sábado, 26 de octubre de 2013

Cine y Pediatría (198). El síndrome de muerte súbita del lactante en el cine


El síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL) se define como la muerte súbita de un lactante de menos de un año, cuya causa permanece inexplicada después de una minuciosa investigación del caso que incluya autopsia completa, examen del lugar del fallecimiento y revisión de la historia clínica. Permanece como una de las causas de mortalidad más frecuente en los primeros meses de vida, insólita en el período neonatal, elevada entre los 2-3 meses de vida y progresivamente menos frecuente hasta el año de edad. 
Los factores que aumentan el riesgo de SMSL se han identificado mediante la comparación de su frecuencia en los casos de muerte súbita con niños muy similares en los que la muerte no ocurrió. Los primeros factores de riesgo asociados de forma independiente con el SMSL son: dormir boca abajo, dormir en una superficie blanda, sobrecalentamiento, tabaquismo materno durante la gestación, edad materna joven, prematuridad y/o bajo peso y sexo masculino. 
En 1992, en respuesta a los estudios epidemiológicos desarrollados en Europa y Australia, la American Academy of Pediatrics recomendó la estrategia de la posición al dormir en lactantes y auspició las campañas de “ponle a dormir boca arriba” (“Back to sleep”) o, posteriormente, campañas para favorecer el chupete al inicio del sueño. Medidas sencillas para una patología con unas consecuencias gravísimas para el niño y para la familia. Porque cualquier duelo por una muerte es doloroso. 

El duelo por la muerte de un hijo no tiene parangón (y hemos analizado algún ejemplo, como La habitación del hijo - Nanni Moretti, 2001-), pero si esta muerte es inesperada y sobre un hijo muy pequeño aparentemente sano, el dolor y el duelo se convierten en épicos. Y de ello se ha tratado ocasionalmente en el cine. Hoy comentamos dos películas que se centran en el duelo de la familia y, principalmente (y como puede entenderse), en el duelo de la madre: Radha Mitchell y Natalie Portman nos hacen vivir, con maestría de actuación, esas emociones y reflexiones alrededor del SMSL. 

Un grito en la noche (Marc Foster, 2000) aborda el tema con tintes de terror psicológico y una música inquietante, en donde las imágenes van adquiriendo un tono amenazador. La película comienza de forma peculiar: sobre los créditos iniciales una imagen difusa y confusa y que, al final, se descubre que corresponde a las partes de un feto visto por una ecografía obstétrica 3D. Una joven pareja recién casada está en el cenit de sus sueños y esperanzas. Angie (Radha Mitcell) está embarazada, y como ella otras tres amigas van a tener un hijo por la misma época. Todas asisten a la preparación del parto, y somos partícipes de los ejercicio de Kegel. Angie colabora activamente en el parto precipitado de una amiga y las futuras mamás la eligen para que sea la futura madrina. En seguida una fiesta de cumpleaños del hijo de otra amiga y la fiesta llena de niños y de risas… Y al volver a casa el marido de Angie le confiesa: “Soy feliz”
Y la espera tranquila de su primer hijo. Y la expresión del ginecólogo: “Todo está perfecto”. Y cuando le ve al nacer, sus primeras palabras al verlo: “Me he enamorado”. Y su nombre. Gabriel, nombre que en hebreo significa “la fuerza y el poder de Dios”. Y todo este inicio grabado como si de un vídeo familiar se tratara… para hacer más próximas las escenas. Y lo que una madre sabe cuando algo no va bien…, ese sexto sentido que es la maternidad. 

Y así, todo este mundo idílico de Angie se torna en pesadilla cuando, al día siguiente del nacimiento de su primer hijo, este muere inexplicablemente. Y la información del doctor: “No sé que más deciros. Su corazón se paró. Mueren más niños por muerte súbita que de cáncer, problemas cardíacos, neumonía, maltrato, sida, fibrosis quística y distrofia muscular juntos. Pero no se hace público. No sé qué más decir. Sé cómo os debéis sentir. Lo siento. Intento ayudaros. Os explico lo que sabemos”
Pero el dolor inexplicado y sin respuestas tiene peor cura en la pareja, como es el abandonar el hospital sin tu hijo deseado, al que has tenido en brazos. Y, en vez de ayudarlos a superar la tragedia, sus amigos los esquivan para evitar la incomodidad de enfrentarse a la pérdida de ese hijo (que podría haber sido el suyo). Sus amigas parecen evitarla, todas quieren mantenerla al margen de los felices momentos que viven. La sociedad, inflexible y eficaz, va aislando al elemento distorsionante, de un modo sutil, falsamente amable, que puede transformarse en abiertamente hostil si las circunstancias lo requieren. Sin sus amigos y con un matrimonio que comienza a desintegrarse a consecuencia del dolor al dirigido, Angie tendrá que aprender a luchar con todo sola (también contra sí misma), comenzando un extraño y terrorífico viaje en busca de la normalidad. 

El aclamado y versátil director Marc Foster nos regala esta peculiar película donde ya estaban presentes algunos de sus temas favoritos, como la pérdida de un ser querido en la familia. Fue considerada su primera película y fue nominada al Gran Premio del Jurado del Festival de Cine de Sundance, todo ello antes de la oscarizada Monster’s Ball (2002), la poética Descubriendo Nunca Jamás (2005), la bella Cometas en el cielo (2008) o hasta la jamesbondiana Quantum of Solace (2008). Conviene no confundir esta película, con título original de “Everything Put Together”, con otras dos con el mismo título en español, pero diferente temática y título en inglés: la estadounidense A Cry in the Night (Frank Tuttle, 1956) y la franco-canadiense A Cry in the Night (Robin Spry, 1992). 

El amor y otras cosas imposibles (Don Roos, 2009) aborda el tema con tintes de drama sentimental, como típico producto indie con la ciudad de Nueva York como escenario privilegiado y a mayor gloria de Natalie Portman, quien ha transitado con éxito desde su debut patinando en el lago helado de Central Park de Beautiful Girls (Ted Demme, 1996) a la genial (y oscarizada) bailarina de Cisne negro (Darren Aronosfky, 2010), amén de haber sido la reina Amidala de la precuela de La Guerra de las Galaxias

Emilia (Natalie Portman) es una joven y brillante abogada que se casa con su jefe y quien acaba de perder a su bebé a los tres días de nacer, como consecuencia del SMSL. Emilia es una mujer tocada por la culpa, dura por dentro, que se va derritiendo poco a poco gracias al contacto con el pequeño hijo de su marido, niño precoz y de trato difícil y por la relación con la ex-mujer de su marido. Emilia tendrá que luchar contra otros demonios interiores que agrian su carácter y que le impiden mirar hacia adelante 
Adaptación de la novela de Ayelet Waldman de 2006, “Love and Other Impossible Pursuits”, el especialista en emociones diversas Don Roos (Lo opuesto al sexo, 1998; El diablo viste de Prada, 2006) se lanza a ofrecer esta propuesta de película, no fácil de digerir. . El de esa madre a quien acompaña el dolor por el hijo perdido, pese a las palabras que le aconsejan: “Su muerte no te da derecho a herir a los demás”. Una propuesta amarga, demasiado a veces, que dicta que hay que pelear para seguir adelante… y que hay que saber perdonarse, a uno mismo y a los demás. 

Angie y Emilia, Radha Mitchell y Natalie Portamn, son dos madres que sobreviven al SMSL. Y ellas representan la punta del iceberg de una realidad que no podemos ocultar, pues el dolor asociado a un hijo fallecido por el SMSL es de consecuencias impredecibles. Porque como nos dice Mary Mason:, “Un bebé es algo que llevas dentro de ti durante nueve meses, en tus brazos durante tres años y en tu corazón hasta el día que te mueras”.