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sábado, 25 de septiembre de 2021

Cine y Pediatría (611). “Luna de papel”, lazarillos en la América profunda

 

En el XVIII Congreso Internacional de Pediatría, celebrado en Mérida (Yucatán, México) este mes de septiembre de 2021, fui invitado a realizar la conferencia de clausura titulada “Cine y Pediatría en tiempos de la COVID-19 o cómo sacar todo el color al blanco y negro”, en lo que pretendía ser un homenaje a ese cine en blanco y negro que llega depurado por el paso del tiempo, las crónicas de los críticos, el amor del público y la fuerza expresiva de un tiempo que quizás no fue mejor...tampoco para la infancia. 

Y en estos momentos, tras más de 10 años del proyecto Cine y Pediatría, como más de 600 películas revisadas, se recordaron las 32 películas en blanco y negro analizadas hasta la fecha. Películas que temporalmente iban de El chico (Charles Chaplin, 1921) a Roma (Alfonso Cuarón, 2018), y que abarcaba películas tan icónicas como El doctor Arrowsmith (John Ford, 1931), Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948), Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948), Los olvidados (Luis Buñuel, 1950), Juegos prohibidos (René Clément, 1952), La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959), Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), Lolita (Stanley Kubrick, 1962), La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), Mouchette (Robert Bresson, 1967) o La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), entre otras muchas. 

Y para demostrar que es una lista incompleta, baste recordar la película que hoy nos convoca: Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973), que será siempre recordada por el personaje de Addie Loggins, interpretado por una fenomenal Tatum O´Neal, quien con 9 años hizo tándem con su padre Ryan O´Neal en esa entrañable película en blanco y negro situada en la época de la Gran depresión americana y en la que seguimos las desventuras de un par de timadores de poca monta - que quizá son padre e hija o quizá no - en una suerte de "road movie" por el profundo sur americano. 

Y es que no es la primera vez que padres e hijos trabajan juntos en una película, pero esta película es para muchos la más significativa, por la peculiar sintonía que establecen ambos en pantalla. Otras películas en que esta familiaridad se ha repetido son Martin Sheen y Charlie Sheen en Wall Street (Oliver Stone, 1987), Lloyd Bridges y Jeff Bridges en Volar por los aires (Stephen Hopkins, 1994), James Brolin y Josh Brolin en My Brother’s War (James Brolin, 1997), Kirk Douglas y Michael Douglas en Herencia de familia (Fred Schepisi, 2003), Robert Downey Jr. y Indio Falconer Downey en Kiss Kiss, Bang Bang (Shane Black, 2005), Jerry Stiller y Ben Stiller en Matrimonio compulsivo (Peter y Bobby Farrelly, 2007), Tom Hanks y Colin Hanks en El gran Buck Howard (Sean McGinly, 2008), John Travolta y Ella Bleu Travolta en Dos canguros muy maduros (Walt Becker, 2009), Billy Ray Cyrus y Miley Cyrus en Hannah Montana: la película (Peter Chelsom, 2009), Brendan Gleeson y Domhnall Gleeson en Harry Potter y las reliquias de la muerte (David Yates, 2010), Will Smith y Jaden Smith en After Earth (M. Night Shyamalan, 2013) Donald Sutherland y Kiefer Sutherland en Forsaken (Jon Cassar, 2015), Johnny Depp y Lily-Rose Depp en Yoga Hosers (Kevin Smith, 2016) o Clint Eastwood y Alison Eastwood en Mula (Clint Eastwood, 2018), entre otras. 

Es Luna de papel una película dirigida por alguien que fue cocinero antes que fraile, como Peter Bogdanovich, un neoyorquino que formó parte de la oleada del Nuevo Hollywood junto a William Friedkin, Brian De Palma, George Lucas, Martin Scorsese, Michael Cimino y Francis Ford Coppola. Afamado crítico de cine, historiador y cinéfilo empedernido, quizás su alma gemela en España sea José Luis Garci - salvando las diferencias -, por ser apasionados estudiosos del séptimo arte en su vertiente más clásica. Y antes de nuestra película de hoy nos dejó su maravilloso debut con La última película (1971), así como la alocada comedia ¿Qué me pasa, doctor? (1972). Y con Luna de papel construye una híbrido de la suma de una “buddy film” (esa relación entre dos personajes marcadamente diferentes que al superar las adversidades que se plantean en la trama, forjan una amistad) y una “road movie”. Porque el timador Moses Pray se encontrará con la horma de su zapato en la figura de su supuesta hija, un retaco de 9 años que fuma, blasfema y estafa como una consumada experta. Con espíritu lúdico y anclando en esa tradición de la picaresca que comienza con “El lazarillo de Tormes”, esta película se propone como un viaje iniciático del que los supuestos (pero no seguro) padre e hija saldrán más sabios, en un entorno que no es la ribera del río Tormes, sino esa América profunda de un país sumido en la profunda crisis económica de los años 30, periodo de la Gran Depresión y la Ley Seca. 

Todo comienza con los títulos de crédito bajo los acordes de la canción de Ella Fitgerald, “It´s Only a Paper Moon” y ya se nos advierte que está basada en la novela “Addie Pray” de Joe David Brown, publicada dos años antes del estreno de la película. Pero en la adaptación de la novela se hicieron varios cambios: la edad de Addie se redujo de los 12 años originales a los 9 para acomodarlos a la edad de Tatum, y se cambió el final de la historia para ajustarlo al tono de la película; así mismo, el entorno de la historia pasó del sur rural de Estados Unidos a las localizaciones del medio-oeste americano de Kansas y Misuri. 

Por el entierro de su madre, reconocemos que Addie (Tatum O´Neal) se encuentra sola y su único familiar vive en Misuri, por lo que le piden a un conocido de su madre que acude al entierro que se lleve a la niña con él y la deje con aquella tía. Este conocido de la madre es Moses (Ryan O´Neal), quien se dedica a estafar con la venta de Biblias a viudas que detecta en la sección de necrológicas del periódico. Y a partir de ahí se establece una relación peculiar, donde él niega a la pregunta de Addie: “¿Eres mi papá?”

Reconocemos en Addie una niña que es confundida con un niño (por su aspecto tomboy, palabra que a buen seguro no se utilizaba entonces) muy precoz y procaz para todo, donde lo que más sorprende (y sobre todo hoy, que buscamos un cine sin malos humos) es que fuma como un adulto (en la cama o en el coche). Y con ese carácter pronto se suma a los timos de guante blanco, no solo al de las biblias, sino también a las pequeñas estafas con billetes o al robo de alcohol, tan perseguido en aquellos momentos. Porque es el mcguffin de la devolución de 200 dólares los que tienen la culpa de que inicie esta peculiar convivencia, relación profesional y personal entre ambos, llegando Moses a proponerle ser socios. 

Lo cierto es que la película y la sencilla historia se visiona con una sonrisa continua en los labios. Pues por el camino se irán encontrando a unos personajes que definirán la época por la que transitan. Es el comienzo del New Deal de Franklin D. Roosevelt, allí donde el cómico Jack Benny arrasa en la radio (que tanto le gusta a Addie y tan poco a Moses) y la Ley Seca impera en el horizonte, quizás más para delinquir que para cumplirla. Y todo ello se nos muestra con mano maestra y gracias a la sutilidad de buen artesano de Bogdganovich y esa brillante fotografía en blanco y negro de László Kovács, en lo que es un homenaje también al cine mudo de los años 20 (con esas carreras de coches) y mucho más. Y todo ello para llegar a ese entrañable final donde Addie le vuelve a recordar a Moses: “Aún me debes 200 dólares”. 

Y en nuestra cara permanece una sonrisa al recordar esta historia, así como esa foto de Addie sentada en la luna de cartón de la feria (que curiosamente en la carátula de la película salen sentados Addie y Moses). Y con ello recordamos una efeméride: y es que Tatum O'Neal aún ostenta el récord de ser la persona más joven en ganar un Óscar gracias a su espectacular interpretación en esta obra maestra. Fue el Óscar a mejor actriz de reparto, si bien en realidad fue la actriz principal, pero se dice que no la nominaron a mejor actriz por miedo a que los académicos no se atreviesen a votar por alguien tan joven. Sea como fuere, la inexperta hija de Ryan O'Neal, sorprendió a la industria con una primera interpretación para la gran pantalla cargada de autenticidad (una carrera que no continuó por la estela del éxito, y donde su posterior adicción a las drogas no ayudó). 

Sobre niños y adolescentes oscarizados ya realizamos una entrada en Cine y Pediatría en los albores del proyecto, con las luces y sombras que esto implicaba. Aparte del Premio Juvenil de la Academia (que se entregó de forma intermitente entre 1934 y 1960) y donde aparecen los nombres de Shirley Temple, Mickey Rooney y Judy Garland, cabe decir que muchos niños y niñas han sido nominados, pero el premio Óscar a mejor actor o actriz de reparto lo han conseguido menos: como hemos dicho, Tatum O´Neal tiene el récord de juventud pues lo recibió con 10 años casi recién cumplidos, y le siguen Anna Panquin por El piano (Jane Campion, 1993) con 11 años, Patty Duke por El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962) con 16 años, Timothy Hutton por Gente corriente (Robert Redford, 1980) con 20 años. El récord a premio Óscar a mejor actriz lo sigue ostentando Marlee Martin por Hijos de un dios menor (Randa Haines, 1986) con 21 años, a la que le sigue Jennifer Lawrence por El lado bueno de las cosas (David O. Russell, 2012) con 22 años.  

Es Luna de papel una película inolvidable con esa especial relación adulto-niña. Y que veinte años después quisimos ver ecos de esta cinta en la emotiva Un mundo perfecto (Clint Eastwood, 1993), aunque se enfocan bajo un prisma diferente.

 

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