuevo el dolor que causan las guerras en la infancia (un dolor que en el cine se convierte en reiterativa denuncia) y enfocado en este caso a los niños soldados: Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004). Basada en la infancia del escrito salvadoreño Oscar Orlando Torres (quien coescribió el guión), la trama ubica las acciones en El Salvador de mediados de los 80, en plena época de la guerrilla, donde se nos presenta el conflicto con la visión de un niño de 11 años. En Cine y Pediatría ya se tocó marginalmente este tema con Buenas noches, Ouma (Fernando León de Aranoa, 2007), dentro y de la película colaboratitva Invisibles, y que se centra en contar que los niños del norte de Uganda tienen que dormir vigilados por su entorno para que no les rapten y los conviertan en niños soldados.

El primer guión de Voces inocentes lo escribió Óscar Torres sobre su experiencia, y fue Luis Mandoki, director mexicano de gran versatilidad (reconocido principalmente por películas como Mensaje en una botella -1999- o Atrapada -2003-), quien le dio forma definitiva. Debido a la oposición del Gobierno salvadoreño, el filme tuvo que rodarse finalmente en México y no fue el único obstáculo de la película: algunas distribuidoras estadounidenses le sugirieron que eliminara las frases que cierran el filme y que apuntan que los americanos apoyaron en su día al Gobierno de El Salvador. A pesar de estas trabas, Voces inocentes consiguió abrirse paso en las salas y festivales internacionales, y se alzó, entre otros premios, con el Oso de Cristal a la mejor película en el Festival de Berlín.

Chava (Carlos Padilla) vive en Cuscatanzingo, un pueblo de la periferia de San Salvador, un pueblo que se encuentra atrapado entre el ejército y la guerrilla salvadoreña. Cuando su padre abandona a la familia, en plena guerra civil, Chava pasa a ser "el hombre de la casa" y cuidad de su madre (la bella actriz y modelo chilena, Leonor Varela) y sus dos hermanos pequeños. Vivimos con Chava la supervivencia familiar del día a día, entre la pobreza y los disparos, con el acicate de que está a punto de cumplir los 12 años de edad, lo que implica que pronto será reclutado por el ejército salvadoreño para que agarre un fusil y luche en contra de la guerrilla. Así que a Chava sólo le queda un año de escuela antes de ser movilizado, tiempo para disfrutar de sus amigos y de su primer amor con una compañera de clase, Cristina María. En medio del caos y terror que implica el vivir en un medio tan hostil y desesperanzador, la vida de Chava se convierte en un juego de supervivencia, no sólo de las balas de la guerra, sino también de los efectos desoladores de la violencia diaria.

Porque Cuscatanzingo es un pueblo de casas de zinc, con precarias paredes de madera y piso de tierra apisonada con puertas y ventanas desvencijadas y en donde predomina el color verde de la naturaleza y el sonido de una lluvia casi constante, y que todo nos alude a la realidad y a la melancolía de los indígenas centroamericanos. Y la guerra es sugerida por continuos signos de combate, por medio de los balazos, las explosiones, los impactos que abren orificios en las paredes o en los colchones que sirven de precaria protección. Porque en Voces inocentes el protagonista es el niño y, con él, su familia, no esa cruenta guerra, aunque sea el trágico telón de fondo.

“Es una película que muestra el lado de la guerra que no se ve en televisión. He querido entender la guerra, lo que pasa con la gente que está allí, dentro de las paredes de las escuelas, de las casas. Pero es difícil de entender algo tan monstruoso”, asegura el director. Porque en 1980 estalló en El Salvador un conflicto agrario que terminó por convertirse en una guerra civil que no cesó hasta 12 años más tarde. Como todas las guerras, ésta estuvo plagada de injusticias. Una de las que se atribuyen al Gobierno salvadoreño es el reclutamiento de miles de niños para que lucharan en la contienda contra la escurridiza guerrilla de la FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional).

En la película las principales escenas (las más crudas) se desarrollan alrededor de este conflicto: el reclutamiento de alumnos de 12 años en la escuela por parte del ejército (niños que cambian en un momento las canicas por un fusil), los niños escondidos sobre los tejados de zinc de las casas para evitar ser reclutados, los tiroteos nocturnos en el pueblo, el fusilamiento de los menores, etc. “Todos teníamos miedo de cumplir los 12. Porque entonces venía el Ejército y te llevaba…” es una frase que resume todo lo anterior y que lo pronuncian los mismos niños que salen a lanzar luciérnagas de papel al cielo (curiosamente un símbolo parecido al que apareció en la película de la semana pasada, La tumba de las luciérnagas).

Según informes de Amnistía Internacional se considera como niño o niña soldado a cualquier persona menor de 18 años que forma parte de cualquier tipo de fuerza o movimiento armado y en cualquier condición. En algunos países y conflictos, años y años de guerra han agotado a los adultos en edad de combatir y aquí los niños sirven para todo en tiempo de guerra: combaten, cocinan, acarrean agua, actúan como señuelos, mensajeros o espías. Estos niños y niñas han sido secuestrados en la calle, sacados de las aulas, de sus casas o de campos de refugiados. Y este problema es desgraciadamente de actualidad y no sólo en El Salvador, sino también en muchos otros países y conflictos en África, Colombia, Irak, Palestina, Israel, etc. existen niños soldados de los que se habla y sabe muy poco. Se estima que en la actualidad son más de 300.000 niños los que en el mundo se ven armados por culpa de una guerra, niños soldados que participan en más de 30 conflictos armados en todo el mundo. Dos millones de niños fueron asesinados en conflictos armados durante la última década, seis millones resultaron heridos y otros 20 millones tuvieron que abandonar sus hogares. En esta situación, las instituciones mundiales se comprometieron a conseguir la escolarización de todos los niños hasta el año 2015 del mundo como parte de los 'Objetivos del Milenio', porque las escuelas no sólo ofrecen un futuro, una educación, sino que representan también un rincón donde sentirse niños, donde olvidar por unos momentos la guerra.
De ahí la importancia de incluir la educación como una parte fundamental de la ayuda de emergencia en cualquier crisis humanitaria. La duración media de los conflictos es de diez años, periodo durante el cual dejan de ir a la escuela, exponiéndoles más a los abusos. Un niño sin educación es más vulnerable al contagio de enfermedades y a ser víctimas de las minas antipersona o el reclutamiento. Además, la formación es el único modo de romper el círculo de la pobreza, pues cada año de escolarización supone un incremento medio de los salarios del diez por ciento. Por último, la educación es un medio fundamental de promoción de la paz, pues fomenta la solución pacífica de conflictos, la tolerancia, el respeto de los Derechos Humanos y el espíritu ciudadano.

Mientras reflexionamos sobre las voces inocentes de tantos niños y niñas alrededor de los conflictos bélicos, nos quedamos con las palabras finales de Chava: “Yo no me quiero ir a vivir a los Estados Unidos. Pero si me quedo, me van a acabar matando. Pero voy a regresar, porque le prometí a mamá a sacar a Ricardito antes de cumplir los 12. Esta historia podía haberla contado Fito, Bocheli o Cristina María. Pero me tocó a mí. Es para ellos”.

Y, cómo no, el epílogo de Voces inocentes: “La Guerra Civil duró 12 años, con un saldo de más de 75.000 muertos y cerca de un millón de exiliados. El Gobierno de los Estados Unidos envió personal militar para asesorar y entrenar al Ejército de El Salvador, y envió más de 100 millones de dólares en ayuda militar. Más de 300.000 niños han sido reclutados en ejércitos alrededor del mundo, en más de 40 países”.

Voces inocentes es la verdadera historia de lo que se pierde en una guerra y lo que se encuentra en el corazón de un niño. Y todo ese mensaje se concentra en la canción “Casas de cartón”, que forma parte de la banda sonora original.