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sábado, 11 de febrero de 2023

Cine y Pediatría (683) “Los lobos”, la inmigración del Alburquerque Project


En el año 2017, el estadounidense Sean Baker nos sorprende con la película The Florida Project, una nueva joya del indie americano, una obra visualmente única y sencilla, un retrato irónico sobre un barrio chabolista colindante con el mayor imperio vacacional de Estados Unidos, Disneyland, y ello en lo que es la pequeña historia veraniega de tres niños entre 6 y 7 años que viven rodeados de pobreza, malnutrición, drogas y prostitución - por obra y gracias de sus progenitores -, pero que el director pinta de color toda esta miseria para amortiguar el golpe en el espectador y transmitir algo de alegría de esa infancia maltratada, aunque ellos no lo saben. Y dos años después, apareció una película de cine independiente mejicana que muchos asemejaron en su contenido, por título Los lobos (Samuel Kishi, 2019), pero en lo que es un drama basado en hechos reales, pues se fundamenta en las vivencias de la propia infancia del director cuando sufrió en sus carnes el drama de la inmigración.  

Así pues, el director de Somos Mari Pepa (2015), un peculiar "comig of age" de un adolescente, ahora dirige este film autobiográfico con toques de The Florida Project sobre dos niños que viajan con su madre de México a Albuquerque en busca de una vida mejor. Ellos son Max (Maximiliano Nájar Márquez) y Leo (Leonardo Nájar Márquez), de 8 y 5 años, emigrantes con su joven madre Lucía (Martha Lorena Reyes) en Albuquerque, la ciudad más poblada del estado de Nuevo México (Estados Unidos). Y empiezan desde cero y sin conocer a nadie. Lo primero es buscar un lugar para vivir, una mísera habitación por 500 dólares al mes regentada por coreanos en un entorno tan hostil como esas ciudades fronterizas "made in USA". Y ahí surge la pregunta del más pequeño: “¿Dónde vamos a dormir?”. 

Y aparte de Florida Project, la película comparte algo de la sorprende La habitación (Lenny Abrahamson, 2015), pues desde el primer momento la madre sale a trabajar y los dos hijos esperan en la pequeña habitación a que su mamá regrese, y allí pasan el día solos mientras observan a través de la ventana el inseguro barrio en el que está enclavado el motel donde viven, habitado principalmente por hispanos y asiáticos. Se dedican a escuchar los cuentos, reglas y lecciones de inglés que la madre les deja en una vieja grabadora de casete, y construyen un universo imaginario con sus dibujos, mientras anhelan que su mamá cumpla su promesa de ir juntos a Disneylandia. Ese casete que les conecta con su vida familiar pasada que han dejado en México, donde la madre les graba las lecciones en inglés (con las palabras clave en primer lugar: “We want to go Disney. One ticket, please”) y donde también les graba las reglas para sobrevivir en esas difíciles circunstancias: “Vamos a necesitar reglas. Regla número 1: no salir nunca del departamento. Regla número 2: no pisar la alfombra sin zapatos. Regla número 3: mantener limpio el departamento. Regla número 4: cuidarse entre hermanos. Regla número 5: abrazarse después de una pelea. Regla número 6: no llorar. Regla número 7: no decir mentiras”.  

Ante tantos días de soledad y abandono de los niños en casa, en lo que es casi una experiencia carcelaria, el mayor demanda a la madre”: “Y por qué mejor no nos regresamos?”. Pero Max y Leo siguen pasando el tiempo dentro de la habitación jugando, durmiendo, pintando lobos (que de forma recurrente aparecen como un cómic infantil entre la historia), pues la madre les deja claro que ellos son lobos, y “los lobos no lloran, los lobos muerden, aúllan y cuidan su casa”. Hasta que un día deciden salir de la casa y conocer el barrio, allí donde establecen algunas relaciones con el vecindario. Pero la vida de la madre no es menos fácil, pues pasa el día realizando grandes viajes en autobús para llegar a los dos trabajos precarios (una lavandería industrial y limpiadora de unos grandes almacenes), ocupaciones que quedan reservados para los muchos inmigrantes de la región. Y cuando llega a casa a altas horas de la noche, apenas le quedan fuerzas para llorar mientras sus hijos ya duermen en el suelo. Y finalmente se animan a acudir a los oficios religiosos que van acompañados de un banco de alimentos, allí donde se mezclan los emigrantes y las culturas. Como se mezcla la celebración de Halloween con el Día de los Muertos, puro mestizaje cultural. 

Una película que se visualiza a flor de piel. Sencillamente porque no cuenta nada que no sea real. Y al final acuden un día festivo a un parque de atracciones, donde la madre les dice “Ya sé que no es Disney”… pero todos sonríen. Por primera vez todos sonríen y es el único momento en que los niños son niños y se divierten como niños (por cierto, los actores que interpretan a Max y Leo son hermanos de verdad y demuestran una maravillosa capacidad de contención para creernos su papel de principio a fin). 

Porque son muchas las historias filmadas sobre la inmigración, y el drama humano y las dificultades que implica. Pero Los lobos tiene el mérito de apostar por la autenticidad y la mirada certera sobre la infancia, esquivando el melodrama en los posible (aunque siempre presente). Y es que desde la mirada inocente es cuando más emotividad se puede alcanzar al reflejar los dramas humanos. Una película perfecta para la reflexión cuando se visualizó en su estreno, pura era del confinamiento y de las políticas migratorias de Trump. 

Porque la comunidad mexicana es la más numerosa de todas las nacionalidades inmigrantes que residen en Estados Unidos y la mayor diáspora mexicana en el mundo. Destaca la presencia de mexicanos en California, Texas, Nuevo México, Arizona, Nevada y Colorado, aunque están dispersos por todo el país. Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Estado de México, y Zacatecas agrupan a 45% del total de migrantes en Estados Unidos. La migración México-Estados Unidos está condicionada por múltiples factores, dentro de los cuales, la diferencia salarial hace que la movilidad laboral por cuestiones económicas sea determinante; también las redes sociales y familiares, que se han forjado desde el siglo pasado, hacen que el proceso migratorio entre estos países se reproduzca continuamente. El tema es tan importante que la segunda ciudad del mundo con más mexicanos es Los Ángeles, solo superado por Ciudad de México. 

Y esta visión desde la infancia a los temas sociales que les afectan la hemos visto reflejada desde distintas películas. La vimos desde Florida, y ahora la revisamos desde Alburquerque con la inmigración en el epicentro. Y, por desgracia, esta infancia tiene que aprender, rompiendo su inocencia, que “los lobos no lloran, los lobos muerden, aúllan y cuidan su casa”.

 

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