sábado, 31 de diciembre de 2016

Cine y Pediatría (364). "Los milagros del cielo" y la fe desde la tierra


No es la primera vez que una película de este año 2016 que hoy termina tiene como protagonistas a un niño y a un árbol. Una es bien conocida, pues será uno de los hits de este año que termina: hablamos de Un monstruo vino a verme  (Juan Antonio Bayona, 2016), basada en la obra ficticia de Siobhán Dowd y Patrick Ness, "A Monster calls"; aquí los protagonistas son el niño Connor y un tejo. La otra puede haber pasado desapercibida y es la que nos reúne hoy: Los milagros del cielo (Patricia Riggen, 2016), basada en la historia real de Christy Beam, madre de la protagonista de "Miracles from Heaven: A Little Girl and Her Amazing Story of Healing"; aquí los protagonistas son la niña Annabel y un álamo. Solo que en esta última, además, comparte elementos de religiosidad similares a la que también vimos hace un tiempo en Cine y Pediatría con El cielo es real (Randall Wallace, 2014).

Un milagro se define como algo que no puede ser explicado por una causa natural o científica. Y se dice que los milagros son una especie de intercambios, una expresión de amor, brindando más amor tanto al que da como al que recibe. Y es por ello que Los milagros del cielo, al igual que El cielo es real, se encuadran como películas cristianas, y son una invitación a creer en la vida, en el amor y la bondad sin importar la religión que sigas, una invitación a reflexionar sobre ese misterio que llamamos cielo. Y a nadie engañamos al publicar este comentario en el blog en estas fechas de Navidad y en un día como hoy.

Y tras la experiencia vivida por Christy Beam nos dice esto: "Albert Einstein dijo que hay dos formas de vivir la vida: una es como si nada fuera un milagro y la otra es como si todo fuera un milagro... Soy la primera en decir que no vivía mi vida como si todo fuera un milagro, hay mucho que no vi. Hay milagros en todas partes, hay milagros en la bondad. A veces aparecen de las formas más extrañas a través de personas que solo se atraviesan en nuestro camino, y de amigos queridos que nos apoyan pase lo que pase. Los milagros son amor, los milagros son Dios y Dios es perdón... los milagros son la forma como Dios nos hace saber que está aquí".

Y una historia así, más pronto que tarde, vería la luz en una película. Y para ello se unieron dos mexicanos, Patricia Riggen como directora y Eugenio Derbez como actor. Su experiencia previa en la película La misma luna (2007), una cinta que apostó por un matiz sentimentalista en un relato sobre migración y familia, fue el prolegómeno de esta película que hoy nos convoca, película que también juega entre el sentimiento y el sentimentalismo, pero ahora con un argumento abiertamente religioso.

Annabel Beam (Kylie Rogers, conocida por la serie Invisibles) tenía sólo cuatro años cuando empezó a padecer crisis de dolor intestinal y otros problemas digestivos. Con cinco años, sus intestinos quedaron completamente obstruidos y fue necesaria intervenirla de urgencia, la primera de muchas cirugías. Los médicos eran incapaces de determinar por qué su aparato digestivo no funcionaba como debiera y no se llegaba a un diagnóstico en los centros sanitarios de Texas, allí donde vivían: se barajaron alergias alimentarias, reflujo gastroesofágico o intolerancia a la lactosa, pero Christy Beam (Jennifer Garner, mucho más humana que en sus papeles de heroína en Daredevil o Elektra) estaba segura de que el problema de su hija era algo más serio. Finalmente, Christy y su marido Kevin (Martin Henderson, más conocido por la serie Shortland Street) acudieron a una segunda opinión, como siempre ocurre.

Se informaron de que un gastroenterólogo pediátrico del Boston Children’s Hospital estaba especializado en trastornos de motilidad gastrointestinal, el doctor Samuel Nurko (Eugenio Derbez). En vista de que no conseguían obtener una cita a pesar de meses de llamadas telefónicas y de cartas, decidió arriesgarse y tomó un avión hacia Boston con Annabel para presentar personalmente su caso al médico. La persistencia cobró sus frutos y el doctor Nurko pudo diagnosticar con precisión la condición de Annabel. La niña sufría, no de uno, sino de dos dolorosos trastornos digestivos, incurables y potencialmente mortales: seudoobstrucción intestinal crónica y trastorno de hipomotilidad antral.

El síndrome de seudoobstrucción intestinal crónica se caracteriza por cuadros clínicos recidivantes de obstrucción intestinal en ausencia de proceso obstructivo anatómico. Es poco frecuente, pero ocasiona mucha morbilidad, especialmente por la dificultad en el diagnóstico (con una media de retraso de 8 años desde el inicio de los síntomas) y tratamiento. Está causado por la alteración neurológica, muscular o de ambos componentes, de la musculatura lisa de toda víscera regulada por el sistema nervioso autónomo (no del intestino exclusivamente). Puede considerarse la forma más grave de alteración entérica neuromuscular, aunque menos frecuente, que las dispepsias funcionales, el intestino irritable o los vómitos cíclicos. Puede aparecer a cualquier edad, también en la infancia como el caso de Annabel. En función del segmento afectado existe dolor abdominal y distensión abdominal (80%), náuseas y vómitos (75%), estreñimiento (40%) y diarrea (20%). El tratamiento es multidisciplinario e individualizado, haciendo hincapié en la nutrición (con la necesidad de nutrición enteral como en nuestra protagonista), diversos fármacos y, en los casos más graves, son necesarios tratamientos paliativos endoscópicos o quirúrgicos.

El doctor Nurko, con sus corbatas estridentes y su estilo casi a lo Patch Adams, consiguió inscribir a Annabel en un prometedor estudio experimental, por lo que debía verla cada seis semanas, con lo que supuso de viajes continuos de Texas a Massachusetts. Pero a los ocho años algo inesperado ocurrió: un accidente que se convirtió en un milagro. Porque Annabel estaba jugando con su hermana mayor y se subieron al álamo gigante del jardín de la casa familiar. Pero la rama en la que se había encaramado crujió y calló diez metros por la oquedad interior del álamo, donde permaneció inconsciente y atrapada durante cinco horas y media hasta que el equipo de rescate consiguió por fin sujetarla con un arnés y subir su cuerpo hasta ponerla a salvo.

Lo que sucedió a continuación sigue siendo un misterio, porque lo que pudo haberla matado, la curó. Emergió del tronco del árbol húmeda, magullada e inconsciente, pero de forma no explicable se despertó en el hospital y ya no tuvo más síntomas intestinales y su abdomen hinchado había vuelto a su tamaño normal y era capaz de ir al baño también con normalidad. Por primera vez, después de años de alimentación por incómodas sondas, podía comer la comida habitual. Los médicos empezaron a retirarle sus medicaciones y se le dio el alta de su gastroenterólogo pediátrico, quien dijo: “Jesús debió estar con esa pequeña dentro del árbol, ¡porque está completamente sana!”.

Y como en la película El cielo es real, en los días que siguieron a su inesperada recuperación, Annabel compartió con sus padres lo que había sucedido durante las horas atrapada en las profundidades del álamo: “Mamá, fui al cielo mientras estuve en ese árbol. Me senté en el regazo de Jesús. Me quería quedar allí, pero me dijo que no podía....Todo resplandecía. La luz venía de todos los lugares, de las flores y de las plantas, incluso la hierba desprendía luz cuando andabas sobre ella”.

No es Los milagros del cielo una gran película desde el punto de vista cinematográfico: adolece de exceso de metraje y de ser previsible, y sus intenciones demasiado previsibles pueden no gustar a todos. Pero hoy la he elegido por los aspectos positivos que puede atesorar (y que parecen un buen objetivo para despedir hoy el año y comenzar otro con ilusiones renovadas): 1) porque puede ayudarnos a apreciar todos y cada uno de los pequeños milagros en nuestra vida diaria, tales como la salud y el amor de nuestros seres queridos; 2) porque podemos hacer que nuestras buenas acciones cotidianas sean los pequeños milagros; 3) porque la fe también forma parte del proceso curativo y del duelo frente a la enfermedad; 4) porque el verdadero milagro es saber vivir (con las dificultades y pruebas que la vida nos pone en el camino), porque vivir cualquiera sabe.

Y al final... la canción "Here comes the sun" de The Beatles. Y en ese momento los protagonistas reales de esta sorprendente historia, los padres y las tres hermanas. Y una reflexión final de la madre: "Cuando repaso todo lo sucedido, no puedo contar nuestra historia...". Pero lo hemos intentado. Feliz año 2017: que sea un año de cine... y que toquemos el cielo. 

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