sábado, 20 de junio de 2026

Cine y Pediatría (858) Cine minimalista de la infancia: “El globo rojo” y “El viaje de Takara”

 

El cine minimalista es un estilo cinematográfico que se caracteriza por su sencillez y economía narrativa, enfocándose en lo esencial para transmitir emociones y significados sin recurrir a elementos superfluos. Y que se fundamenta en el conocido principio de que "menos es más", sin efectos especiales ni recursos técnicos sofisticados, con historias a veces mínimas en las que se requiere que el espectador ponga de su parte. 

El cine minimalista se fundamenta en reducir los elementos narrativos, espaciales y técnicos al mínimo para centrarse en la pura observación de sus personajes, un enfoque que funciona de maravilla al retratar la honestidad y la mirada de la infancia. Y sirva como ejemplo algunas películas que ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría, generalmente retratos íntimos y contemplativos: la película japonesa He nacido, pero… (Yasujiro Ozu, 1932), la película italiana Ladrón de bicicletas (1948), la película británica My Chilhood (Bill Douglas, 1972), la película española El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), la película iraní El globo blanco (Jafar Panahi, 1995), la película francesa Ponette (Jacques Dillon, 1996), la película coreana El camino a casa (Jeong-Hyang Lee, 2002), la película afgana Osama (Siddiq Barmak, 2003), la película rusa El regreso (Andrei Zvyagintsev, 2003), la película mexicana Los herederos (Eugenio Polgovsky, 2008), la película belga Blue Bird (Gust Van Den Berghe, 2011), la película saudita La bicicleta verde (Haifaa Al-Mansour, 2012), la película neerlandesa Kauwoy (Boudewijn Koole, 2012), la película etíope Difret (Zeresenay Mehari, 2014), la película mauritana Timbuktu (Abderrahmane Sissako, 2014), la película irlandesa The Quiet Girl (Colm Bairéad, 2022), entre otras. 

Pues a estos títulos, hoy añadimos dos títulos más, quintaesencia de ese minimalismo cinematográfico con la infancia como protagonista, dos películas separadas entre sí seis décadas, pero con algunas semejanzas: ambas se centran un niños preescolares protagonista que se guían por su propia lógica, curiosidad y asombro, ambos deambulan por ciudades (uno por una ciudad francesa, el otro por una ciudad japonesa) y ambas historias se nos narran con práctica ausencia de diálogos, con una narrativa que se apoya fuertemente en las imágenes, los silencios, los sonidos ambientales y la expresividad corporal del niño. Hablamos del mediometraje francés El globo rojo (Albert Lamorisse, 1956) y del largometraje japonés El viaje de Takara (Damien Manivel, Kohei Igarashi, 2017). 

- El globo rojo (Albert Lamorisse, 1956) 

Esta película de 36 minutos es considerado por muchos como el mejor mediometraje de todos los tiempos y el único corto que ha ganado un Óscar en la categoría general (en su caso como guion original), amén de innumerables premios en diversos festivales. Un poético film (protagonizado por el propio hijo del director, con 4 años de edad), sin apenas diálogos, donde este niño encuentra un globo rojo en el barrio parisino de Ménilmontant. 

El globo no es un objeto cualquiera: tiene vida propia, voluntad y fidelidad, que acompaña y sigue al pequeño. Juntos deambulan por las calles de París, formando una amistad sin palabras que desafía la lógica, y con una particular estructura narrativa: encuentro, amistad, protección, persecución, rescate, final trágico para el globo y esa redención final cuando todos los globos de París se liberan y flotan en el cielo como símbolo de libertad. Pura paradoja de lo simple y lo profundo… como la infancia. 

- El viaje de Takara (Damien Manivel, Kohei Igarashi, 2017) 

Esta película de 76 minutos es otro ejemplo de minimalismo que nos traslada a una ciudad japonesa (Aomori) cubierta por la nieve invernal. Como cada noche, un pescador realiza su viaje al mercado de la ciudad; su hijo de 6 años, Takara Kogawa, se despierta con su marcha y no puede volver a dormirse. En la casa, donde el resto de la familia duerme, el pequeño hace un dibujo de animales marinos que desliza en su cartera. Por la mañana, su silueta somnolienta se aleja del camino a la escuela y se interna en la nieve.... 

Takara se desvía de su camino al colegio y ante su lógica infantil emprende un viaje solo, en tren, para buscar a su padre. Su objetivo es enseñarle el dibujo que hizo por la noche y así compartir con él su creación. Su travesía termina en una lonja de pescado (el mercado donde trabaja su padre), quedándose dormido dentro de una camioneta cerca de ese lugar. Y esta sencilla historia se estructura en la película en tres partes, por título “El dibujo” (el punto de partido, el acto del hogar), “La pescadería” (el viaje en solitario, el acto del tren) y “Un sueño largo” (el encuentro y el descubrimiento, el acto final). 

Curiosamente la semana pasada acompañamos a un niña escolar de 9 años con su mochila que deambulaba por la ciudad iraquí de Bagdad en La tarta del presidente (Hasan Hadi, 2025), y hoy lo hacemos con este niño de 6 años y su mochila. Y siempre acompañaremos a la infancia y a las infancias del mundo, sean historias minimalistas… o de máximos. 

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Más Facultades de Medicina a la vista: tarde, mal y nunca

 

Este es un titular reciente de El País: “España contará con seis nuevas facultades de Medicina, pero peligra el trabajo de los futuros doctores”,  

La noticia encaja en un problema estructural: España está ampliando facultades y plazas de Medicina sin que el sistema de especialización, prácticas clínicas y empleo haya absorbido bien el crecimiento previo. El resultado es una política tarde, mal y nunca: tarde, porque corrige ahora desajustes previsibles; mal, porque suma estudiantes sin asegurar tutores, rotaciones y plazas MIR suficientes; y nunca, porque falta una planificación sostenida a largo plazo. 

El titular de El País apunta a una contradicción básica: se autorizan seis nuevas facultades mientras se advierte de que, cuando esos alumnos terminen, puede haber exceso de especialistas y problemas de inserción laboral. Y más teniendo en cuenta que el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades resolvieron en el año 2025 más de 30.000 homologaciones de títulos de Medicina de extracomunitarios, lo que supone la tremenda cifra de 4,4 homologaciones por cada médico egresado de una facultad española en el mismo periodo. 

Esto no significa que sobren médicos hoy, sino que la oferta se está expandiendo con una lógica universitaria de crecimiento que no siempre coincide con las necesidades reales del sistema sanitario. Porque crear un especialista implica, como poco, 10-12 años (y eso, yendo todo bien): 6 de carrera universitaria, 0-1 de MIR y 4-5 años de especialización. 

Porque, además, la clave no es solo cuántos estudiantes entran en Medicina, sino cuántos pueden completar una formación clínica de calidad y cuántos acceden luego a una plaza de especialidad. Sanidad ha elevado la oferta MIR a 9.276 plazas en 2026, un récord, pero el propio diseño del sistema sigue dependiendo de un cuello de botella: si el aumento de graduados va por delante del aumento de plazas especializadas, el problema se desplaza, no desaparece. Dicho de otro modo: abrir más facultades sin asegurar hospitales docentes, profesorado clínico y salida MIR es como ampliar la puerta de entrada sin ensanchar el pasillo de salida. 

Un ejemplo más de la crónica mala gestión universitaria y política universitaria que nos ha acompañado desde hace décadas. Siempre tarde, mal y nunca… Y ello porque la universidad y a las administraciones han tolerado durante años una expansión de grados de Medicina guiada más por prestigio, presión territorial o interés político que por una planificación sanitaria seria. Esa fragmentación genera duplicidades, dispersa recursos y debilita la capacidad formativa real de las facultades y de los hospitales asociados. 

Además, la universidad suele reaccionar tarde: primero autoriza, luego improvisa convenios, después busca docentes y prácticas, y solo al final se pregunta por el mercado laboral. Eso es gestión reactiva, no estratégica. 

¿Cuáles son las consecuencias previsibles? 

El primer efecto es formativo: más alumnos compiten por los mismos recursos clínicos, con riesgo de menos prácticas, más saturación asistencial y peor acompañamiento docente. 

El segundo efecto es laboral: si la oferta de graduados crece más rápido que la de especialidades, aparecen médicos sin plaza MIR, emigración forzada o subempleo, un escenario que ya han advertido organizaciones profesionales y estudiantiles. 

El tercer efecto es sistémico: la universidad pierde credibilidad cuando promete movilidad social y luego entrega incertidumbre profesional. 

Por ello la expresión “tarde, mal y nunca” retrata un modelo institucional que ha confundido expansión con planificación. Tarde, porque el desajuste entre facultades y especialidades lleva años denunciándose; mal, porque se ha fragmentado la formación clínica sin reforzarla proporcionalmente; y nunca, porque no se ha construido una política estable de numerus clausus, plazas MIR, hospitales docentes y necesidades territoriales. 

La solución no pasa solo por abrir o cerrar facultades, sino por coordinar universidad, Sanidad y comunidades autónomas con un horizonte de 10 a 12 años, que es el tiempo real de formación de un médico hasta consolidarse como especialista. 

Y eso me retrotrae a dos post que publiqué hace años en este mismo blog: ¿Es necesario la apertura de nuevas Facultades de Medicina en España?  y Facultades de Medicina en España o la crónica de una sinrazón anunciada. Por tanto, nada nuevo…

lunes, 15 de junio de 2026

Terapia cinematográfica (22). Prescribir películas para combatir la problemática del trabajo y explotación infantil

 

El trabajo infantil es toda actividad laboral realizada por niños, niñas o adolescentes que perjudica su desarrollo, su salud o su educación, o que les priva de su infancia y dignidad. La explotación infantil es una forma más grave de abuso, en la que el menor es utilizado de manera abusiva o forzada, a menudo vulnerando sus derechos, por ejemplo mediante trabajos peligrosos, esclavitud, trata, explotación sexual o actividades delictivas. Los dos implican una violación clara de sus derechos y su protección, pero la explotación infantil es un paso más grave e ilegal si cabe. 

El trabajo infantil afecta a casi 140 millones de niños, niñas y adolescentes de 5 a 17 años en 2024-2025, según la OIT y UNICEF, incumpliendo la meta de erradicación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible pactados para 2025. Esta explotación viola derechos fundamentales y perpetúa ciclos de pobreza, teniendo en cuenta que el trabajo infantil priva a los niños de infancia, potencial y dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico, mental, social y moral. Las peores formas abarcan esclavitud, trata, prostitución, pornografía, reclutamiento armado y drogas. 

El cine ha tratado el trabajo infantil y la explotación infantil sobre todo como un problema de pobreza estructural, violencia y pérdida de la infancia, no solo como un drama individual. Lo ha hecho a través de ficciones realistas, cine social, neorrealismo y documentales de denuncia, con frecuencia situando a los niños en la calle, en fábricas, en minas, en plantaciones o en redes de explotación sexual. 

Pero hoy vamos a intentar hablar y prescribir de películas sobre el trabajo y explotación infantil que ya forman parte del proyecto Cine y Pediatría. Y es así que desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales al respecto, desde títulos clásicos a modernos, desde películas de realismo social a documentales. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Oliver Twist (David Lean, 1948), para revivir el trabajo infantil y el maltrato institucionalizado en una Inglaterra sumida en la convulsa Revolución Industrial. 

- Los olvidados (Luis Buñuel, 1950), para denunciar la desigualdad sobre esos “olvidados” de la infancia y adolescencia cada vez más numerosos que dio a luz el desarrollismo de la opulencia. 

- El polaquito (Juan Carlos Desanzo, 2003), para conocer a nuestro Oliver Twist a ritmo de tango alrededor de la estación central de Buenos Aires. 

- Sombras del tiempo (Schatten der Zeit, Florian Gallenberger, 2004), para enfrentarnos a un retrato arquetípico de la esclavitud infantil desde Calcuta, entre el trabajo y la prostitución infantil. 

- Ángeles del sol (Anjos do sol, Rudi Lagemann, 2006) , para denunciar la explotación sexual de niñas en Brasil, basado en una serie de relatos reales de prensa. 

- Los herederos (Eugenio Polgovsky, 2008) , para adentrarnos en silencio en el retrato del trabajo infantil en zonas agrícolas y montañosas de México. 

- Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008) , para conocer a esos verdaderos perros callejeros en las infancias desfavorecidas de la India. 

Siete películas argumentales para adentrarnos en las muchas caras del trabajo y maltrato infantil a lo largo del mundo, una lacra que cuesta tanto erradicar. 

Se puede revisar el artículo completo en este enlace o en este otro.