sábado, 23 de julio de 2011

Cine y Pediatría (80). La infancia en el cine de Truffaut (I): “Los cuatrocientos golpes”



Libertad de expresión y libertad técnica en el campo de la producción fílmica fueron los dos postulados que movieron a la Nouvelle Vague, nombre con el que se designó a un grupo de cineastas franceses surgidos a finales de la década de 1950 a partir de la revista especializada Cahiers du Cinéma. Muchos de ellos siguieron el mismo camino: primero críticos y escritores, luego guionistas y, finalmente, el salto a la dirección. El año 1959 marcó un hito con tres directores y tres películas emblemáticas: Hiroshima mon amour de Alain Resnais, Al final de la escapada de Jean-Luc Godard y Los cuatrocientos golpes de Fraçois Truffaut.

Este grupo surgió en contraposición con el Cinéma de Qualité, anquilosado en las viejas glorias francesas y se declaró firme defensor del cine norteamericano (de Howard Hawks, John Ford, Alfred Hitchcock o Samuel Fuller) y el cine realista y visual de Jean Renoir, Robert Bresson, Jacques Tati y Max Ophüls. Las películas surgidas se caracterizaban por su espontaneidad (tanto en el guión como en la actuación), por su iluminación natural y porque sus historias solían ser cantos a la plenitud de la vida y el deseo de libertad como valor central en todas sus dimensiones. La Nouvelle Vague supuso una renovación del lenguaje cinematográfico que llenó ríos de tinta.

En este contexto, Truffaut cogió por primera vez a los 27 años una cámara para filmar Los cuatrocientos golpes. Y revolucionó la escena y enseñó al mundo que, para hacer cine, no hacía falta ninguna escuela: se podía aprender a rodar películas desde una butaca, siendo espectador y crítico primero. Los cuatrocientos golpes es un título que hace referencia a una expresión francesa cuya traducción podría ser "hacer las mil y una", refiriéndose a todas las trasgresiones del personaje en la película, aunque también juega con la enorme cantidad de golpes que la vida propina al protagonista.

La película nos presenta a Antoine Doinel, un adolescente de 13 años, con problemas familiares y escolares. Y cuya vida transcurre entre una familia que no le acoge con cariño, con sus aventuras y desventuras escolares y el vagar por las calles de París con sus amigos. Tras el robo de una máquina de escribir, acaba internado en un centro de menores, mientras sufre los golpes que le da la vida a tan corta edad. Encontramos escenas destacables en cada parte nuclear del guión: la escena inicial de la escuela (esas escuelas de antaño con tan peculiares maestros), los días de novillos por las calles de París (los niños escapando progresivamente de la fila del profesor de gimnasia tiene un sabor especial), su interés por la lectura y el cine (con un homenaje a Balzac incluido), las escenas en el centro de menores (con el impactante primer plano de Antoine durante cuatro minutos ante las preguntas de la psicóloga). Y, sobre todo, la larga carrera final del protagonista, cuando se escapa del reformatorio, llega hasta el mar y nos mira de frente… en un final lleno de interrogantes.

Los cuatrocientos golpes es en gran parte autobiográfica, y presenta la primera aparición del personaje de Antoine Doinel, álter ego del propio Truffaut y que interpretará a lo largo de 20 años el mismo actor, Jean-Pierre Léaud. Esas películas fueron El amor a los veinte años (1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1978). En ellas Antoine Doinel evolucionó poco a poco, de la infancia a la madurez, y con ello el personaje (el propio Truffaut transfigurado) nos transmite sus inseguridades, sus alegrías y miedos, sus amores,... Jean-Pierre Léaud también participó en otros films de Truffaut en papeles diferentes al de Antoine Doinel, como en Las dos inglesas y el amor (1971) y La noche americana (1973). La película está dedicada a André Bazin, fundador de Cahiers du Cinéma y padre artístico-espiritual de Truffaut. Y también existe un agradecimiento a Jeanne Moreau, actriz musa de la Nouvelle Vague, por su ayuda a la realización de la película.

Se dice que toda la obra de Truffaut es una búsqueda de la infancia perdida y lo que más le interesaba en la vida es la infelicidad de los niños. Y la frase se comprende en toda su extensión cuando apreciamos la manera en que Truffaut ha modelado a Antoine Doinel, su alter ego. Y, aunque el cine de Truffaut abarca muy diversos géneros (Jules y Jim, 1961; Fahrenheit 451, 1966; La sirena del Mississippi, 1969; La mujer de al lado, 1981; etc), la verdad es que uno de los factores comunes que interconecta su cine es la presencia permanente de la infancia. Además de la que hoy ha ocupado esta entrada, otras dos destacan en su filmografía con nombre propio: El pequeño salvaje (1970) y La piel dura (1976). A ellas dedicaremos nuestras próximas entradas.

François Truffaut tuvo una solitaria y triste infancia, en la que dejó los estudios de adolescente para desempeñar múltiples oficios. Pero, a diferencia de lo que le ocurre a Antoine Doinel, le salva del reformatorio su interés por el cine y su amistad con André Bazin. Un ejemplo del cine como terapia a los fantasmas de nuestras infancias, infancias que a veces son en color, pero otras en blanco y negro.