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sábado, 11 de mayo de 2024

Cine y Pediatría (749). “Nada”, el otro dogma del caos adolescente


Hace muchos años que desde el proyecto Cine y Pediatría reivindicamos la adolescencia como un género cinematográfico, una etapa fundamental en el desarrollo biológico y psicosocial de esta apasionante etapa de la vida dentro de sus ámbitos habituales (familias, amigos, centros educativos y sociedad) y un verdadero viaje conocido en el séptimo arte como “coming of age”. Y es que son centenares las películas que tiene a adolescentes como protagonistas y que se pueden prescribir a nuestros hijos adolescentes, a nuestros alumnos adolescentes, a nuestros pacientes adolescentes. Si es cierto que la visión no es siempre luminosa, más bien lo contrario, sirvan como ejemplo nuestras dos películas previas: la islandesa Beautiful Beings (Guðmundur Arnar Guðmundsson. 2022) y la alemana Con los pies en la tierra (David Wnendt, 2023). Y a estas hoy sumamos la película danesa Nada (Trine Piil Christensen, Seamus McNally, 2022). Todas muy actuales, reflejo de esta generación Z que nos rodea.   

Nada está basada en la novela “Intet” de la economista y escritora danesa Janne Teller, una fábula en torno a la adolescencia y que se sumerge en el abismo sinsentido de la vida. La película comienza con esta pregunta que se hacen un chico y una chica adolescentes tendidos en la hierba mirando al cielo: “¿Crees que hay algo que tenga sentido?”. Porque la narradora de Nada es la estudiante de octavo grado Agnes (Vivelill Søgaard Holm), quien describe las consecuencias del comportamiento rebelde de su compañero de clase Pierre Anthon (Harald Kaiser Hermann) sobre ella y quienes la rodean. 

Porque el curso escolar acaba de comenzar, pero Pierre Anthon decide abandonar el mismo y encaramado en un árbol, del que se niega bajar, les dice a sus otros 12 compañeros (en una numerología muy bíblica): “Pasáis miedo para nada. Fingimos que lo importante no lo es y damos importancia a lo que no lo tiene. Nos intentamos convencer de que somos algo o alguien”. Y aunque no le entienden al principio, luego le siguen y continúan escuchando sus reflexiones desde el árbol: “Si vives hasta los 80 años, te habrás pasado 30 durmiendo, siete intentando dormir y 14 trabajando. Y 12 años mirando a una pantalla. Y cuatro años y medio, comiendo. Limpiar, cocinar, cuidar de tus hijos, otros 11 años. Si lo sumas todo, te quedan nueve años para vivir como quieras y te lo pasas fingiendo ser alguien… Siempre habrá alguien mejor que tú. O más listo. O más guapo”. 

Y todo esto provoca una crisis existencial entre sus compañeros, quienes deciden reunir sus pertenencias más valiosas (y que significan algo para ellos) en un ‘montón lleno de sentido’ con el reto de convencer a Pierre Anthon de que está equivocado. Pero lo que en un principio comienza de manera lúdica y sólo se refiere a cosas materiales, pronto adquiere rasgos oscuros y extremadamente crueles. Los sacrificios que los jóvenes se exigen unos a otros son cada vez más extremos. Y baste recordar el orden de peticiones: a Agnes, que quiere ser diseñadora de ropa, le piden sus preciadas sandalias; a Gerda le piden su hámster; a Frededik le mandan que robe la bandera de Dinamarca del colegio; a Otto le solicitan que grave un vídeo suyo desnudo; a Elise ya le piden que desentierre a su hermanito fallecido; a Marie le cortan el pelo de su larga cabellera rubia; a Hussain le requisan su alfombra para rezar; a Hans le quitan su bici; a Sophie le arrebatan su virginidad; a Carl le requieren que traiga el Jesucristo colgado de la iglesia; a Rose le obligan a matar a la perra Cenicienta; y, finalmente, a Johan le cortan un dedo, el dedo con el que abusó de Sophie y se convierte en su particular venganza. Y no es de extrañar que Nada se le haya asemejado a El señor de las moscas, llevada al cine en dos ocasiones, en blanco y negro (Peter Brook, 1963) y en color (Harry Hook, 1990) desde la novela paradigmática de William Golding, y ello por la escalada de violencia de los adolescentes que desarrollan dinámicas de grupo fatales. Pero en Nada nuestros personajes no se enfrentan a una situación excepcional en una isla desierta donde tienen que luchar por sobrevivir, sino que son alumnos que están creciendo en un círculo familiar sin dificultades, pero quizás sin la mejor brújula moral.  

Y tras toda esta escalada de peticiones, cada vez más escabrosas e incómodas, van acumulando todas sus cesiones (las sandalias, el hámster, la bandera, la bici, la cabeza del perro,…) en un montaje caótico. Y, cuando lo descubren los adultos, lo acaban convirtiendo en una obra de arte que un crítico titula como “Las ofrendas”, y lo compra un museo, pues piensan que esta obra ha revolucionado el mundo del arte, como ejemplo de la generación abandonada. Pero todo esto lo hicieron por Pierre Anthon, para que entendiera que hay cosas que importan, aunque cuando logran que baje del árbol se desencadena aún mayor tragedia. 

Como algunos críticos han planteado, se podría acusar a la película de fatalismo en su planteamiento nihilista. Aunque la película no es una invitación a rendirse, sino a liberarse de las cadenas sociales que el sistema nos impone en el momento de nacer. Porque Nada nos pide que nos cuestionemos nuestro propio papel en la vida y a lo largo de la intrincada relación de sus jóvenes personajes también se abordan otros temas (las enfermedades mentales, la religión, la sexualidad…), en donde se nos plantea algunas preguntas (¿qué estamos haciendo con nuestras vidas?, ¿merece la pena ser simplemente un engranaje del sistema, o deberíamos seguir nuestro propio camino?) sin clara respuesta. 

Porque Nada es una peculiar película danesa alrededor del nihilismo, ese otro “dogma” del caos adolescente. Uno más que el cine se obstina en presentarnos.

 

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