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sábado, 26 de noviembre de 2022

Cine y Pediatría (672) “Una vida en tres días”, prisioneros de las segundas oportunidades


Es Jason Reitman un director, guionista y actor canadiense de ascendencia eslovaca nacionalizado estadounidense, al que la afición por el cine le viene de cuna. Su padre, Ivan Reitman, fue conocido por dirigir películas en tono de comedia como El pelotón chiflado (1981), Los cazafantasmas (1984) o Los gemelos golpean dos veces (1988), si bien fue una labor que combinó con la de productor. Jason Reitman forma parte de esa nueva hornada de directores que han logrado brillar, pese a su corta filmografía. Cuenta con ocho películas en su haber, y dos de ellas han conseguido sendas nominaciones a los Óscar: en Juno (2007) optó a mejor director y con Up in the Air optó a mejor película, mejor director y mejor guion adaptado. Ha sido guionista en cinco de sus películas (adaptando diferentes novelas) y en las otras tres cuenta con la colaboración de Diablo Cody, concretamente en Juno, Young Adult (2011) y Tully (2018). Y ya tres películas de sus películas han sido analizadas en Cine y Pediatría: Juno, un simpático e inteligente debate sobre el embarazo no deseado en adolescentes; Tully, un análisis poco glamuroso sobre la maternidad y la depresión postparto; y Hombres, mujeres y niños (2014), alrededor de internet y las nuevas tecnologías en las relaciones familiares, con un universo de encuentros en el mundo virtual y desencuentros en el mundo real. Y hoy llega su póker con la película que hoy nos reúne: Una vida en tres días (2013), de la que también es guionista, en esta ocasión adaptando la novela “Labor Day”, escrita por Joyce Maynard en el año 2009.   

Una vida en tres días es una película que va de menos a más, y quizás también merece una segunda oportunidad, como los propios protagonistas de esta historia. Comienza la película bajo la melodía folk de “I´m Going Home” de Arlo Guthrie y la voz en off de Henry (Gattlin Griffith, a quien conocimos aún más niño en El intercambio - Clint Eastwood, 2008 -), voz en off que nos acompañará durante toda la película (lo cual siempre resulta un riesgo en el séptimo arte) en esta historia ambientada en los años ochenta.  Y este chico de 13 años que vive en New Hampshire nos relata que cuida de su madre Adele (Kate Winslet), sumida en la soledad y tristeza tras que su padre abandonara el hogar: “Yo entendía quién era mi familia. Ella”. Y enseguida tiene lugar un encuentro casi inverosímil, pues aparece Frank (Josh Broslin), un convicto que es buscado por la policía tras fugarse de la cárcel, y que les solicita que le ayuden y pueda pasar una noche en su casa. A través de flashbacks se nos va revelando la historia que ha llevado a Frank a esa situación y es por ello que le dice a Adele: “Nada engaña más a la gente que la verdad”. Y también iremos conociendo que Adele tuvo varios abortos y un mortinato después de tener a Henry, por lo que el mundo se convirtió para ella en un lugar cruel, lo que contribuyó a precipitar su separación matrimonial. 

Y a través de la convivencia en ese fin de semana, donde Frank ayuda a poner orden en la casa y el jardín abandonado, ambos adultos reparan mutuamente sus dolores y se enamoran, en esos tres días que cambiaron sus vidas: “Yo he venido a salvarte, Adele”. Y no solo Henry, Adele y Frank elaboran juntos un pastel de melocotón, sino que proyectan juntos una vida común en otro lugar. Pero el sueño no se puede alcanzar, pues la realidad acaba con el arresto y larga condena de Frank. Es entonces cuando Henry pasa a la custodia del padre, Adele vuelve a convivir con su soledad y su tristeza, y Frank decide escribirla durante todos los días de sus 25 años de arresto (aunque estas cartas nunca llegaron a sus manos, pues fueron censuradas). Muchos años después, Henry (ahora interpretado por Tobey Maguire, a quien conocimos más joven en Las normas de la casa de la sidra - Lasse Hallström, 1999 – y a quien aquí hace prácticamente un cameo), se ha convertido en un exitoso panadero con una especialidad en aquellos pasteles de melocotón que Frank le enseñó. Y nos aboca a un final feliz a través del reencuentro y de esas segundas oportunidades que a veces nos regala la vida. 

Una vida en tres días es la historia de tres almas magulladas que deciden construir su propia isla aislada del mundo, narrada por la mirada de un adolescente que empieza a descubrir las pulsiones inconfesables de la vida adulta. Aunque para algunos críticos esta película es una película algo inverosímil o demasiado edulcorada (por ese recurrente pastel de melocotón y ese final feliz), lo cierto es para aquel espectador que no tema la hiperglucemia puede acabar también prisionero de una historia diferente con el valor de las segundas oportunidades, un drama romántico con el aval interpretativo de sus protagonistas. Y es una oportunidad más para disfrutar de una Kate Winslet que siempre resulta efectiva (en Cine y Pediatría ya la hemos disfrutado en Descubriendo nunca jamás - Marc Forster, 2004 -, Juegos secretos - Todd Field, 2006 - y Contagio – Steven Soderbergh, 2011 -), en este caso con Josh Brolin (el tipo duro del remake Oldboy - Spike Lee, 2013 – y tantos otros films), dos intérpretes con estilos claramente diferenciados, pero que aquí encajan a la perfección, ya que la sensible fragilidad de ella y la ruda humanidad de él van amoldándose progresivamente. 

Una película que explora los errores del pasado y el abismo de los remordimientos recurrentes del presente, y en los que un encuentro casual cambia sus vidas en una película con defectos (sin duda), pero con algunos aciertos en busca de ese descarnado retrato sobre los límites de la condición humana. Un desafío emocional en el que cada espectador sacará su juicio. Porque el buen vino es aquel que nos gusta,… como para cada uno serán sus buenas películas.

 

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