sábado, 16 de enero de 2021

Cine y Pediatría (575). “Funny Games”, juegos nada divertidos por partida doble

 

El “remake” de una película es habitual. Es diferente cuando hablamos de remakes en los que un director se encarga él mismo de rehacer su propia película (el “autoremake”), y esto puede ser por varios motivos: por mejorar la obra inicial con la que quedaron insatisfechos, por actualizar una película que ha envejecido mal, por temas económicos y, en caso de directores no estadounidenses, para aprovechar el poner un pie en la Meca del Cine y poder trabajar con estrellas de renombre e impulsar sus carreras internacionales. Aunque esto no siempre ha dado buenos resultados, he aquí algunos ejemplos de renombrados directores que lo intentaron: 
- Alfred Hitchcock con El hombre que sabía demasiado en los años 1934 y 1956, la segunda con un metraje más largo, ya en color y con un elenco actoral más reconocible con la terna James Stewart y Doris Day. 
- Frank Capra con Dama por un día (1933), y cuya copia se tituló Un gánster para un milagro (1961), esta última con mayor metraje, en color y mayor desarrollo de los personajes. 
- Yasujirô Ozu con Historia de las hierbas flotantes (1934) y que posteriormente tituló como La hierba errante (1959), la primera muda, en blanco y negro y ambientada en la lluviosa Kamisuwa, la segunda sonora, en color y ambientada en durante una ola de calor en Shijima. 
- Howard Hawks con Bola de Fuego (1941), y cuyo remake pasó a ser Nace una canción (1948): en la primera contó en su haber con Gary Cooper y Barbara Stanwyck, y en su precoz copia con Danny Kaye y Virginia Mayo, realizada con excesiva prisa para aprovechar el boom de la música jazz que se estaba viviendo en esos momentos. 
- Michael Mann con Corrupción en Los Ángeles (1989) y Heat (1995), la primera una película para la televisión y la segunda ya una película más profunda y compleja para el cine, que incorporaba subtramas inexistentes en el telefilm, y que se ha constituido en un laureado retrato del mundo criminal protagonizado por Al Pacino y Robert De Niro. 
- Tim Burton con Frankenweenie en los años 1984 y 2012, y convertía la acción real del original en animación stop-motion de la copia, técnica que el propio Burton y Henry Selick habían revitalizado y popularizado en los 90 con Pesadilla antes de Navidad, y continuado en la siguiente década con La novia cadáver. 
- Ole Bornedal con su película original danesa El vigilante nocturno (1994) y la versión made in USA titulada como La sombra de la noche (1997), ya con una factura más sofisticada y con un elenco actoral encabezado por Ewan McGregor, Patricia Arquette y Nick Nolte. 
- Takashi Shimizu con su película original japonesa La maldición (2002) y la versión estadounidense El grito (2004), interpretada por Sarah Michelle Gellar. Y el caso de este director es peculiar, pues aunque inicialmente no quería hacerse cargo del remake por no encasillarse en 'Ju-on' (título original de la serie), acabó dirigiendo todas las secuelas cinematográficas (todas muy iguales entre sí), por lo que básicamente hizo la misma película seis veces. 
- Y Michael Haneke, a quien dedicamos nuestro artículo de hoy. Porque Haneke siempre quiso que Funny Games transcurriera en Estados Unidos, pero el director austríaco no consiguió financiación para rodarla allí y tuvo que hacerlo en Austria. Y por ello el original se titula Funny Games (1997), rodada en alemán/francés y la copia, una década después, Funny Games US (2007), rodada en inglés, condición que aceptó con una condición: la protagonista tenía que ser Naomi Watts. Pero más que un “autoremake”, Funny Games US es un facsímil de la original, ya que el guion es prácticamente idéntico y la película fue recreada casi plano por plano en el mismo decorado (incluso se reutilizaron muchos de los objetos de atrezo que fueron empleados en la película de 1997). Y en ambas películas se prescinde de banda sonora extradiegética, porque en ningún momento del metraje oiremos una sola nota que no salga de algún componente diegético como es la radio del coche o la televisión de la casa. 

Pero vale la pena hablar de Michael Haneke, quien ya ha formado parte de Cine y Pediatría. Porque este director y guionista, conocido por su estilo sombrío y turbador, nos ha regalado películas que no dejan indiferentes: o las odias o las amas. De manera implacable el realizador busca sin cesar poner al espectador en una situación incómoda, deseando provocar reacciones vivas y emotivas, planteando al espectador cuestiones de orden social, político, histórico, cultural o moral sin jamás aportar respuestas claramente establecidas. Porque Haneke no hace películas para el disfrute, sino para la controversia; controversia que suele ser aclamada por la crítica, especialmente Cannes, quien está enamorado de él y ya le ha concedido sucesivos premios: Gran Premio del Jurado por La pianista (2001), Mejor director por Caché (2005), y dos Palmas de Oro, por La cinta blanca (2009) y por Amor (2012).  

Es la representación de la violencia lo que Haneke innova, sin estilizarla ni volverla espectacular, a menudo más sugerida que verdaderamente mostrada, manifestada sin subrayado alguno y generalmente jamás está justificada o motivada, lo que vuelve su puesta en escena aún más seca y brutal. Y la película más reconocida con esta particularidad en su filmografía es precisamente Funny Games, un brutal retrato de la violencia y la maldad en su forma más pura y perversa. Allí donde objetos tan cotidianos como una caja de huevos, una pelota de golf o unas zapatillas All Star nunca habían representado tanta maldad, así como unos psicópatas nunca había sido representados como dos níveos adolescentes de familia bien, aparentemente educados y de guante blanco. 

El argumento de las dos obras de Haneke es exactamente igual. Un matrimonio de clase media–alta de la sociedad austriaca/norteamericana, Anna/Ann (Susanne Lothar/Naomi Watts) y Georg/George (Ulrich Mühe/Tim Roht) se trasladan con su hijo Schorschi/Georgie (Stefan Clapczynski,/Devon Gearhart) a pasar las vacaciones a una casa a orillas de un lago. Sin embargo, al pasar por casa de sus vecinos y saludarlos, estos están acompañados por dos jóvenes y su compartimiento es extraño. Más tarde, estos jóvenes vestidos con ropa deportiva blanca, Paul (Arno Frisch/ Michael Pitt) y Peter (Frank Giering/ Brady Corbet), entran en casa de esta familia. Y desde ese momento, sus vidas nos volverán a ser iguales. 

La historia comienza como una imagen cenital que sigue a un coche con una barca detrás y se acompaña con música clásica de fondo. Nuestra familia juega a adivinar los nombres de compositores que suenan y es entonces cuando un estridente y desagradable sonido grunge irrumpe con los títulos de créditos. Es el preludio de lo que vamos a ver y como una plácida mañana de una afable familia se convertirá en el juego más macabro que se haya imaginado nadie. Así es como Haneke nos adentra en esta salvaje historia que la ha convertido en una película maldita, y que en ocasiones han asimilado con La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971).  

Porque nos presenta a dos inquietantes jóvenes educadamente crueles y que les gusta ejercer juegos nada divertidos. Lo que incluye jugar con esa familia a la que intimidan y también jugar con el espectador. Y con ese Paul confusamente angelical que nos mira a la cámara en ocasiones, y que llega a explicar esta historia de su compañero Peter: “La verdad, viene de un ambiente de mala muerte. Tiene cinco hermanos, todos drogadictos. El padre es alcohólico. Y lo que hace la madre, pueden imaginárselo… Duro, pero cierto…Pero no es la verdad, lo saben tan bien como yo. Mírenle, ¿creen que sale de un ambiente de mala muerte? Se le nota. Es un niño mimado de mierda. El hastío y el asco al mundo lo devoran. Se doblega ante el vacío de la existencia. Eso es duro, francamente. Bien. ¿Satisfecho? ¿O quiere otra versión?”

Y comienza la cuenta atrás de las próximas doce horas, por lo que Anna/Ann llega a suplicar: “¿Por qué no nos mata enseguida?”. A lo que Peter responde: “No olvidemos el factor de entretenimiento. Nos privaríamos todos del gusto”. Y más tarde Paul apostilla: “No es agradable hacer sufrir a quien se ama. Sin embargo, es tan simple evitar todo esto. No tienes más que respetar las reglas del juego y todo irá bien”. Y a la hora de metraje sucede la escena fija más escalofriante, en un salón donde la televisión es el único elemento que reacciona en esa lugar donde ha ocurrido una desgracia fuera de campo, tan puro Haneke sin concesiones. De una crueldad sin más, difícil de superar incluso como espectadores. 

Y también su final no da lugar a concesiones. Esa escalofriante mirada a cámara de Paul mientras suena de nuevo la música grunge. Porque todo sigue igual en el “autoremake” diez años después, en estos juegos nada divertidos y por partida doble. Porque Funny Games ha dejado un reguero de reflexiones sobre su significado y de comentarios sobre nuestro odio o amor a esta película. Pero lo que pocos dudan es que ocupa un lugar entre las películas de culto y que nos avisa de algo importante: que el cine de Michael Haneke no va de juegos divertidos. Y ya saben: “Ustedes apuestan a que mañana a las 9 estarán vivos y nosotros, a que estarán muertos, ¿de acuerdo?”.

 

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