sábado, 3 de diciembre de 2016

Cine y Pediatría (360). "El cohete" en el cielo y las minas en la tierra


La zona de Indochina, esa península en el sudeste asiático entre India y China, comprende los actuales países de Camboya, Vietnam, Laos, Birmania y Tailandia, una zona de perpetuo conflicto y que tuvo en la colonización francesa en el siglo XIX y las guerras de la segunda mitad del siglo XX sus puntos calientes de inflexión. Han pasado más de 40 años de la denominada como Guerra de Vietnam y sus secuelas siguen patentes en esta zona del mundo: en la actualidad hay alrededor de 150.000 malformaciones provocadas por el "agente naranja" del ejército estadounidense lanzó en algunas zonas rurales de Vietnam (y que también afectó a Laos y Camboya) como herbicida defoliante con alto contenido en dioxina, y también cada año aún 500 personas son víctimas de las minas antipersona que quedaron sin detonar de esa guerra. 

Y allí nos traslada la que ha sido la ópera prima del director australiano Kim Mordaunt, un avezado documentalista (y también actor), en una película coproducida entre Australia, Vietnam y Laos. Y lo hace con la película del año 2013, El cohete. Una película que llegó a ser candidata al Oscar a Mejor película extranjera por parte de Australia, esta sorprendente película protagonizada por un niño empeñado en no defraudar a su padre y que se hizo con el Premio a Mejor Debut en el Festival de Berlín. Una película grabada en ubicaciones espectaculares de Laos y Tailandia, y que contó con algunos actores profesionales y muchos otros no profesionales (o más bien ni actores), una obra con humor y drama, fabricada con pasión y compasión, logrando algo tan difícil como hacer una película que nos haga sentirnos bien estando ubicada en un país con un pasado reciente tan triste. 

Todo comienza con un parto natural en una cabaña en Laos. Una madre da a luz a un niño en compañía de su suegra, ...pero regresan las contracciones y entonces todo parece indicar que son gemelos. Y el espectador aprecia que algo no va bien por las caras de sus protagonistas, pues los gemelos se acompañan de mitos y leyendas, y no son apreciados en esa cultura, que se tiene que deshacer de uno. Pero el segundo nace muerto por lo que se intuye una asfixia perinatal grave quizás por una circular del cordón umbilical. Aún así la suegra le dice a la madre: "Pero sigue siendo un gemelo. Uno está bendito, otro está maldito". Y queda una gran duda, pues podría ser que el que sobrevivió sea el gemelo maldito, pero eso lo van a descubrir después... 

Y entonces la historia nos presenta a ese niño, Ahlo, ya con 10 años que vive con sus padres y abuela en una zona rural de Laos. Y la abuela no olvida lo que ocurrió en el parto y sigue considerándole una persona que trae la mala suerte. Por entonces se les informa que tienen que ser reubicados, pues el pueblo va a ser inundado por la construcción de una nueva presa. En el proceso de emigración, un accidente acaba con la vida de la madre delante del hijo ... y la abuela le dice al padre, desconocedor de este hecho: "Él tenía que haber muerto. En el útero, como su hermano. ¡ Es un gemelo !". Y es así como Ahlo vive con el sentimiento de culpabilidad, por esas desafortunadas creencias, y vive empeñado en no defraudar a su padre y con el deseo de plantar las semillas de mango, porque así le hubiera gustado a su madre. 

En el viaje de emigración por el país conoce a Kia, una hermosa y alegre huérfana de 9 años que vive con su excéntrico tío Purple, un personaje muy peculiar, clon de su ídolo, James Brown, de quien admira su música y sus modos, de forma que viste igual que él y luce su mismo tupé, tanto que nunca se cambia de ropa, aunque ya es quizá más amante del alcohol que de la música. Y en el viaje de esta peculiar comitiva atraviesan un territorio asolado por la guerra (las escenas de las minas antipersona nos recuerdan una realidad demasiado presente) con el fin de encontrar un nuevo hogar. Pero la desdicha parece perseguirle y, en un último intento por demostrar que no es gafe, construye un gigantesco cohete para participar en el concurso más lucrativo y peligroso del año: la Fiesta de los Cohetes, esos cohetes de fabricación casera que se lanzan al cielo para pedir la lluvia. 

La idea de El cohete surgió de un documental hecho por Mordaunt y Wilczynski en 2007, el cual detallaba la interminable labor de recogida de minas y bombas en Laos, financiado en parte por la ayuda de Australia. Los estadounidenses dejaron caer 2 millones de toneladas de explosivos en nueve años durante la guerra de Vietnam, tratando de cortar la ruta Ho Chi Minh. Artefactos sin estallar siguen matando a cientos de laosianos al año y otros quedan mutilados, muchos de ellos niños. Y bajo los ojos de unos niños, Ahlo (Sitthiphon Disamoe) y Kia (Loungnam Kaosainam), el director intenta claramente dramatizar una situación horrible con sentimientos acogedores en lugar de ira. 

Porque al final el cohete de Ahlo llegó tan alto que tocó el cielo y provocó la lluvia. Y floreció el mango... No sé si es suficiente para calmar tanto dolor, pero es bueno. Y hacerlo a través de los ojos de estos niños, del paisaje de Indochina y de una música embriagante. 

Porque El cohete es una película emocionalmente poderosa, entre la poesía y la prosa, y que va más allá del mero objetivo de crear arte y ensayo, allí donde los personajes encarnan el espíritu de resistencia y esperanza surgido de un país afectado por un legado de guerra y en pleno gran cambio económico. Porque el cine nos permite viajar a lugares lejanos y desconocidos, y simultáneamente a sentimientos próximos y universales. Y nos permite mirar al cielo para ver la fiesta de cohetes, sin dejar de mirar al suelo para no pisar una bomba.