sábado, 5 de noviembre de 2011

Cine y Pediatría (95). La infancia en el cine del genio de Clint Eastwood (I): “Un mundo perfecto” y “Mystic River”


Clint Eastwood se ha convertido, tras sus casi 60 años de carrera cinematográfica, en una fenómeno difícil de explicar en el séptimo arte. Es difícil imaginar que quien empezó siendo el actor fetiche de Sergio Leoni en los spaghetti westerns rodados en Almería (Por un puñado de dólares, 1964; La muerte tenía un precio, 1965; El bueno, el feo y el malo, 1966) y llegó a interpretar a Harry, el prototipo de tipo duro (Harry el sucio de Don Siegel, 1971; Harry el fuerte de Ted Post, 1973; Harry el ejecutor de James Fargo, 1976), se haya transformado en uno de los mejores directores de cine de las últimas décadas, heredero del clasicismo en Hollywood.

Clint Eastwood lo ha sido todo en el cine: actor, director de cine, productor cinematográfico, guionista, músico y compositor. Hasta convertirse en una garantía de éxito (no es fácil conseguir estrenar una buena película por año y, entre ellas, algunas obras de arte) y uno de los escasos supervivientes que creen en el cine como un medio para contar historias sin ornamentaciones ni concesiones estilísticas de más. En 1968 creó su propia productora (The Malpaso) con la que ha realizado todas las películas de su dilatada carrera, jalonada con múltiples galardones. Entre ellos destaca el haber sido nominado candidato a Mejor Película y Mejor Director en cuatro de sus obras (en dos las consiguió: Sin perdón, 1992 y Million Dollar Baby, 2004; y en dos se quedó a las puertas: Mystic River, 2003 y Cartas desde Iwo Jima, 2006). Precisamente en las dos primeras triunfadoras, también fue nominado a Mejor Actor (en el primer año se lo arrebató Al Pacino por Esencia de mujer -Martin Brest, 1992-; en el segundo se lo arrebató Jamie Foxx por Ray -Taylor Hackford, 2004-).
Un genio de Hollywood, un personaje muy particular (fue durante un tiempo el alcalde de Carmel, la ciudad donde vive habitualmente) y mi director vivo preferido. Revisando su extensa filmografía, al menos en cuatro de sus películas realiza una emotiva mirada a la infancia: Un mundo perfecto (1993), Mystic River (2003), El intercambio (2008) y Gran Torino (2008). A ella dedicamos nuestras dos próximas entradas de Cine y Pediatría.

Un mundo perfecto (1993) es una road-movie muy peculiar, con ecos de western, que se ha convertido en una emotiva mirada sobre la infancia, una dura historia de aprendizaje. Aunque en su momento no mereció el respaldo del público, algunos la encuadran entre las obras mayores de Eastwood. Un mundo perfecto era en principio una película que iba a dirigir Steven Spielberg con Denzel Washington en el papel principal. No sería la única vez que Spielberg cediese uno de sus proyectos a Eastwood (sin ir más lejos, también ocurrió en su siguiente película: Los puentes de Madison, 1995) y la Warner impuso a Kevin Costner, que por aquel entonces gozaba de una mayor popularidad.
La historia de Un mundo perfecto se ambienta en los años 60 y se convierte en un duelo interpretativo entre Butch (Kevin Costner), un preso que acaba de huir de la prisión, y Philip, el niño secuestrado (T.J. Lowther), perseguidos por Red, un Ranger de Texas (Clint Eastwood). La película se congratula en la entrañable relación entre Butch y Philip (este niño de 8 años acompañado por su careta del fantasma Casper), dos personajes a los que les une la falta de un padre que los abandonó siendo pequeños, y cuya odisea viene acompañada por sutiles lazos paterno-filiales.
La infancia perdida, uno de los temas que más obsesionan a Eastwood en su filmografía, se cristaliza en los instantes más violentos del film, una violencia visual que alcanza su cenit en la dura secuencia en la casa de la familia negra (y que se acrecienta con el fondo de la música de un tocadiscos) o en la propia escena final al pie de un árbol (con un abrazo simbólico). Sin caer en el sentimentalismo barato, Eastwood consigue momentos de gran emotividad, con frases como la siguiente: “Tienes el mismo derecho que cualquier ser humano a comer algodón de azúcar y a montar en la montaña rusa”, le declara Butch. “¿Lo tengo?”, pregunta Phillip. “Pues claro que lo tienes”.

Mystic River (2003) parte de una novela homónima excelente (de Dannis Lehane) y nos relata un devastador drama sobre los traumas de la infancia y el dolor de la pérdida contado alrededor de la historia de tres amigos de la infancia: Jimmy (Sean Penn), Sean (Kevin Bacon) y Dave (Tim Robbins). Estos niños que crecieron en East Buckingham, un peligroso barrio de Boston, guardan en su subconsciente un hecho que marcó sus vidas: Dave fue secuestrado ante los ojos de Jimmy y Sean cuando de niños jugaban en la calle, siendo retenido y violado por dos hombres adultos; Dave consiguió escapar y regresar a su casa, pero ya nada volvería a ser lo mismo, ni para él ni para sus amigos. Aquellos niños habían perdido para siempre su inocencia, convirtiéndose en adultos de repente y sin quererlo, con una mente turbada por recuerdos inconfesables y azotados por la repentina bofetada de la irrupción de la violencia en sus vidas.
De adultos, sus caminos han seguido diferentes rumbos: Jimmy, delincuente reformado, dirige una tienda en su barrio; Sean, convertido en policía, trata de remontar un matrimonio roto; y Dave trata de salir a flote con su familia, azorado por los fantasmas de su pasado, brutales recuerdos que le persiguen y contaminan su conciencia, y completamente traumatizado por ellos. La historia se remonta 25 años después, cuando los tres se vuelven a encontrar por otro acontecimiento sobre el que gira la trama: el asesinato de la hija de 19 años de Jimmy. A medida que la investigación se estrecha alrededor de estos tres amigos, se desarrolla un inquietante relato que trata de la amistad, la familia y la inocencia perdida. Porque no se pretende tanto esclarecer la culpabilidad del crimen, sino de utilizar el asesinato como pretexto para ahondar sin piedad en el interior de los personajes, para mostrarnos fríamente cómo la muerte de la joven impacta en sus vidas y las sacude bruscamente, como remueve conciencias y salen a la luz los monstruos no sanados de su infancia. Una pregunta ronda a Jimmy y Sean entre el medio del drama: “¿Qué hubiera pasado si hubiera subido yo a ese coche?”.
La escena de Jimmy gritando desgarradoramente al cielo cuando sabe que su hija está muerta es de una maestría imborrable en el recuerdo del espectador, porque su grito no es más que un reproche impotente a Dios, ante el cual sabe muy bien que no puede ocultar sus faltas. Sean Penn ejecuta con maestría un papel que parece hecho a su medida, y en el que el actor desarrolla sus aptitudes interpretativas al más alto nivel, lo que le valió el Oscar a mejor actor. Una soberbia interpretación a la altura de la caracterización de Tim Robbins como Dave (quien ganó el Oscar a mejor actor de reparto), ese ser atormentado por su pasado, quien sólo se atreve a hablar de su pasado con su hijo, explicándole por las noches en forma de cuento su triste hazaña al escapar de los lobos que lo retuvieron. Y todo bajo la enorme batuta de Eastwood, quien llega a desarrollar metáforas como la escritura de los nombres de los niños sobre el cemento fresco de la calle: el de Dave queda incompleto, como paradigma de su infancia truncada, de una personalidad para siempre asesinada. Eastwood ha contado para Mystic River con un plantel de actores inmejorable (además del trío protagonista, cabe destacar a las mujeres: Laura Linney y Marcia Gay Harden), así como su puesta en escena con el río Mystic presente a lo largo de toda la historia, como si de uno más de los personajes se tratase, testigo y cómplice perfecto de los actos violentos.

A lo largo de sus películas, Clint Eastwood ha plasmado una serie de líneas paralelas que se repiten constantemente, por muy dispares que sean los géneros tratados. Quizás podemos destacar por encima de todo su predilección por el profundo tratamiento psicológico de los personajes, por el dibujo de unos seres humanos en su mayor parte castigados por la vida, y en muchos casos portadores de un sentimiento de culpa y de cierta responsabilidad hacia lo que el destino les está deparando. Butch intenta redimir su conciencia por medio del niño al que secuestra. Jimmy, Sean y Dave intentan escapar de los lobos de sus conciencias, por el daño de una inocencia perdida demasiado prematuramente. Da lo mismo que lo contemos en estilo de road-movie o en estilo de thriller, Eastwood siempre es Eastwood. El cine es lenguaje y técnica, combinación de imágenes y sonidos para transmitir ideas y sentimientos y, sin duda, eso es algo que este director desde luego domina a la perfección, por lo que ciertamente el señor Eastwood es sin duda un gran genio.