Blog personal, no ligado a ninguna Sociedad científica profesional. Los contenidos de este blog están especialmente destinados a profesionales sanitarios interesados en la salud infantojuvenil
sábado, 12 de septiembre de 2026
Cine y Pediatría (870) “Los niños de la Resistencia”, cuando la lucha frente a la injusticia no tiene edad
sábado, 13 de junio de 2026
Cine y Pediatría (857) “La tarta del presidente”, devastadora fábula de la infancia bajo la dictadura iraquí
Muchas son las óperas primas en el cine. Pero pocas que puedan ya superar el recuerdo e impacto emocional que deja esta película iraquí con intérpretes no profesionales y cuya historia está inspirada en recuerdos personales del director. Un film que vuelve a encontrar en la mirada de la infancia una forma muy directa y muy humana de contar el miedo, la miseria y la supervivencia en aquel Irak de la década de los 90 marcado por la guerra, las sanciones y la escasez bajo el régimen dictatorial de Sadam Husein. Hablamos de una película con un título tan significativo como La tarta del presidente (Hasan Hadi, 2025), una devastadora fábula con una protagonista ya inolvidable, una niña de 9 años llamada Lamia (Baneen Ahmad Nayyef).
Y antes de adentrase en este aparente sencillo guion, vale la pena revisar la compleja historia que vivía Irak en los inicios de esa década. Pues en 1991 Irak fue el epicentro de la Guerra del Golfo, ya que recordamos que, tras la invasión iraquí de Kuwait en 1990, una coalición de 34 países liderada por Estados Unidos inició la Operación Tormenta del Desierto en enero de 1991, expulsando a las fuerzas de Sadam Huseín y desencadenando rebeliones internas. Fue un 3 de marzo de 1991 cuando Irak aceptó las condiciones de alto el fuego de las Naciones Unidas, que incluyeron el restablecimiento de la soberanía de Kuwait, la destrucción de armas de destrucción masiva y el inicio de un prolongado embargo comercial. Y fueron esas graves sanciones de la ONU las que provocaron pobreza y escasez de alimentos y medicinas en Irak. Y en ese contexto se creó la obligación escolar de que cada centro educativo elaborara una tarta para el cumpleaños de Sadam Husein, lo que era un símbolo más que formaba parte del extremo culto a la personalidad del dictador. Y eso se asignaba a un alumno, quien tenía que enfrentarse a la odisea de conseguir los ingredientes básicos del pastel (como harina, azúcar y huevos), sabiendo que hacer un mal pastel o no cumplir con el encargo podía acarrear graves represalias del régimen para los niños y sus familias.
Esta anécdota real y el respeto y temor que infundía en la población infantil sirven como argumento central en La tarta del presidente, película candidata al Óscar a Mejor Película internacional y Cámara de Oro Cannes como mejor ópera prima, amén del Premio del público, una de las historias más conmovedoras del último año. “26 de abril de 1991. Dos días antes del cumpleaños”, así comienza esta historia… Allí conocemos a Lamia, quien vive sola con su abuela en las marismas mesopotámicas del sur de Irak (sus padres fallecieron como consecuencia de la guerra), bajo las duras sanciones internacionales que provocan escasez generalizada y miseria. Los escolares llegan a la escuela en canoas por un paisaje de una gran belleza donde la población sobrevive en casas de juncos en condiciones muy precarias.
En la escuela, hasta los propios niños dan mítines a favor de su adorado Sadam Huseín, mientras los aviones de guerra sobrevuelan continuamente el cielo: “¡Con nuestra sangre y nuestra alma los venceremos por ti, Sadam!...¡Sacrficaremos nuestra alma por ti!”, proclaman estos jóvenes alumnos. Y en este país donde el régimen exige que el cumpleaños de Sadam Husein se celebre con un pastel en cada escuela, esa tarea casi imposible le toca por sorteo a Lamia, un sorteo realizado por un tiránico maestro que es más un fanático militar. La misión es obligatoria y saben que si no cumple con el mandato, las consecuencias pueden ser la cárcel o incluso la muerte. Cuando llega a casa, se aprecia la preocupación de la abuela, quien le dicta los ingredientes a conseguir: “Apunta. Tres huevos, huevos para la fertilidad. Un kilo de harina para la vida. Quinientos gramos de azúcar para una vida dulce. Y levadura para que el bizcocho esponje”.
La abuela viaja a Bagad con Lamia, pero en realidad quiere dejarla con otra familia, pues ella está enferma y no puede ya cuidarla sola. Y es por ello que Lamia decide huir y vaga por la ciudad con su inseparable gallo Hindi a cuestas, al que se une después su amigo Saeed, y recorren Bagdad en busca de los ingredientes del pastel, viviendo una odisea urbana repleta de escollos que recalcan el elevado precio de la supervivencia en un Irak hostil y atomizado. Cada paso la acerca al riesgo de ser castigada, y la niña debe usar su ingenio y valentía para cumplir con el mandato: “Me gustaría ser el presidente… Así me podría comer todas las tartas del mundo”, le recuerda Saeed.
Finalmente consiguen los ingredientes, tras muchos avatares y muchos riesgos. Y consigue cocinar el pastel, pero a un precio muy alto. Porque la película es una devastadora fábula de la infancia bajo la dictadura iraquí que se vale de la poesía visual para sacar a flote la miseria de un pueblo. Y donde prevalece el maravillo el recuerdo de esta bella niña, con su coleta de pelo negro, su uniforme y su cartera de colegio a la espalda, y su gallo cogido en brazos.
Porque la interpretación de Baneen Ahmad Nayyef está a una altura igual o superior a la que ya hemos vivido con otras niñas actrices que recordamos desde Cine y Pediatría, como Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) y Cría cuervos (Carlos Saura, 1976), Tatum O’Neal en Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973), Aida Mohammadkhani en El globo blanco (Jafar Panahi, 1995), Victoire Thivisol en Ponette (Jacques Dillon, 1996), Mara Wilson en Matilda (Danny De Vito, 1996), Leidy Tabares en La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998), Dakota Fanning en Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), Marina Golbahari en Osama (Siddiq Barmak, 2003), Avaz Latif en Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004), Abigail Breslin en Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006), Ivana Baquero en El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Nikbakht Noruz en Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007), Nerea Camacho en Camino (Javier Fesser, 2008), Quvenzhané Wallis en Bestias del sur salvaje (Benh Zeitlin, 2012), Waad Mohammed en La bicicleta verde (Haifaa Al-Mansour, 2012), Sophie Nélisse en La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), Sofía Otero en 20.000 especies de abejas (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023), entre otras.
Una película con algunos aspectos cinematográficos que destacar: una cámara que suele situarse a la altura de Lamia, reforzando la sensación de vulnerabilidad y de un mundo hostil construido para adultos, donde una niña debe comportarse como una estratega para sobrevivir; una fotografía que apuesta por tonos apagados y planos calculados con esmero para transmitir la información que da contexto a la historia y profundidad a los personajes; unos intérpretes no profesionales que suministran a la fórmula una inesperada economía gestual en la que impera la naturalidad más orgánica.
La película es un documento conmovedor que retrata una infancia atravesada por el autoritarismo, el hambre y el miedo. Una metáfora sobre el sometimiento colectivo y el absurdo del poder que exige celebrar el cumpleaños del presidente con un pastel en un país donde la gente lucha a diario por sobrevivir, lo que muestra la desconexión brutal entre las exigencias del poder y la realidad de la población. Pero que, gracias a la mirada de Lamia, la película se llena de ternura y poesía; porque la inocencia de la niña convierte esta historia en un relato capaz de mostrar belleza y poesía frente a la crudeza de un país sometido por el miedo y la escasez.
Y cabe no olvidar su final… Ese final ambiguo que refleja la triste realidad de que en sistemas totalitarios, incluso los pequeños triunfos de resistencia individual tienen límites y la situación no cambia radicalmente. Cuando el profesor militar prueba la tarta de Lamia y bombardean la escuela, los dos amigos juegan a no parpadear, pero pueden más las lágrimas de esa niña ya inolvidable.
sábado, 25 de mayo de 2024
Cine y Pediatría (750) “La guerra de los Lulus”, una fábula durante la Primera Guerra Mundial
jueves, 18 de enero de 2024
Niños viviendo una guerra
Según Save the Children, uno de cada seis niños en el mundo vive en una zona de conflicto (Afganistán, Myanmar, Etiopía, Yemen, Ucrania entre otros muchos). En 2021, vivían en una zona de conflicto 449 millones de niños. La mitad, unos 230 millones, lo hacían en las zonas de guerra más mortíferas. Cada año, mas de 100 millones de personas, de las cuales 40 millones son niños, se ven obligadas a desplazarse por conflictos, violencia, violaciones de derechos humanos y persecución.
En la actualidad la reciente guerra en Gaza, nos muestra el horror de miles de niños huyendo, heridos y muertos.
Aunque el dolor y miedo de millones de niños es inimaginable, este documento trata de ofrecer ayuda a las familias con menores que se enfrentan a este horror.
Desde el mismo recuerdan:
“La experiencia de vivir la guerra o huir de ella tiene como resultado la angustia, el dolor, el sufrimiento. El desarraigo. Y la huida obligada de las raíces que sustentan tu vida. Y también la muerte. también la penuria, la escasez, la indigencia. Abandonar lo tuyo, a los tuyos, el suelo que te ha visto nacer, en el que juegas, en el que creces, en el que vives. Dejar todo lo tuyo, de la noche a la mañana”.
Vivir en un contexto de guerra: Cómo ayudar a los
niños que viven una guerra o huyen de ella
Es importante adaptar el mensaje a la edad del niño y antes de hablar con ellos pensar lo que se les quiere transmitir.
En el caso de los más pequeños (0-3 años:
En esta etapa, los niños suelen tener miedo por la pérdida brusca, la separación de los cuidadores, los ruidos fuertes, las heridas, la oscuridad y los extraños.
Al hablar con ellos:
- Intentar ser concretos en los mensajes, utilizando frases cortas y sencillas para explicarles lo que esta pasando
- Adaptar el lenguaje a su edad
- Utilizar cuentos como medio para explicarles lo que está sucediendo
- Permanecer a su lado, darles afecto y que sientan que estamos con ellos, que se sientan cuidados.
- Mantener sus rutinas lo más controladas posible
- No centrar la comunicación en el miedo, si no en lo que está sucediendo, en lo normal de su reacción y en estrategias para combatirlo
Los niños de 3 y 6 años
- Preguntarles cómo se sienten
- Contestar a sus dudas con mensajes concretos
- Dar una explicación ajustada a su pensamiento mágico, sin generar miedo
- Asegurarles que les vamos a cuidar en todo lo que necesiten
- Darles instrucciones claras que permitan que se comporten de forma automatizada: bajar al refugio, coger su muñeco
- Usar pequeñas distracciones
- Generar emociones positivas: cantar o jugar
Por ejemplo: “ahora vamos a coger tu chaqueta y el muñeco y nos vamos a ir al refugio, ya sabes que tenemos que ser muy rápidas, te ayudo”.
Los niños de 6 a 11 años
Son capaces de captar emociones propias y de los demás, y su pensamiento va siendo cada vez más lógico. Entre los 6 y 8 años, suelen sentir miedo al separarse de sus padres o cuidadores, miedo al daño físico, a la oscuridad, a las tormentas, al estar solos y a los seres imaginarios como fantasmas y brujas. Entre los 9 y 11 años ya suelen sentir miedo a la muerte.
- Mantener conversaciones en las que se compartan
sentimientos, (yo también tengo miedo cuando suenan las sirenas, ( “todos los
tenemos, es normal, pero podemos ir a protegernos al refugio”)
- Mantener conversaciones en las que se les informe de lo que está pasando y contestar a las preguntas que ellos tengan
- Mostrarse disponible para contestar a sus dudas o preocupaciones
- Evitar entrar en detalles innecesarios
- Evitar centralizar toda la conversación en lo que está sucediendo en este momento
En los adolescentes (a partir de los 12 años)
- Tratarles como iguales en los que confiamos plenamente
- Ofrecerles información real sobre lo que sucede, respetando hasta donde quieran saber
- Preguntarles por sus emociones y compartir las nuestras que sean similares
- Preguntarles por sus dudas
- Incluirles en la búsqueda de soluciones y preguntarles sobre su opinión para resolver problemas, valorando muy positivamente sus propuestas y llevándolas a cabo cuando sea posible.
- Tratar de facilitarles espacios o momentos en los que puedan comunicarse con sus iguales
En resumen el documento trata de ayudar a que, quienes más sufren,
puedan gestionar estos difíciles momentos por los que están pasando.
Otra parte importante que aborda el documento, es como hablar a los niños de la guerra desde las casas, cuando los niños ven imágenes y escuchan noticias. Sirve de ayuda a los padres para explicarles que es una guerra y comunicarse con ellos adaptando los mensajes a la edad de cada niño.








