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sábado, 14 de septiembre de 2013

Cine y Pediatría (192). "L.I.E.", la peligrosa autopista de la adolescencia


“Hay carriles hacia el este y hacia el oeste. Otros van directos al infierno…”. Así comienza y termina esta película, cuyo título, L.I.E. es el acrónimo de Long Island Expressway, la autopista que atraviesa la zona suburbana de Long Island y que sirve como la metáfora central de esta reflexión sobre la adolescencia y su vulnerabilidad, donde el desconcierto y el dolor de salir a la vida se dan la mano en el debut del estadounidense Michael Cuesta en el año 2001. En palabras del director, “L.I.E. funciona como una metáfora de lo que supone para un chico llegar a la adolescencia, pasar al mundo angustioso de los adultos, sin que nadie te pregunte si estas o no estás preparado”

Howie (Paul Franklin Dano, soberbio en su papel, que le valieron sendos premios, entre ellos el de Mejor interpretación de un actor debutante en el Independent Spirit Award.) es un adolescente de 15 años que acaba de perder a su madre en un accidente en la autopista y que vive bajo la indiferencia de su padre, más preocupado en sus asuntos (negocios fraudulentos y nuevas aventuras femeninas) que en los de su hijo, por lo que se siente abandonado por una familia desestructurada. Howie atesora un gran repertorio cultural que sería motivo de envidia para cualquier adolescente de su edad (recita poemas de Whitman, se sabe todos los diálogos de la película Casablanca, conoce las pinturas de Marc Chagall, etc.), pero sobrevive en medio de un mundo lleno de violencia, delincuencia y sexo. Cuando su mejor amigo, Gary (Billy Kay), le convence para robar la casa de su vecino de 60 años, Big John (Brian Cox), el escaso equilibrio de su naturaleza adolescente desaparece por completo, pues a partir de ese momento una mezcla de ternura y perversión electrifica la relación casi paterno-filial que surge entre Howie y el extraño y pertubador Big John. 

Es L.I.E. una nueva película que trabaja con el desamparo adolescente a través de la simbólica búsqueda de la figura del padre, como lo hacía Mi Idaho privado (Gus Van Sant, 1991), El niño que gritó puta (Juan José Campanella, 1991), Antes de la tormenta (Reza Parsa, 2000), Thirteen (Catherine Hardwicke, 2003), C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005), This is England (Shane Meadows, 2006), ), Skin (Hanro Smitsman, 2008), Precious (Lee Daniels, 2009), Fish Tank (Andrea Arnold, 2009), Cruzando el límite (Xavi Giménez, 2010), NEDS (Peter Mullan, 2010), 15 años y un día (Gracias Querejeta, 2013) y tantas otras. Empieza como la variante gay de Kids (Larry Clark, 1995) y termina como la historia de amor platónico entre un pederasta y su víctima. Su principal virtud es no demonizar una figura tan demonizable como la de un pederasta Big John, sino tratarlo como una persona con sentimientos que se aproximan a la cotidianidad. Gravitado a su alrededor está el hijo que nunca tuvo, un chico que descubre su (homo)sexualidad cuando el mundo está desmoronándose a sus pies. La comprensión que nace entre ellos juega con nuestro perjuicio morales y sus diálogos y acercamientos se convierten en un proceso de seducción entre ambos que se fundamentan, en realidad, en un equilibrio de fuerzas desvalidas. De nuevo un ogro y su hijo adoptivo, la bella y la bestia como pasara en El viaje de Felicia (Aton Egoyan, 1999). 

Michael Cuesta pondera un adecaudo guión y dirección, con un buen duelo actoral entre Paul Franklin Dano y Brian Cox. La banda sonora de Pierre Földes tiene un papel protagonista y los escenarios se encuentran fotografiados con una exquisitez suburbana. Y así, L.I.E. es el acrónimo comentado, pero “lie” también es mentira en inglés, quizás como un juego de razonamientos sobre lo que es la autopista de la adolescencia y que nos transporta a veces (sin saber muy bien) de la infancia a la vida adulta. Y con tan sólo dos largometraje (éste de hoy y el filmado 5 años más tarde, El fin de la inocencia, y al que dedicaremos nuestra próxima entrada de Cine y Pediatría), Michael Cuesta es el nuevo François Truffaut de nuestros días, por su capacidad de retratar certeramente el, en ocasiones, traumático final de la infancia y la primera adolescencia, como el genio francés ya hiciera con Los cuatrocientos golpes o La piel dura

 Muchos golpes y mucha piel dura hace falta para discurrir por la autopista L.I.E. en la que circula Howie. Y nadie le ayudó a sacar el carnet de conducir de la vida...

 

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