sábado, 20 de noviembre de 2010

Cine y Pediatría (45). “Vivir para siempre” o cosas por hacer antes de morir


Muchas películas han colocado a sus estrellas al borde de la vida, con una enfermedad terminal y preparadas para afrontar un fin inevitable: Julia Roberts en Magnolias de acero (Herbert Ross, 1989), Diane Keaton en La habitación de Marvin (Jerry Zaks, 1996), Susan Sarandon en Quédate a mi lado (Chris Columbus, 1998), Meryl Streep en Cosas que importan (Carl Franklin, 1998), Wynona Ryder en Otoño en Nueva York (Joan Chen, 200), Emma Thompson en Amar la vida (Mike Nichols, 2001)… y una de las peor paradas ha sido Debra Winger en dos ocasiones: La fuerza del cariño (James L Brooks, 1983) y Tierras de penumbra (Richard Attenborough, 1993).

Películas siempre complicadas, en donde hay un límite muy sutil entre el sentimiento y el sentimentalismo. Si se incide en que la persona que afronta un fin inevitable es un niño, este límite se vuelve más delicado de tratar, pues la muerte de un niño se transforma en algo menos natural en el transcurrir de nuestras vidas. Y esto es lo que nos cuenta Vivir para siempre (Gustavo Ron, 2010), que narra la historia de Sam, un niño de doce años con leucemia y al que le han dado pronosticado pocos meses de vida, dada la mala evolución de su enfermedad. Sam tiene poco tiempo y muchas preguntas (que nos plantea continuamente en voz en off) y quiere saber cómo se sienten los adolescentes (porque él no llegará a serlo), así como conocer detalles sobre el final de su vida. Por eso decide escribir un libro; un libro que es su diario con observaciones y una lista de las cosas que quiere hacer antes de morir.

Esta es la segunda película de Gustavo Ron (cineasta español formado en Inglaterra) y en ambas incide en la crucial época de la adolescencia. Mia Sarah fue su ópera prima en el año 2006, y para ella contó con actores patrios: narra, en tono de comedia dramática, como un psicólogo (Daniel Guzmán), que intenta ayudar a un chico que sufre agorafobia tras la muerte de sus padres en accidente de tráfico, se enamora de la hermana del chico (Verónica Sánchez). En Vivir para siempre, su segunda película, se basa en la novela "Ways to live forever" de la joven escritora británica Sally Nichols, y para ella contó exclusivamente con actores británicos (destaca el personaje de Ben Chaplin, como padre) y se filmó entre su Galicia natal y Gran Bretaña. Ron quedó prendado de la historia de un niño con leucemia que narra sus últimos meses en un diario. Y para comprobar la verosimilitud de lo narrado, se puso en contacto con ASION (Asociación de padres de niños con cáncer de la Comunidad de Madrid), grupo formado por padres que han pasado la experiencia de tener un hijo con cáncer, asociación que este mismo año ha cumplido su 20 aniversario y que está integrada en la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer (FEPNC). En ASION no sólo gustó el libro, sino que animaron al cineasta a adaptar la historia a la gran pantalla.

Gustavo Ron, lleno de buenas intenciones en sus dos películas, explora guiones que intentan llegar al corazón y trascender. Pero ya se sabe que ese es un difícil destino, sino se tiene gran tino y acierto en la dirección. Por eso es cine de buenas intenciones, pero aún pendiente de madurar. No soy crítico de cine (ni lo pretendo), pero es conocido que todo recurso utilizado en exceso se convierte en un arma de doble filo… y esto es lo que ha ocurrido en Vivir para siempre con el abuso de la voz en off. Y aún así, aunque el sentimiento se acerca demasiado al sentimentalismo, la película se convierte en una nueva reflexión sobre el dolor por la pérdida de un hijo. Pérdida esperada (como este caso, con una enfermedad en fase terminal) o inesperada (como un accidente), pero siempre una de las más difíciles experiencias a las que nos puede someter la vida. Y aquí sí que la verdad casi siempre supera a la ficción.

Gustavo Ron se convierte en un ejemplo más del nuevo cine español sin fronteras. Una reciente hornada de jóvenes directores españoles lo saben y sus películas conviven con actores o productores de otras filmografías. Ejemplos de ello es el gran Alejandro Amenábar (Los otros, 2001 o Ágora, 2009), quien nos adentra en las posibilidades made in Hollywood de nuestra cantera, acompañado de los recientes estrenos de Rodrigo Cortés (Enterrado, con Ryan Reynolds), Luis Berdejo (La otra hija, con Kevin Costner) o Juan Carlos Fresnadillo (Intruders, con Clive Owen). Pero el ejemplo paradigmático lo constituye la filmografía de Isabel Coixet, un cine siempre sin frontereas: Cosas que nunca te dije, 1996; A los que aman, 1998; Mi vida sin mí, 2003; La vida secreta de las palabras, 2005; Elegy, 2008; Mapa de los sonidos de Tokyo, 2009.
Curiosamente, en Mi vida sin mí la actriz fetiche de Isabel Coixet, Sarah Polley, interpreta a Ann, una joven de 23 años con un cáncer terminal, quien, guiada por el placer final de vivir, intenta completar una lista de “cosas por hacer antes de morir”. Un historia casi paralela a de nuestro adolescente Sam y sus cosas por hacer antes de morir en Vivir para siempre,... una película que es algo más que la típica historia de niño con cáncer.