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sábado, 12 de mayo de 2018

Cine y Pediatría (435). “El árbol” como metáfora de la infancia y familia


En Cine y Pediatría ya hemos hablado de varias películas que tienen a un árbol como protagonista. Y todas ellas han sido películas especiales. 

En el año 2016 se concentraron dos películas que tenían como protagonistas a un niño y a un árbol: una fue Un monstruo vino a verme (Juan Antonio Bayona, 2016), basada en la obra ficticia de Siobhán Dowd y Patrick Ness, "A Monster calls", donde los protagonistas son el niño Connor y un tejo y funciona como una metáfora frente a los miedos infantiles; la otra fue Los milagros del cielo (Patricia Riggen, 2016), basada en la historia real de Christy Beam, madre de la protagonista de "Miracles from Heaven: A Little Girl and Her Amazing Story of Healing", donde los protagonistas son la niña Annabel y un álamo, quienes nos transportan a una historia sobre la importancia de la fe en el proceso curativo. Y también ese año disfrutamos de El olivo (Iciar Bollaín, 2016), cuyo guión es esencia que procede de un poema de Mario Benedettila, y que narra la especial relación entre la joven Alma y su abuelo, con este árbol típicamente mediterráneo como vértice para mantener esas raíces familiares. Y a ellas sumamos una película tan especial como El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011), una peculiar reflexión que va del microcosmos de la infancia y la familia al macrocosmos del origen de la vida, una oración desde la infancia de Jack O´Brien al sentido de la vida. 

Y a ellas se suma esta película de hoy, una coproducción entre Francia y Australia, basada en la novela "Our Father Who Art in the Tree" de Judy Pascoe: El árbol (Julie Bertucelli, 2011), una especial relación entre una hija y su madre (tras la pérdida del padre). Curiosamente esta película tiene su marco en nuestras antípodas, Australia, de forma similar a otra película que nos enseñó la especial relación entre un hijo y su padre (tras la pérdida de la madre), por título Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007), basada en la obra autobiográfica de Raimond Gaita, "Rhomulus, My Phater". Decir que la directora francesa Julie Bertuccelli comenzó a trabajar en los 90 como asistente de Krzystof Kieslowsky en la famosa trilogía de los colores, Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo (1994), y en los últimos años comenzó su propia carrera como realizadora. Previo a esta película, cabe reseñar su ópera prima en el largo, Depuis que Otar est parti (2003), no estrenada en España pero recibida con excelentes críticas en todo el mundo, y que también trataba el asunto del duelo a partir de dos hermanas que deciden ocultar a la mayor de ellas la muerte del hermano falsificando sus cartas. 

En Australia viven felices Dawn (siempre eficaz Charlotte Gainsbourg) y Peter con sus cuatro hijos (tres niños y una niña) en una casa en el campo, una casa amparada bajo la sombra de una gigante higuera. Pero todo cambia cuando un infarto de miocardio acaba con la vida del padre mientras regresaba a casa y el coche se estrella contra este árbol centenario junto al hogar. Y en el funeral se nos muestra a toda la familia de varias generaciones dibujadas en el árbol, en el árbol de la vida. Y en el funeral, la pequeña Simone (extraordinaria Morgana Davies), la hija de 8 años, le dice a su amiga: "Nadie llora"; y ésta le responde: "Eso es porque están tristes de verdad"

Y este hecho deja a la familia devastada, especialmente a su esposa. Y cada uno de ellos, para continuar viviendo, reacciona a su manera: Dawn con el abandono y la depresión, y Simone rechaza el duelo y se acoge en las raíces, tronco y ramas de la inmensa higuera, donde decide encontrarse con el espíritu de su padre ausente: allí pasa horas y horas con su padre, pues cree que su espíritu se ha ido a vivir al árbol. Y casi es la hija quien cuida a la madre, sumida en la tristeza, sin fuerzas para seguir viviendo, y hasta abandona el cuidado de la casa, de sus hijos y de ella misma, vive en un continuo agotamiento, exhausta de tristeza. Porque Simone se nos presenta como una maravillosa chica casi tomboy, con un belleza que hace simular al niño de la maravillosa película holandesa Kauwoy (Boudewijn Koole, 2012). 

Pero la vida retoma el vuelo poco a poco, aunque la amiga de Simone le recuerda: "Ya no estás triste, yo no podría vivir sin mi padre". Y nuestra pequeña protagonista le contesta: "Bueno, puedes elegir entre sentirte feliz o triste. He elegido ser feliz. Y soy feliz". También la madre recupera fuerzas, un trabajo y hasta un posible nuevo amor, y llega a preguntar a su hijo mayor: "¿Dirías que somos una familia feliz?" 

Poco a poco, Simone habla con el árbol que acoge el espíritu de su padre; y luego Dawn también habla con el árbol que acoge el espíritu de su marido. Extrañamente, la naturaleza invade la vida de la familia: ranas quedan atrapadas en los lavabos, murciélagos merodean la casa, el árbol se hace cada vez más presente y amenaza gravemente los cimientos de la casa. "No quiero morir" es la primer palabra que dice el pequeño de los hermanos, quien a su edad de cuatro años aún no había hablado, y el motivo es  la llegada del tornado que se aproxima. 

Porque esta higuera gigante, una variedad propia de Australia, se convierte en metáfora espiritual y mágica de la infancia y familia, en el árbol de la vida, del bien y del mal, para acompañarnos en los efectos devastadores que la muerte de un ser querido puede producir en su entorno familiar. Por eso cuando se dice "¡Hay que cortar este árbol!", es cuando nuestra niña Simone decide no bajar nunca más… Y resuenan las palabras de la madre: "Le echaremos de menos mientras vivamos, pero debemos aprender a vivir con eso".  

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