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sábado, 3 de septiembre de 2022

Cine y Pediatría (660) “Un pequeño mundo” en el patio de recreo

 

Dos hermanos se abrazan en la entrada al colegio de un nuevo curso. La pequeña Nora (Maya Vanderbeque), de 7 años, solloza, y el mayor, Abel (Gunter Duret), le dice: “Vas a estar bien, te lo juro. Nos vemos en el recreo”. Una escena realmente sorprendente para la pequeña actriz, de una contención que sobrecoge de principio a fin en esta película belga, por título Un pequeño mundo (Laura Wandel, 2021). Ya en el comedor escolar, busca a su hermano. No tiene hambre. Y en el patio de recreo aprecia algo que no comprende cuando otros alumnos le amenazan a Abel: “Aquí somos los jefes, De aquí no te mueves. ¡Como hables te mato! ¡Cállate la boca¡ No te muevas, no me mires”

Porque Un pequeño mundo es una película más sobre el acoso escolar o bullying, pero muy especial. Pues a diferencia de la mayoría de otros filmes que se pone a la altura del acosado, de los acosadores o de los padres, aquí el acoso escolar es visto desde una cámara a la altura de los ojos de Nora, una pequeña actriz sorprendente de inicio a final. Nora intentar proteger a su hermano en un medio tan hostil como puede llegar a ser el colegio. Nora llega a abrazar a su hermano y le pregunta: “¿Por qué hacen eso?” Y Abel le pide un pacto de silencio, para no contarlo a nadie, tampoco a su padre. Y a Nora le resulta más difícil de entender esto que lograr hacer el nudo de sus zapatos. 

Pero hasta las pequeñas compañeras de Nora son crueles en sus comentarios frente a su hermano y su padre. Una crueldad pueril y cotidiana, pero crueldad. Y el entorno no siempre ayuda: “A esta edad es normal pelearse”, excusa una profesora, aunque Nora intenta sacar a la luz la verdad, pero llega a entender que “cuando ayudas, peor”. Y cuando se descubre la verdad, entre los hermanos y el padre todo se enrarece. 

Vale la pena recomendar esta película en todos los sentidos, un pequeña joya de tan solo 72 minutos, suficientes para ver y pensar. Porque Laura Wandel, la directora (y también guionista), que se estrena el largometraje aquí, evita redundancias innecesarias y va al grano, siguiendo con su cámara de cerca a la protagonista, nutriendo la puesta en escena del poderío visual que aportan los primeros planos y el buen hacer de los jóvenes intérpretes. Y nos sumerge en ese microcosmos, en ese pequeño mundo, que es el patio de un colegio, donde Nora va a ser testigo de los malos tratos, humillaciones y vejaciones que sufre su hermano, debatiéndose entre la lealtad al mismo, que le pide guardar silencio, y los dictados de la razón que claman por desvelar semejante atropello. 

Un cruel poema infantil para sentir la cotidianidad del acoso escolar y las dificultades para atajarlo. Y eso sentimos como espectadores que acompañamos a Nora en el colegio (y donde los adultos pasan a un evidente segundo plano en la película), quien observa y sufre ante lo que ve con la rebeldía, espontaneidad e incredulidad de hermana pequeña. Y cuando se pasa de presa a depredador (porque la violencia se contagia) y cuando siempre aparece una nueva presa en los patios escolares. Porque toda la narración de Un pequeño mundo transcurre en el centro docente y, sobre todo, en los momentos de recreo (ya sea el patio, los pasillos, el baño, el comedor, la piscina) donde nos impone una atmósfera intimidatoria, dónde la violencia soterrada se respira, se siente… hasta el desgarrador final. Y así trasciende de la mera narración del buylling, para también ser una buena película de realismo social, que vive de lo mejor del cine social de Bélgica: hablamos de los hermanos Jean Pierre y Luc Dardenne, cuya estética y ética ya hemos conocido en Cine y Pediatría: Rosetta (1999), El hijo (2002), El niño (2005) o El niño de la bicicleta (2011).   

Película minimalista llena de detalles. Aquí el acoso escolar pone la cámara a la altura de su joven protagonista, y con frecuencia casi todos los personajes están fuera de foco. Nora siempre está presente y nítida, pero al resto (especialmente los adultos como el padre y profesores) no veremos sus rostros si no se ponen a la altura de la pequeña. Toda la banda sonora es el bullicio de un patio de recreo, prescindiendo de cualquier acompañamiento musical. La historia narra lo imprescindible y por mucho que nos preguntemos dónde está la madre de Nora y Abel, no vamos a obtener respuesta. Pero esa no es la esencia. 

Es Un pequeño mundo un buen debut de su directora a través de esta obra cautivadora e intensa sobre la complejidad de encajar en un lugar y el comportamiento adecuado en un microcosmos donde la violencia evita los radares adultos. Un relato iniciático reconstruido por una película original, y una tarea difícil y conmovedora para los pequeños arrojados a la arena del mundo (o a los patios de las escuelas, el primer lugar donde entendemos cómo funciona la sociedad). Una pequeña gran película que nos recuerda que ese pequeño mundo que los niños escolarizados viven puede ser un gran infierno para ellos… y ningún adulto (pero sobre todo el profesorado y los padres) debe olvidarlo y estar atento para abortar cualquier señal de bullying en un centro escolar. Esto ya lo hemos denunciado desde Cine y Pediatría en numerosas películas. 

Recientemente hemos publicado un libro sobre “Trilogías del séptimo arte para pediatras” y elegimos tres películas sobre el tema del acoso escolar, de aconsejable prescripción: Después de Lucía (Michel Franco, 2012), Marion, 13 años eternamente (Bourlem Guerdjou, 2016) y El silencio roto (Piluca Baquero, 2017). Pues bien, es probable que Un pequeño mundo ya forme parte de ese listado.  

 

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