Páginas

sábado, 3 de junio de 2017

Cine y Pediatría (386). “Alemania, año cero”, el deterioro moral de la infancia


Hoy regresa una nueva película en blanco y negro a Cine y Pediatría. No son muchas, pero todas son excepcionales, pues llevan la garantía de haber pervivido en la categoría de mitos del séptimo arte. Valga citar algunos ejemplos: El chico (Charles Chaplin, 1921), Freaks (Tod Browning, 1932) La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), El cebo (Ladislao Vajda, 1958), Los 400 golpes (François Truffaut, 1959), Los golfos (Carlos Saura, 1959), Los chicos (Marco Ferreri, 1960), Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan,1962) o Del rosa al amarillo (Manuel Summers, 1963). 

Y hoy llega una más, de la mano del movimiento cinematográfico conocido como Neorrealismo italiano y que apareció a mitad del siglo XX como consecuencia de la postguerra, de manera que, al estar los estudios destruidos por los bombardeos, los directores de cine sacaron las cámaras a las calles rodando lo que veían y utilizando frecuentemente actores no profesionales, con lo que cambió radicalmente la forma de hacer cine. Se inició en 1945 con Roma, ciudad abierta, una obra maestra de Roberto Rosellini y cuenta con otras grande películas como El limpiabotas (Vittorio de Sica, 1946), La terra trema (Luchino Visconti, 1948), Juventud perdida (Pietro Germi, 1948), Vivir en paz (Luigi Zampa, 1948), Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), Arroz amargo (Giuseppe de Santis, 1949), La Strada (Federico Felini, 1954) o El empleo (Ermanno Olmi, 1961). En estas películas quedó reflejado, como un auténtico documento histórico, la Italia triste y hambrienta de la postguerra, cine denuncia de las condiciones de vida miserables y en el que desaparecen los finales felices.  Y es en este contexto donde aparece nuestra película de hoy: Alemania, año cero, una película dirigida en el año 1948 por Roberto Rosellini y con la que completa su magnífica trilogía sobre la Segunda Guerra Mundial, precedida por Roma, ciudad abierta y Paisà (1946).

Comienza Alemania, año cero con unos créditos iniciales que pasean la cámara por un desolador Berlín destruido por las bombas, con una dedicatoria del director a la memoria de su hijo Romano Rosselini. Y un texto manuscrito: "Cuando las ideologías se alejan de las leyes eternas, de la moral y de la piedad cristiana que son la base de la vida de los hombres, se convierten en una locura criminal. Incluso la bondad de la infancia resulta contaminada y arrastrada por un horrendo delito hacia otro menos grave en el cual, con la ingenuidad de la inconsciencia cree encontrar una liberación del alma". Y una voz en off que nos dice: "Esta película, rodada en Berlín durante el verano de 1947, no pretende ser más que un relato objetivo y fiel de esta inmensa ciudad semidestruida donde tres millones y medio de personas arrastran una existencia espantosa, desesperada, casi sin rendirse cuentas. Viven en la tragedia como si fuese su elemento natural. Pero no por exceso de ánimo o por fe, sino por cansancio. No se trata de un acusación contra el pueblo germano, ni tampoco de una defensa. Más bien es una constatación de los hechos"

El maestro Rosellini crea una película terrible, virulenta y amarga y a la par bellísima, una reflexión de inaudita dureza sobre los horrores de la guerra. Y donde nos pasea continuamente por la herida que el nazismo dejó en Alemania, en sus ciudades destruidas y en sus gentes abatidas. Una guerra que afectó profundamente a la generación del protagonista, un niño de 12 años por nombre Edmund (Edmund Moeschke, proverbial, elegido por el propio director y quien nunca más tendría relaciones con el cine). Nuestro personaje es nuestra conciencia, mientras vaga continuamente entre las calles destruidas sin rumbo fijo y entre su familia destruida, hacia un destino y un final aciago. Todo ello bajo la perfecta fotografía de Robert Juillard y una música psicológicamente estridente que nos pone al límite del expresionismo. Y en ese vagabundeo para buscarse la vida encuentra personajes de todo tipo, algunos tan tétricos como su antiguo profesor, quien justifica el nazismo diciéndole: “Los débiles deben sucumbir y dejar paso a los fuertes”. Y esta funesta frase lleva al niño a tomar una drástica determinación que nos conduce a uno de los finales más tristes y desesperanzados de la historia del cine. 

Final que viene precedido por esta larga perorata del padre en su lecho de enfermedad a sus tres hijos: "Si al menos estuviera viva vuestra madre, pero me ha sido arrebatada. Todo me ha sido arrebatado. Mi dinero por la inflación y mis hijos por Hitler. Debería haberme revelado, pero era demasiado débil. Como tantos otros de mi generación. Hemos presenciado cómo se acercaba la desgracia y no la hemos detenido. Y ahora sufrimos las consecuencias. Hoy estamos pagando por nuestros errores. Todo. Yo igual que tú. Debemos ser conscientes de nuestra culpa. Porque con lamentos no se soluciona nada... Tengo los días contados, pero tú aún eres joven. Todavía puedes hacer muchas cosas buenas. Demuestra que eres un hombre. Ten valor para presentarte. Veras como todo es más fácil para ti y tu familia. Eva y Edmund lo agradecerán. Y yo estaré orgulloso de ti. Tendrás fuerza para vivir. Encontrarás trabajo. Podrás tener la cartilla nº 2. No te rindas más. Termina con esta vida de animal acosado. Debes volver a vivir entre las gentes, tienes que volver al mundo. No es una vergüenza fabricar tu propio destino. Yo también fui soldado en la Primera Guerra Mundial. Según tú, aquello fue un juego de niños. Pero para mí no fue así. Partimos con las fronteras en alto, ocupamos media Europa y avanzamos hacia el centro de Rusia. Parecía que ninguna fuerza del mundo podría detenernos. Pero de repente todo cambió. Primero la derrota y luego la Revolución. Incluso lloré cuando me arrancaron los galones. No se me puede acusar de no haber sido un buen alemán. A pesar de ello, durante estos años tan difíciles, ahora puedo confesarlo, no he esperado otra cosa que la caída del Tercer Reich y su destrucción. No quiero pensar cuál hubiera sido la suerte del mundo si las cosas hubieran sido de otro modo...",  Y todo esto mientras Edmund gesta una tragedia, si bien la tragedia nos la presenta en cada escena Rosellini al mostrarnos nítidamente la realidad de la postguerra alemana: destrucción, hambre y muerte. Y hace hincapié en la miseria de un pueblo que no supo enfrentarse a la dictadura nazi. 

Porque tras la Segunda Guerra Mundial y durante varios años, Berlín fue el centro de las tensiones entre dos bloques antagónicos, con tanques apuntándose a ambos lados del Checkpoint Charlie y el mundo conteniendo el aliento. Al final, la construcción del muro fue un terrible drama para los berlineses, pero un "mal menor" para el resto del planeta como llegó a decir Kennedy. Pero de nada de esto es consciente el joven Edmund, que vaga por las ruinas berlinesas buscando cigarrillos, carbón y algo de comer para su familia, hacinada en los bloques de viviendas que todavía se mantienen habitables, conviviendo con el estraperlo, el sentimiento de culpa y la confusión de los ex soldados alemanes, los últimos estertores del nazismo y el embrutecimiento de la adolescencia. 

Toda guerra desbasta material y moralmente a un país. En el caso del nacionalismo impuesto por el Tercer Reich es paradigmático y en nuestras dos últimas entradas nos lo recuerdan con dos películas épicas: la semana pasada con el antes a través de El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979) y esta semana con el después de Alemania, año cero, fiel reflejo del deterioro moral de la infancia.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario