lunes, 14 de octubre de 2024

La infancia en blanco y negro de Ladislao Vajda


El caso de Ladislao Vajda (Budapest, 1906 – Barcelona, 1965) es muy especial en el mundo del cine. Y es que este húngaro de nacimiento se introdujo en el séptimo arte en contra de todo y de todos, y es el prototipo de cineasta itinerante. Su obra cinematográfica fue producida en ocho países tan distintos como Hungría, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, España, Portugal y Suiza. La convulsa Europa de la primera mitad del siglo XX fue la causa de sus cambios de país. Pero es en España donde realizará el grueso de su filmografía y gran parte de sus mejores obras, especialmente cuando se vincula a Producciones Chamartín y a uno de los conocidos como niños prodigio del cine español, Pablito Calvo. 

La unión entre Ladilaslao Vajda y Pablito Calvo se prolonga durante tres años y tres películas, con enorme éxito de público: 

- Marcelino, pan y vino (1955). Una película española que traspasó fronteras y que traspasó el simple cine religioso de la época para convertirse en todo un fenómeno social, logró premios en aquella época, además de ser una de las más taquilleras de la postguerra en nuestro país. Es una adaptación cinematográfica de un relato homónimo, un cuento de padres a hijos de José María Sánchez Silva, quien actúo de guionista con el propio Ladislao Vajda. Luego hubo más adaptaciones de esta película, también en Italia y en México, pero ninguna llegó a la magia del original. 

- Mi tío Jacinto (1956).   Puro neorrealismo hispano y que algunos críticos han visto en ella una relación adulto-niño y unidad temporal y geográfica de la acción que recuerda de alguna manera a Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, Vittorio de Sicca, 1948). La diferencia es que la película italiana es todo un hito y la española en ocasiones ha sido una gran olvidada. 

- Un Ángel pasó por Brooklyn (1957).   Comedia con tintes sobrenaturales ambientada en el americano distrito de Brooklyn, al más puro estilo de Frank Capra. Todo un cóctel de diferentes nacionalidades para ofrecernos una historia encantadora y divertida, que encuadrada dentro del tópico "haz el bien". Y aquí el símil argumental bien podría ser con otra icónica película neorrealista, en este caso con Milagro en Milán (Miracolo a Milano, Vittorio de Sica, 1951). 

Y esta trilogía Ladislao Vajda-Pablito Calvo se encuentra entre lo mejor de su amplia filmografía realizada en España, donde cabe recordar algunas otras obras, generalmente de menor calidad que las enunciadas, y que van desde Se vende un palacio (1943) a La dama de Beirut (1965), y en el que podemos enumerar también Cinco lobitos (1945), Séptima página (1950), Doña Francisquita (1952), Ronda española (1952), Carne de horca (1953), Aventuras del barbero de Sevilla (1954), Tarde de toros (1956), María, matrícula de Bilbao (1960) o Una chica casi formal (1963), entre otras. 

Pero su gran obra maestra fue una película coproducida con Suiza, filmada allí y con un reparto de actores alemanes: El cebo/Es geschah am hellichten Tag (1958), una alarde de guion y de fotografía en blanco y negro, un film que gana en cada visionado, una película que nos transporta al mejor Fritz Lang (M, El vampiro de Düsseldorf/M, 1931) y al mejor Charles Laughton (La noche del cazador/The Night of the Hunter, 1955), al más puro expresionismo que nos regala el cine en blanco y negro. El cebo es una obra en la que prima la trama, no los personajes, que más bien son arquetipos, una película que no se marchita con los años y que siguen manteniendo la emoción, visionado a visionado. 

Y el análisis en profundidad de estas películas se puede revisar en reciente artículo publicado en el último número de la revista Arte y Medicina, que se puede revisar en las páginas 22 a 28. Pura reivindicación a la infancia en blanco y negro de Ladislao Vajda, un director peculiar, por su vida y por su obra, un nómada del séptimo arte que llegó desde Hungría para dejarnos su obra expandida durante casi cuatro décadas por diversos países, pero que fue en España donde dejó su esencia en la década de los 40 y, principalmente, de los 50.

sábado, 12 de octubre de 2024

Cine y Pediatría (771) “Despertares” en la epidemia de niños que se quedaron dormidos…


El neurólogo y escritor británico Oliver Sacks (1933-2015) ha pasado a la historia más como un divulgador de la ciencia que como un científico en su campo. Y ese fue uno de sus grandes retos en su periplo vital, una vida por otro lado tan apasionante como la que nos muestra la película documental estadounidense Oliver Sacks: una vida (Ric Burns, 2019), muy aconsejable. Nació Oliver Sacks en Londres, hijo de dos médicos prestigiosos y en el contexto de una familia judía numerosa con destacados miembros en diferentes profesiones. Estudio en la Universidad de Oxford y dio sus primeros pasos como profesional en la capital londinense, pero a partir de 1965 se mudó a Nueva York. Y un año después comenzó como neurólogo en el Hospital Beth Abraham del Bronx y es allí donde trabajó con un grupo de supervivientes aquejados en la década de los 20 por la epidemia de encefalitis letárgica, a los que administró una droga conocida como L-DOPA. Y esta experiencia fue la base del libro “Awakenings” (1973), el que cambiaría su vida. Antes ya había publicado el libro “Migraine” (1970) y luego llegarían otros tantos libros que le llevaron a la fama, más entre el público general que entre sus colegas de profesión; entre ellos: “A Leg to Stand On” (1984), “The Man Who Mistook His Wife for a Hat” (1985), “Seeing Voices: A Journey Into the World of the Deaf” (1989), “An Anthropologist on Mars. Seven Paradoxical Tales” (1995), Musicophilia: Tales of Music and the Brain” (2007), “The Mind's Eye” (2010), “Hallucinations” (2012). Y también algunos libros autobiográficos al final de su vida, como “On the Move. A Life” (2015) y “Gratitude” (2015), más otras dos póstumas: “The River of Consciousness” (2017) y”Everything in Its Place: First Loves and Last Tales” (2019). Su vida y también su muerte tuvo algo de especial, con detractores que le apodaron como “el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria” y también con numerosos reconocimientos (incluyendo el que una asteroide descubierto en 2003 también fue bautizado con su nombre). 

Tuvieron que pasar casi dos décadas para que su novela “Awakenings” fuera llevada al cine con un título homónimo: Despertares (Penny Marshall, 1990), donde su director se rodeó de grandes colaboradores, como el guionista Steven Zallian, el director musical Randy Newman, y un elenco de actores encabezado por Robin Williams y Robert de Niro. Un film con éxito de crítica y público que también reportó beneficios a Oliver Sacks, pues no solo incremento su fama, sino que logró mejorar ese crédito que buscaba entre la comunidad médica y científica. Y que sirvió para conocer algo mejor la encefalitis letárgica (también conocida como encefalitis epidémica, enfermedad de Von Economo o enfermedad del sueño). 

Existen pocas entidades en la historia de la neurología que hayan provocado tanto interés clínico como lo fue y lo sigue siendo la encefalitis letárgica (EL). Esto se debe, por una parte, al alto impacto que provocó en vastas poblaciones de Europa y América (se habla de un millón de afectados y medio millón de fallecimientos), pero también por la riqueza clínica de síntomas y signos expresados por los pacientes y, finalmente, por su misterioso origen. La EL ha sido una entidad que se presentó en forma epidémica a lo largo de la historia de la humanidad y el último brote, que apareció como epidemia entre 1916 y 1925, fue un hito por su amplia gama de manifestaciones clínicas en la esfera neurológica y psiquiátrica. Se presentaba generalmente con faringitis seguida de alteraciones del sueño, desórdenes del movimiento en forma de parkinsonismo postencefalítico y alteraciones psiquiátricas. A pesar de la asociación temporal entre la EL y la epidemia de gripe de 1918, no se pudo confirmar esta causa, ni muchas otros agentes infecciosos que se implicaron, siendo la autoinmunidad el mecanismo que se sugiere en las últimas décadas. 

Pero es hora de adentrarse en la película Despertares, por la que el público pudo conocer más y mejor a Oliver Sacks y a la EL. Las primeras escenas nos trasladan a un invierno de Nueva York de la década de los 20 donde conocemos a Leonard Lowe, un niño de 11 años que comienza con distonía de manos, a los que se suman dificultades en la manipulación y escritura y más tarde temblores. Tras el cartel de “basado en hechos reales”, un salto temporal nos lleva al año 1969, donde el Dr. Malcolm Sayer (Robin Williams, alter ego de Oliver Sacks) llega al Hospital Bainbridge de El Bronx en busca de una plaza de investigador de laboratorio en neurología, pero le solicitan que sea clínico, y con dudas acepta. Un compañero le pone en situación ante tanto enfermo crónico y con grave deterioro: “Mire, hay casos de esclerosis múltiple, de síndrome de Tourette, de Parkinson. Hay otras enfermedades para las que ni siquiera tenemos nombres”. Y una enfermera intenta consolar a este doctor solitario y con pocas habilidades sociales: “Se acostumbrará. Aunque ahora le parezca imposible”. Entre esos pacientes encontramos a Leonard Lowe ya adulto (Robert de Niro) en silla de ruedas y estado catatónico. 

Al estudiar las historias clínicas, Malcolm no se conforma con los diagnósticos “atípicos” e “idiopáticos” y, con el apoyo de la enfermera jefe, Eleanor (Julie Kavner), se hace preguntas y busca respuestas: “Llega un momento en que tantas cosas atípicas tendrá que significar algo típico”. Y lo relaciona con la epidemia de EL de la década de los 20. Y así se lo explica el jubilado doctor Peter Ingham (Max von Sydow): “Niños que se quedaron dormidos… Los que sobrevivieron y despertaron, parecían bien, como si nada hubiera pasado. Entonces nos dimos cuenta del gran daño que la enfermedad causó en el cerebro. Personas que habían sido normales, ahora estaban ausentes". 

Cuando el Dr. Sayer asiste a una conferencia sobre el reciente uso de L-DOPA en el Parkinson, solicita permiso para usar esta droga de forma experimental en los pacientes afectos de EL, aunque el director del centro le diga inicialmente: “Que sean los químicos los que provoquen el daño”. Pero finalmente consigue el consentimiento informado de la madre de Leonard para experimentar el efecto de la L-DOPA en su hijo… y se logra el milagro: Leonard despierta después de varias décadas. Y todo ello lo muestra de forma idílica la película con la canción “Time of the Season” del grupo The Zombies. Y eso permite utilizarlo también en el resto de pacientes (Lucy, Frank, Rose, Bert, Frances, Rolando, Miriam,…) y se obra el milagro en cada uno de ellos. 

A partir de aquí se suceden una serie de escenas simpáticas de la nueva vida que la medicación regala a estos pacientes tras estar dormidos tantos años, lo que incluye el fugaz enamoramiento que Leonard tiene con una joven que visita a su padre en el hospital, Paula (Penelope Ann Miller), o su reivindicación por ser una persona normal y la revolución que contagia en el resto de internos, algo así como lo que recordamos de la oscarizada Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975). Pero poco tiempo después aparecen los efectos adversos de la medicación en Leonard, regresando los movimientos parkinsonianos, más marcados si cabe que antes, pero también los tics, los periodos de aquinesia y las convulsiones, y que no se controlan pese a ir aumentado la dosis de L-DOPA. Los demás pacientes y tienen miedo de seguir igual suerte: “¿Y si sólo es cuestión de tiempo para todos nosotros?”. Y así ocurrió… 

Vale la pena recordar la reflexión final que el Dr. Sayer expresa a sus colegas, toda una lección de vida: “El verano fue extraordinario. Fue una estación de renacimiento e inocencia. Un milagro para 15 pacientes y para nosotros, los cuidadores. Pero tenemos que limitarnos a las realidades de los milagros. Podemos ocultarnos tras el velo de la ciencia y decir que la droga fue la que falló, o que la enfermedad regresó, o que los pacientes no pudieron enfrentarse a haber perdido décadas de sus vidas. Pero la realidad es que no sabemos ni por qué funcionó ni por qué dejó de hacerlo. Lo que sí sabemos es que al acabarse las posibilidades de lo químico, tuvo lugar otro despertar. Que el espíritu humano es más poderoso que cualquier droga, y que esto es lo que debemos alimentar. Con trabajo, ocio, amistad y familia. Esas son las cosas que importan. Eso es lo que habíamos olvidado. Las cosas más sencillas”. 

Y también el colofón de esta historia: “El Dr. Sayer y su equipo siguieron trabajando con los pacientes postencefalíticos, probando los tratamientos químicos que iban surgiendo. Leonard y muchos otros pacientes experimentaron breves periodos de despertar, pero nunca tan espectaculares como el del verano de 1969. El Dr. Sayer continúa trabajando en un hospital de enfermedades crónicas en El Bronx”. 

Pensamientos de una película con muchas aristas de reflexión: el conocimiento de la enfermedad y sus secuelas, el camino de investigación en búsqueda de un tratamiento (y la consideración de los efectos secundarios), la relación médico-paciente y la ética médica (con el consentimiento informado al frente). Y ese mensaje contundente: cuando fallan los tratamientos farmacológicos, se pueden y deben poner en marcha otras medidas, personales y sociales, para conseguir otros despertares. Y esto nos lo dice un Dr. Malcon Sayer que es el alter ego en la película (y novela) del Dr. Oliver Sacks y su historia con la encefalitis letárgica. E interpretado por Robin Williams, un prolífico actor con tendencia al histrionismo en sus interpretaciones y que ha interpretado el papel de médico en varias ocasiones: todo comenzó con este papel de tímido neurólogo en Despertares, al que le siguieron el papel del competente psiquiatra en El indomable Will Hunting (Gus van Sant, 1997), el revolucionario y humanitario Dr. Hunter en Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), el disparatado ginecólogo ruso en Nueve meses (Chris Columbus, 1995) y un doctor enfrentándose a la muerte en Más allá de los sueños (Vicent War, 1998). 

Despertares, una película para prescribir en las facultades de Medicina, alrededor de aquella epidemia de niños que se quedaron dormidos…  

 

miércoles, 9 de octubre de 2024

Un llamamiento a la acción por la salud mental infantil


En el Día Nacional de la Pediatría (conocido como Día P), que se conmemora en España cada 8 de octubre desde hace una década, desde la Asociación Española de Pediatría (AEP) se ha querido hacer un llamamiento urgente para fijar la atención en uno de los mayores retos sanitarios de nuestra época: la salud mental infantil y adolescente. Este año 20204, bajo el lema "Pediatría y salud mental: construyendo futuros saludables", se quiere destacar la importancia de promover un abordaje integral y especializado para un problema de salud que crece alarmantemente en nuestras consultas. 

Los efectos de la pandemia de COVID-19 agudizaron una situación que ya existía, elevando las tasas de trastornos mentales en niños y adolescentes hasta un 47%. El incremento de episodios de ansiedad, depresión, trastornos alimentarios y adicciones, así como de conductas autolesivas y suicidas exige una respuesta urgente de la sociedad y de los profesionales sanitarios. 

Por ello, desde la AEP hemos se ha elaborado un manifiesto dirigido a las autoridades sanitarias, educativas y sociales y a las instituciones en el que planteamos propuestas claras para enfrentar esta crisis y detener el aumento de casos durante las primeras etapas de la vida. A través de este manifiesto (que se puede leer de forma completa en este enlace), la AEP enumera los principales desafíos en torno a la salud mental de los menores y plantea propuestas para enfrentar esta crisis. Los principales puntos son: 

1. El aumento de trastornos: una emergencia en nuestras consultas 
Urgimos a implementar programas de prevención de salud mental desde los primeros niveles de atención, con protocolos específicos para el cribado en edades clave y la intervención temprana en las escuelas y los centros de salud. 

2. Faltan profesionales especializados en salud mental infantil 
Reclamamos más formación especializada en salud mental para los pediatras. Consideramos vital que los residentes en pediatría roten durante su formación en servicios de psiquiatría infantil y que los profesionales en ejercicio tengan acceso a formación continuada. 

3. La atención multidisciplinar: un imperativo 
Instamos a la creación de equipos multidisciplinares en los centros de atención primaria, donde los pediatras puedan trabajar de manera coordinada con otros especialistas para garantizar una atención integral a los niños y adolescentes con trastornos de salud mental. 

4. Incremento de la gravedad de los casos: es fundamental actuar a tiempo 
Solicitamos un aumento de los recursos hospitalarios y el desarrollo de programas de hospitalización de día y atención domiciliaria para evitar la saturación de los hospitales y garantizar un tratamiento adecuado a los casos más graves. 

5. El rol de las familias en la salud mental infantil 
Hacemos un llamamiento a establecer alianzas con entidades del ámbito educativo y social para implementar programas de apoyo y formación que acompañen y guíen a las familias. Es fundamental fortalecer la comunicación entre profesionales de salud, familias y estas entidades, creando un entorno de confianza que permita a los padres identificar problemas y actuar de manera temprana. 

6. El reconocimiento de las especialidades pediátricas: una necesidad impostergable 
Exigimos el reconocimiento oficial de las especialidades pediátricas, que abarcan áreas como urgencias, neurología o endocrinología, entre otras. Este reconocimiento es una vía indispensable para mejorar la calidad de la atención pediátrica y garantizar que todos los menores reciban el tratamiento adecuado según sus necesidades específicas. 

Un Día P que ocurre en una fecha muy especial también para mí... Quizás nada sea casualidad en la vida. Y una oportunidad para que se escuchen las reivindicaciones. Y cabe decir bien claro que la atención de la salud mental infantil está lejos de estar bien solucionado en nuestro sistema sanitario.