sábado, 20 de abril de 2013

Cine y Pediatría (171). “El niño que gritó puta” se acerca a la enfermedad mental infantil


El cine argentino, quizás con el cine iraní y colombiano, es una filmografía que demuestra una especial sensibilidad a plasmar la infancia y adolescencia en muchas de sus películas. De ahí la afinidad con Cine y Pediatría, ya demostrada previamente en películas como Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2001), La niña santa (Lucrecia Martel, 2004), XXY (Lucía Puenzo, 2007), Anita (Marcos Carnevale, 2009), El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009), La educación prohibida (Juan Vautista, 2012) o Infancia clandestina (Benjamín Ávila, 2012) (157). 

Hoy nos acercamos a un director peculiar, tanto como para dar el segundo Oscar como Mejor película en lengua no inglesa para Argentina: fue en 2010 con El secreto de sus ojos (el primero fue en 1985, gracias a La historia oficial de Luis Puenzo). Hablamos de Juan José Campanella, quien ha desarrollado parte de su carrera en Estados Unidos (incluyendo la dirección de capítulos de series tan famosas como "Dr House" o "Ley y Orden"), pero que nos ha regalado algunas otras obras del séptimo arte, como El mismo amor, la misma lluvia (1999) o El hijo de la novia (2001, también nominada al Oscar Mejor película en lengua no inglesa en su momento y que se la arrebató in extremis En tierra de nadie de Danis Tanovic). Hoy hablamos del primer Campanella, aquel que nos sorprendió en 1991 con una casi ópera prima en el largo y lo hizo en inglés y con actores estadounidenses (incluido un jovencísimo Adrian Brody en un papel secundario): la película tiene un título tan impactante como El niño que gritó puta. Aunque la historia es más impactante si cabe. 

Dan Love (sorprendente Harley Cross) es un niño de 12 años que vive en un familia con su madre (el padre está ausente y se ha desentendido por completo de la familia) y con sus dos hermanos. Los tres chicos hacen la vida imposible a la madre, con un extremo maltrato psicológico por parte de Dan, quien demuestra una conducta caprichosa, impulsiva y agresiva. Tras la pérdida del referente que tenía en un vecino excombatiente de Vietnam, el niño sufre un shock emocional y es internado en un hospital psiquiátrico. El niño culpa a la madre por haberle encerrado y la insulta continuamente. Las conductas disruptivas del niño (va generándose una psicopatía que degenera en auto y heteroagresiones, ocasiona casi un motín en el centro, etc.) le conducen a más castigos durante su ingreso. Finalmente, el niño sale del internado, pero persiste la mala relación madre-hijo, una relación que nos aboca al final de la película, uno de los finales más duros que uno haya visto y que termina con el grito de Dan a su madre: “¡Puta!”. Una trágica historia y un trágico final con sentimiento de fracaso por parte de la madre: ese sentimiento de haberlo hecho mal, de haber sido una mala madre, y que se mezcla con el de alivio porque ya todo acabó... por fin... 

El niño que gritó puta es una dura e incómoda película (se dice que basada en hechos reales). Porque cuando una relación conductual degenera en psicopatía, paranoia, obsesión, agresiones compulsivas, ya nos encontramos en un agujero negro auto y heterodestructivo sin retorno. Porque El niño que gritó puta aborda la enfermedad mental infantil, y lo hace con el uso frecuente de vocabulario obsceno, quizás como una forma de expresar también la mente del niño, con otra actitud agresiva que ya el director nos muestra hasta en el título. Y acrecientan el valor de la película al menos dos elementos destacables: la interpretación magistral de Harley Cross (actor que no ha seguido la brillante trayectoria que prometía) y que ganó merecidamente el premio al mejor actor en el Festival de Cine de Valladolid; y la música de Wendy Blackstone, que enfatiza el dramatismo de la historia y provoca incluso un sentimiento de malestar. 

El niño que gritó puta es la historia de la transformación de un niño agresivo y dominante en un paranoico obsesionado. Esta transformación comienza en un hogar sin reglas al mando de una madre sola e incapaz de imponer su autoridad. En donde entre Dan y su madre se establece la combinación de chantaje emocional y amenazas del denominado "síndrome del emperador" en su fase más extrema, y donde el intento de dominación del hijo tiene unos ribetes sádicos inquietantes. El modelo de comportamiento masculino está ausente y ese hueco será rellenado por sucesivos modelos nefastos: uno, un adulto perturbado y pedófilo; otro, un adolescente con rasgos psicóticos. Ambos coincidirán en un punto: asociar la masculinidad con la violencia y la agresión a los otros, a los "hijos de puta". 

La película no se apunta al discurso antipsiquiátrico; más bien, presenta la institución como el último recurso de unos padres que ya no pueden convivir con sus hijos de ninguna manera, aunque no sea optimista respecto de la curación. El hospital padece una contradicción con escasas posibilidades de solución: esta tesis ambientalista es remachada una y otra vez por la película que convierte así el caso de Dan en el caso de toda una familia e, incluso, en el de toda una sociedad. 

Aunque el lugar natural de la aparición de la figura del niño psicópata y/o asesino en el cine es el género de terror, también lo vemos en otros géneros. Porque la figura del niño malvado arrastra una poderosa carga y peso dramático, que es el que ofrece el contraste entre su apariencia frágil y la dura realidad que oculta. También enfrenta al adulto ante el dilema del castigo o del perdón en función de si se decide que su maldad ha sido resultado de una educación perversa (con lo que la culpa se desplazaría a la familia en la que se crió) o proviene de una naturaleza genéticamente predispuesta a actuar así, una especie de maldad natural.

El niño que gritó puta es una película que no se olvida, ni por el título ni por el contenido. Ni por su final. Ni por la reflexión que conlleva.