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sábado, 21 de noviembre de 2020

Cine y Pediatría (567). “El dilema de las redes sociales”, entre la utopía y la distopía

 

Internet y las redes sociales han sido ya eje nuclear de algunas películas vistas en Cine y Pediatría. Desde las luces y sombras de La red social (David Fincher, 2010), hablando del proceso de creación de Facebook, la red social por antonomasia y ya el país más grande del mundo, hasta la aparición de esa nueva generación de “screenagers” en Hombres, Mujeres y Niños (Jason Reitman, 2014), donde no hay límites para las nuevas tecnologías, tal como nos demuestra Searching (Aneesh Chaganty, 2017). Pero quizás la mayor atención del cine en este tema está puesta en los efectos adversos de su mal uso, desde la adicción a esta triada del lobo feroz en la infancia y adolescencia de las redes sociales (ciberbullying, sexting y grooming), tal como nos dejaron ver películas como Hard Candy (David Slade, 2005), Puedes confiar en mí (David Schwimmer, 2010), Después de Lucía (Michel Franco, 2012) o Marion, 13 años eternamente (Bourlem Guerdjou, 2016).  

Y ahora llega una película documental estadounidense de 93 minutos de duración y distribuida por la todopoderosa Netflix, bajo el título de El dilema de las redes sociales (Jeff Orlowski, 2020), una película muy especial y muy recomendable, para ver solo o en familia, para proyectar en las escuelas o en cine fórum. En ella aparecen trabajadores de Google, Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, Whatsapp, Snapchat, Tik Tok, Linkedin, Pinterest, Gmail, Firefox, Mozilla,… para alertarnos que los maestros de la tecnología han ideado una nueva forma de capitalismo, y la humanidad es ahora la materia prima de la que se alimentan las máquinas. Porque nadie (y menos nuestros protagonistas encuestados) dudan de que estas redes y plataformas han supuesto grandes cambios en el mundo y en nuestras vidas, pero – nos advierten – “fuimos ingenuos con la otra cara de la moneda”. Porque, oculta, la poderosa inteligencia artificial, que tiene como tarea captar nuestra atención, está destruyendo las normas sociales impuestas, poniendo en riesgo la verdad y la democracia, y poniendo la civilización en un sendero programado que va directo a nuestra propia destrucción. ¿Y cuál es el problema?, se pregunta el documental. Y está claro que son muchos, desde la adicción a los ciberataques, desde los bulos y teorías conspiranoicas hasta esta triada del lobo feroz para la infancia y adolescencia, así como otras nuevas enfermedades como la “nomofobia”, la “dismorfia de Snapchat”, la “cibercondría”, el “síndrome de la llamada imaginaria”, la “depresión de Facebook” o el “efecto Google”, siendo esta última capaz de hacernos perder la virtud de la memoria. 

Y para hablarnos de todo ello contamos con una mayoría de personajes que han sido (y son) claves en el desarrollo de esas redes sociales, generalmente jóvenes entre 20 y 35 años que ya han influido sobre miles de millones de personas en el mundo. Entre ellos Tristan Harris, Tim Kendall, Jaron Lamier, Roger McNamee, Aza Raskin, Shosana Zuboff, Jeff Seibert, Sandy Parakilas, Jec Toscano, Clamath Palihapitiya, Sean Parker, Dra. Anna Lembke, Dr. Jonathan Haidt, Randima (Randy) Fernando, Justin Rosenstein, Cathy O´Neil, Bailey Richardson, Rashida Richardson, Guillaume Chaslot, Renne DiResta, Cynthia M. Wang, Maria A. Rossa, Alex Roettes, Catalina Garayoa, Barbara Gehring, Skyler Gisondo, entre otros. Especial importancia tiene Tristan Harris, quien pidiera un diseño ético a Gooble y que es el creador del Center for Human Technology, quien nos deja mensajes del estilo de “Si no pagas por el producto, eres el producto, porque en realidad se vende nuestra atención y se usan nuestros datos, con lo que viene a ser algo así de ¿cuánto de tu vida nos puedes dar?". Y por ello las compañías de internet son las más ricas en la historia de la humanidad. 

La película se estructura en cuatro partes que en realidad es una, y lo que logra esa separación son cuatro pensamientos de cuatro personajes históricos: 

“Nada grande acontece en la vida de los mortales sin una maldición”, de Sófocles, poeta griego del siglo V a. de C. 
“Cualquier tecnología suficientemente avanzada no se distingue de la magia”, de Arthur C. Clarke, escritor y científico británico del siglo XX, autor entre otras de la novela “2001: una odisea en el espacio”. 
“Solo hay dos industrias que llamen a sus clientes “consumidores”: las de las drogas y la de software”, de Edward Tufte, estadístico americano del siglo XX, y profesor emérito de la universidad de Yale. 
“Ya sea utopía u olvido, será una carrera de relevos hasta el último momento”, de Buckminster Fuller, arquitecto e inventor estadounidense del siglo XX. 

Y la película avanza con intervenciones recurrentes, donde se nos deja claro que la manipulación y el engaño se ha convertido (sin saber) en el centro de todo lo que hacemos. De forma que con nuestros datos se construyen modelos que predicen nuestras acciones. 

Se profundiza en el concepto de la tecnología persuasiva, que es un diseño intencionalmente extremo para modificar el comportamiento: lo que en psicología se conoce como refuerzo positivo intermitente. Y para ello, todo un equipo de ingenieros, cuyo trabajo es piratear la psicología de la gente intentan captar más, con más usuarios, más interacciones y que invites a más gente. Nos convertimos en zombies digitales para que ellos ganen más dinero y nos advierten: “Hemos pasado de un entorno tecnológico basado en herramientas a uno basado en la adicción y la manipulación. Ese el cambio. Las redes sociales no son una herramienta que espere ser utilizada. Tienen sus propios objetivos y sus propios medios para perseguirlos usando tu psicología contra ti”. 

Y siguen las advertencias de los expertos: “Las redes sociales son una droga. Tenemos un imperativo biológico básico para conectar con otras personas y todo ello está fisiológicamente conectado por nuestro sistema dopaminérgico”. Y también nos recuerdan: “No hemos evolucionado para recibir aprobación social cada cinco minutos. No estamos diseñados para eso”. Y vale la pena revisar los comentarios de Clamath Palihapitiya, una de las cabezas pensantes de Facebook: “Organizamos nuestras vidas en torno a ese sentido de perfección percibida, porque recibimos recompensas a corto plazo: corazones, me gusta, pulgares. Y lo confundimos con valores y con verdad. Y realmente es una popularidad falsa y frágil, a corto plazo y eso te deja aún más vacío que antes de hacerlo. Porque entras en un círculo vicioso en el que piensas: ¿qué hago ahora? Porque lo necesito. Apliquemos eso a 2.000 millones de personas y pensemos en cómo reaccionamos ante las percepciones de los demás. Es…es horrible. Es muy malo”. 

Porque la inteligencia artificial creada a través de los “big data” de las redes sociales lo sabe todo de ti. Porque hay que imaginar que son 2.700 millones de “shows de Truman”, pues cada persona tiene sus propia realidad con sus hechos. Y lo peor, sus efectos adversos. Por ejemplo, los ingresos por intento de suicidio se incrementaron llamativamente entre adolescentes y, especialmente, entre preadolescentes. La tasa de suicidio se ha incrementado en la década del 2010 en el 70% entre chicas adolescentes de 15 a 19 años en USA y un 151% entre chicas de10 a 14 años. Y ese patrón apunta a las redes sociales. Son la generación Z, nacida a partir de 1996, pues son la primera generación de la historia que han llegado a las redes sociales en el instituto. Una generación más ansiosa, más frágil, más deprimida. 

Pero aparte de los efectos adversos sobre el individuo, también preocupa los efectos adversos sobre nuestra sociedad. Y nos lo recuerda Tristan Harris: “Un estudio del MIT dice que los bulos en Twitter se difunden seis veces más rápido que la verdad”, porque “hemos creado una situación que se inclina hacia la información falsa… y la desinformación”. Y la pandemia COVID-19 ha sido paradigmática, una versión extrema del ecosistema de información y desinformación en el que estamos sumidos, donde es difícil diferenciar la verdad de la mentira. Un caldo de cultivo para las teorías conspiranoicas y las “fake news”. Porque este fundador del Center for Human Technology nos advierte que existe el riesgo de destruir la civilización por la ignorancia deliberada de las redes sociales: “No se trata de que la tecnología sea la amenaza existencial. Es la capacidad de la tecnología para sacar lo peor de la sociedad y lo peor de la sociedad es la amenaza existencial. Si la tecnología crea el caos masivo, indignación, incivismo, desconfianza, soledad, alienación, más polarización, más pirateo electoral, más populismo, distracción e incapacidad para centrarse en los problemas reales… es solo sociedad. Y ahora la sociedad es incapaz de curarse y se convierte en un caos”. 

Y ante ello, esta especial película documental nos invita con optimismo a cambiar los objetivos de las redes sociales, aunque parezca una locura. Es nuestra responsabilidad, la de cada usuario, poner un poco de orden a este confuso mundo de las redes sociales que es, a la vez, utopía y distopía. Y por ello El dilema de las redes sociales ya es una película que también debe formar parte de la familia Cine y Pediatría: porque sus mensajes son importantes para todos, pero son claves para la infancia y adolescencia, nuestras futuras generaciones.

 

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