sábado, 7 de abril de 2012

Cine y Pediatría (117). Las fábulas infantiles de Atom Egoyan


Quizá haya pocos directores en los que su origen influya tanto en su cine como en el caso de Atom Egoyan. Vive en Canadá, pero nació en El Cairo, de familia armenia. Esa procedencia multicultural está en el fondo de todas sus historias, con los lazos familiares, la alienación, el desarraigo y la soledad como temas recurrentes. Poco prolífico en su producción, especializado en dramas tan hondos y dolientes que dejan tras de sí un poso de tristeza; películas arriesgadas, algo herméticas en ocasiones. Pocas películas que han bastado para hacer de él un director de prestigio (en ocasiones de culto) y un autor mimado de Cannes.
Egoyan dirigió su primer largometraje con 24 años (Next of Kin, 1984) y en ese primer film trabajó por primera vez con la actriz libanesa Arsinée Khanjian. Egoyan se casó con ella y, desde entonces, ya todas sus películas contarían con la presencia de la actriz, su musa, salvo en su última obra (Chloe, 2009).

Pero será con Exótica (1994) cuando llegue su consagración como autor de un extraordinario y muy personal estilo (difícil olvidar, ni con el paso de los años, ese nightclub y el papel hipnótico de la joven Mia Kirshner). Luego llegarían las mejores películas y su definitiva proyección internacional; y ello gracias a dos películas que son dos fábulas, dos cuentos de hadas, dos películas que convierten a Egoyan en una mezcla de Esopo, Samaniego y hermanos Grimm del séptimo arte: El dulce porvenir (1997), una fábula que funciona como la versión moderna del “El flautista de Hamelin”; y El viaje de Felicia (1999), una fábula que funciona como la versión moderna de “La bella y la bestia” o de “Caperucita Roja”. Dos películas con introspección psicológica de los personajes a través de la presencia estelar de dos jóvenes adolescentes, no aptas para todos los públicos, pero muy recomendables para los amantes del buen cine.

El dulce porvenir es una sensible y conmovedora película, basada en la novela "The Sweet Hereafter" de Russel Banks. Magistral retrato del abismo de la desolación y del sinsentido de la pérdida, que refleja como pocas la tristeza y el vacío que cunde entre la población de un pequeño pueblo canadiense ante la brutal irrupción de la más dolorosa de las tragedias. Un autobús escolar se despeña montaña abajo y se hunde en un lago helado: en el accidente mueren todos los niños del pueblo, excepto la joven Nicole (Sarah Polley, actriz fetiche de Isabel Coixet en Mi vida sin mí -2003- y La vida secreta de las palabras -2005-) quien queda paralítica. El abogado Mitchell Stevens (Iam Holm, reputado actor inglés que se reinventa en cada personaje, pero ya para siempre unido a su Bilbo Bolsón en la trilogía de El Señor de los Anillos), quien perdió a su hija en manos de las drogas (y su frustración lo convierte en un ser desvalido para la capacidad de amar), se entrevista con los padres, reabre sus heridas y les propone llevar el caso a los tribunales. Esto será un detonante silencioso que marcará el resto de sus vidas interiores.
Insoportable tranquilidad y alambicado desasosiego se alternan en este drama de bello título, que sacude nuestras conciencia con estilo, inteligencia y sutileza, con un poder inmenso de la imagen (sugerente fotografía de Paul Sarossy) y de la música (atribuida a Mychael Danna, pero que contó con canciones de la propia Sarah Polley). Numerosos premios y nominaciones en festivales alrededor del mundo, entre ellos el Premio Especial del Jurado de Cannes, la Espiga de Oro de la Seminci y la nominación a dos Oscar (mejor director y guión adaptado); y ello gracias a la lucidez de Egoyan para dotar de una impecable homogeneidad sus despedazadas narraciones, liberado de la pesada carga de la linealidad narrativa. La película se empapa de un tono difuminado que remite a la nostalgia por un pasado que siempre fue mejor, a una melancolía filmada con exquisita belleza sobre un paisaje siempre nevado que favorece la temporalidad confusa del relato, a la alegría de un dulce porvenir que late entre el dolor de la pérdida y la muerte.
El dulce porvenir funciona como una pared llena de fotografías, como un collage en el que las que las imágenes del futuro buscan consuelo y salvación en las fotografías de la felicidad pasada. Escenas magníficas, pero destacamos tres:
- La presentación de la tragedia: un padre que acaba de perder recientemente a su esposa por cáncer conduce su furgoneta por un camino de montaña, detrás de un autobús escolar; sus dos hijos le saludan desde la ventanilla trasera del autobús, como hacen todos los días. Pero de repente, el autobús se sale del camino, despeñándose sobre un lago congelado y hundiéndose rápidamente tras agrietar el hielo con su peso.
- Las sutiles conversaciones entre el abogado y la niña, histriónicas y sobrias, especialmente la que desarrollan en los albores de la película.
- El colofón: cuando Nicole cierra el libro de “El flautista de Hamelín” tras haber arrullado a un niño y se dirige hacia la luz purificadora de un automóvil que llega.

El viaje de Felicia es una película intimista, basada en la novela “Felicia's Journey” de William Trevor y que fue un encargo de Mel Gibson por medio de su productora Icon. Atom Egoyan juega con los pensamientos de su adolescente protagonista y analiza los motivos que la impulsaron a tomar ciertas decisiones; con ello vuelve a demostrar que es un director personalísimo y que no responde a ninguna convención de género, con un estilo peculiar de contar historias y crear climas sugerentes.
Como anuncia su título, se trata del viaje hacia la identidad de Felicia (Elaine Cassidy, actriz desconocida en esos momentos y que labró una actuación excepcional), una inocente adolescente irlandesa de 16 años, enamorada de un soldado inglés; cuando conoce que está embarazada y es repudiada por su familia católica, parte hacia Birmingham en busca del chico. En su camino encuentra a Mr. Hilditch (Bob Hoskins, reputado actor inglés con una variada trayectoria, pero para siempre ya unido a su papel del mafioso arrepentido George en Mona Lisa –Neil Jordan, 1986-), un gourmet mitómano y solitario, gerente de catering en una fábrica, y que pretenderá ayudarla en su búsqueda; pero su bondad oculta los escondidos propósitos de un alma atormentada. Sutilmente descubrimos de que Hilditch es un ser con un pasado oculto y siniestro, que vive marcado por el recuerdo de su madre. Sutil melodrama que se desliza hacia el thriller psicológico y sugiriendo las verdaderas identidades de sus criaturas, con suspense incluido. Finalmente, el viaje de Felicia los transformará a ambos, desnudando a la realidad y permitiendo que sus heridas comiencen a sanar.
De nuevo, Egoyan, estructura la película en un contrapunto entre los dos protagonistas y la narración va y viene entre el presente y pasado de ambos, con lo que obtenemos información de la historia de cada uno de ellos y nos revela la importancia de las figuras paterna y materna en sus vidas. Atom Egoyan es fiel a si mismo y a los suyos y de nuevo cuenta con su fotógrafo (Paul Sarossy), su músico (Mychael Danna) y su musa y mujer (Arsinée Khanjian, en el papel de la enigmática madre-cocinera del protagonista). Escenas magníficas, pero destacamos tres:
- El largo y hermoso travelling inicial de la película que recorre la vivienda de Hilditch, una casa suspendida en el tiempo, donde él acumula sus recuerdos.
- Las diferentes escenas en que Hilditich imita las recetas antiguas que su madre grabó para programas de televisión.
- Los encuentros y escenas de Felicia y Hilditich en el utilitario verde, sus palabras, sus miradas y sus silencios. Y en el exterior los repetitivos planos generales protagonizados por enormes y desafiantes chimeneas, a modo de gigantes que amenazan a Felicia en su recorrido y que nos preparan para lo que su viaje esconde.

Imágenes sin tiempo ni lugar, Atom Egoyan se siente cómodo bordeando los límites que rigen la materia cinematográfica. Y en estas dos películas-fábula de hoy, disfrutamos con los papeles y sentimientos de dos adolescentes en estado de gracia (Sarah Polley y Elaine Cassidy).