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sábado, 15 de agosto de 2026

Cine y Pediatría (866) “X + Y”, la fórmula matemática entre la capacidad y la vulnerabilidad


Las altas capacidades intelectuales se refieren a un funcionamiento intelectual, creativo o talentoso significativamente superior al habitual en una o varias áreas, y deben entenderse junto con el desarrollo emocional, social, motivacional y escolar del menor. Las características principales de las altas capacidades incluyen estos perfiles: precocidad intelectual, talento simple (con rendimiento excepcional en un área concreta), talento complejo, superdotación o capacidad intelectual general elevada y doble excepcionalidad (coexistencia de altas capacidades con otra condición o dificultad, como autismo, TDAH, dislexia, trastorno del desarrollo del lenguaje o dificultades emocionales). De todas ellas hay ejemplos en el cine y todas nos plantean los retos personales, familiares, sociales y académicos de estos niños, niñas y adolescentes. 

Sobre la doble excepcionalidad, ejemplo paradigmático de la neurodiversidad, ya comentamos hace poco la película española Wolfgang (Extraordinario) (Javier Ruiz Caldera, 2025), la historia de un niño de 10 años con trastorno del espectro autista (TEA) y altas capacidades para la música; y previamente conocimos personajes con el conocido como síndrome de Savant asociado al TEA, tanto en la película Rain Man (Barry Levinson, 1988), pura ficción, como en Mozart y la ballena (Petter Naess, 2005), historia real de Jerry Newport y Mary Meinel. Y hoy recordamos la película británica X+Y (Morgan Matthews, 2014), alrededor de Nathan Ellis, un adolescente con un talento matemático extraordinario y dificultades para interpretar las relaciones sociales, cuyo argumento se inspira en el documental de la BBC Beautiful Young Minds, centrado en jóvenes participantes en la Olimpiada Internacional de Matemáticas. El título X + Y alude a una expresión matemática, pero también puede leerse simbólicamente: Nathan intenta comprender un mundo humano que no funciona con la claridad, la previsibilidad y la lógica de una ecuación.    

Nathan Ellis (interpretado en la infancia por Edward Bker-Close y en la adolescencia por Assa Butterfield, presente en dos películas icónicas como El niño con el pijama de rayas y La invención de Hugo) aparece inicialmente como un niño que encuentra refugio en los números y una conexión afectiva especialmente intensa con su padre. Tras la muerte de este en un accidente de tráfico, su madre Julie (Sally Hawkins, reconocida especialmente por su Óscar como mejor actriz en La forma del agua) intenta acompañarlo, pero ambos tienen dificultades para comunicarse y para expresar físicamente el afecto. Y esta le dice: “Cuando alguien dice que te quiere, significa que ve algo valioso en ti, que sienten que vale la pena. ¿Es eso válido para ti?.” La narración muestra que la pérdida del padre no solo provoca dolor, sino que altera el precario equilibrio emocional y comunicativo del niño etiquetado como síndrome de Asperger, término que hoy ya esta´integrado en el diagnóstico de TEA. Su mundo matemático le proporciona orden, seguridad y un lenguaje alternativo para interpretar la realidad.   

Años después, el profesor Martin Humphreys (Rafe Spall), con secuelas iniciales ya de su esclerosis múltiple, descubre la extraordinaria capacidad matemática de Nathan y comienza a prepararlo para competir por un puesto en el equipo británico de la Olimpiada Internacional de Matemáticas. Él también fu un prodigio de las matemáticas, pero su prometedora carrera se vio truncada debido al avance de su enfermedad y sus propios demonios personales. La relación entre ambos no es la de un maestro perfecto y un alumno pasivo. Los dos están heridos, aislados y necesitan reconstruir un sentido de dirección. Martin enseña matemáticas, pero Nathan también le devuelve una razón para comprometerse con el mundo. Y se confiesa: “No hablo mucho; la gente piensa que no tengo nada que decir, pero no es verdad.” 

Nathan consigue viajar a Taiwán para el entrenamiento internacional. Y así les dice el entrenador: “Ustedes son los 16 jóvenes cerebros más hábiles del país. Entrenaremos con otros cuatro equipos nacionales”. Y allí conoce a Zhang Mei (Jo Yang), una joven matemática china. La amistad y la atracción que surgen entre ambos introducen una dimensión que Nathan no puede resolver mediante fórmulas: los sentimientos, la ambigüedad y el deseo. La competición deja entonces de ser únicamente un objetivo académico y se convierte en un proceso de apertura a experiencias nuevas, de reconocimiento de la vulnerabilidad y de aprendizaje interpersonal. 

X + Y nos habla de un adolescente que intenta traducir su mundo interior a los demás y que descubre progresivamente que las relaciones humanas no pueden resolverse siempre mediante fórmulas, aunque él piense así: “Si la verdad es belleza y la belleza es verdad, entonces las matemáticas es de las cosas más bellas”. El verdadero crecimiento de Nathan no consiste en convertirse en mejor competidor, sino en aceptar la vulnerabilidad, establecer vínculos y comprender que pedir ayuda no disminuye su inteligencia. 

Una historia donde la música tiene especial relevancia, en concreto el cantautor de folk rock y poeta británico Keaton Henson, pues tres de sus canciones ponen emoción a las tres partes de esta historia: en la introducción a su infancia y duelo oímos el “Sweetheart, What Have You Done to Us”, en el núcleo argumental que supone su encuentro con Martin aparece “You”, y el colofón final lo pone “Small Hands”. Ese tercer personaje invisible que es la música es una buena base para conocer a los principales personajes de esta historia: Nathan, navegando entre la capacidad y la vulnerabilidad; Julie, esa madre que quiere proteger a su hijo, pero no siempre sabe cómo acercarse a él; Martin, el mentor y personaje herido; y Zhang Mei, ese vínculo de amistad que permite que cada uno vea al otro como persona, no solo como rival. 

Una película que nos advierte que la doble excepcionalidad requiere una mirada compleja. Y aunque la película vincula altas capacidades y autismo, esta combinación no debe generalizarse, pues la mayoría de los niños con altas capacidades no son autistas, y las personas autistas presentan perfiles muy diversos. Además, cabe considerar estos otros puntos de análisis y reflexión: que la inteligencia no es una identidad completa y nos recuerda que el talento debe acompañarse de relaciones, seguridad emocional y oportunidades de pertenencia; que no todas las altas capacidades son globales (y como nuestro personaje, ser extraordinario en el razonamiento matemático y, simultáneamente, necesitar apoyo en comunicación social, regulación emocional o autonomía cotidiana); y que ganar no es el único desenlace posible (y vemos como el verdadero logro de Nathan no es el éxito en la competición, sino ampliar su mundo: tolerar la incertidumbre, establecer vínculos y aceptar que puede necesitar a otras personas sin que eso disminuya su inteligencia). 

En conjunto X + Y resuelve esa fórmula matemática entre la capacidad y la vulnerabilidad de las personas con doble excepcionalidad y plantea una idea central: el objetivo de la educación no es fabricar un ganador, sino ayudar a la persona a desarrollar sus capacidades sin perder la posibilidad de relacionarse, elegir y ser feliz. 

Para finalizar, cabe citar que se acaba de estrenar la película española Altas capacidades (Víctor García León, 2026), una comedia negra que retrata una doble obsesión contemporánea: la de los padres que quieren convertir a su hijo en una prueba de su propio éxito y la de una clase media que aspira a penetrar en los espacios exclusivos de la élite. Allí donde Alicia (Marian Álvarez) y Gonzalo (Israel Elejalde) interpretan los problemas escolares y de conducta de su hijo Fer como indicios de una inteligencia excepcional. En lugar de afrontar directamente sus dificultades, proyectan sobre él una identidad tranquilizadora: Fer no sería un niño conflictivo o desorientado, sino un niño con “altas capacidades” cuyo talento no está siendo comprendido. Y ahí reside la primera ironía del filme: el diagnóstico —o, más exactamente, la etiqueta— deja de ser una herramienta para comprender al menor y se convierte en una justificación emocional para los adultos que quieren incorporar a su hijo a un colegio privado de élite, lo que revela las verdaderas motivaciones de los padres: nuevos contactos, prestigio, oportunidades laborales y acceso a un mundo socialmente superior. La película critica así la tendencia a transformar a los hijos en proyectos de realización personal, social y económica. 

Algunos críticos han relacionado la película como una mezcla entre la tradición del guionista español Rafael Azcona, por la atención a las pequeñas miserias morales, y la más reciente sátira social del director sueco Ruben Östlund, por la incomodidad que generan los rituales de pertenencia y humillación social. El título es irónico, porque las “altas capacidades” no designan únicamente la supuesta inteligencia de Fer, sino también la capacidad de los adultos para fabricar relatos, justificar decisiones y adaptarse a un sistema de privilegios. Alicia y Gonzalo demuestran una extraordinaria capacidad para no ver lo que tienen delante: las necesidades reales de su hijo, sus propias contradicciones y el precio de la integración social.

 

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