sábado, 8 de octubre de 2011

Cine y Pediatría (91). "El árbol de la vida", una oración desde la infancia al sentido de la vida


Hoy es día especial para mí y, por ello, hablo de una película especial. Hoy cumplo 50 años y cruzo una frontera en la que, probablemente, lo que he vivido ya es mucho más que lo me resta por vivir. Un buen momento para reflexionar sobre el sentido de la vida. Y para ello, nada mejor que hacerlo en compañía de Terrence Malick, un director especialmente controvertido (un poeta de la imagen y mito del cine para unos, un extravagante sobrevalorado para otros) que nos acaba de revelar su última obra, El árbol de la vida (2011), su peculiar reflexión que va del microcosmos de la infancia y la familia al macrocosmos del origen de la vida.

Antes de su estreno esta película ha hecho correr ríos de tinta, ríos que se prolongarán tras sus primeras proyecciones y que perdurarán en el tiempo. Drama intimista sobre el paso del tiempo de la niñez a la madurez, la progresiva pérdida de la inocencia al llegar a la adolescencia y los problemas de fe en la vida adulta por los desagravios que la existencia nos ofrece. Avalada con la Palma de Oro en el último Festival de Cannes, se presenta como una de las revelaciones del año que puede llegar a marcar un antes y un después en la historia del cine.

Terrence Malick viene a ser como el Victor Erice de Hollywood, con esa mezcla de mito (sus imágenes ponen poesía a sus complejos guiones) y de hombre (director poco prolífico, reservado y siempre alejado de lo público) que alarga su estela en el séptimo arte. Cuatro obras previas avalan su trayectoria: Malas tierras (1973), Días de cielo (1978), La delgada línea roja (1998) y El nuevo mundo (2005). Todas sus obras se basan en un elaborado guión, actores sólidos, un gran director de fotografía y grandes partituras (la imagen y la música se funden con el mensaje). Todas sus obras son motivo de polémica (o se aman o no se entienden), pero en las que el paso del tiempo juega a su favor y se convierten en títulos imprescindibles. Especial relevancia tuvo la magnánima La delga línea roja, una reflexión en off de casi tres horas de duración entre la selva polinésica plagada de belleza y muerte, tristemente despreciada en unos Premios Oscars (siete candidaturas, ningún galardón) que prefirieron premiar la más intrascendente Shakespeare in love (John Madden, 1998).

En esos 20 años que van desde Días de cielo a La delgada línea roja, Malick se embarcó en el proyecto Q, película destinada a explorar los orígenes de la vida y de la Tierra. Tomando como base el metraje que ya disponía de la inacabada Q, inició la que hasta ahora es la película más esperada y ambiciosa: El árbol de la vida, que narra el transcurso vital de Jack O´Brien (Hunter McCraken de adolescente, Sean Penn de adulto), el hijo mayor de una familia de un pequeño pueblo de Texas en los años cincuenta, y sus relaciones con un autoritario padre (Brad Pitt, quien se embarcó hasta la médula también como productor de la película), una angelical madre (Jessica Chastain, la actriz revelación del año, a la que podemos ver simultáneamente en cartel en La deuda, John Madden, 2011) y dos hermanos.

Quizás no sea lo original el contenido (es recurrente el argumento de la infancia como fuente de recuerdos y vivencias que nos marcan durante el resto de nuestras vidas), sino el continente, cómo Terrence Malick utiliza los recursos para mostrarnos un poema visual de inagotable belleza en cada una de sus imágenes, un poema no apto para todas las retinas. Es cierto que puede llegar a ser desconcertante esa mezcla de cine de autor y documental del National Geographic con que nos sorprende en la primera parte de la película. Pero lo más sorprendente es ver como parte de la sala abandonó la proyección el día que acudí al estreno, algo que no he visto en hacer con películas con la violencia de Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), el mal gusto de Torrente, el brazo tonto de la ley (Santiago Segura, 1998), o la sordidez de Irreversible (Gaspar Noé, 2002). Ésta última es la película que más cerca he estado de salirme de una sala, pero no lo he hecho nunca por respeto al resto del auditorio. Lo que uno piensa al ver salir a los espectadores de la sala durante la proyección de El árbol de la vida es que parece que esta sociedad acepta la violencia, el mal gusto y la sordidez, pero no acepta la belleza y el mensaje existencialista. Quizás nos han preparado para lo primero, pero no para lo segundo. Tremendo que nos horrorice más la visión de una luz angelical que la de un charco de sangre, que no soportemos la reflexión sobre nuestra existencia, pero si una conversación soez e irreverente.

Pocas películas como El árbol de la vida han sido capaces de captar el ritmo de la vida tal como se experimenta en la infancia, en uno de los esfuerzos de cámara más prodigiosos por captar ese territorio infinito y lleno de posibilidades que va desde el nacimiento a la lactancia, de los primeros pasos a los primeros juegos, del abrazo de un padre al beso de una madre, de un día de verano del niño de seis años a la tarde otoñal del adolescente. Y todo con la metáfora de la micro y lo macro, con el contrapunto del nacimiento de un niño y el renacer de un volcán, de la pérdida de un hijo al ocaso de un planeta. Porque la muerte de un hijo (una de las peores experiencias que podemos imaginar, ya analizada en otra película -La habitación del hijo-) se convierte en la excusa para que surjan las divagaciones y preguntas acerca de la vida, la familia, la muerte, Dios e incluso el cosmos. Pocas veces trató el cine con tan delicada sensibilidad el mundo de la infancia y manejó sin manipulaciones dramáticas la disfuncional relación padre-hijo. Con ello, El árbol de la vida se inscribe con letras de oro (y por méritos propios) en la larga tradición de grandes películas que han hecho de la transición de niño a adulto la esencia de su guión.

Cuando finalizó la proyección, mi mujer y yo no podíamos movernos del asiento. Nuestro sentimiento no era el habitual al ver una buena película, sino que teníamos la sensación de haber compartido una oración de casi dos horas y media. Y Malick había transformado la sala de cine en su particular catedral. Todo había contribuido a esa sensación: el propio guión (quizás algo desconcertante al principio, ajenos al inicio a la dualidad micro y macro que nos propone), la acertada dirección de actores (sobrios y contenidos y en el que destacamos a los dos debutantes: las miradas de Hunter McCraken y el aura celestial de Jessica Chastain, con una belleza a medio camino entre las venus de Botticelli y las vírgenes de Fra Angélico), la fotografía con valor metafórico de Emmanuel Lubezki (con esa recurrencia a la luz que se filtra entre las copas de los árboles) y la sutileza de la banda sonora de Alexandre Desplat (acompañada de grandes piezas de Bach, Brahms, Dvorak, Mozart… y el magnífico uso del piano). De todo ello se vale Malick para hablar con Dios y con el hombre, para hablar de Dios, del hombre, de la vida y de las relaciones que surgen.

Toda este arte más allá de lo narrativo que nos muestra El árbol de la vida es una demostración de la libertad creativa de Terrence Malick, quien esculpe imágenes y sonidos cinematográficos alimentados por una trayectoria estética y vital que se alimenta de la filosofía de Martin Heidegger o de la poesía de Walt Whitman y de Henry David Thoreau. Malick se suma a las indagaciones espirituales de otros grandes directores de cine, bien norteamericanos (John Ford, Frank Capra, David Lynch), europeos (Ingmar Bergman, François Truffaut, Victor Erice, Alain Resnais) o asiáticos (Yasujirō Ozu, Kenji Mizoguchi, Zhang Yimou).

Cuando las secuencias y mensajes de una película vuelven a la memoria, es que esa película nos ha tocado y perdurará en nuestro sentimiento. Las imágenes del pie de ese recién nacido entre las manos del padre, de los hermanos jugando en el jardín y compitiendo por el cariño de una madre idealizada, del hijo que toca la guitarra mientras el padre le acompaña al piano, de las comidas familiares, de los abrazos y besos de hijos y padres, de la despedida de los hermanos en silencio a través de los cristales, de la reunión celestial en un playa de ensueño de todas las personas que formaron parte de la vida de Jack, de la luz entre los árboles,.. Ese principio demoledor con la voz en off de la madre: "Las monjas nos enseñaron que hay dos caminos que puedes seguir en la vida: el de la naturaleza y el de lo divino. Debes elegir cuál vas a seguir. Lo divino no busca agradarse a sí mismo, acepta ser desairado, olvidado, no agrada, acepta los insultos y las heridas. La naturaleza sólo busca agradarse a sí misma y conseguir que otros la agraden, le gusta dárselas de gran señora, salirse con la suya, encuentra razones para ser infeliz cuando todo el mundo que la rodea resplandece y el amor sonríe a través de todas las cosas. Nos enseñaron que nadie que amara el camino de lo divino acabaría mal. Yo te seré fiel, no importa lo que me suceda".

La película se convierte en un analépsis en busca de la infancia perdida y en busca del sentido de la vida, en donde Sean Penn (Jack de adulto) vaga infeliz como un mero fantasma entre los rascacielos de la gran ciudad, mientras busca respuestas a su vida, mientras busca el amor de su familia y sus raíces. Yo hoy también vago entre los rascacielos de Nueva York y, aunque cada día es una oportunidad, si presiento que "mi árbol de la vida" ha echado buenas raíces y espero que pueda seguir dando buenos frutos. Porque, como susurra la voz de Jessica Chastain, esa madre angelical: “El único modo de ser feliz es amando. Sin amor – a todo, a todos, a cada rayo de luz- la vida pasa como un destello. Sé bueno con los demás, asómbrate, ten esperanza”.

Esta es mi peculiar visión de esta película que me dedico en mi cumpleaños. Me quedo con sus imágenes y sus palabras. Y os invito a compartirla. Pero no me lo tengáis muy en cuenta y que cada uno saque sus conclusiones al verla. En cualquier caso, sería un detalle por vuestra parte que me enviarais un “happy birthday”,… para que no tenga sensación de soledad (como Jack O´Brien) mientras camino hoy entre los rascacielos de la Fifth Avenue.

12 comentarios:

sonicap69 dijo...

“happy birthday”

Me han venido muchas ganas de ir a ver-la. Gràcias por tus recomendaciones

Antonio G. Ch. dijo...

Impresionado por tu entrada, y conociendo tu cinefilia plasmada ya en 91 entradas, no tengo sino hoy sábado, esta tarde, que dirigirme a los cines y disponerme a rezar con esta película. Yo soy de los raros que se quedó absorto con La Delgada Línea Roja y no me extrañará el ritmo de esta nueva.

Y felicidades, por tu blog, tu trayectoria docente que plasmas en él, aun sin conocerte, por la integridad que trasmites... y por tus 50 años.

Un abrazo.

Diario de una mamá pediatra dijo...

Enhorabuena por esta crítica, a mí me ha pasado igual que a los anteriores compañeros que comentan: me han entrado unas ganas tremendas de verla.
Especialmente comparto contigo la sensación de que nuestra sociedad tolera más la violencia y la historia soez que el relato calmado y poético de una vida.
Felicidades por los 50! Y a disfrutar del viaje.
Un saludo

CC Baxter dijo...

Yo sí la he visto. Fui niño y soy padre. A veces leo poesía o escucho música que no entiendo de forma intelectual, pero sí que comprendo desde la memoria y la emoción. ¿Se puede filmar una emoción, un recuerdo borroso? Malick sabe hacerlo.
Happy birthday.

Maria José. dijo...

Feliz cumpleaños y enhorabuena por el análisis de la peli y por tu blog
Vi la película el día del estreno, también de la sala dónde yo estaba se salieron varios grupos de jovencitas, sospecho que habían ido a ver a Brad Pitt.
A mi me gustó y todo lo que he leido posteriomente a contribuido a que me guste más aún
María JOsé. Docencia Rafalafena

MI CANASTILLA dijo...

muchas felicidades y a por otros 50 años mas!!

José Cristóbal Buñuel Álvarez dijo...

En nombre de Javier, autor de la entrada, os doy las gracias por vuestros comentarios. Él está de viaje por Nueva York, convenientemente "desconectado" de Internet.

Gracias a tod@s

carlos dijo...

Muy buena reseña.
Yo he visto la película y para mí es una obra de arte. Poesía en imágenes (aunque le sobren algunas de naturaleza).
Al salir del cine tenía una sensación mezcla de sobrecogimiento y aturdimiento muy parecida a la que sentí cuando vi por primera vez "2001" de Santley Kubrick hace más de veinte años.

Rufino Hergueta
Pediatra de Sevilla

Honorio dijo...

Feliz cumpleaños campeón! Eso sí, vas a tener que hacer un monográfico para contarnos todo lo que has vivido en NYC.
Un abrazo

JM del Valle dijo...

Feliz Cumpleaños, enhorabuena y muchas gracias por la recomendación. Un abrazo,

Anónimo dijo...

Happy birthday.

Javier González de Dios dijo...

Hola a todos:
Gracias por vuestros comentarios. Acabo de llegar de viaje y leo vuestros "happy birthday". En realidad, fue un cumpleaños emocionante. Es una suerte que estés ahí.
Javier