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sábado, 21 de febrero de 2015

Cine y Pediatría (267). “Magical Girl”, amor paterno-filial más allá del manga


Se conoce como “magical girl” a un estilo de animación japonés (también como anime o manga) que tiene como tema principal niñas o chicas que tienen algún objeto mágico o algún poder especial, niña mágicas que tienen la obligación de salvar el mundo y combatir frente a criaturas malignas (generalmente venidas de otro mundo o universo), al mismo tiempo que viven los problemas propios de su edad tales como la escuela o los chicos. Generalmente están acompañadas por pequeñas mascotas parlantes y visten elaborados trajes que suelen llevar cuando utilizan sus poderes mágicos.

Pues basándose en este concepto nace el título de la segunda película de Carlos Vermut, una película muy especial y que viene avalada ya por distintos premios en el Festival de San Sebastián (Concha de Oro a Mejor película y Concha de Plata a Mejor director), en los recientes Premios Feroz (Mejor actor, actriz y guión) y en los decanos Premios Goya (5 nominaciones y conseguido el Premio de Mejor actriz para Bárbara Lennie). Sorprendente drama que mezcla manga, copla y cine neo noir, donde convergen los más misteriosos rincones de la vida y del alma, en esta enigmática película, Magical Girl (2014), una película solemnemente rodada, portentosamente narrada y sólidamente interpretada. Ahora sí, tampoco nadie dijo que fuera fácil de ver ni de entender. 

Porque Carlos Vermut (madrileño nacido como Carlos López del Rey) comenzó su carrera en el mundo de la ilustración, publicando cómics como "El banyan rojo" o "Plutón BRB Nero", basado en la serie de televisión de Alex de la Iglesia. Su primer corto, Maquetas (2009), fue galardonado en la VII edición del Notodofilmfest y su primer largo Diamond Flash (2011) ya hacía presagiar con esa superheroica aventura desconcertante lo que ahora nos presenta, y que parece su consagración como director. No en vano, para algunos críticos, se nos presenta como una de las películas más impactantes que ha dado el cine español de los últimos años

Normalmente Carlos Vermut defiende que cada una de sus películas (en el corto o en el largo) nace de un dibujo, si bien en Magical Girl parece que es más importante la parte de atrás de la cuartilla, porque no es tanto lo que se ve como lo que se esconde. Y ya lo advierten: en esta película el espectador se juega los ojos… y su mente. No es fácil encuadrar a Vermut como cineasta. Autor poseedor de un mundo propio tan hermético como absorbente, se puede jugar a intentar mezclar la perversión de Luis Buñuel, la inquietante infancia de Juanma Bajo Ulloa, el costumbrismo vintage de Pedro Almodóvar, o la violencia soterrada del primer Carlos Saura, pero todo parece indicar que esta película es algo diferente. 

Un comienzo con un tour de forcé entre un profesor y una alumna. Un fundido en negro y una niña bailando frente al espejo del armario de su habitación una canción japonesa claramente al más puro estilo manga…; entonces la niña se desvanece. 
Y desde ese momento comienza el puzle que debemos construir, dividido en tres partes: Mundo, Demonio y Carne. 

En Mundo la protagonista principal es Alicia (Lucía Pollán) y su padre Luis (Luis Bermejo). Porque Alicia es esa adolescente de 12 años que se desvanece,  quien vive sola con su padre, profesor en paro. Ingresa en el hospital e intuimos lo peor por la información lejana que la doctora confiesa al padre. Al regresar a casa la niña y el padre tienen una conversación épica en la comida y ella le dice: “¿Puedo fumarme un cigarro?, … ¿Puedo pedirte otra cosa?: me gustaría tomarme un ging tonic”. Poco después, el padre abre “El libro de los deseos” de Alicia y lee: Deseo 1, convertirme en quien yo quiera. Deseo 2, el vestido de Magical Girl Yukiko. Deseo 3, cumplir 13 años. 
La leucemia de Alicia le deja pocas esperanzas de vida y su padre comienza una aventura desesperada por conseguir ese vestido de Magical Girl de su hija. El padre sale a la aventura, mientras en la radio se oye la dedicatoria que le dedica Alicia: “Hoy en la sección de cartas de los oyentes tenemos una carta muy especial. Y digo que es una carta muy especial porque la escribe una niña de 12 años, porque se la dedica a su padre y porque es una niña enferma de leucemia. Ella se llama Alicia y su carta dice así. Te escribo esta carta desde la habitación del hospital. Me gusta mucho venir aquí. Al principio me daba miedo y lo odiaba, pero ahora me encanta. Sé que es raro. A nadie le gustan los hospitales. Me gusta el olor de los pasillos, me gusta la comida, me gustan las vendas y me gustan las agujas. ¿Sabes por qué? Porque sé que siempre que me despierte aquí vas a estar a mi lado…” 

En Demonio la protagonista principal es Bárbara (Bárbara Lennie). Bárbara es una joven bella y misteriosa que arrastra una enfermedad mental (quizás encuadrable como trastorno bipolar) y tendencias sadomasoquistas: “Es que no puedo dejar de pensar la cara que pondríais si lanzase al bebé por la ventana”. Su marido es psiquiatra, la cuida, pero también la abandona. Su padre Damián no le coge el teléfono… Su cara cortada contra un espejo, ya un símbolo del cine y para el cine. 
Y su encuentro con Luis y esa frase genial (como todas las frases de la película): “Oye, ¿me puedes dar un abrazo?”. Y su declaración: “Sabes por qué veo esos programas de la tele?... Porque me gusta ver gente más desgraciada que yo”

En Carne el protagonista principal es Damián (José Sacristán). El es un profesor de matemáticas con un oscuro pasado, un viejo pederasta que trata de integrarse en la sociedad tras salir de prisión. Un profesor retirado de todo menos de su tormentoso pasado y el reencuentro con Bárbara. 
Y es aquí donde confluyen las vías argumentales y donde los cuatro personajes-enigma (Alicia, Luis, Bárbara y Damián), dos parejas de padre e hija fluyen en dos laberintos vitales destinados a encontrarse en una tormenta perfecta de terrores psicológicos y pesadillas incurables

Porque Carlos Vermut planea sobre el horror cotidiano sublimando con un cruce eléctrico entre cómic y cine, entre los historietistas Daniel Clowes de "Ghost World" (llevada al cine por Terry Zwigoff en 2001) y los cómics de terror de Charles Burns, con tintes del mejor cine del estadounidense David Lynch (recordar El hombre elefante), del austríaco Michael Haneke (recordar La cinta blanca) o del griego Yorgos Lanthimos (recordar Canino). 

Y todo ello para conseguir salir de la película tan asombrado como desencajado, con esa sensación de las obras maestras no comprendidas (el caso de El árbol de la vida de Terrence Malick es paradigmático). Es lo que tienen las películas que son diferentes y aspiran a cambiar nuestro mundo o, al menos, la comodidad del cine comercial. Y a fe cierta que Magical Girl lo es, incluso cuando suena la música de Manolo Caracol (y su “Niña de fuego”). 

Pero por encima de la crítica cinematográfica, lo que queda en Magical Girl es la experiencia vivida (y sufrida) del amor incondicional de un padre hacia una hija… y en dos versiones: la versión de Bárbara, la joven con enfermedad bipolar, y su padre Damián (una relación en el lado oscuro que intenta buscar el perdón) ; y la versión de Alicia, la preadolescente con leucemia, y su padre Luis (una relación en el lado luminoso, que se oscurece). Lo que sigue es un laberinto de miradas, instintos no satisfechos y pasiones por resolver que coloca la labor del cineasta muy cerca de la de inventor de universos. Y una realidad universal: no hay amor (ni hay dolor) tan grande como el de un padre hacia su hija. 

Magical Girl es amor paterno-filial más allá del manga, que nos deja una cicatriz tan grande como la de la frente de Bárbara. Y con cuatro actores en estado de gracia para una película que tiene tintes de pasar a ser de culto: Bárbara Lennie (justa premiada en los Goya, y su posible consagración de gran actriz), pero también Lucía Pollán (y su mirada desafiante de actriz debutante), Luis Bermejo (y su increíble papel, símbolo de la mediocridad) y el gran José Sacristán (la voz del cine  español). Ese magnífico rompecabeza de la vida... en el que siempre parece faltar una pieza.

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