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sábado, 12 de septiembre de 2026

Cine y Pediatría (870) “Los niños de la Resistencia”, cuando la lucha frente a la injusticia no tiene edad


La historia de la humanidad está asociada a sus guerras, quizás la mayor constatación del fracaso del ser humano. Y no debiéramos ser ajenos a su denuncia, también desde el séptimo arte. Y por ello publicamos hace unos años el artículo “Las violaciones contra la infancia en los conflictos bélicos, una denuncia de cine”, en el que recopilamos un conjunto de seis decenas de películas clasificadas en tres apartados: a) La infancia en la Guerra (y postguerra) Civil Española, con ejemplos como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro, 2007) o El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023); b) La infancia en la Segunda Guerra Mundial, con ejemplos como Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) o El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008); c) La infancia y otras guerras, con ejemplos como Los juncos salvajes (André Téchiné, 1994), Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Nacido en Gaza (Hernán Zin, 2014), Pequeño país (Eric Barbier,2020) o Belfast (Kenneth Branagh, 2021).               

Historias de cine desde todas las filmografías que combinan realidad y ficción, pasado y presente, y que deben prescribirse en escuelas y familias (y, por qué no, también nuestras consultas pediátricas) para denunciar la continua violación de los derechos de la infancia en las guerras. Y con las emociones y reflexiones que nos devuelven buscar un mundo en paz y con mayor sintonía. 

Y hoy incluimos un título más a esta interminable lista: la película francesa Los niños de la Resistencia (Christophe Barratier, 2026), basada en la exitosa serie de cómic homónima creada por Vincent Dugomier y Benoît Ers. La historia se desarrolla en 1940-1941, durante la ocupación nazi de Francia, en el pequeño pueblo ficticio de Pontain l'Écluse, situado cerca de la línea de demarcación que dividía la Francia ocupada de la zona libre. Y comienza así: “Verano de 1939. Pontain-l´Ecluse, un pequeño pueblo anidado en el corazón de Francia…” Lo que nos dará idea de la vida antes de la ocupación nazi, donde se refleja el reclutamiento de padres y hermanos, así como la huida de muchos vecinos ante el avance de los alemanes. 

La trama sigue a tres niños: François, Eusèbe y Lisa, cuya apacible infancia da un vuelco cuando los alemanes invaden su pueblo y comienzan a imponer restricciones, delaciones y un clima de miedo y resignación entre los adultos. Negándose a cruzarse de brazos ante la injusticia, el trío decide tomar cartas en el asunto de manera secreta, adoptando el nombre clandestino de «El Lince», y se dedican a enviar octavillas subversivas y a orquestar misiones de sabotaje contra los ocupantes: “El pueblo estaba dormido y lo hemos despertado”, comentan entre ellos al ver el resultado de sus acciones. Llamativa la celebración, pese a la prohibición de la Gestapo, del 11 de noviembre, Día del Armisticio, una fiesta nacional que conmemora el fin de los combates de la Primera Guerra Mundial y que rinde homenaje a los soldados caídos por el país. 

El ejemplo de François, Eusèbe y Lisa (esta es acogida en la familia de François, pese a los celos de éste) acaba despertando la conciencia de quienes, hasta ese momento, habían guardado silencio ante la injusticia. La película, heredera del cómic, culmina con un mensaje esperanzador: la amistad y la lealtad pueden ser armas poderosas para defender la libertad, incluso en los tiempos más oscuros. 

Dos nombres destacan en el elenco del film: su director, Christophe Barratier, quien saltó a la fama internacional con la afamada Los chicos del coro (2004), una película que también exploraba temas de infancia, resistencia emocional y el poder transformador de la solidaridad en contextos difíciles; y el actor con Gérard Jugnot, que aquí hace un pequeño papel de cura, pero que fue el actor principal que interpretó al mítico profesor Mathieu en Los chicos del coro.  

Pese al tono edulcorado de la historia, no deja de ser una oportunidad para conocer un poco más lo que significó la Resistencia francesa, ese conjunto de movimientos clandestinos civil y militar que combatieron la ocupación de la Alemania nazi y al régimen colaboracionista de Vichy. Operó entre 1940 y 1944, fragmentada en diversas facciones ideológicas que finalmente lograron unificarse para apoyar la liberación de Francia junto a las fuerzas aliadas. Y recordamos que la oposición al fascismo se organizó desde dos ámbitos conectados pero distintos: la Resistencia Exterior, liderada desde Londres por el general Charles de Gaulle a través del movimiento de la Francia Libre; y la Resistencia Interior, grupos clandestinos dentro del territorio ocupado conocidos popularmente como los Maquis. El funcionario francés Jean Moulin logró unificar las redes internas bajo las órdenes de De Gaulle en 1943, creando el Consejo Nacional de la Resistencia y cuyo métodos de operación incluían el sabotaje de líneas ferroviarias, corte de comunicaciones y asalto a convoyes militares alemanes, la guerra de información a través de diarios clandestinos, la evasión de refugiados y la colaboración internacional (destacando los republicanos españoles exiliados). 

Una película aparentemente sencilla, pero con trasfondo y que nos permite reflexionar sobre varios temas: que la resistencia no es cuestión de edad y los niños y niñas no son meros espectadores pasivos de la historia, pero también sobre el peligro del silencio y la resignación adulta, y sobre la amistad como arma de resistencia y lucha. En síntesis, Los niños de la Resistencia pertenece a esa categoría de relatos que atraviesan generaciones porque su mensaje esencial sigue vivo: la injusticia no siempre se impone porque sea invencible, sino porque demasiadas personas terminan aceptando que no merece la pena combatirla. El ejemplo de François, Eusèbe y Lisa nos recuerda que la libertad se defiende con acciones concretas, por pequeñas que sean, y que nadie es demasiado pequeño para hacer  la diferencia.

sábado, 13 de junio de 2026

Cine y Pediatría (857) “La tarta del presidente”, devastadora fábula de la infancia bajo la dictadura iraquí

 

Muchas son las óperas primas en el cine. Pero pocas que puedan ya superar el recuerdo e impacto emocional que deja esta película iraquí con intérpretes no profesionales y cuya historia está inspirada en recuerdos personales del director. Un film que vuelve a encontrar en la mirada de la infancia una forma muy directa y muy humana de contar el miedo, la miseria y la supervivencia en aquel Irak de la década de los 90 marcado por la guerra, las sanciones y la escasez bajo el régimen dictatorial de Sadam Husein. Hablamos de una película con un título tan significativo como La tarta del presidente (Hasan Hadi, 2025), una devastadora fábula con una protagonista ya inolvidable, una niña de 9 años llamada Lamia (Baneen Ahmad Nayyef). 

Y antes de adentrase en este aparente sencillo guion, vale la pena revisar la compleja historia que vivía Irak en los inicios de esa década. Pues en 1991 Irak fue el epicentro de la Guerra del Golfo, ya que recordamos que, tras la invasión iraquí de Kuwait en 1990, una coalición de 34 países liderada por Estados Unidos inició la Operación Tormenta del Desierto en enero de 1991, expulsando a las fuerzas de Sadam Huseín y desencadenando rebeliones internas. Fue un 3 de marzo de 1991 cuando Irak aceptó las condiciones de alto el fuego de las Naciones Unidas, que incluyeron el restablecimiento de la soberanía de Kuwait, la destrucción de armas de destrucción masiva y el inicio de un prolongado embargo comercial. Y fueron esas graves sanciones de la ONU las que provocaron pobreza y escasez de alimentos y medicinas en Irak. Y en ese contexto se creó la obligación escolar de que cada centro educativo elaborara una tarta para el cumpleaños de Sadam Husein, lo que era un símbolo más que formaba parte del extremo culto a la personalidad del dictador. Y eso se asignaba a un alumno, quien tenía que enfrentarse a la odisea de conseguir los ingredientes básicos del pastel (como harina, azúcar y huevos), sabiendo que hacer un mal pastel o no cumplir con el encargo podía acarrear graves represalias del régimen para los niños y sus familias. 

Esta anécdota real y el respeto y temor que infundía en la población infantil sirven como argumento central en La tarta del presidente, película candidata al Óscar a Mejor Película internacional y Cámara de Oro Cannes como mejor ópera prima, amén del Premio del público, una de las historias más conmovedoras del último año. “26 de abril de 1991. Dos días antes del cumpleaños”, así comienza esta historia… Allí conocemos a Lamia, quien vive sola con su abuela en las marismas mesopotámicas del sur de Irak (sus padres fallecieron como consecuencia de la guerra), bajo las duras sanciones internacionales que provocan escasez generalizada y miseria. Los escolares llegan a la escuela en canoas por un paisaje de una gran belleza donde la población sobrevive en casas de juncos en condiciones muy precarias. 

En la escuela, hasta los propios niños dan mítines a favor de su adorado Sadam Huseín, mientras los aviones de guerra sobrevuelan continuamente el cielo: “¡Con nuestra sangre y nuestra alma los venceremos por ti, Sadam!...¡Sacrficaremos nuestra alma por ti!”, proclaman estos jóvenes alumnos. Y en este país donde el régimen exige que el cumpleaños de Sadam Husein se celebre con un pastel en cada escuela, esa tarea casi imposible le toca por sorteo a Lamia, un sorteo realizado por un tiránico maestro que es más un fanático militar. La misión es obligatoria y saben que si no cumple con el mandato, las consecuencias pueden ser la cárcel o incluso la muerte. Cuando llega a casa, se aprecia la preocupación de la abuela, quien le dicta los ingredientes a conseguir: “Apunta. Tres huevos, huevos para la fertilidad. Un kilo de harina para la vida. Quinientos gramos de azúcar para una vida dulce. Y levadura para que el bizcocho esponje”. 

La abuela viaja a Bagad con Lamia, pero en realidad quiere dejarla con otra familia, pues ella está enferma y no puede ya cuidarla sola. Y es por ello que Lamia decide huir y vaga por la ciudad con su inseparable gallo Hindi a cuestas, al que se une después su amigo Saeed, y recorren Bagdad en busca de los ingredientes del pastel, viviendo una odisea urbana repleta de escollos que recalcan el elevado precio de la supervivencia en un Irak hostil y atomizado. Cada paso la acerca al riesgo de ser castigada, y la niña debe usar su ingenio y valentía para cumplir con el mandato: “Me gustaría ser el presidente… Así me podría comer todas las tartas del mundo”, le recuerda Saeed. 

Finalmente consiguen los ingredientes, tras muchos avatares y muchos riesgos. Y consigue cocinar el pastel, pero a un precio muy alto. Porque la película es una devastadora fábula de la infancia bajo la dictadura iraquí que se vale de la poesía visual para sacar a flote la miseria de un pueblo. Y donde prevalece el maravillo el recuerdo de esta bella niña, con su coleta de pelo negro, su uniforme y su cartera de colegio a la espalda, y su gallo cogido en brazos. 

Porque la interpretación de Baneen Ahmad Nayyef está a una altura igual o superior a la que ya hemos vivido con otras niñas actrices que recordamos desde Cine y Pediatría, como Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973) y Cría cuervos (Carlos Saura, 1976), Tatum O’Neal en Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973), Aida Mohammadkhani en El globo blanco (Jafar Panahi, 1995), Victoire Thivisol en Ponette (Jacques Dillon, 1996), Mara Wilson en Matilda (Danny De Vito, 1996), Leidy Tabares en La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998), Dakota Fanning en Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001), Marina Golbahari en Osama (Siddiq Barmak, 2003), Avaz Latif en Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004), Abigail Breslin en Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006), Ivana Baquero en El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Nikbakht Noruz en Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007), Nerea Camacho en Camino (Javier Fesser, 2008), Quvenzhané Wallis en Bestias del sur salvaje (Benh Zeitlin, 2012), Waad Mohammed en La bicicleta verde (Haifaa Al-Mansour, 2012), Sophie Nélisse en La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), Sofía Otero en 20.000 especies de abejas (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023), entre otras. 

Una película con algunos aspectos cinematográficos que destacar: una cámara que suele situarse a la altura de Lamia, reforzando la sensación de vulnerabilidad y de un mundo hostil construido para adultos, donde una niña debe comportarse como una estratega para sobrevivir; una fotografía que apuesta por tonos apagados y planos calculados con esmero para transmitir la información que da contexto a la historia y profundidad a los personajes; unos intérpretes no profesionales que suministran a la fórmula una inesperada economía gestual en la que impera la naturalidad más orgánica. 

La película es un documento conmovedor que retrata una infancia atravesada por el autoritarismo, el hambre y el miedo. Una metáfora sobre el sometimiento colectivo y el absurdo del poder que exige celebrar el cumpleaños del presidente con un pastel en un país donde la gente lucha a diario por sobrevivir, lo que muestra la desconexión brutal entre las exigencias del poder y la realidad de la población. Pero que, gracias a la mirada de Lamia, la película se llena de ternura y poesía; porque la inocencia de la niña convierte esta historia en un relato capaz de mostrar belleza y poesía frente a la crudeza de un país sometido por el miedo y la escasez. 

Y cabe no olvidar su final… Ese final ambiguo que refleja la triste realidad de que en sistemas totalitarios, incluso los pequeños triunfos de resistencia individual tienen límites y la situación no cambia radicalmente. Cuando el profesor militar prueba la tarta de Lamia y bombardean la escuela, los dos amigos juegan a no parpadear, pero pueden más las lágrimas de esa niña ya inolvidable.


 

sábado, 25 de mayo de 2024

Cine y Pediatría (750) “La guerra de los Lulus”, una fábula durante la Primera Guerra Mundial

 

La infancia, las guerras y el séptimo arte han sobrevolado las dos últimas semanas de Cine y Pediatría, y ello alrededor del 21 Festival Internacional de Cine de Alicante. Hace una semana, en la inauguración del festival, publicamos el análisis de la reciente película española El maestro que prometió el mar (Patricia Font, 2023) y con ello recordamos algunas películas míticas alrededor de la Guerra Civil Española y su postguerra. A mitad de semanas pudimos presentar el libro Cine y Pediatría 13, cuyo vídeo de presentación se centraba en las decenas de películas que hemos comentado ya en este proyecto alrededor de las infancias ultrajadas por los conflictos bélicos en la historia, y que os dejamos en este enlace para su visionado. Y hoy, día de la clausura del festival, publicamos el análisis de la reciente película francesa La guerra de los Lulus (Yann Samuell, 2023), una película ambientada alrededor de la Primera Guerra Mundial. 

Por desgracia, la historia de la humanidad no se puede entender sin las guerras, la forma de conflicto social y político más grave que puede haber entre dos o más comunidades humanas. Las guerras son la constatación del fracaso del ser humano, la victoria del egoísmo de unos pocos y la devastación de los valores más básicos de humanidad. En la historia moderna de la humanidad se conocen dos Guerras Mundiales. La Primera Guerra Mundial (1914-1918), también conocida como 'la Gran Guerra', donde la Triple Entente (Reino Unido, Francia, Imperio ruso) luchó contra la Triple Alianza (Alemania, Imperio otomano, Imperio austrohúngaro), cuyo hecho detonante fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y que se caracterizó por la guerra de trincheras y el uso de tecnología industrial (ametralladoras, tanques, aviones, gases tóxicos); el final del conflicto tuvo lugar con la firma del Tratado de Versalles tras la derrota de la Triple Alianza. Y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), donde los Aliados (Francia, Reino Unido, Unión Soviética, Estados Unidos) lucharon contra las Potencias del Eje (Alemania, Italia, Japón), cuyo hecho detonante fue la invasión alemana de Polonia y que se caracterizó por el nazismo y el horror del holocausto, así como por los métodos extremos empleados por los ejércitos combatientes, como el bombardeo masivo y el uso de dos bombas atómicas, dando como resultado ser el conflicto bélico más destructivo de la historia; el final del conflicto tuvo lugar con la firma del Tratado de París y la ocupación aliada de Alemania, Austria y Japón. 

En Cine y Pediatría hemos podido recuperar decenas de películas alrededor de la Segunda Guerra Mundial y el holocausto nazi, desde la italiana  Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948) a la neozelandesa Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019), y con obras míticas como la francesa Juegos prohibidos (Réne Clément, 1952), la soviética La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), la alemana El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), la japonesa La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), la británica El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008) o la estadounidense La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), entre otras. Sin embargo, no ocurre lo mismo con la Primera Guerra Mundial, donde nuestra película de hoy, La guerra de los Lulus, sería nuestro primer ejemplo con la infancia como protagonista.        

Aunque sí cabe indicar que hay un buen número de filmes alrededor de la Primera Guerra Mundial, y sirvan como ejemplo títulos míticos como Los cuatro jinetes de la apocalipsis (Vicente Minnelli, 1962), El gran desfile (King Vidor, 1925), Alas (William A. Wellman, 1927), Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930), El puente de Waterloo (James Whale, 1931), Adiós a las armas (Franz Borzage, 1932), La gran ilusión (Jean Renoir, 1937), Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), Doctor Zhivago (David Lean, 1965), Johnny cogió su fusil (Dalton Trumbo, 1971), Gallipoli (Peter Weir, 1981), Rojos (Warren Beauty, 1981), En el amor y la guerra (Richard Attenborough, 1996), o 1917 (Sam Mendes, 2019), entre otras muchas. 

Y nuestra película de hoy, La guerra de los Lulus (Yann Samuell, 2023), es una adaptación de la serie de comics homónima de Régis Hautière y Hardoc (“La guerre des Lulus”, en español publicados como “La guerra de los huérfanos”), una sencilla y humanista historia antibelicista protagonizada por un grupo de niños franceses huérfanos atrapados detrás de la línea del frente enemiga cuando su internado educativo es evacuado durante los albores de la Primera Guerra Mundial. Nos encontramos en agosto de 1914 en un colegio orfanato de la abadía Valencourt, en la región francesa de Picardía, y allí se encuentran cuatro alumnos entre 10 y 15 años, por nombre con Lucien (el apuesto y sensato), Luigi (el comilón y bravucón), Ludwig (el intelectual y lector) y Lucas (el tierno benjamín del grupo). Y por la coincidencia de las dos letras iniciales de sus nombres, se hacen llamar “los Lulus”. 

Cuando avanza la guerra y el frente, los alumnos deben abandonar el colegio. Y en esa huida encuentra a la adolescente Luce, una joven separada de sus padres, y los cinco emprenden la aventura de sus vidas para llegar a Suiza, "el país no en guerra". Y ellos se animan con frases como “No estamos solos, estamos juntos”, pero también con dudas que preguntan: “¿Cuánto dura una guerra?”. A lo largo de su viaje, los niños se topan con numerosos personajes adultos (la granjera y curandera Louison, quien acaba de perder a su hijo en el frente; el soldado alemán Hans, quien deserta para volver con su mujer embarazada; el zapatero Gastón con su carromato, acompañado del refugiado Moussa; la doctora Berrault que ayuda a los heridos de todos los bandos) que les demuestran que las fronteras lo único que generan es odio, enemistades y prejuicios. Y esta fábula de amistad y pérdida transcurre bajo el leitmotiv musical del teclado del piano, y con los mensajes que oyen de los demás (“Tenéis suerte de ser huérfanos. No tenéis nada que perder”) y sus propias reflexiones (“Los adultos nos dan igual. Solo saben pegarse y abandonar a sus hijos”). 

Casi al final de su aventura, los Lulus llegan al Familisterio de Guise, donde la utopía es posible y que en la Primera Guerra Mundial también fue hospital para los heridos de todos los bandos. La última parte de esta aventura tiene lugar en este edificio que bien vale una explicación, pues este complejo fue creado en el siglo XIX por el industrial Jean-Baptiste André Godin, inventor de la famosa estufa de hierro fundido. Constaba de varios edificios para alojar a los obreros de la fábrica y sus familias, y constituye un auténtico experimento social, donde su creador soñaba con una sociedad ideal en la que todo el mundo pudiese acceder a los “equivalentes de la riqueza” y por ello el personal de la fábrica podía disfrutar de palacio social, economatos, escuelas, teatro, lavandería, piscina o huertos. Declarado como Monumento Histórico, hoy parte de este familisterio se ha convertido en museo. 

Y volviendo a nuestro film, el reguero de la guerra persigue a los Lulus… y por ello el pequeño Lucas exclama: “Todo es nuestra culpa. ¡Todo! A Gastón y a todos a quienes queremos les pasa algo malo. No se nos puede querer. ¡Traemos mala suerte! Ni siquiera nuestras madres pudieron”. 

Es La guerra de los Lulus una película sencilla con niños (todos ellos jóvenes actores en su primer papel) con un mensaje más complejo de trasfondo, como no podía ser de otra forma cuando es la guerra el paisaje y el paisanaje. Y donde tres nombres que contribuyen a la misma ya forman parte de Cine y Pediatría: el director y dos actores. El director Yann Samuell ya había dirigido La guerre des boutons (2011), la que fuera una de las versiones en color de la novela de Louis Pergaud, y que fuera el clásico en blanco y negro La guerra de los botones (Yves Robert, 1962), con la particularidad que ahora tiene como telón de fondo la Guerra de Argelia. La actriz Isabelle Carré, quien ha sido ya intérprete en La pequeña Lola (Bertrand Tavernier, 2004), sobre la adopción, Una amistad inolvidable (Luc Jacquet, 2007), la historia de amistad entre un zorro y una niña, y La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améris, 2014), una historia real que viene a ser algo así como una versión francesa y en color de El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962). Y el actor François Damiens, a quien ya conocimos como el padre sordo de la entrañable La familia Bélier (Éric Lartigau, 2014).      

Cuatro niños y una niña que comparten las dos primeras letras de sus nombres nos hacen reflexionar sobre la violación de los derechos de la infancia en los conflictos bélicos, hoy con el trasfondo de la Primera Guerra Mundial. Quizás para ver en familia con nuestros hijos o nietos…

 

jueves, 18 de enero de 2024

Niños viviendo una guerra

 


Un niño se despierta con ruido de sirenas. -¡¡Vamos, todos coged una muda y mantas, nos bajamos al refugio¡¡

Según Save the Children,  uno de cada seis niños en el mundo vive en una zona de conflicto (Afganistán, Myanmar, Etiopía, Yemen, Ucrania entre otros muchos).  En 2021, vivían en una zona de conflicto 449 millones de niños. La mitad, unos 230 millones, lo hacían en las zonas de guerra más mortíferas. Cada año, mas de 100 millones de personas, de las cuales 40 millones son niños, se ven obligadas a desplazarse por conflictos, violencia, violaciones de derechos humanos y persecución.

En la actualidad la reciente guerra en Gaza, nos muestra el horror de miles de niños huyendo, heridos y muertos.

Para ayudar a los cuidadores de los niños en situaciones de guerra, el Colegio Oficial de Psicología de Madrid elaboró en el año 2022 un documento:  Menores viviendo una guerra. Guía para crear un paraguas de protección psicológica. El objetivo es ayudar a los niños que viven en un contexto de guerra o huyen de ella.

Aunque el dolor y miedo de millones de niños es inimaginable, este documento trata de ofrecer ayuda a las familias con menores que se enfrentan a este horror.

 Desde el mismo recuerdan:

“La experiencia de vivir la guerra o huir de ella tiene como resultado la angustia, el dolor, el sufrimiento. El desarraigo. Y la huida obligada de las raíces que sustentan tu vida. Y también la muerte. también la penuria, la escasez, la indigencia. Abandonar lo  tuyo, a los tuyos, el suelo que te ha visto nacer, en el que juegas, en el que creces, en el que vives. Dejar todo lo tuyo, de la noche a la mañana”.

Vivir en un contexto de guerra: Cómo ayudar a los niños que viven una guerra o huyen de ella 

Es importante adaptar el mensaje a la edad del niño y antes de hablar con ellos pensar lo que se les quiere transmitir.

En el caso de los más pequeños (0-3 años:

En esta etapa, los niños suelen tener miedo por la pérdida brusca, la separación de los cuidadores, los ruidos fuertes, las heridas, la oscuridad y los extraños.

Al hablar con ellos:

  • Intentar ser concretos en los mensajes, utilizando frases cortas y sencillas para  explicarles lo que esta pasando
  • Adaptar el lenguaje a su edad
  • Utilizar cuentos como medio para explicarles lo que está sucediendo
  • Permanecer a su lado, darles afecto y que sientan que estamos con ellos, que se sientan cuidados.
  • Mantener sus rutinas lo más controladas posible
  • No centrar la comunicación en el miedo, si no en lo que está sucediendo, en lo normal de su reacción y en estrategias para combatirlo

Los niños de 3 y 6 años

  • Preguntarles cómo se sienten
  • Contestar a sus dudas con mensajes concretos
  • Dar una explicación ajustada a su pensamiento mágico, sin generar miedo
  • Asegurarles que les vamos a cuidar en todo lo que necesiten
  • Darles instrucciones claras que permitan que se comporten de forma automatizada: bajar al refugio, coger su muñeco
  • Usar pequeñas distracciones
  • Generar emociones positivas:  cantar o jugar

Por ejemplo: “ahora vamos a coger tu chaqueta y el muñeco y nos vamos a ir al refugio, ya sabes que tenemos que ser muy rápidas, te ayudo”.

Los niños de 6 a 11 años

Son capaces de captar emociones propias y de los demás, y su pensamiento va siendo cada vez más lógico. Entre los 6 y 8 años, suelen sentir miedo al separarse de sus padres o cuidadores, miedo al daño físico, a la oscuridad, a las tormentas, al estar solos y a los seres imaginarios como fantasmas y brujas. Entre los 9 y 11 años ya suelen sentir miedo a la muerte.

  • Mantener conversaciones en las que se compartan sentimientos, (yo también tengo miedo cuando suenan las sirenas, ( “todos los tenemos, es normal, pero podemos ir a protegernos al refugio”)
  • Mantener conversaciones en las que se les informe de lo que está pasando y contestar a las preguntas que ellos tengan
  • Mostrarse disponible para contestar a sus dudas o preocupaciones
  • Evitar entrar en detalles innecesarios
  • Evitar centralizar toda la conversación en lo que está sucediendo en este momento

En los adolescentes (a partir de los 12 años)

  • Tratarles como iguales en los que confiamos plenamente
  • Ofrecerles información real sobre lo que sucede, respetando hasta donde quieran saber
  • Preguntarles por sus emociones y compartir las nuestras que sean similares
  • Preguntarles por sus dudas
  • Incluirles en la búsqueda de soluciones y preguntarles sobre su opinión para resolver problemas, valorando muy positivamente sus propuestas y llevándolas a cabo cuando sea posible.
  • Tratar de facilitarles espacios o momentos en los que puedan comunicarse con sus iguales 

En resumen el documento trata de ayudar a que, quienes más sufren,  puedan gestionar estos difíciles momentos por los que están pasando.

La guerra en las casas en imágenes y noticias

Otra parte importante que aborda el documento, es como hablar a los niños de la guerra desde las casas, cuando los niños ven imágenes y escuchan noticias.  Sirve de ayuda a los padres para explicarles que es una guerra y comunicarse con ellos adaptando los mensajes a la edad de cada niño.


sábado, 28 de octubre de 2023

Cine y Pediatría (720) “Nacido en Gaza”, la herida que no cicatriza en la infancia

 

Hernán Zin, nacido en Buenos Aires y afincado en Madrid, es un reportero de guerra, escritor, cineasta y productor ítalo-argentino, quien recorre el mundo dirigiendo documentales y escribiendo libros con especial interés en los derechos humanos, la pobreza, los conflictos armados y los problemas del medioambiente que asolan este mundo. Consta en su biografía que ha trabajado en más de 80 países de África, América Latina, Asia y Europa. Ha dirigido al menos 21 películas documentales (y ha colaborado en unas cuantas más como productor o director de fotografía), desde su ópera prima, Villa miserias (2009), sobre el chabolismo de las grandes ciudades, hasta Somos únicxs (2022), una radiografía del bullying a través del testimonio de varios deportistas. Y por ello ha recibido sendas nominaciones a los premios Emmy, Grammy y Goya y ha sido ganador de varios Premios Forqué. Conocí a Hernán Zin hace un par de años en la proyección en unos cines de Alicante de su película 2020 (2020), filmada ese mismo año y que fue un reflejo de cómo la pandemia COVID-19 golpeó a la ciudad de Madrid. 

Y hoy recuperamos su película Nacido en Gaza (2014), que debe prescribirse como de obligado visionado para tomar conciencia de lo que significa para la infancia el enésimo brote bélico del conflicto palestino-israelí, tan prolongado en el tiempo y con tantas aristas que nos resulta difícil entender bien. Una película documental de 78 minutos rodada durante el ataque israelí contra la franja de Gaza entre julio y agosto de 2014 y donde se sigue a diez niños y niñas que cuentan cómo es su vida diaria bajo las bombas y el embargo y cómo luchan para superar el horror de sus vivencias en la guerra. Y que comienza así: “Este documental se rodó durante la ofensiva de Israel en la Franja de Gaza en 2014. Ofensiva que dejó 507 niños muertos y 3.598 heridos. A ello está dedicado”. 

Estos son sus protagonistas, cuyas edades oscilan entre los 6 y los 14 años, con algunas de las reflexiones que nos dejan, incluyendo algunas notas que el director añade en el relato y que nos pone en situación. Una película que se ve con el corazón en un puño. 

- Mohamed es un adolescente que trabaja recogiendo plásticos en los basureros o en la lonja de pescado, pues es el único que puede traer algo de dinero a la familia: “La situación es muy complicada. Cada dos años tenemos una guerra. Y no podemos aguantarlo. Nos bloquean y nos cierran el mar”. “Nos da miedo movernos por nuestra tierra, porque hay misiles que no han explotado… Me gustaría ir al colegio sin tener que pasar miedo. Vivir como otros niños en el mundo”
Notas: “En las últimas dos décadas el desempleo se ha multiplicado por cuatro, alcanzado al 45% de la población”. “Entre el 7 de julio y el 26 de agosto de 2014, murieron 1.475 civiles palestinos. El 70% de los niños muertos tenía menos de 12 años”

- Udai es un niño que regresa a su casa bombardeada y rebusca por si quedara algo que se pueda aprovechar: “Tengo muchas pesadillas. No puedo dormir”

- Mahmud es un adolescente que recorre la granja e invernaderos de su padre, que han vuelto a ser asolados, lo que ya se ha repetido once veces en los últimos 13 años: “Cuando ellos entran, matan y destruyen. Lo destruyen todo… Ya no tenemos dónde vivir”
Nota: “24.000 familias que viven de la agricultura y la ganadería se han visto obligadas a abandonar sus tierras y propiedades. Unas 17.000 hectáreas de tierras de cultivo han sido afectadas durante el conflicto”

- Sondos es una niña que acude al Hospital Al Shifa de Ciudad de Gaza a que le curen las heridas que le dejó un bombardeo: “El misil me hirió en la barriga y se me salieron las tripas. El médico me dijo que mi corazón se paró dos veces…Tengo que estar agradecida. Hay niños que han muerto y otros que están mucho peor que yo”

- Rajaf es uno de los muchos hijos que añora a su padre asesinado: “Mi padre era buena gente, salvaba vidas como conductor de ambulancias. No entiendo por qué le han matado”
Nota; “Durante la ofensiva, seis conductores de ambulancia y 13 trabajadores sanitarios murieron mientras se dirigían a rescatar heridos. Otros 49 médicos, enfermeras y conductores de ambulancia; y 33 trabajadores humanitarios sufrieron heridas en los ataques”

- Malak es una preadolescente que asiste a una escuela regida por las Naciones Unidas, la Escuela para niñas de Yabalia: “Nos bombardearon estando en la escuela. Ni siquiera este lugar es seguro… Escuchamos el último misil, que alcanzó a mi primo y a mi hermano. Cayó entre los dos. Los dos murieron en el acto”. “Apenas duermo. Siempre estoy preocupada por el bombardeo”. “Ojalá no haya más guerras después de esta, pero presiento que sí la habrá, ya que cada uno o dos años acaba repitiéndose lo mismo”

- Hamada y Motasem son dos amigos que vivieron como otros cuatro primos fallecieron mientras un día jugaban al fútbol en la playa: “Los cuatro niños que murieron eran de la misma familia. Eran todos primos míos. Me han quitado mucha metralla…”. “Entonces, ¿qué harán con nosotros cuando seamos mayores?”. “Nosotros vivimos una vida de mierda. Tierra, mar, todo bloqueado… Me gustaría entrar en la resistencia y hacer justicia por mis primos”
Nota: “Los barcos de pesca palestinos solo puede salir a faenar a seis millas de la costa. 3.600 familias de pescadores se han visto afectadas por el conflicto”

- Bisan y Haia son dos niñas, pero la segunda es sobrina de la primera, que es la más joven: “Bisan estaba jugando cuando la bombardearon. Bisán está triste porque su papá y su mamá han muerto. Ahora vivimos juntas, como si fuéramos hermanas… Ella no habla con nosotros sobre lo que pasó”

Y tras la presentación de estos diez protagonistas, se hace un salto temporal de tres meses. Y es cuando nos confirman que nadie les ayuda de verdad y ellos mismos solicitan tratamiento psicológico. Motasem es el que peor lo está pasando y ha intentado suicidarse varias veces. Bisan sigue con las heridas en la cara y precisará cirugía plástica, pero debido al estrés postraumático cada día tiene más problemas de comunicarse. Malek tiene cáncer, pero ha perdido parte de su tratamiento por la guerra, pues no podía acudir al hospital. Udai sigue acudiendo a su casa, derruida como el primer día y sin ningún cambio, mientras su familia sigue en la calle y se acerca el invierno. Mohamed sigue aguantando en todos los trabajos, por duros que sean, pues es el único que trabaja en la familia y puede evitar que se mueran de hambre. La situación para cada uno de ellos está peor que tras el alto el fuego. Nota: “Más de 400.000 niños necesitan ayuda psicológica”

Es una sensación muy difícil de digerir lo que uno siente tras acabar de ver Nacido en Gaza, donde estos niños y sus familias nos abren las puertas de sus vidas. Pues han conseguido abrir una herida en la nuestra… en nuestra lejana y acomodada sociedad. Y que vemos tan lejos este conflicto, esta dura realidad que incomoda y que ahora revisamos desde una perspectiva infantil y relatada por ellos, que desde su nacimiento ya se encuentran en mundo sin razón, sin horizonte, donde la fragilidad que la vida se te escape es la realidad de cada día y no hay escapatoria. Un pueblo, el palestino, con un pasado milenario, pero sin presente y sin futuro. 

Y es que, como nos recuerda Amnistía Internacional, el caso de Israel encierra una triste paradoja. Por un lado, el Estado de Israel existe porque una resolución de Naciones Unidas le concede el derecho de existir, por lo que es el primer Estado moderno creado de esta manera. Por el otro, el Estado de Israel no deja de vulnerar sistemáticamente todas y cada una de las resoluciones de esa misma organización que le dio la vida y que le reconoció la legitimidad de su existencia. Y es que Israel representa a un pueblo que sufrió en sus carnes unos crímenes atroces. Y años después es responsable de vulneraciones constantes del derecho internacional y de un sometimiento, represión y opresión constitutivos de crímenes de guerra contra otro pueblo marginado y repudiado: el palestino. En este enlace de Amnistía Internacional se dibujan ocho claves para entender mejor el conflicto palestino-israelí -y con ello lo que trasciende en Nacido en Gaza -. 

 

sábado, 6 de mayo de 2023

Cine y Pediatría (695) “Bienvenidos” al cine de Elem Klimov, “Ven y mira”

 

Elem Klimov fue un director de cine soviético que nació en Stalingrado (hoy Volgogrado) en 1933 en una familia tan comunista que eligieron para su primer nombre un acrónimo derivado de los nombres de Engels, Lenin y Marx. Estudió en el prestigioso Instituto Pansoviético de Cinematografía (conocido por las siglas VGIK) y estuvo casado con la también directora de cine Larisa Shepitko. En su extensa carrera cinematográfica dirigió comedias oscuras, largometrajes históricos y películas para niños. Y a estas últimas vamos a desviar nuestra mirada para conocer algo mejor a este peculiar cineasta.

Comienza su carrera en el cine con varios largometrajes alrededor de la infancia: El novio (1960), donde una niña sufre por no poder resolver un examen de aritmética y un compañero de clase, comprensivo con ella, intenta ayudarla; Look, the Sky! (1962), donde unos estudiantes en sus vacaciones de verano y a escondidas de los adultos, construyen un cohete en un antiguo granero para que uno de ellos vuele al espacio; y Tous les enfants du monde (1964), cuatro historias sobre la infancia en Rusia, Francia, Japón y Marruecos, en el que Klimov comparte dirección con Mario Marret, Kenzô Kubokawa y André Michel. Pero especial importancia tiene su ópera prima en el largometraje, Bienvenidos, o prohibida la entrada a los extraños (1964) y la película por la que es principalmente conocido, Masacre. Ven y mira (1985). Y a ellos conviene dedicar un apartado especial. 

- Bienvenidos, o prohibida la entrada a los extraños (1964) 

El primer largometraje de Elem Klimov es una atrevida comedia juvenil en blanco y negro, una película problemática para la época y que pudo estrenarse gracias a la dimisión de Nkita Krushchev como líder del Partido Soviético, quien no veía la película con buenos ojos debido a su lectura irónica de la opresión soviética. Porque en ella se hace comedia satírica alrededor de las excesivas restricciones que sufren unos niños en sus vacaciones en un campamento de jóvenes pioneros subyugados por la ideología imperante. 

Comienza el film con sones militares y esta dedicatoria inicial: “Este fin está dedicado a los adultos que fueron niños y a los niños que un día serán adultos”. Luego, con cantos infantiles nos presentan el campamento donde transcurre nuestra historia, allí donde pasaran el verano 263 chicos y chicas. Y tras el baño en el mar notan que un niño se ha escapado a una zona prohibida de paso a una isla: es nuestro protagonista, Kostja Inockin (Viktor Kosykh), quien es expulsado por saltarse la disciplina. Pero en lugar de regresar a casa de la abuela, decide volver al campamento y esconderse, y sus compañeros le ayudan: “Así es como Kostja Inockin pasó a la ilegalidad”

Entrañable y simpática película con centenares de niños y niñas que hay que leer en clave de parodia a un modelo de sociedad que se empeña en controlarlo todo, pero que, pese a las órdenes y preceptos de carácter marcial, se impone la vitalidad de unos niños que la única regla que conocen es la de la felicidad. Y los adultos son la otra parte del espejo, allí donde aparece el recio director Dynin (Yevgeniy Yevstigneyev), obsesionado con la disciplina y con que todos ganen peso, la doctora (Lydia Smirnova) preocupada por los contagios, la joven supervisora Valentina, etc. Y entre los juegos de los niños y niñas se intentan propagar las enseñanzas de disciplina, como mensajes en el comedor del tipo “Cuando como, soy sordo y mudo”

Se acerca el Día de los Padres y también acudirá la abuela de Kostja. Para intentar que no se disguste cuando se entere de la expulsión de su nieto, intentan boicotear la celebración, pero no lo logran. Se acumulan las escenas divertidas, con especial hincapié en aquellas que son imaginadas por nuestro protagonista, como la de la transfusión de Kostja al director. Y a medida que transcurre la historia vamos entendiendo a los distintos pequeños protagonistas, incluido el que siempre pregunta a todos los demás: “¿Qué hacéis aquí?”

Finaliza la película con la escena de Kostja volando hacia la isla y luego lo hace su abuela, como ya nos mostrara Vittorio de Sica años antes en Milagro en Milán.  Y finaliza de forma muy simpática con ese niño que pregunta, y que nos mira a la cámara y nos dice: “Y vosotros, ¿qué hacéis aquí? La película se acabó”

- Masacre. Ven y mira (1985) 

Se considera ya una de las grandes películas bélicas de la historia, que fuera estrenada y premiada en el Festival de Venecia. Un proyecto que nació como un encargo para celebrar el 40 aniversario de la victoria aliada, pero que, gracias a la prodigiosa dirección de Elem Klimov, se ha convertido en todo un referente antibelicista que nos muestra la crudeza de la guerra en su faceta más brutal a través de los ojos de un joven partisano de la resistencia bielorrusa. El escritor Alés Admóvich, mentor de la ganadora del Nobel, Svetlana Alexievich, fue máximo responsable del guion, basado en sus propias experiencias de niño, cuando fue testigo de las barbaridades que perpetraron los nazis en las aldeas de Bielorrusia. 

Una historia que nos traslada al año 1943 en Bielorrusia. Y que bajo la hermosa música de Mozart nos va a hacer testigos del horror en mayúsculas. El horror en la cara de un niño, Flyora (Alekséi Krávchenko), quien tras las vivencias vividas acaba con la faz de un anciano lleno de ira y dolor. La historia comienza con dos niños que escarban en la arena de la playa entre los restos de la guerra; van vestidos con ropas militares y tienen un comportamiento extraño, hasta que uno de ellos, nuestro Flyora, logra rescatar un fusil. Con su fusil es reclutado para la guerra por los soldados, pese al rechazo de la madre y la angelical presencia de sus dos pequeñas hermanas gemelas. 

Cuando se reúne con los partisanos, se nos regala la foto de todos junto a una vaca. Y escuchamos las misivas del cabecilla: “No os voy a mentir, se avecinan tiempos difíciles. Los veteranos saben muy bien lo que es un asedio. Esta es la guerra total de Hitler. Su objetivo es exterminarnos a todos. Nuestra misión es defender hasta el final el territorio que la comandancia nos ha asignado. Pero la situación es complicada y cambiará por momentos. Por eso debemos estar atentos. Tenéis un fusil en la mano y la cabeza sobre los hombros… Ya os lo he dicho y no lo repito. El guerrillero no pregunta cuántos fascistas hay, sino dónde están. Y ahora están aquí, en nuestra tierra”. 

Flyora encuentra a la bella Glasha (Olga Mirónova) entre los partisanos, algo perturbada y quien le perturba. Ambos viven en primera persona la crudeza de la guerra, y nos enfrenta a difíciles escenas como la del pantano de fango, la recreación de una estatua de Hitler con una calavera, la escena de la vaca y, especialmente, la llegada de los alemanes a la aldea donde realizan una masacre descrita cinematográficamente con saña. Terror, horror, humillación, donde el fuego lo arrasa todo, hasta el alma del ser humano, donde un nazi expresa con esta inaudita afirmación: “No todas las razas tienen derecho a existir. Las razas inferiores extienden la infección del comunismo”. Y la matanza en la aldea se escucha así: “Nos han matado a todos, no han dejado a nadie. A mí me echaron gasolina y me prendieron fuego”. Y en esa muerte también estaban la madre y dos hermanas de Flyona. 

Una película difícil de ver, a diferencia de la ópera prima de Klimov: un drama frente a una comedia. En Masacre. Ven y mira, todo es bruma, fango, frío, lluvia, niebla, explosiones, guerra, dolor, muerte,… Y ese avión de guerra (un Focke-Wulf) que reiteradamente sobrevuela el cielo. Y si esta película nos provoca dolor como espectadores, qué no ocurrirá en la realidad, una realidad que siempre supera la ficción, tal como nos demuestran las imágenes en blanco y negro del final de esta película, tan dura como necesaria. Y por ello la cara de nuestro joven protagonista se ha convertido en la de un anciano lleno de dolor e ira. Y con cada tiro de Flyora intenta volver atrás la historia del nazismo, como si quisiera que nada de esa historia con Hitler a la cabeza hubiera pasado y, con ello, todo el inmenso dolor infligido. Dolor que se expresa en el dato final de la película: “628 aldeas bielorrusas fueron quemadas junto con todos sus habitantes”. El infierno en la tierra

El título de la película se extrajo del capítulo 6 del libro del Apocalipsis, en donde se expresa: “Vi cuando el Cordero abrió uno de los sellos, y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: Ven y mira. Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo para vencer”. Y bajo este dato bíblico, resulta muy difícil no relacionar esta película con otra obra de arte en blanco y negro, otro alegato antibelicista desde la Unión Soviética bajo la mirada de un niño: hablamos de La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962). Pero así como Andrei Tarkovsky es un director bien conocido, hoy cabe reivindicar a Elem Klimov. 

sábado, 17 de diciembre de 2022

Cine y Pediatría (675): “Sestrenka, Mi hermana pequeña” y los niños de la guerra


El cine de Rusia ha tenido distintas etapas, desde los orígenes importando los Zares la novedad desde Francia, pasando por el emblemático cine soviético y llegando al moderno cine de la actual Federación de Rusia. Un viaje a través de un siglo que va desde Serguéi Eisenstein hasta Andréi Zviáguintsev, con algunas películas emblemáticas: El acorazado Potemkin (Serguéi Eisenstein, 1925), Los cosacos de Kubán (Iván Piriev, 1949), Cuando pasan las cigüeñas (Mijaíl Kalatózov, 1957), Lluvias de julio (Marlén Jutsíev, 1967), Andréi Rubliov (Andréi Tarkovski, 1966), Guerra y paz (Serguéi Bordanchuk, 1966), Moscú no cree en las lágrimas (Vladimir Menshov, 1980), El síndrome asténico (Kira Muratova, 1989), Brat (Alexéi Balabánov. 1997), Sin amor/Loveless (Andrey Zvyagintsev, 2017). En Cine y Pediatría ya hemos hablado de dos películas de este país: La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), toda una elegía antibélica en la que se demuestra que la guerra es capaz de convertir el alma pura de un niño en el alma de un monstruo; y Children 404 (Askold Kurov, Pavel Loparev, 2014), una película documental denuncia frente a la ley que Putin implantó frente a los jóvenes de orientación LGTBI.   

Ni que decir tiene que una gran mayoría de las películas destacadas tienen a la guerra como tema de fondo. Y así es también nuestra película de hoy, Sestrenka (Mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019), que pudiera tener un cierto parecido con la película Anton, su amigo y la revolución rusa (Zaza Urushadze, 2019). Una desde Rusia, la otra desde Ucrania, en el mismo año, y con la guerra de fondo y su mirada desde los niños y niñas que lo viven. Poco tiempo después, en febrero de 2022, ya conocimos que comenzaba la invasión rusa de Ucrania, un conflicto político-militar que aún continúa. Y estas serán unas Navidades en guerra para ambos países y para ambas infancias.  

Sestrenka (Mi hermana pequeña) nos traslada al otoño de 1944. En la primera escena, soldados del Ejército Rojo comprueban la destrucción que los nazis han dejado en Ucrania. Y en una casa destruida, entre cadáveres, un soldado encuentra a una niña pequeña escondida y se la lleva con él, porque su madre acaba de ser asesinada. La nieve y el frío asolan el paisaje con una bella fotografía. A continuación se nos traslada a Sairanovo, una pobre y pequeña villa soviética situada en la república de Baskiria. Allí vive Kunbike Khaidarova (Ilgiza Gilmanova), una mujer joven que tiene un hijo de seis años, Yamil (Arslan Krymchurin). Son los años de la Segunda Guerra Mundial y el pequeño echa de menos a su padre, que marchó a la guerra para luchar contra los nazis. La madre se ausenta un tiempo en un viaje a la ciudad y suenan los consejos de la abuela. “Ten mucho cuidado y mira hacia adelante y hacia atrás. Ya sabes que en un viaje largo te alcanzan cuarenta desgracias”. A su regreso la madre viene acompañada de una niña ucraniana de ocho años, Oksana (en ese momento intuimos que es la niña que aparece en la primera escena) y con la orden de su marido de que sea acogida como un miembro más de su familia, como la hermana de Yamil. 

Yamil está encantado con su nueva hermana Oksana (Marta Kessler), aunque ésta no habla su mismo idioma y se mantiene callada. Y se asusta porque recuerda la guerra y apenas sale de casa. Mientras tanto, los chicos del pueblo juegan alrededor de la guerra, como cuando van a ver el tren que llega con prisioneros nazis y los atacan como venganza a sus padres, algunos muertos y otros desaparecidos por la guerra. Y llega una carta del padre de Yamil con este texto: “Querido hijo. Mientras yo estoy luchando contra el enemigo, tú eres el único hombre de la casa. Defiende y protege a tu madre, a la abuela y a Oksana. Sé que tu palabra es de fiar como ha de serlo la palabra de un verdadero guerrero. Te saluda desde el Ejército Rojo, Jaidarak Karim”… lo que implica imbuir al niño todo el peso y responsabilidad de una guerra, robándole sin querer su inocencia y su infancia. 

De nuevo, un emotivo drama de tono familiar ambientado en la retaguardia rusa durante la Segunda Guerra Mundial y narrado desde el punto de vista de un niño. Porque, desde que Yamil puede recordar, la guerra siempre ha estado ahí y está esperando su final, porque entonces su padre regresará a casa. Y es comprensible entonces la algarabía del pueblo cuando se anuncia el fin de la contienda: “Ya no habrá más tiros ni bombas. Ya no habrá más miedo”, le dice Oksana a su hermano. Y ambos estrenan sus zapatos rojos. 

Al final, regresan de la guerra tanto el padre de Oksana como el padre de Yamil, y estos dos hermanos de guerra se separan. Y la esperanza se refleja en ese arco iris final y en las propias palabras de Yamil: “No se va mamá, siempre estará con nosotros”. Porque el vínculo que se crea entre los dos niños trasgrede fronteras, bandos y diferencias entre pueblos. Un vínculo que acabaría con las guerras…Y es el mensaje que nos deja Sestrenka, Mi hermana pequeña, en la que supone la tercera película como director del actor ruso Aleksandr Galibin, que adapta una novela de Mustai Karim. Un relato felizmente optimista pese al tema de fondo, una vez más, la visión de la guerra a través de la infancia. 

Son muchas las películas que desde Cine y Pediatría han tratado el tema de la guerra bajo la mirada inocente de la infancia, y algunas están recogidas en dos entradas consecutivas: una referida al holocausto nazi y otra en relación con la Guerra Civil española y su postguerra. Con Sestrenka, Mi hermana pequeña la infancia se convierte, una vez más, en víctima inocente ante la sinrazón de los adultos. Los niños de la guerra, en este caso con un niño ruso y una niña ucraniana. Todo demasiado simbólico para estas fechas y estos tiempos.  

 

sábado, 14 de mayo de 2022

Cine y Pediatría (644) “Anton, su amigo y la revolución rusa”, Ucrania en el recuerdo

 

Desde el comienzo de la invasión rusa el pasado 24 de febrero de 2022, ha pasado poco más de dos mes y ya la salida de más de 6 millones de refugiados desde Ucrania ha desbordado a los países de acogida, la mayoría mujeres y niños. Un paciente menor de 15 años ucraniano se ha convertido en refugiado casi cada segundo desde el comienzo de esta guerra, en un periplo incierto y en un futuro aún más oscuro. Los países de acogida se han visto desbordados por esta crisis que no tiene precedentes en cuanto a velocidad y escala desde la Segunda Guerra Mundial. Y no ha hecho más que empezar. Y no se atisba una solución. 

Porque Ucrania, uno de los países más extensos de Europa, es una región del mundo donde los conflictos bélicos y la inestabilidad política han sido habituales. Y la filmografía de ese país (muy ajena en nuestros lares) se ha hecho eco de ello, y sirvan como ejemplo las películas Maidan (Sergei Loznitsa, 2014), Donbass (Sergei Loznitsa, 2018), Esta lluvia no cesará (Alina Gorlova, 2020), o Anton, su amigo y la revolución rusa (Zaza Urushadze, 2019). Y en esta última película vamos a centrar nuestra atención. 

Zaza Urushadze es un director de nacionalidad georgiana que trabaja en Ucrania. Conocido en España por su film Mandarinas y por el que fue nominado a los Óscar como mejor película de habla no inglesa, es un alegato antibelicista ambientado en la guerra civil georgiana de principio de los 90. Años después volvió a reflejar los temas bélicos con esta con el peculiar título de Anton, su amigo y la revolución rusa, inspirada en una conmovedora historia real alrededor de la Revolución Rusa y la Primera Guerra Mundial. El director falleció de un problema cardíaco antes de ver estrenada esta su última película. 

Esta película adapta la novela de tintes autobiográficos de Dale Eisler, “Anton, a young boy, his friend and the Russian Revolution”, publicada en el año 2010. Está ambientada hace un siglo en un pequeño pueblo ucraniano cerca del Mar Negro, muchos de cuyos habitantes son de origen alemán. La película cuenta la inquebrantable amistad que se forja entre dos niños, uno cristiano – Anton (Nikita Shlanchak) - y el otro judío – Yasha (Mykyta Dziad) -, en un tiempo convulso en el que las diferencias étnicas y religiosas llevaban a menudo a actos de barbarie, incluso guerras. Estamos en el año 1919, recién terminada la Primera Guerra Mundial y con el reciente triunfo de la Revolución Soviética. La historia se hace eco de la presencia de fuerzas bolcheviques en Ucrania, en busca del codiciado grano que ahuyente el fantasma del hambre. Un trasfondo con la lucha por la independencia de Ucrania que acabaría zanjándose temporalmente con el ingreso de Ucrania como república socialista y soviética en la URSS. 

La película tiene el interés de ese contraste entre el mundo de los niños y el mundo de los adultos. Por un lado el mundo poético e inocente que ambos niños forjan en su entorno rural, mientras se hacen preguntas cuando miran las nubes del cielo acostados en las pajas de trigo: “No sabía que los judíos fueran al cielo”, pregunta Anton, y Yasha le contesta: “Pues claro, es que cada uno tenemos nuestro cielo especial”. Por otro lado, el mundo prosaico y enrevesado de los adultos, de las naciones, las etnias, las religiones y las ideologías, en un momento de la historia particularmente difícil en Europa y en Ucrania. Como ahora, solo que un siglo después. 

Aparece la ciudad de Odesa, aquella cuya famosa escalera fuera filmada para la historia del cine en la mítica película El acorazado Potemkin (Sergei M. Eisenstein, 1925). Y la conversación de esos niños, mientras regresan con la sal de la salina: “Dicen que ahí hay poco agua. Lo llaman el Mar Muerto, aunque no sé quién lo mató. Mamá murió antes de contármelo. El Mar Negro no es negro tampoco, es verde y azul. Lo vi en Odesa. Así que puede ser que el Mar Muerto no esté muerto”. Y en ese entorno, la llegada de los bolcheviques atemoriza a los habitantes, pues temen que se quede con sus cosechas. Y asesinan a sangre fría al padre de Anton de un disparo, sin más, por venganza. Y se organiza la resistencia. Y surgen las preguntas: “Yasha, ¿por qué odian a los judíos?”. Y las declaraciones de la más pura amistad, una amistad que tiene que sobrevivir a esa guerra de los adultos: “No me imagino un cielo sin amigos, sin ti”. Ahora Anton no tiene padre. Y Yasha no tiene madre, y es su padre judío el que les dice: “La vida es una injusticia tras otra, pero tenéis que aprender a vivirla porque solo tenemos una”

Pero la revolución bolchevique sigue adelante, pese a la resistencia de estos ucranianos de origen alemán que se enfrentan al mismo Trosky (Oleg Simonenko), aquel ucraniano que fuera el líder del movimiento internacional de izquierda, caracterizado por la idea de la revolución permanente y al que se considera verdadero organizador en la revolución comunista rusa de octubre de 1917, también creador del Ejército Rojo. Y así nos dice en la película el propio Trosky: “No es tiempo de emociones. Cada uno de nosotros ha de ocupar su lugar y empujar los engranajes de la historia. Son tiempos para el cambio”. Acabar con Trosky sería para la resistencia una gran ayuda para terminar con el infierno bolchevique, aquellos partidarios de la dictadura del proletariado y de la intransigencia izquierdista. 

Anton y Yasha labran una amistad más poderosa que sus diferencias religiosas o culturales, lo que les permite crear un mundo propio que los protege del miedo, la violencia y las divisiones que los rodean. Y a ellos les gusta esconderse en su cueva de heno, desde donde observan a los adultos y sus intrigas, y también les gusta mirar las nubes y buscar en las fotografías del cielo a las personas que querían. Y con una de esas fotos, ya en el encuentro en su senectud de los dos amigos, finaliza la película, en lo que es una conmovedora historia real sobre cómo la amistad infantil puede ser más fuerte que los prejuicios adultos. Porque esa amistad fue su escudo. 

El guion está escrito por el propio director, por Vadym Yermolenko y por Dale Eisler, escritor y periodista canadiense de origen ucraniano y autor del libro, un relato real inspirado en la historia de la familia de su madre y en sus investigaciones periodísticas sobre lo que les sucedió durante la Revolución Rusa a los alemanes que vivían en Ucrania. Y esta película nos debe hacer recordar esta particular presencia de alemanes en Rusia, concretamente alrededor de la zona de Odesa, pero también en otras regiones de la extensa Rusia: alemanes de Moscú, del Vístula, del Báltico, del Volga, del Mar Negro, de Crimea, del Cáucaso o de Volinia, 

Es Anton, su amigo y la revolución rusa un canto a la amistad y a la paz en el contexto de una invasión rusa a Ucrania en tiempos convulsos. Ha pasado un siglo y se repite la cruel historia, como si no hubiéramos aprendido nada. Y donde decenas de miles de niños – decenas de Anton y Yasha – han huido de su país, un país desbastado por la guerra y atemorizado por la invasión.

 

sábado, 24 de julio de 2021

Cine y Pediatría (602) “La guerra de papá“ es la guerra de todos

 

Es Miguel Delibes un vallisoletano universal, considerado como uno de los grandes escritores españoles del siglo XX, quien dedicó gran parte de su vida a una obra cimentada en la España de la posguerra para concienciar al mundo de las consecuencias del consumismo y la supresión de ciertos valores éticos universales. El pasado 17 de octubre de 2020 conmemoramos el primer centenario de su nacimiento y todos celebramos su gran fecundidad, tanto en hijos naturales como en hijos literarios. Porque su extensa obra literaria abarca relatos, libros de viaje, libros de caza, ensayos y artículos, pero sobre todo novelas, desde su brillante debut con “La sombra del ciprés es alargada” (1948, Premio Nadal) hasta “El hereje” (1998, Premio Nacional de Literatura). 

Un autor que ha sido muy versionado en la gran y pequeña pantalla. En la televisión se adaptó En una noche así (Cayetano Luca de Tena, 1968), La mortaja (Juan Antonio Páramo, 1974) y El camino (Josefina Molina, 1978); además, Delibes redactó el guión de dos documentales para Televisión Española: Tierras de Valladolid y Valladolid y Castilla. Pero es en el cine donde sus obras sirven como guión de nueve películas, por este orden: El camino (Ana Mariscal, 1963), basado en la obra homónima y que es como la fusión de la serie de televisión previa; Retrato de familia (Antonio Giménez-Rico, 1976), fundamentada en “Mi idolatrado hijo Sisí”; La guerra de papá (Antonio Mercero, 1977), según la obra “El príncipe destronado”; Los santos inocentes (Mario Camus, 1984), de la obra literaria homónima y uno de sus mayores éxitos; El disputado voto del señor Cayo (Antonio Giménez-Rico, 1986), El tesoro (Antonio Mercero, 1988), La sombra del ciprés es alargada (Luis Alcoriza, 1990) y Las ratas (Antonio Giménez-Rico, 1997), todas ellas derivadas de sus novelas homónimas; y, finalmente, Una pareja perfecta (Rafael Bertriú, 1998), según la obra “Diario de un jubilado”. 

Y hoy llega a Cine y Pediatría La guerra de papá, dirigida por Antonio Mercero, quien tuviera en la televisión su mejor escaparate como director: para este medio nos impactó con la película La cabina (1972) y nos entusiasmo con sus series Crónicas de un pueblo (1971-74), Verano azul (1981-82) y Farmacia de guardia (1991-95), entre otras. Con Verano azul demostró su afinidad por dirigir niños, lo cual había sido precedido por el encuentro con ese pequeño actor de ojos azules y rizos rubios llamado Lolo García, protagonista de dos éxitos de taquilla como La guerra de papá (1977) y Tobi (1978), y más adelante con el encuentro con Juan José Ballesta en Planta 4ª (2003). 

Es La guerra de papá una película casi teatral (cuyo guión fue adaptado por Horacio Valcárcel, un habitual en la cinematografía de José Luis Garci, pero también de Antonio Mercero) que acaece en un día y prácticamente en el entorno de la casa de una familia numerosa de clase media-alta española de la década de los sesenta - cuando aún la democracia no había llegado a España -, una película aparentemente sencilla e infantil, pero con un mensaje profundo y contundente. Los títulos de créditos iniciales se nos presentan con dibujos infantiles. Y todo comienza en un día cualquier del año 1964, cuando el pequeño Quico (Lolo García), un angelical niño de 3 años, se despierta dando su grito de guerra matinal: “Ya me he despertaoooooooo!”. A partir de ahí conocemos a su entorno familiar, con dos asistentas internas, Vito (Verónica Forqué) y Domi (Rosario García Alonso), sus otros cinco hermanos (su papel de príncipe de la casa fue usurpado hace 8 meses tras el nacimiento de su hermana pequeña, motivo de su celotipia y vocabulario actual: “Mierda, cagao, culo”) y unos padres (Teresa Gimpera y Héctor Alterio) de cuya especial relación descubriremos la esencia del mensaje de esta obra. A su alrededor otros personajes interpretados por todo un elenco de nuestra cinematografía: María Isbert, Chus Lampreave, Queta Claver, Tito Valverde, Vicente Parra. 

La película nos devuelve la esencia de aquellos tiempos en que la infancia convivía entre Chupa Chups y Ducados, donde se fumaba en casa y en la consulta del médico, donde se recetaba Calcio 20 o inyecciones intramusculares a la infancia, habiendo sobrevivido a ello nuestro metabolismo y nuestro nervio ciático. Y todo ello bajo la música de Juanito Valderrama, Lucho Gatica o el twist de la época; y bajo la atenta mirada de Quico, quien en su tierna infancia su imaginación y sus dudas rondan alrededor del cielo y el infierno, la vida y la muerte, los ángeles y demonios; o también en cuestiones más banales como las que realiza a su padre: (“¿Tú tienes pito?”) o las que escucha de sus hermanos (“El fraile dice que comer con la izquierda es pecado”). 

Una película que tiene en la parte central una escena clave: la comida familiar, tras la llegada del padre del trabajo. Allí se genera una especial tensión cuando uno de los hijos dice: “Papá, cuéntanos cosas de la guerra”. Y el padre responde: “En la guerra solo hay dos preocupaciones: matar y que no te maten”, lo que nos introduce en lo que subyace de fondo. Ese choque entre la educación familiar de un padre machista y belicoso, situado en el bando de los que han ganado la Guerra Civil, y una madre subyugada y que quiere pasar página. Pero lo cierto es que sus hijos pequeños juegan en casa con armas de juguete (y alguna real que aún conserva el padre) y a la pregunta de Quico: “¿Es la conquista del Oeste?”, su hermano mayor le contesta: “No, es la guerra de papá… Y te tienes que morir. Tengo que matar más de cien malos como papá”

Y la guerra pasada (Guerra Civil) y la actual (Guerra de África) sobrevuela buena parte de de ese día de travesuras y ocurrencias de Quico en su familia. Porque La guerra de papá es en realidad la guerra de sus padres, de sus hermanos mayores y de la imaginación de los hermanos pequeños. Y al acabar el día y acostar a Quico, éste pregunta: “Mamá, ¿yo también iré a la guerra de papá?". Y ella le contesta: “No hijo, espero que no. Aquí hay muchos que quieren que esta guerra siga. En realidad terminó hace mucho. Ya no habrá más guerra de papá”. Curioso (y lastimoso) que esta frase emitida hace casi medio siglo aún pueda ser válida en nuestros días. 

Y con la escena final del sueño de Quico finaliza un día y una película que nos enseña tanto bajo la mirada azul de nuestro pequeño protagonista. Y fue tal el éxito de esta película, que Antonio Mercero contó de nuevo con Lolo García un año después para interpretar la película Tobi, la extraña historia de un niño al que le salían alas. Y el pequeño Lolo García, como le pasan a muchas jóvenes estrellas, apenas realizó algunas apariciones esporádicas en el cine más para retirarse de este medio en la adolescencia. 

Y considero que esta historia pueda tener un título más acertado en la película que en la novela. Porque La guerra de papá no solo nos habla del síndrome del príncipe destronado en la familia, sino que considero que su mensaje principal es una alegato a la conciencia de que cualquier guerra es la guerra de todos. Y todos tenemos alguna responsabilidad también de sus precuelas y  secuelas.