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miércoles, 30 de agosto de 2023

Homenaje al médico rural

 

En el Complejo Residencial Pérez Mateos en San Juan de Alicante (por todos conocidos como Previsión Sanitaria) me he encontrado con una exposición, que bien merece ser destacada. Es una exposición sobre la Medicina Rural y que tiene su fundamento en el Museo del Médico Rural que se ha creado en la localidad orensana de Maceda, gracias a la dedicación del Dr. José Manuel Lage Parente, médico rural en esta zona y que durante décadas ha recopilado información y recabado objetos de dichos médicos, destacando así la enorme valía de estos «héroes», y del aprecio por parte de sus pacientes difícil de expresar, siendo las más habituales: que fueron los médicos de los pobres y que su labor era sumamente humanitaria, en tiempos en los que la pobreza era una bandera en la zona rural, y su labor de dinamizadores en su entorno fue esencial. Y es que vale la pena recopilar brevemente la Historia de la Sanidad Rural que en este mismo museo se expone... 

Desde la llegada de la medicina científica al medio rural , se pueden identificar tres niveles clásicos de asistencia. Por una parte está el campesino medio, cuya economía es de subsistencia y, a menudo, paga al médico con iguala: un abono a los servicios médicos a cambio de un pago anual en especie o una escasa cuantía de dinero. En el estrato superior se encuentra el labrador acomodado, con extensas propiedades agrarias que cultiva mediante criados en en régimen de parcería; este puede permitirse el pago en metálico, obteniendo a menudo unos servicios de mayor calidad que los del igualado. En el otro extremo está el pobre de solemnidad que, carentes de tierras, trabaja las ajenas a cambio de una parte del cultivo; este carecerá de asistencia sanitaria o acudirá a los "menciñeiros" populares hasta mediados del siglo XIX, cuando se crea la Beneficiencia Municipal: en ese momento, los médicos rurales pasan a recibir una asignación fija de los ayuntamientos por atender a los pobres. 

Para ser beneficiario de los servicios gratuitos de la Beneficiencia tenían que darse dos condiciones: que el usuario careciera absolutamente de medios y que el sector público tuviera liquidez para atender la demanda. Si así era, los consistorios financiaban la "triada asistencial de la miseria": médico, botica y entierro. Pero los padrones de indigentes se recortaban al ir dejando fuera a los pobres de hecho y no de derecho, o incluyendo a quien, aunque no fueran "económicamente" débiles, contaban con el favor de los caciques. Por eso, el médico rural se vería forzado a atender gratuitamente a las numerosas personas que, sufriendo precariedad, no figuraban en la lista. 

La suscripción periódica a los servicios médicos (igualas) se llamó popularmente también acuerdo (avenencia, contrato) denominación del impuesto que se pagaba a los curas de las aldeas. La fórmula de los acuerdos, una anticipación del aseguramiento de salud, resultaba onerosa para el médico, que por una cantidad de valor muy modesto podía dar sus servicios a muchos y muy dispersos hogares, compuestos de familias numerosas. Tampoco era óptimo para el paciente porque muchas prestaciones quedaban excluidas de la iguala y debían costearse aparte. 

En la Segunda República tiene lugar un desarrollo normativo relevante (seguro de maternidad, seguro de accidentes laborales, creación del Ministerio de Sanidad, etc.) que se detiene en la posguerra, hasta la creación en 1942 del Seguro Obligatorio de Enfermedad. Fue este un hito importante que, con todo, tiene un impacto modesto en el medio rural: los obreros que disfrutan de cobertura son escasos, pues apenas hay empresas empleadoras y, las pocas que hay, tienden a no asegurar a los trabajadores. 

En 1963, la Ley de bases de la Seguridad Social cambia el paisaje sanitario español, con la construcción de colosales residencias (que dejan atrás la estigmatizada denominación de hospital, que se asociaba a penuria y muerte), ciudades sanitarias y centros de especialidades. Las villas provincianas se pueblan de grandes ambulatorios, donde los médicos ya trabajan en calidad de funcionarios estatales, emancipados del vasallaje de los alcaldes. Pero en la segunda mitad del siglo XX se define la larga lista de obligaciones del médico rural, como "permanecer de servicio las 24 horas del día y los 365 días del año, prestar asistencia médico-quirúrgica a los enfermos incluidos en el Padrón de Beneficencia Municipal gratuita, prevenir la salud pública, vacunaciones, verificar defunciones, sustitución al Forense, reconocimiento de quintos, inspección escolar y de establecimientos públicos, declaraciones de enfermedades obligatorias, asistencia a Guardia Civil y mutilados etc.". Como señala el propio doctor Lage, "un multiusos a precio de ganga" y con situaciones especialmente definitorias de su labor como los partos ("empiezan a ser hospitalarios en la década de los años setenta"), la atención a la infancia ("hasta la década de 1940, las enfermedades infantiles se trataban con poco más que resignación") o los particulares medios de transporte del médico (en la primera mitad del siglo el uso de la caballería hacía que se hablara de una "medicina montada", luego sustituida por la bicicleta, la moto y, ya en los 60, el coche). Ni que decir tiene que "estos héroes silenciosos, auténticos artesanos de su oficio, con pocos medios diagnósticos y terapéuticos a su alcance, contribuyeron a aumentar la longevidad pasando de 42 años a principio de siglo a 82 en la actualidad, y situar a nuestra sanidad en primera fila del ranking mundial"

Pero el auténtico efecto ascensor en la financiación sanitaria rural no ocurre hasta 1972. A partir de este año se va implantando el llamado régimen agrario, que amplia la cobertura sanitaria a las trabajadores del campo. La reticencia inicial del médico rural pronto se diluye: el aumento en progresión aritmética del número de asegurados se ve generosamente compensado por el incremento en progresión geométrica de las retribuciones. La palabra para definir este fenómeno es reveladora: un maná. Cierto que la alegría de los facultativos duró poco: los salarios se corrigen luego a la baja y el médico rural se funcionariza indefinidamente. 

Lo demás es historia reciente. La creación del Sistema Nacional de Salud en 1986 trae consigo (con secular retraso) sanidad para todos y que, en los años 90, con el Pacto de Toledo, se va a financiar con impuestos y no con aportaciones de los trabajadores. En estas fechas, las aldeas están aún dotándose de las infraestructuras básicas: carreteras, teléfonos, saneamientos. También nuevos y (a menudo) esperpénticos centros de salud; pero ya era tarde: la amputación demográfica estaba hecha. La golondrina del porvenir ya había volado. 

Y es así como Maceda, un pequeña población de menos de 3.000 habitantes, puede presumir de albergar un museo en homenaje a la Medicina Rural, peculiar y novedoso museo que contiene más de 800 piezas catalogadas que utilizaba con frecuencia el médico rural. El museo está organizado en nueve salas temáticas: 1. Consulta médica; 2. Electrología; 3. Radiología; 4. Sala revelado; 5. Laboratorio; 6: Esterilización; 7. Sala de exploraciones; 8. Bibioteca; 9. Sala de instrumental. Un merecido homenaje al médico rural.

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