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sábado, 21 de agosto de 2021

Cine y Pediatría (606). Cine quinqui (y III): Otros directores, otras películas

 

En las dos semanas anteriores hemos revisado las películas clave de los dos directores más icónicos del cine quinqui, ese subgénero tan típicamente español: José Antonio de la Loma, quien lo inició, y Eloy de la Iglesia, quien lo consolidó. Pero cabe considerar otros directores y otras filmografías, que podemos clasificar en dos momentos: a) películas de la época típica del cine quinqui (década de los 70 y 80); b) películas de la época neoquinqui (a partir de la década de los 90). Son muchas las películas que podrían tener esta consideración, pero recordaremos las más relevantes. 

a) Películas en la década de los 70 y 80 
- ¿Y ahora qué, señor fiscal? (León Klimovsky, 1977). Este director argentino emigrado a España nos dejó esta complicada relación de José (Valentín Trujillo), un joven que vive en un barrio obrero, y Paloma (Leticia Perdigón), una chica de buena familia, todo aderezado por un embarazo no deseado y un robo complicado. 

- Juventud drogada (José Truchado, 1977). Un actor devenido en director nos deja la historia de una banda de delincuentes que se dedican al robo y al tráfico de heroína y cocaína. 

- Los violadores del amanecer (Ignacio F. Iquino, 1978). Este prolífico e irregular director de la Transición también incurrió en este género, con la provocadora filmación de esta banda de delincuentes formada por cuatro chicos y una embarazada que se dedican a secuestrar jovencitas para después violarlas. 

- Chocolate (Gil Carretero, 1980). Destacada película del cine quinqui en esta historia de “bajarse al moro” que tantas veces fue retratada en el cine español de los ochenta, aquí con la historia de "El Muertes" (Ángel Alcázar), "El Jato" (Manuel de Benito) y su novia, Magda (Paloma Gil). 

- La patria del Rata (Francisco Lara Polop, 1980). José Moya Merino, alias “El Rata” (Danilo Mattei) , condenado a veinte años de cárcel por un atentado terrorista en el que murieron dos policías, sale de Carabanchel gracias a una amnistía. El desempleo y la falta de apoyos arrastran de nuevo al mundo de los atracos y del crimen a “El Rata”. 

- Maravillas (Manuel Gutiérrez Aragón, 1980) se ha clasificado en este subgénero, pero esta historia de iniciación de nuestra protagonista es mucho más, aunque es cierto que dos de los personajes que se cruzan en la vida de la adolescente Maravillas (Cristina Marcos) son dos pequeños delincuentes interpretados por actores típicos del cine quinqui, como son Quique San Francisco y “El Pirri”.  

- Deprisa, deprisa (Carlos Saura, 1981). Un viaje lisérgico al extrarradio de Madrid de los años 80 y a la delincuencia juvenil de aquella época de la Transición alrededor de una banda que buscan salida en el dinero fácil y en las drogas. La historia de dos novios, Ángela (Berta Socuéllamos) y Pablo (José Antonio Valdelomar), y dos amigos, “El Sebas” (José Antonio Hervás) y “El Meca” (Jesús Arias), cuatro actores para los cuales fue su primer y única película, y en el que el destino real no les deparó mejor final que el destino cinematográfico de esta historia. Una historia de robos de coches para realizar atracos (coches que son quemados ante la cara de éxtasis de “El Meca”), de una juventud enganchada a los porros y la heroína cuando los Seat campeaban por España y los billetes de 1000 pesetas nos mostraban la cara de Hernán Cortés y los de 5000 pesetas la cara de Cristóbal Colón. Esta película peculiar en la filmografía del gran Carlos Saura contó con una destacada B.S.O., con canciones muy propias de este género, como “Caramba, carambita” de Los Marismeños, “Un cuento para mi niño” de Lole y Manuel o “Ay que dolor” o “Me quedo contigo” de Los Chunguitos (la primera en los créditos iniciales, la segunda en el trágico final). 

- De tripas corazón (Julio Sánchez Valdés, 1984). La particular relación entre Jaime (Juan Diego), abogado de oficio, que consigue la libertad del joven delincuente "El Chirlo" (José Luis Fernández Eguía, “El Pirri”) y Rocío (Patricia Adriani), una modelo de 25 años. 

- La reina del mate (Fermin Cabal, 1985). La vida de Rafa (Antonio Resines), un joven cartero de barrio obrero, cambia radicalmente cuando conoce a la fascinante Cristina, La Reina del Mate (Amparo Muñoz), y ésta le sumerge en un mundo drogas y dinero fácil. 

- 27 horas (Montxo Armendáriz, 1986). Un director por antonomasia de Cine y Pediatría como es Montxo Armendáriz realizó también una incursión en la crónica más negra de la juventud de los años 80, con la heroína y la desesperación como temas centrales, en esta cuenta atrás en la capital donostiarra.  

- El Lute: camina o revienta (Vicente Aranda, 1987) y El Lute II: mañana seré libre (Vicente Aranda, 1988). La historia del salmantino Eleuterio Sánchez, “El Lute” (Imanol Arias), nacido en una familia merchera, se convirtió en un famoso delincuente de la época franquista y formó parte de nuestro manipulado temor social. Sus culpas fueron robar unas gallinas acuciado por el hambre (con seis meses de cárcel) y robar una joyería (condenado a pena de muerte y luego conmutada a cadena perpetua), por lo que sus fugas y persecuciones formaron parte de su leyenda. Hoy es un apreciado abogado y escritor español. 

- Matar al Nani (Roberto Bodegas, 1988). Película con carácter histórico, cuyo protagonista es Santiago Corella Ruiz, alias “El Nani”, conocido delincuente español de la década de los 80 que adquirió cierta fama a partir de su desaparición, en lo que todo parece indicar que fue una historia de corrupción policial con el interrogante de si sigue vivo o muerto. Porque al final del gobierno de la UCD, algunos policías al mando del comisario Manuel Soto y con la colaboración del joyero Molero, montan un grupo de atracadores de joyerías, entre los que se encuentra “El Nani”. Tras el triunfo del PSOE en 1982, el nuevo Ministro del Interior se opone a que se sigan cometiendo más robos y “El Nani” (interpretado por el francés Frédéric Deban,) y uno de sus compañeros cargan con las responsabilidades y al parecer mueren durante el interrogatorio en la Dirección General de Seguridad de Puerta del Sol, hecho nunca admitido por las autoridades. Lola, la mujer de “El Nani” y su hijo pequeño, nunca recibieron una explicación de su muerte o desaparición. Este caso en plena época quinqui sirvió para destapar una mafia policial que campaba a sus anchas en los primeros años de la democracia y que acabaría en el banquillo y condenada. 

b) Películas en la década de los 90 
- Historias del Kronen (Montxo Armendariz, 1995). Regresa el director vasco para adentrarse en esa generación X en el Madrid de la segunda mitad de los 90, con retazos de una juventud desobediente hacia cualquier figura de autoridad, y que asociaba consumo desaforado de drogas, promiscuidad sexual y afición a los actos delictivos. Allí donde Carlos (Juan Diego Botto), Roberto (Jordi Molla), Pedro (Aitor Merino), Manolo (Armando del Río) y Amalia (Nuria Prims) forman una pandilla que vive de noche y duerme de día.  

- Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998). Es difícil clasificar esta película como cine quinqui, pero es difícil olvidarse de ella y no recordar este prodigio de guion y dirección, en el peculiar verano en un barrio de Madrid de los quinceañeros Manu (Eloi Yebra), Rai (Críspulo Cabezas) y Javi (Timy). Según Fernando León de Aranoa, los tres protagonistas representan las tres almas de Platón: Manu la racional, Rai la instintiva y Javi la emocional. 

- Báilame el agua (Josecho San Mateo, 2000). Marginal película romántica entre David (Unax Ugalde), un joven sin hogar, y María (Pilar López de Ayala), y la caída en una espiral de drogas, prostitución, mafia y marginación. 

- 7 vírgenes (Alberto Rodríguez, 2005). Las vivencias de Tano (Juan José Ballesta) y Richi (Jesús Carroza), dos “perros callejeros” adolescentes en la periferia marginal de Sevilla, esa frágiles vidas rotas de las que hay a cientos en las ciudades y que no deberían pasarnos desapercibidas.  

- Volando voy (Miguel Albaladejo, 2006). Narra la historia de finales de los 70 donde Juan Carlos Delgado, alias "El Pera" (Borja Navas), es un niño de Getafe, localidad del sur de Madrid, quien con solo 7 años ya sabía conducir y robar coches y con 10 ya era todo un delincuente, quien con su banda de amigos son portada de todos los periódicos y conmocionan a la sociedad. Una de las pocas historias quinqui con final feliz, pues en la actualidad nuestro protagonista se ha convertido en periodista de motor, probador oficial de nuevos modelos de coches y monitor de conducción de riesgo de la Guardia Civil. 

- El idioma imposible (Rodrigo Rodero, 2010). Regreso a una Barcelona canalla y sombría que poco tiene que ver con la ciudad postolímpica soñada. La relación en el Barrio Chino de Barcelona entre Fernando (Andrés Gertrudix), quien se busca la vida traficando con anfetaminas, y la dulce adolescente Elsa (Irene Escolar), que se convertirá en su mayor adicción. 

- Ärtico (Gabriel Velázquez, 2014). La historia de cuatro jóvenes salmantinos, Simón (Juanlu Sevillano), Lucía (Lucía Martínez), Debi (Deborah Borges) y Jota (Victor García), veinteañeros sin futuro en la España profunda de la crisis que nos acerca a la adolescencia, la soledad y la familia. Una película que parte de la admiración de su director por el cine quinqui y que se traduce en un largometraje poderoso que no esquiva la actualidad (embarazos no deseados, el paro juvenil, la violencia contra las mujeres, las drogas). 

- Barcelona 92 (Ferrán Ureña, 2015). Una pelea en el barrio barcelonés de Gracia termina con diversos heridos por arma blanca. Tras una aparente normalidad, ese suceso hace que diversas vidas se entrecrucen en el verano e invierno de 1992, el año de las Olimpiadas. Retrato del movimiento contracultural que se vivió a finales de los 80 y principios de los 90 en Barcelona, donde se narran hechos históricos y las situaciones de violencia entre Boixos Nois y Brigadas Blanquiazules. 

- Criando ratas (Carlos Salado, 2016). La película neoquinqui más reciente se ha grabado gracias al micromecenazgo y cuenta con la música de El Coleta, rapero de Moratalaz. Narra las andanzas del delincuente juvenil “El Cristo” (Ramón Guerrero) y sus sucesivos errores, mientras se nos muestra de forma paralela el comienzo de la carrera delictiva de tres chavales. Todos ellos sufrirán las consecuencias del estilo de vida elegido y comprenderán cuál es el precio a pagar. 

Y con esta revisión del cine quinqui y neoquinqui más allá de sus dos directores fetiche (José Antonio de la Loma y Eloy de la Iglesia) finalizamos estas tres entradas de Cine y Pediatría dedicadas a un género y un tiempo muy particular de aquella España de mi juventud… y de la de muchos.

 

sábado, 14 de agosto de 2021

Cine y Pediatría (605). Cine quinqui (II): Eloy de la Iglesia

 

En nuestro post previo hablamos del director que inició el cine quinqui, el barcelonés José Antonio de la Loma. Y hoy centramos nuestra atención en el director que consolidó este género: el director guipuzcoano Eloy de la Iglesia, quien para algunos ha sido definido como “el Pasolini” español, y ello por su estilo naturalista, directo y tendente a mostrar realidades sociales y temas incómodos, así como por su tendencia comunista y homosexual, lo que le provocó amplias disputas con la censura cinematográfica de la época. 

Y dentro de su filmografía, que abarca un total de 22 películas dirigidas durante casi cuatro décadas, tuvo un lugar especial sus películas alrededor del cine quinqui, donde destacamos cinco obras (con su habitual guionista, Gonzalo Goicoechea): Navajeros (1980), Colegas (1982), El pico (1983), El pico 2 (1984) y La estanquera de Vallecas (1987). Y a estas películas dedicamos nuestro capítulo de hoy, así como a sus actores fetiche que se fueron repitiendo en su filmografía: destaca José Luis Manzano, “El Jaro”, pero también José Luis Fernández Eguía, “El Pirri”, o Quique San Francisco. 

Navajeros (1980) comienza con una advertencia (“Esta historia está basada en hechos reales, aunque son imaginarios todos los personajes que en ella aparecen”) y una frase del pensador chino del siglo V a.C., Ten-Si: “Los hombres no se hacen criminales porque lo quieran, sino que se ven conducidos hacia el delito por la miseria y la necesidad”. A continuación, una vista exterior e interior de la famosa cárcel de Carabanchel en Madrid y esta voz en off: “Ante de que José Manuel Gómez Perales, alias “El Jaro”, cumpliera los 16 años, figuraban en su ficha policial los siguientes hechos delictivos: 500 tirones, 400 asaltos a garajes, 50 robos a comercios y más de 80 atracos a transeúntes. Se fugó 29 veces del reformatorio y fue herido en tres ocasiones por enfrentamientos con las fuerzas del Orden Público”. Allí donde un periodista interpretado por José Sacristán desea realizar un reportaje de la delincuencia juvenil, especialmente establecida en los barrios marginales de las grandes ciudades. Ese submundo de delincuencia, drogas y chaperos, adolescentes con 15 o menos años que se escapan continuamente de los reformatorios, mientras les espera la cárcel o un peor final. Una vida que transcurre demasiado rápido para ellos entre policías, jueces, guardias civiles, jueces, asistentes sociales y psicólogos, entre caballos, prostitutas y proxenetas. Y alrededor de “El Jaro” y su banda aparecen tres personajes clave: la maternal prostituta de origen mexicano (Isela Vega), el periodista (José Sacristán) y la adolescente drogadicta (Verónica Castro). Pero ninguno de los tres consigue cambiar su triste destino. Y finaliza la película con el llanto de un recién nacido bajo los efectos de una reanimación neonatal superficial. Y así Navajeros aparece como la historia real sobre el mundo de la delincuencia juvenil, las drogas, la prostitución y la marginalidad, un retrato buñuelesco que nos remite a Los olvidados (Luis Buñuel, 1950).  

Colegas (1982) comienza con un videojuego arcaico que nos transporta a un barrio periférico del Madrid de los años 80. Cabe poner atención al trío de protagonistas, los hermanos Antonio y Rosario (interpretados por los hermanos Flores), y el novio de Rosario, interpretado de nuevo por José Luis Manzano, en esta historia que plantea el tema del tráfico de bebés con escenas de un costumbrismo tan feroz que llegan a asustar: baste recordar la escena de la habitación donde duermen los tres hermanos de José. Y ello con una estética de la época que incluye el papel pintando, los posters de Bruce Lee, el hule en la mesa de la cocina, los cigarrillos Winston o la llegada del Predictor. Una estética que se conjuga para mostrar la imagen descarnada del paro y drogadicción juvenil (incluso bajando al Moro), de la homosexualidad y delincuencia, del aborto y tráfico de bebés. Y finaliza con la canción del propio Antonio Flores: “Me levanté esta mañana con muchas ganas de salir de aquí…”. 

El Pico (1983), la relación entre Paco (José Luis Manzano), hijo de un comandante de la Guardia Civil destinado en Bilbao, y Urko (Javier García), hijo de uno de los líderes abertzales independentistas, amigos que se acaban de enganchar a la heroína, esa droga que en aquella década de los 80 causó estragos entre los jóvenes españoles y provocó un inusitado aumento de la criminalidad. Y así se expresan al hablar de la heroína o “caballo”: “Como esto no hay nada, tío, ni el chocolate, ni las anfetas ni los tripis, nada… Te da la paz. Sí, la paz, fíjate que chorrada, esa paz de la que tanto hablan la encuentras de repente así, esnifando un poco de polvo. Y te sientes tranquilo, tranquilo”. Y se suceden escenas muy duras, como el de esa madre embarazada que no puede desengancharse y su recién nacido con síndrome de abstinencia al que la madre calma untando el chupete con “caballo”, como el de ese hijo que roba a su madre moribunda los opiáceos que utiliza como analgésicos, como ese padre que encubre a su hijo del asesinato de un matrimonio de traficantes, o como el de ese amigo Urko que fallece por sobredosis. 

El Pico 2 (1984) funciona como una secuela de la anterior, donde ahora se trasladan a Madrid, con la madre de Paco fallecida unos meses antes, y se van a vivir a casa de la abuela (Rafaela Aparicio) y su criada (Gracita Morales), dos actrices clásicas de aquel cine español. Y ahora su padre Guardia Civil cambia de actor (José Manuel Cervino en la primera parte, Fernando Guillén en ésta), un padre que sigue encubriendo a su hijo y le ayuda a pasar la deshabituación a la heroína. 

La estanquera de Vallecas (1987), que funciona como la explicación del síndrome de Estocolmo a la española, a ritmo de chotis y pasodoble, una comedia negra dentro del cine quinqui. Comienza la película con la canción homónima de Patxi Andión y su “… eso es Vallecas”. Y nos narra el peculiar atraco a un estanco de este barrio madrileño de Leandro (José Luis Gómez), un albañil en paro, y su amigo Tocho (José Luis Manzano, de nuevo), allí donde la señora Justa (Emma Penella) y su sobrina (Maribel Verdú) no se lo van a poner fácil. La explicación de los atracadores es muy simbólica: “Si no somos profesionales, pero robamos porque hay que papear. Dos años ya sin el paro y con el curro que hay, ¿tú cómo lo ves? Y, además, que la vida está muy mal repartida”. O la conversación entre atracadores y atracados: “Es que España es muy bonita” y la respuesta, “Según se mire… Seguro que si hubiera dos, nos iríamos a la otra”

Estos son las cinco películas características del cine quinqui en la filmografía de Eloy de la Iglesia, como ejemplo de compromiso con la realidad inmediata frente al conformista panorama de la mayoría del cine de su tiempo.

 

sábado, 7 de agosto de 2021

Cine y Pediatría (604). Cine quinqui (I): José Antonio de la Loma

 

En la década de los 60 y 70 en España se produjo una amplia emigración del campo a la ciudad y, como consecuencia, se crearon muchos barrios periféricos que fueron núcleos de pobreza y marginalidad. Junto con el paro juvenil y la llegada de la heroína se creó un caldo de cultivo perfecto para el auge de la delincuencia, incluyendo aquí a niños y adolescentes. Una generación maldita que pasaría a la historia en aquella época de emigración, miseria y posterior transición. Y alrededor de este contexto histórico de nuestro país nació el cine quinqui, ese subgénero cinematográfico que narra las vivencias y las aventuras de jóvenes delincuentes de estrato social muy bajo y que han alcanzado la fama por los delitos cometidos. Decir que el término quinqui deriva de la palabra quincallería, que significa trabajar con metales baratos. 

El cine quinqui se hizo muy popular en España a finales de la década de 1970 y tuvo una década de recorrido, cuando alcanzó su máximo esplendor debido a la gran inseguridad ciudadana que vivía el país en aquella época, por lo que se rodaron numerosas películas y sagas, una gran mayoría a cargo de dos directores: José Antonio de la Loma y Eloy de la Iglesia. Y de ambos hablaremos en Cine y Pediatría. Y hoy dedicamos este post a José Antonio de la Loma, quien se considera el padre del cine quinqui con su película Perros callejeros (1977), y donde introduce elementos de denuncia social dirigiendo los dardos a las instancias oficiales, a las leyes y a los pocos recursos económicos invertidos en la protección de menores y ayudar a su reinserción. Películas donde es difícil separar a los actores de sus protagonistas en la vida real, como fueron "El Torete", "El Vaquilla" o "El Jaro", y cuyo recorrido en la vida no fue mejor que el de sus personajes en la ficción: Ángel Fernández Francos ("El Torete") murió a los 31 años por el sida, Juan José Moreno Cuenca ("El Vaquilla") murió a los 42 años víctima de cirrosis, José Luis Manzano ("El Jaro)" falleció a los 29 años por una sobredosis de heroína y otras drogas. Estos directores fueron criticados por recurrir a estos actores no profesionales (los dos primeros unidos a José Antonio de la Loma, el tercero a Eloy de la Iglesia) con un cierto sentido de reinserción social (lo cual no consiguieron), pero al menos es justo decir que daban un punto de veracidad. 

Perros callejeros comienza con esta simbólica voz en off, mientras se nos muestra Barcelona: “Esto es lo que suele llamarse una gran ciudad. Tiene sus anchas avenidas, sus casas señoriales, sus míticos monumentos y sus problemas. Uno de esos problemas es el de la delincuencia juvenil y, dentro de ella, un reducido grupo de menores – entre los 12 y 16 años – lanzados a una vertiginosa carrera de delitos hasta hace poco exclusivos de los malhechores más veteranos. Miles de coches robados y estrellados, asaltos a tiendas, robos de armas, atracos a parkings, gasolineras, incluso a bancos”. Nos cuenta la historia de Ángel Fernández Franco, un joven delincuente del barrio de La Mina de Barcelona, que en realidad respondía al seudónimo de "El trompetilla", pero que fue rebautizado como "El Torete" para la película. Aunque lo cierto es que interpretaba el personaje de otro delincuente, Juan José Moreno Cuenca, "El Vaquilla", que en aquel momento estaba en la cárcel. 

El éxito de esta película implicó la filmación de Perros callejeros II: Busca y captura (1979), donde se mantienen las persecuciones de "El Torete" por Barcelona y alrededores, con la estética setentera, su particular música y formas de vestir, las discotecas y coches de la época, las escenas de destape (valientes para la época, quizás por razones de guión), algunas desagradables escenas violentas y la cárcel Modelo de Barcelona. “Es que si no roba, no es feliz”, llegan a decir de un quinqui. La saga finalizaría con Perros callejeros III: Los últimos golpes de El Torete (1980), una parte fallida y prescindible, pues en realidad "El Torete" tuvo que resucitar para ello, pues éste ya había fallecido en la segunda parte. Y tal fue la moda, que también hubo una versión femenina con Perras callejeras (1985), cuya protagonista, Sonia Martínez, quien fuera una presentadora de programas infantiles, pero quien no siguió mejor estela que sus compañeros actores del cine quinqui, pues falleció a los 30 años por los problemas derivados del sida. 

La otra película relevante de la filmografía de José Antonio de la Loma fue Yo, El Vaquilla (1985), que narra la historia de Juan José Moreno Cuenca - que finalmente pudo interpretarse a sí mismo -, quien con 23 años se encuentra preso en el penal Ocaña 1 de Toledo. Y así comienza la película: “Soy Juan José Moreno Cuenca, aunque todos me llaman Vaca o Vaquilla. Ya lo ven, nací a este otro lado de la sociedad y nunca pude, o nunca supe, pasar al otro. Ahora me he propuesto hacerlo y sé que no será fácil. Mi mayor enemigo fue esa fama que me fue envolviendo desde niño hasta atarme de pies y manos. Hoy me piden que cuente mi vida. De acuerdo, puede ser una oportunidad. Para mí, quizás acaba por conocerme; para ustedes, tal vez empiecen a comprender quién diablos es ese sujeto del que tanto hablan sin saber por qué”. No era justo que "El Vaquilla" se hiciera tan famoso en el cine interpretado por otra persona, por lo que José Antonio de la Loma quiso contar con él para que interpretara su propia vida. Efectivamente sus dotes interpretativas dejaban mucho que desear y la película no tuvo el mismo tirón que Perros Callejeros. De hecho, su papel en la historia lo interpretó Raúl García Losada y, además, contaron en la película con Ángel Fernández Franco, "El Torete", que en su día hizo de "El Vaquilla". Un lío de personajes, vamos. 

Finalizó nuestro director su recorrido por el cine quinqui con la película Tres días de libertad (1995), donde se nos narra ese permiso de tres días de un conocido delincuente, Juan “El Gato”, con una larga condena por cumplir. 

Y esta es la filmografía esencial de José Antonio de la Loma, el director barcelonés con el que se inició este peculiar subgénero de cine genuinamente español, conocido como cine quinqui. Porque “lo quinqui” se puso hasta de moda y también se convertiría en casi un subgénero musical, con canciones de grupos como Los Chichos o Los Chunguitos, de forma que algunas canciones formarían parte (y leitmotiv) de bandas sonoras de estas películas.

 

sábado, 16 de enero de 2021

Cine y Pediatría (575). “Funny Games”, juegos nada divertidos por partida doble

 

El “remake” de una película es habitual. Es diferente cuando hablamos de remakes en los que un director se encarga él mismo de rehacer su propia película (el “autoremake”), y esto puede ser por varios motivos: por mejorar la obra inicial con la que quedaron insatisfechos, por actualizar una película que ha envejecido mal, por temas económicos y, en caso de directores no estadounidenses, para aprovechar el poner un pie en la Meca del Cine y poder trabajar con estrellas de renombre e impulsar sus carreras internacionales. Aunque esto no siempre ha dado buenos resultados, he aquí algunos ejemplos de renombrados directores que lo intentaron: 
- Alfred Hitchcock con El hombre que sabía demasiado en los años 1934 y 1956, la segunda con un metraje más largo, ya en color y con un elenco actoral más reconocible con la terna James Stewart y Doris Day. 
- Frank Capra con Dama por un día (1933), y cuya copia se tituló Un gánster para un milagro (1961), esta última con mayor metraje, en color y mayor desarrollo de los personajes. 
- Yasujirô Ozu con Historia de las hierbas flotantes (1934) y que posteriormente tituló como La hierba errante (1959); la primera muda, en blanco y negro y ambientada en la lluviosa Kamisuwa, la segunda sonora, en color y ambientada en durante una ola de calor en Shijima. 
- Howard Hawks con Bola de Fuego (1941), y cuyo remake pasó a ser Nace una canción (1948); en la primera contó en su haber con Gary Cooper y Barbara Stanwyck, y en su precoz copia con Danny Kaye y Virginia Mayo, realizada con excesiva prisa para aprovechar el boom de la música jazz que se estaba viviendo en esos momentos. 
- Michael Mann con Corrupción en Los Ángeles (1989) y Heat (1995); la primera una película para la televisión y la segunda ya una película más profunda y compleja para el cine, que incorporaba subtramas inexistentes en el telefilm, y que se ha constituido en un laureado retrato del mundo criminal protagonizado por Al Pacino y Robert De Niro. 
- Tim Burton con Frankenweenie en los años 1984 y 2012, y convertía la acción real del original en animación stop-motion de la copia, técnica que el propio Burton y Henry Selick habían revitalizado y popularizado en los 90 con Pesadilla antes de Navidad, y continuado en la siguiente década con La novia cadáver. 
- Ole Bornedal con su película original danesa El vigilante nocturno (1994) y la versión made in USA titulada como La sombra de la noche (1997), ya con una factura más sofisticada y con un elenco actoral encabezado por Ewan McGregor, Patricia Arquette y Nick Nolte. 
- Takashi Shimizu con su película original japonesa La maldición (2002) y la versión estadounidense El grito (2004), interpretada por Sarah Michelle Gellar. Y el caso de este director es peculiar, pues aunque inicialmente no quería hacerse cargo del remake por no encasillarse en 'Ju-on' (título original de la serie), acabó dirigiendo todas las secuelas cinematográficas (todas muy iguales entre sí), por lo que básicamente hizo la misma película seis veces. 
- Y Michael Haneke, a quien dedicamos nuestro artículo de hoy. Porque Haneke siempre quiso que Funny Games transcurriera en Estados Unidos, pero el director austríaco no consiguió financiación para rodarla allí y tuvo que hacerlo en Austria. Y por ello el original se titula Funny Games (1997), rodada en alemán/francés, y la copia, una década después, Funny Games US (2007), rodada en inglés, condición que aceptó con una condición: la protagonista tenía que ser Naomi Watts. Pero más que un “autoremake”, Funny Games US es un facsímil de la original, ya que el guion es prácticamente idéntico y la película fue recreada casi plano por plano en el mismo decorado (incluso se reutilizaron muchos de los objetos de atrezo que fueron empleados en la película de 1997). Y en ambas películas se prescinde de banda sonora extradiegética, porque en ningún momento del metraje oiremos una sola nota que no salga de algún componente diegético como es la radio del coche o la televisión de la casa. 

Pero vale la pena hablar de Michael Haneke, quien ya ha formado parte de Cine y Pediatría. Porque este director y guionista, conocido por su estilo sombrío y turbador, nos ha regalado películas que no dejan indiferentes: o las odias o las amas. De manera implacable el realizador busca sin cesar poner al espectador en una situación incómoda, deseando provocar reacciones vivas y emotivas, planteando al espectador cuestiones de orden social, político, histórico, cultural o moral sin jamás aportar respuestas claramente establecidas. Porque Haneke no hace películas para el disfrute, sino para la controversia; controversia que suele ser aclamada por la crítica, especialmente Cannes, quien está enamorado de él y ya le ha concedido sucesivos premios: Gran Premio del Jurado por La pianista (2001), Mejor director por Caché (2005), y dos Palmas de Oro, por La cinta blanca (2009) y por Amor (2012).  

Es la representación de la violencia lo que Haneke innova, sin estilizarla ni volverla espectacular, a menudo más sugerida que verdaderamente mostrada, manifestada sin subrayado alguno y generalmente jamás está justificada o motivada, lo que vuelve su puesta en escena aún más seca y brutal. Y la película más reconocida con esta particularidad en su filmografía es precisamente Funny Games, un brutal retrato de la violencia y la maldad en su forma más pura y perversa. Allí donde objetos tan cotidianos como una caja de huevos, una pelota de golf o unas zapatillas All Star nunca habían representado tanta maldad, así como unos psicópatas nunca había sido representados como dos níveos adolescentes de familia bien, aparentemente educados y de guante blanco. 

El argumento de las dos obras de Haneke es exactamente igual. Un matrimonio de clase media–alta de la sociedad austriaca/norteamericana, Anna/Ann (Susanne Lothar/Naomi Watts) y Georg/George (Ulrich Mühe/Tim Roht) se trasladan con su hijo Schorschi/Georgie (Stefan Clapczynski,/Devon Gearhart) a pasar las vacaciones a una casa a orillas de un lago. Sin embargo, al pasar por casa de sus vecinos y saludarlos, estos están acompañados por dos jóvenes y su compartimiento es extraño. Más tarde, estos jóvenes vestidos con ropa deportiva blanca, Paul (Arno Frisch/ Michael Pitt) y Peter (Frank Giering/ Brady Corbet), entran en casa de esta familia. Y desde ese momento, sus vidas nos volverán a ser iguales. 

La historia comienza como una imagen cenital que sigue a un coche con una barca detrás y se acompaña con música clásica de fondo. Nuestra familia juega a adivinar los nombres de compositores que suenan y es entonces cuando un estridente y desagradable sonido grunge irrumpe con los títulos de créditos. Es el preludio de lo que vamos a ver y como una plácida mañana de una afable familia se convertirá en el juego más macabro que se haya imaginado nadie. Así es como Haneke nos adentra en esta salvaje historia que la ha convertido en una película maldita, y que en ocasiones han asimilado con La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971).  

Porque nos presenta a dos inquietantes jóvenes educadamente crueles y que les gusta ejercer juegos nada divertidos. Lo que incluye jugar con esa familia a la que intimidan y también jugar con el espectador. Y con ese Paul confusamente angelical que nos mira a la cámara en ocasiones, y que llega a explicar esta historia de su compañero Peter: “La verdad, viene de un ambiente de mala muerte. Tiene cinco hermanos, todos drogadictos. El padre es alcohólico. Y lo que hace la madre, pueden imaginárselo… Duro, pero cierto…Pero no es la verdad, lo saben tan bien como yo. Mírenle, ¿creen que sale de un ambiente de mala muerte? Se le nota. Es un niño mimado de mierda. El hastío y el asco al mundo lo devoran. Se doblega ante el vacío de la existencia. Eso es duro, francamente. Bien. ¿Satisfecho? ¿O quiere otra versión?”

Y comienza la cuenta atrás de las próximas doce horas, por lo que Anna/Ann llega a suplicar: “¿Por qué no nos mata enseguida?”. A lo que Peter responde: “No olvidemos el factor de entretenimiento. Nos privaríamos todos del gusto”. Y más tarde Paul apostilla: “No es agradable hacer sufrir a quien se ama. Sin embargo, es tan simple evitar todo esto. No tienes más que respetar las reglas del juego y todo irá bien”. Y a la hora de metraje sucede la escena fija más escalofriante, en un salón donde la televisión es el único elemento que reacciona en ese lugar donde ha ocurrido una desgracia fuera de campo, tan puro Haneke, sin concesiones. De una crueldad sin más, difícil de superar incluso como espectadores. 

Y también su final no da lugar a concesiones. Esa escalofriante mirada a cámara de Paul mientras suena de nuevo la música grunge. Porque todo sigue igual en el “autoremake” diez años después, en estos juegos nada divertidos y por partida doble. Porque Funny Games ha dejado un reguero de reflexiones sobre su significado y de comentarios sobre nuestro odio o amor a esta película. Pero lo que pocos dudan es que ocupa un lugar entre las películas de culto y que nos avisa de algo importante: que el cine de Michael Haneke no va de juegos divertidos. Y ya saben: “Ustedes apuestan a que mañana a las 9 estarán vivos y nosotros, a que estarán muertos, ¿de acuerdo?”.

 

sábado, 19 de diciembre de 2020

Cine y Pediatría (571). “El odio que das” contamina la infancia y a toda la sociedad

 

Thug Life es el acrónimo de la frase “The hate you give Little infants fucks everybody” que significa que el odio que transmites a los más pequeños, nos afecta (en realidad, la traducción literal es nos jode) a todos. Esta frase fue dicha por primera vez por el rapero Tupac Shakur, quien forma parte de esta banda de música Thug Life, y que también tenía por integrantes a Stretch, Big Syke, Mopreme Macadoshis y The Rated R. La banda sacó su único LP titulado “Thug Life: Volume 1” en 1994, y cuando Tupac murió en septiembre de 1996, la banda se disolvió. 

Pues bien, esta introducción es clave para entender una escena de la interesante película que lleva por título El odio que das (George Tillman Jr., 2018)  y que está basada en la novela homónima "The Hate U Give" de Angie Thomas, una joven autora afroamericana cuyo objetivo es sacar a la luz los problemas que enfrentan a muchos afroamericanos en los Estados Unidos y facilitar el entendimiento del movimiento de Black Lives Matter. Y la novela y la película no dejan lugar a concesiones. 

La primera escena de la película nos presenta a la familia afroamericana Carter alrededor de la mesa, donde el padre les da esta aleccionadora charla a sus tres hijos (Starr, Seven y Sekani): “Aunque tengamos que aguantar esto, no olvidéis que ser negro es todo un honor. Descendéis de la grandeza. Este es el Programa de los Diez Puntos del Partido Black Panther. Esta es nuestra Carta de Derechos. Quiero que la aprendáis. Porque os haré preguntas, os pondré a prueba… Conoced vuestros derechos, conocen vuestra vida, ¿entendido?”. Esta conversación tiene lugar cuando nuestra protagonista, Starr, tenía entonces 9 años, su hermano Sekani uno y su hermanastro Seven, 10. 

Y a continuación la película ya nos traslada a una Starr Carter de 16 años (una fantástica Amandla Stenberg), para quien sus padres son su UPV (“única pareja verdadera”). Y allí reconocemos como su padre regenta una tienda de ultramarinos, si bien antes fuera socio de King, primer esposo de su mujer y el padre de Seven, actual jefe de los King Lords, la banda que controla el barrio a través del narcotráfico. Y ese cambio de vida es patente, pues Starr oscila constantemente entre dos mundos: el barrio pobre de Garden Height, en su mayoría afroamericano, donde vive, y el instituto rico de Williamson, en su mayoría blanco, al que asiste. Y el motivo de ese cambio nos lo expone: “En el instituto (de Garden Height) te asaltan, te colocas, te quedas embarazada o te matan. Ya no estudiamos allí…”. Y cambia de registro como un interruptor, entre la Starr de su barrio y la Starr de su instituto: “A veces pienso que no quiero ser una versión de mí misma”. 

Pero este equilibrio incómodo entre esos mundos se hace añicos cuando Starr es testigo de la muerte de su amigo de la infancia, Khalil, a manos de un oficial de policía. Previamente a este hecho ocurre la escena en que oyen rap en el coche y ambos hablan de Tupac Shakur, de la banda Thug Life y del significado de ese acrónimo. Y Khalil le dice: “El odio que dais a los niños, jode a todos. De ahí vienen las siglas. ¿Y qué significa eso? Significa que lo que nos da la sociedad de pequeños vuelve para atormentarnos cuando crecemos y nos volvemos locos”. 

Y durante el funeral de Khalil se conoce que no va a haber investigación policial, y una abogada activista proclama: “Es imposible estar desarmado cuando es nuestro color de piel el arma que temen”. Y a partir de ahí surge toda una espiral que hoy reconocemos bajo el hastag #BlackLivesMatter. Y cuando todo se complica, el padre les hace recordar a sus hijos el punto 7 de Programa de los Black Panther: “Queremos que la brutalidad policial cese de inmediato. Al igual que los asesinos de los negros y de los oprimidos. Por todos los medios necesarios”. Y entonces les dice que lean uno de sus tatuajes, el que pone “Las razones para vivir te dan las razones para morir… Así es, tú, tus hermanos, tu madre, sois mis razones para vivir y para morir. Yo os di el poder en vuestros nombres: Seven, perfección; Starr, luz; Khalil, alegría. ¡Usad el poder!”

Porque en su corta vida, Starr ya ha visto morir a dos personas: de pequeña, a una amiga, y ahora a Khalil. Y la imagen de su hermano pequeño, Sekani, blandiendo un revolver para defender a su familia, le hace reflexionar: “No es el odio que tú das. Es el odio que damos todos. Pero podemos romper ese ciclo”. Y al ritmo de la canción “We Won´t” de Arlissa, Starr nos promete que seguirá adelante para iluminar la oscuridad. 

Esa oscuridad que ha acompañado por siglos a los afroamericanos y que tuvo, a mediados del siglo XX, a dos líderes como marca de esa lucha frente a la segregación racial: Martin Luther King y Malcolm X. Ambos luchaban por los derechos civiles de los negros, pero creían en formas distintas de conseguir esa igualdad, la más pacífica frente a la más violenta. Malcolm X fue asesinado en el año 1965 por tres miembros de la Nación del Islam que no estaban de acuerdo con el nuevo rumbo de sus ideas; tres años más tarde, Martin Luther King fue asesinado por un grupo de racistas blancos. Ambos murieron a la misma edad, con 39 años, mientras predicaban los ideales de igualdad y justicia. 

Parece que fue mucho más lo que les unió que lo que les separó. Y entre ambas muertes apareció el Partido Pantera Negra (en inglés Black Panther Party), una organización nacionalista negra, socialista y revolucionaria activa en Estados Unidos entre 1966 y 1982 (y que además tuvo un capítulo internacional en Argelia entre 1969 y 1972) y partían de las ideas de autodefensa de Malcolm X. Una organización que el FBI dirigido por J. Edgar Hoover llegó a declarar al partido “la mayor amenaza interna para la seguridad del país”

Porque Malcolm X fue uno de los principales influyentes de este Partido Pantera Negra. Y la ideología inicial del grupo se articulaba en torno al llamado "Programa de los Diez Puntos", y que forman parte nuclear de nuestra película de hoy, donde los integrantes deberían estar de acuerdo con el siguiente programa, memorizarlo y dedicarse a ponerlo en práctica: 
1) Queremos libertad. Queremos el poder para determinar el destino de la comunidad negra. 
2) Queremos pleno empleo para nuestro pueblo. 
3) Queremos el fin del robo por el capitalista a nuestra comunidad negra. 
4) Queremos vivienda decente, adecuada para alojar a los seres humanos. 
5) Queremos educación para nuestro pueblo que muestre la verdadera naturaleza de esta decadente sociedad americana. Queremos una educación que nos enseñe nuestra verdadera historia y nuestro papel en la sociedad de hoy. 
6) Queremos que todos los negros sean exentos del servicio militar. 
7) Queremos un cese inmediato a la brutalidad policial y a los asesinatos de la gente negra. 
8) Queremos libertad para todos los hombres negros recluidos en las prisiones federales, estatales y locales. 
9) Queremos que toda la gente negra llevada a juicio sea procesada por un jurado compuesto de sus iguales, es decir, gente de su comunidad negra, tal y como viene definido en la Constitución de los Estados Unidos. 
10) Queremos tierra, pan, vivienda, educación, ropa, justicia y paz. Y, como nuestro mayor objetivo político, un plebiscito supervisado por Naciones Unidas a celebrar en toda la colonia negra, en el cual solo los sujetos coloniales negros puedan participar, para el propósito de determinar la voluntad del pueblo negro, así como su destino nacional. 

Y con este Programa de los Diez Puntos se inicia esta película tan recomendable como es El odio que das, y donde el padre les hace recordar a sus hijos el punto 7, uno de los más sangrantes. Y donde nuestra Starr intenta romper ese círculo del odio, que impregnó su infancia y que impregna su adolescencia. Buena película y buenas reflexiones. 

Porque de ahí llegamos al Black Lives Matter, este movimiento internacional originado dentro de la comunidad afroestadounidense y que comenzó en 2013, después de la absolución de George Zimmerman por la muerte del adolescente afroamericano Trayvon Martin a causa de un disparo… algo similar a nuestra historia de hoy.

 

sábado, 28 de noviembre de 2020

Cine y Pediatría (568). “La naranja mecánica” exprime la polémica de la ultraviolencia y el libre albedrío

 

Cinco nombres son responsables de una de las películas más polémicas de la historia del séptimo arte. O, al menos, de las que más ríos de tinta han provocado. Esos nombres son los del novelista inglés Anthony Burgess, el director estadounidense Stanley Kubrick, el actor británico Malcolm McDowell y su personaje cinematográfico épico, el del adolescente de 15 años, Alex DeLarge; y también la compositora estadounidense Wendy Carlos, responsable de este tercer personaje invisible y puro “leitmotiv”, su banda sonora original. Y todos tenemos en mente de qué título hablamos. 

Porque en el año 1962, Anthony Burgess publicó “A Clockwork Orange”, en lo que se consideraba parte de la tradición de las novelas distópicas británicas, sucesora de obras como “1984”, de George Orwell, y “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley. Novela que adaptara como película Stanley Kubrick en el año 1971, la famosa y polémica La naranja mecánica. Y todo comenzó porque el propio novelista repudió la versión cinematográfica y se pasó muchos años dando explicaciones sobre el sentido original de su obra y sus diferencias con la versión cinematográfica. Estaba claro que Burgess no era un predicador, ni un moralista; y no disimuló su intención de escandalizar a los lectores. Para los espectadores que “videaron” la adaptación de Kubrick sin haber leído el libro, la historia de Alex terminaba con un tono que quizás no recogía esas últimas páginas que entonaban una oda al libre albedrío. Por otro lado, para el personaje principal Kubrick puso la condición que fuera el actor Malcom MacDowell después de verle en la película If (Lindsay Anderson, 1968) y éste creó un personaje tan inolvidable que el público tardó mucho en separar al actor de ese Alex DeLarge. Finalmente esa reconocida compositora de música electrónica, Walter Carlos (conocida ahora como Wendy Carlos, tras su cambio de sexo), creó una música inolvidable, con epicentro en la versión original y modificada de la “Novena Sinfonía” de Beethoven o ese “Singin' in the Rain” de Gene Kelly.   
 
Entre las películas polémicas que han dado mucho que hablar - y lo han hecho, principalmente por sus escenas de violencia y/o sexo, o su relación con la religión - podemos encontrar títulos como La edad de oro (Luis Buñuel, 1930), La parada de los monstruos (Tod Browning, 1932), Lolita (Stanley Kubrick, 1962), También los enanos empezaron pequeños (Wernez Herzog, 1970), Los demonios (Ken Russell, 1971), El último tango en París (Bernardo Bertolucci , 1972), La última casa a la izquierda (Wes Craven, 1972), El exorcista (William Friedkin, 1973), La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), Saló, o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1975), El imperio de los sentidos (Nagisha Oshima, 1976), La violencia del sexo (Meir Zarchi, 1978), Henry: retrato de un asesino (John McNaughton, 1986), Calígula (Tinto Brass, 1999), Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980), Nekromantik (Jorg Buttgereit , 1987), La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988), Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992), Asesinos natos (Oliver Stone, 1994), Kids (Larry Clark, 1995), Funny Games (Michael Haneke, 1997 y 2007), Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000), Fóllame (Virginie Despentes, 2000), Ichi The Killer (Takashi Miike, 2001), Irreversible (Gaspar Noé, 2002), La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004), El ciempiés humano (Tom Six, 2009), A Serbian Film (Srdjan Spasojevic, 2010), Anticristo (Lars von Trier, 2009), entre otras.      

Y entre ellas, siempre ocupa una posición destacada La naranja mecánica. Hasta el propio título es provocador, pues procede de una expresión popular cockney (jerga de la parte este de Londres) que dice “as queer as clockwork orange”, o sea, “tan raro como una naranja mecánica”. Porque esta película desde su comienzo es inquietante. Distintos fundidos en rojo y azul para presentarnos la productora (Warner Bros), el director y el título de la película, y en su primera escena una imagen fija de la particular cara de nuestro protagonista con bombín y tirantes mirándonos con sus ojos azules y largas pestañas artificiales: él es Alex DeLage (Malcon McDowell). Alex se bebe su vaso de leche y se abre el campo para presentarnos a sus otros tres colegas, Pete, George y Dim, sentados en el Milk Bar Korova… y preparándose para una noche más de ultraviolencia en “la bella ciudad de Dublín”. Y todo ello bajo los acordes electrónicos de “La marcha fúnebre” de Henry Purcell según versión de Wendy Carlo. 

Y vamos descubriendo como Alex DeLarge, un adolescente de 15 años (18 al finalizar la película) vive con sus pusilánimes padres como hijo único y es un gran aficionado a la música, especialmente a Beethoven, cuya imagen está presentes en varios carteles de su habitación. Pero en los ratos libres nocturnos se une a sus tres colegas - que se hacen llamar “los drugos” – para cometer todo tipo de actos violentos: brutales agresiones a vagabundos, asaltos a domicilios ajenos, violaciones,… Y cada escena es acompañada por la inquietante banda sonora. 

Y recordamos la proclama del viejo borracho antes de ser apaleado: “¡Es un cochino mundo porque ya no hay ley ni orden! ¡Porque los jóvenes como vosotros se meten con los viejos como yo! No, ya no hay sitio para los viejos. ¿A qué clase de mundo hemos llegado? Los hombres pisan la Luna. Dan vueltas alrededor de la Tierra. Y aquí abajo nadie se preocupa de respetar la ley y el orden. Nadie se preocupa. Ay, patria querida, yo muero por ti”. Y no se nos olvida el ataque físico y sexual a esa matrimonio entrado en años de esa casa ultramoderna, ultrajados sin motivo y sin compasión al ritmo del “Singin' in the Rain”, y que tuvo algo de autobiográfico para el propio Burgess. Y al acabar esa noche regresa a su habitación con la imagen y la música de su admirado Beethoven, mientras duerme con una serpiente sobre la colcha y sus padres no se enteran de nada. 

Y al provocar la muerte de una rica mujer que vive con decenas de gatos, es cuando es detenido en una institución, entre reformatorio y cárcel, allí donde ahora pasa a ser el 655321, rodeado de personajes peculiares posiblemente no mejor que él, desde sus compañeros hasta el cura de la institución, pasando por los propios policías. Y éstos comentan aquello de “la violencia engendra violencia”. Y de nuevo los pensamientos en off de nuestro protagonista: “No fue edificante, ni mucho menos, pasar 2 años en esa ratonera de fieras. Recibiendo puntapiés y tortas de guardines desnaturalizados y rodeado de criminales y de corruptos que babeaban por un joven tan apuesto como vuestro narrador”. 

Y es entonces cuando decide formar parte de un experimento, el tratamiento Ludovio Brodsky, esa terapia de aversión que mata el reflejo criminal a través de una técnica conductista de muy dudosa ética y estética, mientras usan con él largas horas de metraje de películas de violencia (de ficción e históricas de guerras, especialmente con escenas del nazismo), de violaciones y provocaciones eróticas, todo ello edulcorado con la “Novena Sinfonía” de su adorado Ludwing y sin poder cerrar los ojos. Pero él le expresa al cura: “Yo sólo sé que quiero ser bueno”. Y las náuseas de nuestro protagonista tras el tratamiento son las nuestras por lo que vemos y sentimos. Mientras el Primer Ministro proclama: “Los motivos éticos no nos atañen. Nuestra meta es suprimir la criminalidad. Y aliviar la tremenda congestión que hay en nuestras cárceles. Nuestro joven será un buen cristiano dispuesto a poner la otra mejilla. A ser crucificado antes que a crucificar. Lleno de angustia ante la sola idea de matar una mosca. Completamente regenerado para la mayor gloria de Dios. ¡Y lo que importa es que el experimento ha funcionado!”. 

Y unos años después Alex DeLarge consigue comenzar su nueva vida como hombre libre, pero la sociedad no lo ha olvidado y cobra su venganza: rechazado por sus padres, quienes tiene ahora un inquilino adoptado como nuevo hijo, los amigos se han hecho policías y se cobran venganza, al igual que lo hacen los mendigos y la familia que atacó. Y que nos aboca a esa escena final proclive a todo tipo de interpretaciones y su frase final: “Sin lugar a dudas, me había curado”. Y que termina con los mismos fundidos en colores vivos (rojo, azul, verde, rosa) y nuevamente la canción “Singin' in the Rain” ahora en los créditos finales del film. 

Y es así como La naranja mecánica provocó en su estreno una polémica como pocas veces se ha vivido en la historia del celuloide (como lo hizo en su momento la novela). En Estados Unidos se estrenó en 1971 y fue calificada como película X; posteriormente, Kubrick cortó 30 segundos y se reestrenó en 1973, con calificación R. Cabe decir que es una de las dos únicas películas calificadas como X en su estreno original nominada al Oscar a mejor película: la otra fue Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969). La repercusión en los espectadores fue tal que algunos delincuentes cometieron delitos, incluso algún asesinato, recreando escenas, cantando "Singin' in the Rain" y vistiendo indumentaria parecida a la de los protagonistas. 

Una particular película que reflexiona sobre tema como la delincuencia juvenil, el libre albedrío (donde el bien o el mal se deben elegir, pero no forzar), el valor de la psiquiatría y la corrupción moral de las autoridades. Esa distopía de Anthony Burgess que sigue dando lugar a múltiples interpretaciones y cuyo autor pasó años explicando los porqués de su novela después de que Kubrick le hiciese “un flaco favor” llevándola al cine. Porque Alex DeLarge (nombre que intenta asemejarse al de Alexander The Great, aquel que conquistó el mundo, pero con el tiempo fue vencido, quedó impotente y sin palabras) reúne tres atributos que Burgess consideraba esenciales en el hombre: emplea un lenguaje elocuente y a menudo inventa palabras (donde una chica es una “débochca”, la leche era “moloco”, la cabeza una “golova”, la mano era “ruca” o la boca era “rot”), ama la belleza (y la encuentra en la música de Beethoven por encima de todo) y es agresivo. Un antihéroe (un ladrón, un violador y un eventual asesino) para el que el camino correcto siempre estuvo abierto, pero decidió obviarlo hasta la edad adulta. 

La naranja mecánica fue nominada a cuatro premios Óscar (película, director, guion y montaje), pero no ganó ninguno, en el año que triunfó The French Connection, contra el imperio de la droga (William Friedkin, 1971). Ni que decir tiene que Kubrick si se ganó con creces su fama de perfeccionista también en esta película: la escena final en la que Alex recibe a los periodistas en la habitación del hospital se repitió 74 veces y la escena de la violación que comete la pandilla rival de BillyBoy al principio, tuvo tantas tomas y fue tan dura para la actriz contratada, que esta abandonó el rodaje. 

Porque con La naranja mecánica y los cinco responsables de esta película (Burgess, Kubrick, McDowell, DeLarge y Carlo), la polémica está servida. La estética es incuestionable, la ética sigue cuestionándose: esa manera de exprimir la polémica de la ultraviolencia y el libre albedrío. Calificar el film de Kubrick como rompedor, transgresor y controvertido es quedarse cortos. La obra se erige como una de las más grandes películas jamás realizadas y, a día de hoy, su visionado sigue provocando escalofríos. Una cinta admirada y denostada a partes iguales.

 

sábado, 26 de septiembre de 2020

Cine y Pediatría (559). “Skin”, tatuajes de odio a flor de piel

 


“Estamos aquí para decir que no odiamos a nadie. No odiamos ni a los amarillos, ni a los negracos, ni a las tortilleras. No los odio, tienen derecho a vivir. Pero nosotros decimos: “No en nuestra tierra americana”. Y tan solo deberíamos hacer que se larguen”. Y con esta arenga inicial se marcan las señas de identidad de una película inspirada en el caso real de Bryon Widner, un 'skinhead' que intentó abandonar la senda del supremacismo blanco y que para ello tuvo que borrar las decenas de tatuajes que le decoraban su cara. La película lleva por título Skin (Guy Nattiv, 2019) y se suma a todas estas películas que ya en Cine y Pediatría se han asomado al problema alrededor de los grupos neonazis y supremacistas: Semillas de Rencor (John Singleton, 1995),  American History X (Tony Kaye, 1998), This is England (Shane Meadows, 2007),  La Ola (Dennis Gansel, 2008), Neds (Peter Mullan, 2010),  o Skin (Hanro Smitsman, 2008).  Cabe no confundir esta última película holandesa del año 2008 con la actual película estadounidense del año 2019, ambas con el mismo título original y ambas basadas en hechos reales. En la primera el protagonista es el actor neerlandés Robert de Hoog y en la que nos convoca hoy es el actor británico Jamie Bill, el que fuera el niño protagonista de Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000), actualmente irreconocible entre sus tatuajes. 

La película se estructura en cuatro localizaciones a partir del año 2009 (Columbus, Ohio; Fort Wayne, Indiana; Richmond, Virginia; y Nashville, Tennessee) y en cuatro momentos a lo largo de dos años, momentos marcados por las fases de eliminación de los tatuajes de su cara y cuerpo: Día 1, eliminación 1, barbilla; Día 60, eliminación 4, nudillos; Día 145, eliminación 19, frente; día 612, última eliminación. Y entre medias viaja hacia adelante y hacia atrás para reconocer que Bryon "Pitbull" Widner vive en una familia especial, donde sus padres no son sus padres, sino que son dos descendientes de origen vikingo y dirigentes del Club Raza y Razón, dedicados a reclutar niños y adolescentes de la calle con problemas familiares a los que implantar sus ideas y cuyo bautismo comienza con el rito del rapado de pelo. Ellos constituyen el grupo de los Vinlander y expresan claro su objetivo: “Para mantener el país blanco y puro se formó esta familia vikinga”. La orfandad suplida por el clan, el amor suplido por el odio. 

En una vida llena de violencia ha crecido Bryon, hasta convertirse en el joven violento supremacista blanco que es, educado en el odio racial, y quien ve trastocado su universo al enamorarse de Julie (Danielle Macdonald), quien cuida sola de sus tres hijas (Desi, Sierra e Iggy Pop). Bryon trabaja de tatuador y el dinero que gana va al clan, y a medida que intenta consolidar su relación (“Me gusta que seas parte de nosotras”, le expresa Julie) se da cuenta de que su familia vikinga no se lo va a permitir. Y para ello tienen que trasladarse de localidad y allí se casan (Bryon, Julie y las tres hijas, todas de negro, hasta el perro que les acompaña), pero el negro destino les acompaña. Porque esa familia irreal, ideológica (bajo la ideología del mal), somete al individuo y con el sometimiento intenta no dejarle escapar. Porque el negro lo domina todo en esta violenta película: escenas oscuras, trajes oscuros, tatuajes negros, noches oscuras, actos oscuros,… Y en el camino de cambio y redención debe recibir la ayuda de Daryle, una activista afroamericano, y de una agente del FBI, quienes conocen este mundo: “Estos jóvenes tan solo tienen tres opciones: morir jóvenes, pudrirse en la cárcel o empezar a hablar”. 

Y continúan huyendo para intentar huir de su pasado, con el miedo como compañero de viaje. Pero por mucho que huya no puede librarse de su pasado y los tatuajes le delatan. Es por ello que para regresar a una vida normal debe retirar sus tatuajes, especialmente los de la cara. Y en las escenas que se mezclan con la narración de la historia cada disparo de láser refleja el dolor de retirar cada tatuaje, como un impacto a los remordimientos. 

Y resuenan la pregunta de Julie a Bryon: “¿Cuál fue el primero?...¿te arrepientes de alguno?” Porque cada tatuaje conlleva una historia, generalmente una historia que deja su cicatriz. Porque la piel sirve al director de metáfora, pero también nos indica que la piel no deja de ser superficie y por más tatuajes y cicatrices que se lleve un cuerpo, el cambio de vida es posible (aunque el odio que subyace a veces tarde más en desaparecer). Y de ahí las lágrimas finales… 

Y de ahí el colofón de la película: “Daryle Lamont Jenkins aún lleva el proyecto One People, un grupo anti-odio que ayuda a los supremacistas blancos que intentan dejar el movimiento y expone a los que siguen activos. Con las ayuda de Daryle y el SPLG, Bryon Wynder abandonó el movimiento y soportó casi dos años de cirugías para eliminar sus tatuajes. Con la colaboración de Bryon, el FBI detuvo a criminales clave del movimiento del poder blanco. Bryon cursa actualmente la carrera de psicología criminal y da charlas por todo el mundo sobre la inclusión mediante la historia. Daryle y él siguen siendo buenos amigos”. 

Posiblemente no sea la mejor película sobre el tema, pero dado el auge que la xenofobia está experimentando en todo el mundo, una película como esta resulta del todo pertinente. Allí donde la violencia tiene en el arrepentimiento su redención. Y que nos enseña que sí es posible eliminar el odio tatuado a flor de piel.

sábado, 9 de mayo de 2020

Cine y Pediatría (539). “Heli” sobrevive al infierno del narcotráfico


Justo en esta semana hubiera regresado de México, un año más y con motivo de actividades congresuales y académicas relacionadas con este país tan querido. Pero un virus con corona nos destronó a todos y paró el mundo. Y ese viaje ya programado a los estados de Guanajuato y Veracruz tendrá que esperar para otra ocasión. Pero eso no obvia que nuestra relación se mantenga, así como la conexión profesional. Y como motivo de ella, la Dra. Maricruz Ruiz Jaramillo me remitió hace unos días un enlace sobre 18 películas grabadas en el estado de Guanajuato. Y sobre una de ellas versa este post de hoy. 

Porque hoy hablamos de Amat Escalante, barcelonés de nacimiento y mexicano de elección, quien ha tomado a Guanajuato como estandarte en distintas películas. Y hoy hablamos de su película Heli con la que obtuvo el premio al Mejor director en Festival de Cannes 2013, el mismo año que la Palma de Oro fue a recaer en una película tan contundente como La vida de Adèle y usurpando ese galardón al director de ésta, Abdellatif Kechiche. Y es que si dura es La vida de Adèle, por la carnalidad del amor homosexual de sus protagonistas, dura es Heli, por la extraordinaria falta de épica con la que nos muestra el tema del narcotráfico en México. 

El problema de la droga y el narcotráfico está muy extendido en el mundo, y en algunos países, como México, es una lacra. El origen del narcotráfico en México viene desde principios del siglo XX en el estado de Sinaloa; sin embargo, el detonante que contribuyó a su expansión y a la escalada de violencia que vive el país se atribuye a un arreglo implícito que existía, desde inicios de los años 80, entre traficantes de drogas y los gobiernos locales y estatales, así como a la posterior terminación de este arreglo con la guerra que el estado mexicano le declaró a los carteles desde mediados de los años 2000. Este arreglo del Gobierno con el narcotráfico consistía en permitir el libre paso de cargamentos de droga desde Sudamérica a Estados Unidos por rutas fronterizas definidas en una parte del territorio mexicano transportando estos cargamentos a cambio de grandes cantidades de dinero como soborno para las autoridades y gobernantes mexicanos. También se tenían repartidos entre los carteles, a nivel local, territorios o plazas ya definidos, los cuales se respetaron entre sí en un comienzo. Además, se toleraba la producción de cultivos ilegales en México de marihuana y amapola, cultivadas principalmente en los estados de Sinaloa, Durango, Chihuahua, Guerrero, Chiapas y Veracruz, a cambio de sobornos que variaban según el cargo de la autoridad a sobornar.

Antes de la llegada de López Obrador a la presidencia de México, los servicios de inteligencia comunicaron que operan en el país seis carteles de la droga y alrededor de 80 células criminales. Tras la captura, extradición y condena en 2018 a Joaquín “El Chapo” Guzmán, fundador del Cartel de Sinaloa, el mapa del narcotráfico en México dio un vuelco violento por la disputa de territorios: en el año 2019 se contabilizaron hasta 27.000 homicidios dolosos por este tema. Actualmente el Cartel de Jalisco Nueva Generación, dirigido por Nemesio Oseguera, “El Mencho”, es el grupo criminal con mayor presencia en territorio nacional. El Cartel del Pacífico de Sinaloa es la segunda organización criminal con más poder en México, que quedó bajo el mando de Ismael Zambada, “El Mayo” y de Aureliano Guzmán, “El Guano”, entre otros.

Y esta contextualización de un tema tan doloroso para México nos sirve para entender mejor la dura cotidianidad de la película Heli. Porque si El Bosco o Dante definieron el infierno como un rincón de padecimientos en la pintura o en la literatura, allí donde los pecadores expían su culpa, Escalante utiliza el cine para hablarnos de otro infierno mucho más terrible, por cotidiano y por su falta de ética y estética. El argumento es así de sencillo y terrible: una adolescente de 13 años, enamorada de un joven aspirante a policía, cae sin querer en un juego de traficantes y con ello se introduce en una guerra que no es la suya, y que arrastra como si lo fuera a toda su familia. Y vemos que sí, que la violencia es el infierno. Una violencia ciega y sin sentido que impresionó al jurado de Canes y que nos sigue impresionando a los espectadores. Y ello porque, además, la realidad es peor que la ficción.

Y el valor de Heli es que no es una película más sobre el régimen del terror de los narcos y su guerra contra la policía y el ejército mexicano, no cuenta historias de mafiosos, cocaína esnifada, mujeres guapas que rodean a los jefes de los carteles, coches lujosos o guerra de mafias. Heli solo es una historia de niños y jóvenes que sufren el error y el horror de que las mafias que les rodean, de sobrevivir más que vivir, de huidas hacia delante o hacia ninguna parte, de chabolas, de terror y silencio. Y el mérito de Escalante es lograr desde el primer momento hacernos prisioneros, intencionadamente, de las impactantes imágenes de su film. Y en la primera escena vemos como a primera hora de la mañana, por una carretera poco transitada, una camioneta trasporta dos cuerpos inertes y heridos escoltados por siniestros matones. El vehículo se detiene debajo de una pasarela de peatones que cruza la carretera. Los sicarios descienden rápidamente con uno de los cuerpos y lo cuelgan del puente para escarmiento y advertencia pública. Y luego entenderemos qué historia nos cuentan.

Porque tras ese prolegómeno sin medias tintas,  conocemos a Heli Alberto Silva Menéndez (Armando Espitia) a través de una entrevista del catastro en la puerta de su chabola, un joven recién casado que trabaja en la cadena de una fábrica de automoción y que tiene un hijo lactante, que vive también con su padre jubilado y su hermana menor, Estela (Andrea Vergara). Estela se enamora de Beto (Eduardo Palacios), un cadete de la policía que le propone escapar para poder casarse y para ello se le ocurre sustraer dos paquetes de cocaína decomisada.

A partir de ahí, aparece una espiral de violencia que no es fácil ver: “Para que veas y cuentes lo que se hace a los ratones”, le dicen los torturadores. Y por algo así, Beto y el padre de Heli pierden la vida, Heli regresa maltrecho tras las torturas y Estela es encontrada tiempo después del secuestro con un embarazo no deseado (que el estado le prohíbe abortar) y sin emitir ningún sonido, en un estado de mutismo emocional por lo vivido y sufrido. Porque Heli era un chico noble que comenzaba a labrarse una vida, hasta que la violencia y el horror del narcotráfico golpeó su vida y la de los suyos.

Con ésta, su tercera película, Amat Escalante se ha ganado a pulso un lugar de honor en el nuevo y estimulante cine mexicano, un retrato lapidario desde un pequeño pueblo de Guanajuato (cuya población depende de la industria automovilística o de los carteles de la droga de la región), lleno de desiertos naturales y humanos en la historia, una película de vocación social que no debe pasar solo por una concatenación de planos desagradables (que los hay), sino por lo que supone una desgraciada e inevitable espiral de infelicidad y violencia.

Todo lo que contiene Heli resulta duro y de no fácil digestión, desde las insoportables torturas contempladas por niños que juegan a la videoconsola al lapidario plano final, pasando por las cabezas cortadas del telediario y que abre la película a un precipicio cíclico, donde la desdicha crea más desgracia. Y Escalante, gracias a la rotundidad de su historia y al notable estilo con el que filma la suciedad de sus fotogramas, ha conseguido sin duda una nueva victoria para el cine mexicano, pero de una realidad que la sociedad repudia y cuesta tanto solucionar. Una película, obviamente, basada en hechos reales…porque la realidad supera la ficción en este entorno. Una película que bebe de Carlos Reygadas, uno de los productores de la película.

La corrupción, la pobreza, el tráfico de drogas y especialmente la violencia que impera - no solo en México, sino en otros lugares del continente sudamericano - tiene antecedentes y culpables. Escalante no entra en ello sino que de forma aséptica nos enseña con crudeza una muestra y lo hace con una cotidianidad espantosa. La película pretende ser un reflejo del problema actual del pueblo mexicano ante los traficantes, verdadera autoridad del país. Por ello, sin ningún tipo de artificio o emoción, la película transcurre de forma extremadamente realista rechazando cualquier tipo de identificación con los personajes por parte del público que simplemente observa lo que pasa.

Y tras el desgarrador y poético final, esta película se convierte en una denuncia a esta catástrofe social y política que es la lacra del narcotráfico, y que afecta a todos, también a la infancia y la adolescencia. Y esas etapas son edades sagradas que hay que cuidar, como lo hacen cada día los miles de pediatras de México a quienes va dedicada esta película, en la figura de la Dra. Ruiz Jaramillo, quien me abrió el camino a su visionado. Vosotros, colegas, sois partes de un mundo mejor…

sábado, 9 de noviembre de 2019

Cine y Pediatría (513). “Nación salvaje”, versión 'millennial' de las brujas de Salem


En el año 1692 acaeció en la ciudad de Salem, próxima a Boston, una de las muestras más paradigmáticas de histeria colectiva y un claro ejemplo de lo que nunca debe ser la justicia: se conoció como la historia de las brujas de Salem y básicamente fue un juicio contra varios de sus vecinos que fueron acusados de la práctica de brujería. Un suceso mítico que ha hecho correr ríos de tinta en la literatura y el cine.  

¿Pero qué sucedió en Salem? Todo parece que comenzó cuando dos niñas del pueblo, de 9 y 11 años, empezaron a sufrir espasmos y convulsiones varias. Entre lloros dijeron que unas mujeres las embrujaron. El juez local lo que hizo fue creerlas y comenzó una investigación que hizo que creciera entre sus ciudadanos la histeria colectiva, haciendo que cada día aparecieran más niñas supuestamente embrujadas y nuevos implicados, hasta el punto de ser 141 los acusados. Al final, 20 de los acusados terminaron siendo ejecutados y cinco fallecieron en prisión. Cuatro años después del juicio, los jurados que dictaron sentencia, llegaron a firmar una confesión de error, donde dijeron que su actuación se debió al miedo que se produjo desde el comienzo de las acusaciones. Por si fuera poco, el veredicto estaba alejado de la imparcialidad, siendo los acusados de clases sociales desfavorecidas. 

El caso de las brujas de Salem fue una bola de nieve imposible de parar, donde la opinión pública de la época solo se conmovió cuando esta locura desatada llegó a las capas más altas de la sociedad estadounidense, pues hasta el presidente de la Universidad de Harvard llegaría a verse en acusaciones. El gobernador William Phips perdonó finalmente a todos los que eran sospechosos de brujería que todavía no habían sido ejecutados: la razón por la que se dice que tomó la decisión fue porque su mujer también fue acusada de brujería. Pero leemos en las crónicas que cuando ocurrió esto ya habían pasado 18 meses desde el comienzo de la cacería. Un caso realmente horripilante donde no se puede explicar cómo partiendo de unos rumores sin base, se pudo terminar en una auténtica persecución donde personas inocentes perdieron su vida. 

Esta historia ha sido llevada a los escenarios en diversos formatos. Arthur Miller escribió en 1952 la obra de teatro “The Crucible” (Las brujas de Salem), pues se apoyó en aquellos hechos reales para plasmar una alegoría de la fiebre persecutoria y represión macarthista de los años cincuenta. En el cine, la adaptación más conocida fue El crisol (Nicholas Hytner, 1996) con la participación de Daniel Day-Lewis y Winona Ryder. Y hoy llega a Cine y Pediatría una versión muy peculiar de histeria colectiva en una historia de adolescentes “millennials” del siglo XXI. Y la historia regresa a la ciudad de Salem, no podía ser de otra forma, pero ahora la caza de brujas es digital. La película en cuestión lleva por título Nación salvaje (Sam Levinson, 2018), y nos narra la persecución a cuatro amigas que viven su adolescencia en la población de Salem y donde todo comienza cuando alguien hackea unas comprometidas fotos del alcalde. Una película trasgresora con causa… 

Y la historia comienza con una pléyade de imágenes más próximas al videoclip que al cine convencional, con tres pantallas verticales de varios colores y una música machacona que nos adentra en el mundo frenético de ciertas adolescencias, y todo ello con esta voz en off: “Esta es una historia cien por cien real. Aunque os aviso que es bastante gráfica. Algunas advertencias de contenido sensible: sangre – abuso – clasicismo – muerte – alcohol – drogas - contenido sexual - masculinidad tóxica – homofobia – transfobia – armas – nacionalismo – racismo – secuestro – asesinato (intento de) – la mirada masculina – (intento de) violación – sexismo (mucho sexismo) – lenguaje ofensivo – tortura – violencia – egos masculinos frágieles”. Y poco después una declaración: “Mi nombre es Lilly Gilson y tengo 18 años. Estas son mis tres amigas: Em, Bex y Sarah. Y para ser honestas, no sé si vamos a salir vivas esta noche”

Evidentemente es un inicio desconcertante, de los que no deja indiferente y que nos lanza sin prolegómenos a todos los riesgos que rodean a la adolescencia de este nuestro primer mundo, donde el tabaco, alcohol, cannabis y sexo es una cuadratura habitual y normalizada en muchos casos, aderezada en esta nueva generación 'millennial' con la inmediatez y falta de privacidad a que nos someten las redes sociales. Y dibujar el entorno de estas cuatro adolescentes es el motivo de casi la mitad del metraje, donde se desarrollan Lily (Odessa Young), Em (Abra), Bex (Hari Nef) y Sarah (Suki Waterhouse), y que representan esa juventud desinhibida que tanto pueden pegarse una buena borrachera como hacerse una sesión de series de televisión. Y entre ellas comentan: “La gente se quema y quiere acabar con su pequeño universo”. Y la rebeldía de Lily se nos presenta tanto en el medio escolar como familiar: así, cuando un profesor le replica sobre la poca oportunidad y el carácter extremo de sus dibujos de desnudos ella contesta “¿Qué es extremo? ¿Los dibujos o que haya 500 millones de selfies de desnudos en internet? Es que me pidieron que dibujase del natural. Y esto es natural”; pero más llamativo es cuando su madre le interroga le interroga cuando se produce el 'ciberbullying' y 'sexting' con sus fotos: “Soy tu madre, eres mi hija. Me he pasado 18 años criándote. Solo quiero saber la verdad. ¿La de las fotos eres tú?... A ti que te pasa, ¿cómo has podido hacerlo?”.  

Y así es como Sam Levinson se sumerge de lleno en el lado más despiadado de la era 'millennial': el de la exposición diaria en las redes y su triada del lobo feroz (el 'ciberbullying', 'sexting' y 'grooming'), los likes de Instagram o Facebook, la ansiedad, la imagen perfecta y la presión de un sueño americano que no existe. Un retrato adolescente que Levinson llevaría a su máxima expresión años después en la aclamada serie de televisión "Euphoria". Y ya la película comienza con una declaración literal de intenciones y así será (por lo que vamos avisados): aquí se habla de sexo, drogas, culto a la imagen, homofobia, transfobia, racismo, masculinidad tóxica, machismo, armas, nacionalismo y violencia, redes sociales y dictadura de los memes. Nada que no veamos cada día al salir a la calle, aunque no sea tan concentrado como en esta película, que no deja indiferente. 

Y no deja indiferente en especial su segunda parte. Porque cuando un hacker del pueblo de Salem comienza a filtrar datos de algunos vecinos, el escándalo salpica al alcalde, al director del instituto, al jefe de policía… hasta que las tensiones estallan en violencia y sólo necesitan un cabeza de turco: y esa serán Lilly y sus amigas. Y entonces es cuando regresamos a la historia de las brujas de Salem, pero ya no estamos en el siglo XVII, cuando las acusadas de jugar con magia negra eran quemadas en la hoguera, sino en un 2018 en el que la nueva brujería es el progreso y la capacidad de las mujeres de ser libres, sexuales y orgullosas, de ser dueñas de demandar el derecho a su intimidad, a no ser increpadas o molestadas, a vivir en un entorno libre de machismo. Un entorno donde en su “biblia” ya puede pesar más Daenerys Targaryen, de Juego de Tronos, que el propio San Lucas o San Mateo. Una juventud fiel a una parte de nuestra actualidad que crece bajo la dictadura del postureo, el culto a la imagen, la personalidad online y la insensibilización hacia la violencia. Y que padecen (o pueden padecer) sus consecuencias… 

Y es que el Salem del siglo XXI puede llegar a ser peor que el de los juicios por brujería, un Salem de dispositivos móviles y del hackeo, donde la publicación de información íntima de sus ciudadanos hará que los ciudadanos pierdan el sentido, desencadenando una ola de violencia que termina arrastrando a nuestras cuatro protagonistas, acusadas de estar detrás de este hurto cibernético y perseguidas como si fuesen brujas de nuestro tiempo. Y la parte final de esta película es antológica, con las cuatro amigas con su gabardina roja, como cuatro caperucitas intentando salvar la vida de una sociedad que se convirtió en un lobo feroz… 

Algunos ven en Nación asesina un híbrido entre Spring Brakers (Harmony Korine, 2002) y The Purge: La noche de las bestias (James DeMonaco, 2013), con toques del Tarantino más sanguinario. Una película diseccionada en dos partes, con la exquisitez de un carnicero moral: una primera parte altamente fidedigna y bien elaborada en la narración de lo que se ha convertido nuestra sociedad, todo ello visto desde los ojos de los adolescentes y con un crítica a la masculinidad tóxica; y una segunda porción donde todo está llevado al extremo, y todo en clave 'millennial'. Pues como al final confiesa el responsable de todo este caos: lo hizo por los “LOL” (acrónimo de Laughing Out Loud). 

Y por un “LOL” se puede perder el norte, pero también el sur, el este y el oeste. Y por ello esta película, Nación salvaje, nos presenta un reflejo de la realidad 'millennial' en su primera mitad y una imagen distópica de sus consecuencias, en la segunda. Es una película imperfecta, pero se antoja recomendable – incluso con sus excesos y defectos - para ver con nuestros hijos adolescentes.