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sábado, 18 de agosto de 2012

Cine y Pediatria (136). “Declaración de guerra” emocional contra el cáncer de un hijo

Declaración de guerra (2011) no es una película bélica, sino un documento fílmico autobiográfico inspirado en la lucha que la actriz y cineasta Valérie Donzelli libró con su pareja contra la enfermedad de su hijo. Declaración de guerra es un drama familiar con el cáncer infantil como protagonista, pero no un drama cualquiera. Lo verdaderamente extraordinario de esta película no es que esté basada en hechos reales; tampoco lo es que tanto Valérie Donzelli (directora, guionista y protagonista) como Jérémie Elkaïm (coguionista y coprotagonista) sean los personajes reales en los que se basa su argumento; lo realmente portentoso es que la directora francesa haya sido capaz de contar su experiencia sin que sea un drama lacrimógeno, con envidiable creatividad, interpretaciones autenticas, y logrando un equilibrio emocional verdaderamente complejo.
Declaración de guerra entra por la puerta grande de Cine y Pediatría para hablarnos de las complejas relaciones personales y familiares que supone enfrentarse al cáncer de un niño, al cáncer de un hijo, bien sea una leucemia (Cartas a Dios, La decisión de Anne, Vivir para siempre, Maktub, Surviving Amina), un meduloblastoma (Cartas al cielo), un osteosarcoma (Cuarta planta) o, como en este caso, a un tumor cerebral.

Romeo (Jérémie Elkaïm) y Juliette (Valérie Donzelli) forman un matrimonio joven que se complementa a la perfección, cuyas vidas dan un giro radical cuando le detectan un tumor cerebral a su hijo Adán (César Dessix de lactante, y Gabril Elkäim, verdadero protagonista de la historia, al final de la película ya con 8 años y con estigmas de secuelas en su expresión facial).
La película comienza cuando vemos que al niño se le realiza una resonancia magnética cerebral, y la mirada perdida de la madre nos traslada a un gran flash back. Los dos protagonistas se conocen en una discoteca: "Romeo", se presenta él. "¿Bromeas?", dice ella. "No, ¿por qué?", contesta Romeo. "Porque yo me llamo Julieta". "¿Estamos condenados a un terrible destino?", sentencia él. Y Julieta contesta: "No lo sé". Y tras un beso se sella su noviazgo, relación que se consolida en breves retazos tras sus correrías por Paris; y al final, el llanto de un niño: ese hijo al que llamarán Adán. Magnífica puesta a punto (y en tan sólo 5 minutos) para conocer la realidad de los protagonistas...
A continuación, un temprano cólico del lactante a las 3 semanas de vida y los primeros conatos de los padres primerizos por entender el llanto de su hijo, al que el padre ya llama "pequeño tirano". Antológica la primera visita al pediatra intentando explicarles lo que pasa…y la solución de la pediatra es para enmarcar como una parodia (o realidad) de lo que no se debe decir para ir contra la lactancia materna. Mientras tanto, la directora nos inserta imágenes que anuncian el avance de las células cancerígenas por dentro, en silencio...
Y comienzan los primeros síntomas antes del año de edad: la aparición de la enfermera pediátrica también es antológica cuando dice "tiene mocos, es por los dientes" (gran tópico). Pero el padre sospecha que las cosas no van bien y vuelven al pediatra para decirle que les preocupan tres cosas: que no anda aún, que vomita de golpe y sin razón aparente, y que ladea la cabeza hacia la derecha. Nueva intervención de la pediatra, quien revisa al niño (ojo al método de auscultar por encima de la ropa) y lo asume como síntomas asociados a la mucosidad, si bien vira en su diagnóstico cuando observa una asimetría facial y les remite a un ORL, primero, y luego a un famoso neuropediatra de Marsella. En la noche de tensa espera previa a la cita con el especialista oyen por la radio que se ha declarado la Guerra de Irak, puro simbolismo argumental para lo que se avecina, ese tremendo nerviosismo y temor de los padres que temen por la salud y vida de su hijo, expresado con suma realidad: la llegada a la especialista del hospital, la necesidad de realizar un escáner, el diagnóstico de tumor cerebral en la fosa posterior en su hijo de 18 meses, la difícil transmisión de la noticia por teléfono al resto de familiares, la búsqueda del mejor neurocirujano, del mejor hospital,...
Interesante cuando no pueden acceder al cirujano y una amiga residente les dice: "Los cirujanos son inaccesibles. Tenemos un chiste al respecto. ¿Sabes la diferencia entre Dios y un cirujano?: que Dios no se cree cirujano". Ahora bien, aunque la información no es oportuno que se dé de pie en el puesto de control de enfermería y se hable con términos técnicos médicos, si es verdad que la comunicación verbal y no verbal del neurocirujano (el apretarles el hombro a ambos y dejarles una buena dosis de esperanza) si resulta positiva.
Y como el tumor extirpado es maligno, comienza la fase de la quimio y la radioterapia; y una voz en off que dice: "Sabían que el camino para curar a Adán sería una maratón. Pero aún desconocían la amplitud de la carrera". El tumor no responde a la pauta habitual de quimioterapia y la angustia de los padres por conocer el pronóstico: "ese 70% de supervivencia del carcinoma frente al 10% del tumor rabdoide...". Sigue empeorando..., y luego viene el trasplante de médula ósea y las habitaciones estériles. Y vivir junto al hotel del hospital... Y ver morir a otros niños. Y así, un día tras otro, durante 2 años: "Querían aguantar por Adán. Por ellos. Pero las realidad les atrapó poco a poco. Dejaron de trabajar, de ver a sus amigos. Se aislaron. Llegó el agotamiento, la soledad. Se separaron y reencontraron varias veces. Y se separaron definitivamente. Cada uno rehízo su vida. No volverían a ser los mismos, pero siempre estarían atados el uno al otro. Ante la enorme prueba que vivieron, no se tambalearon. Destrozados, sí, pero sólidos." Y el final épico junto al mar los padres y el hijo... La guerra ha terminado, ¿o no?.

Toda una maratón emocional contra el cáncer, en donde la música se convierte en protagonista de la película (desde "Cessate, Omai Cessate" de Vivaldi a "La cosa buffa" de Ennio Morricone), quizás con un protagonismo demasiado patente, para remarcar el estado de ánimo de cada momento y cada fase de duelo: la desesperación, la búsqueda, el miedo, la esperanza, hacer como que la vida sigue, el conflicto, el punto final hacia un desenlace feliz o fatal, etc.
Declaración de guerra nos regala diálogos y escenas de los que hay que ver varias veces y aprender. Frases entre los padres como "Vamos a hablar de lo que nos asusta. Nos sentiremos mejor", o algo tan coherente como "Debemos estar de acuerdo. No intentemos saber más que el médico. Nada de especulaciones y nada de internet". Escenas de lo que se debe evitar de deshumanización en el trato: ese lactante entre los barrotes de una cuna camino del escáner (y que luego la madre decide, con buen criterio, llevarle en brazos); o esa camilla paseando por esos horribles e interminables pasillos de los sótanos de esos hospitales vetustos, esos pasillos que tenían que estar prohibidos por ley, pues ofrece una sensación negativa y fría, lo menos necesario cuando un familiar se dirige a un quirófano.
Declaración de guerra obtuvo 6 nominaciones a los Premios César, y consiguió en el Festival Internacional de Cine de Gijón 2011 los premios a mejor película, mejor actriz y mejor actor. Pero sobre todo ha obtenido el premio de colarse en nuestros corazones.


Y al final de la película, el siguiente colofón: "Dedicado para Gabriel, para los médicos, las enfermeras y la sanidad pública". Ojo, dedicado a la sanidad pública (similar al reciente homenaje que en las Olimpiadas han bridado los británicos a su National Health System), esa sanidad pública que todos debemos defender como uno de los mayores avances de una sociedad moderna y plural.

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