sábado, 28 de noviembre de 2020

Cine y Pediatría (568). “La naranja mecánica” exprime la polémica de la ultraviolencia y el libre albedrío

 

Cinco nombres son responsables de una de las películas más polémicas de la historia del séptimo arte. O, al menos, de las que más ríos de tinta han provocado. Esos nombres son los del novelista inglés Anthony Burgess, el director estadounidense Stanley Kubrick, el actor británico Malcolm McDowell y su personaje cinematográfico épico, el del adolescente de 15 años, Alex DeLarge; y también la compositora estadounidense Wendy Carlos, responsable de este tercer personaje invisible y puro “leitmotiv”, su banda sonora original. Y todos tenemos en mente de qué título hablamos. 

Porque en el año 1962, Anthony Burgess publicó “A Clockwork Orange”, en lo que se consideraba parte de la tradición de las novelas distópicas británicas, sucesora de obras como “1984”, de George Orwell, y “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley. Novela que adaptara como película Stanley Kubrick en el año 1971, la famosa y polémica La naranja mecánica. Y todo comenzó porque el propio novelista repudió la versión cinematográfica y se pasó muchos años dando explicaciones sobre el sentido original de su obra y sus diferencias con la versión cinematográfica. Estaba claro que Burgess no era un predicador, ni un moralista; y no disimuló su intención de escandalizar a los lectores. Para los espectadores que “videaron” la adaptación de Kubrick sin haber leído el libro, la historia de Alex terminaba con un tono que quizás no recogía esas últimas páginas que entonaban una oda al libre albedrío. Por otro lado, para el personaje principal Kubrick puso la condición que fuera el actor Malcom MacDowell después de verle en la película If (Lindsay Anderson, 1968) y éste creó un personaje tan inolvidable que el público tardó mucho en separar al actor de ese Alex DeLarge. Finalmente esa reconocida compositora de música electrónica, Walter Carlos (conocida ahora como Wendy Carlos, tras su cambio de sexo), creó una música inolvidable, con epicentro en la versión original y modificada de la “Novena Sinfonía” de Beethoven o ese “Singin' in the Rain” de Gene Kelly.   
 
Entre las películas polémicas que han dado mucho que hablar - y lo han hecho, principalmente por sus escenas de violencia y/o sexo, o su relación con la religión - podemos encontrar títulos como La edad de oro (Luis Buñuel, 1930), La parada de los monstruos (Tod Browning, 1932), Lolita (Stanley Kubrick, 1962), También los enanos empezaron pequeños (Wernez Herzog, 1970), Los demonios (Ken Russell, 1971), El último tango en París (Bernardo Bertolucci , 1972), La última casa a la izquierda (Wes Craven, 1972), El exorcista (William Friedkin, 1973), La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), Saló, o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1975), El imperio de los sentidos (Nagisha Oshima, 1976), La violencia del sexo (Meir Zarchi, 1978), Henry: retrato de un asesino (John McNaughton, 1986), Calígula (Tinto Brass, 1999), Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980), Nekromantik (Jorg Buttgereit , 1987), La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988), Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992), Asesinos natos (Oliver Stone, 1994), Kids (Larry Clark, 1995), Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000), Fóllame (Virginie Despentes, 2000), Ichi The Killer (Takashi Miike, 2001), Irreversible (Gaspar Noé, 2002), La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004), El ciempiés humano (Tom Six, 2009), A Serbian Film (Srdjan Spasojevic, 2010), Anticristo (Lars von Trier, 2009), entre otras.      

Y entre ellas, siempre ocupa una posición destacada La naranja mecánica. Hasta el propio título es provocador, pues procede de una expresión popular cockney (jerga de la parte este de Londres) que dice “as queer as clockwork orange”, o sea, “tan raro como una naranja mecánica”. Porque esta película desde su comienzo es inquietante. Distintos fundidos en rojo y azul para presentarnos la productora (Warner Bros), el director y el título de la película, y en su primera escena una imagen fija de la particular cara de nuestro protagonista con bombín y tirantes mirándonos con sus ojos azules y largas pestañas artificiales: él es Alex DeLage (Malcon McDowell). Alex se bebe su vaso de leche y se abre el campo para presentarnos a sus otros tres colegas, Pete, George y Dim, sentados en el Milk Bar Korova… y preparándose para una noche más de ultraviolencia en “la bella ciudad de Dublín”. Y todo ello bajo los acordes electrónicos de “La marcha fúnebre” de Henry Purcell según versión de Wendy Carlo. 

Y vamos descubriendo como Alex DeLarge, un adolescente de 15 años (18 al finalizar la película) vive con sus pusilánimes padres como hijo único y es un gran aficionado a la música, especialmente a Beethoven, cuya imagen está presentes en varios carteles de su habitación. Pero en los ratos libres nocturnos se une a sus tres colegas - que se hacen llamar “los drugos” – para cometer todo tipo de actos violentos: brutales agresiones a vagabundos, asaltos a domicilios ajenos, violaciones,… Y cada escena es acompañada por la inquietante banda sonora. 

Y recordamos la proclama del viejo borracho antes de ser apaleado: “¡Es un cochino mundo porque ya no hay ley ni orden! ¡Porque los jóvenes como vosotros se meten con los viejos como yo! No, ya no hay sitio para los viejos. ¿A qué clase de mundo hemos llegado? Los hombres pisan la Luna. Dan vueltas alrededor de la Tierra. Y aquí abajo nadie se preocupa de respetar la ley y el orden. Nadie se preocupa. Ay, patria querida, yo muero por ti”. Y no se nos olvida el ataque físico y sexual a esa matrimonio entrado en años de esa casa ultramoderna, ultrajados sin motivo y sin compasión al ritmo del “Singin' in the Rain”, y que tuvo algo de autobiográfico para el propio Burgess. Y al acabar esa noche regresa a su habitación con la imagen y la música de su admirado Beethoven, mientras duerme con una serpiente sobre la colcha y sus padres no se enteran de nada. 

Y al provocar la muerte de una rica mujer que vive con decenas de gatos, es cuando es detenido en una institución, entre reformatorio y cárcel, allí donde ahora pasa a ser el 655321, rodeado de personajes peculiares posiblemente no mejor que él, desde sus compañeros hasta el cura de la institución, pasando por los propios policías. Y éstos comentan aquello de “la violencia engendra violencia”. Y de nuevo los pensamientos en off de nuestro protagonista: “No fue edificante, ni mucho menos, pasar 2 años en esa ratonera de fieras. Recibiendo puntapiés y tortas de guardines desnaturalizados y rodeado de criminales y de corruptos que babeaban por un joven tan apuesto como vuestro narrador”. 

Y es entonces cuando decide formar parte de un experimento, el tratamiento Ludovio Brodsky, esa terapia de aversión que mata el reflejo criminal a través de una técnica conductista de muy dudosa ética y estética, mientras usan con él largas horas de metraje de películas de violencia (de ficción e históricas de guerras, especialmente con escenas del nazismo), de violaciones y provocaciones eróticas, todo ello edulcorado con la “Novena Sinfonía” de su adorado Ludwing y sin poder cerrar los ojos. Pero él le expresa al cura: “Yo sólo sé que quiero ser bueno”. Y las náuseas de nuestro protagonista tras el tratamiento son las nuestras por lo que vemos y sentimos. Mientras el Primer Ministro proclama: “Los motivos éticos no nos atañen. Nuestra meta es suprimir la criminalidad. Y aliviar la tremenda congestión que hay en nuestras cárceles. Nuestro joven será un buen cristiano dispuesto a poner la otra mejilla. A ser crucificado antes que a crucificar. Lleno de angustia ante la sola idea de matar una mosca. Completamente regenerado para la mayor gloria de Dios. ¡Y lo que importa es que el experimento ha funcionado!”. 

Y unos años después Alex DeLarge consigue comenzar su nueva vida como hombre libre, pero la sociedad no lo ha olvidado y cobra su venganza: rechazado por sus padres, quienes tiene ahora un inquilino adoptado como nuevo hijo, los amigos se han hecho policías y se cobran venganza, al igual que lo hacen los mendigos y la familia que atacó. Y que nos aboca a esa escena final proclive a todo tipo de interpretaciones y su frase final: “Sin lugar a dudas, me había curado”. Y que termina con los mismos fundidos en colores vivos (rojo, azul, verde, rosa) y nuevamente la canción “Singin' in the Rain” ahora en los créditos finales del film. 

Y es así como La naranja mecánica provocó en su estreno una polémica como pocas veces se ha vivido en la historia del celuloide (como lo hizo en su momento la novela). En Estados Unidos se estrenó en 1971 y fue calificada como película X; posteriormente, Kubrick cortó 30 segundos y se reestrenó en 1973, con calificación R. Cabe decir que es una de las dos únicas películas calificadas como X en su estreno original nominada al Oscar a mejor película: la otra fue Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969). La repercusión en los espectadores fue tal que algunos delincuentes cometieron delitos, incluso algún asesinato, recreando escenas, cantando "Singin' in the Rain" y vistiendo indumentaria parecida a la de los protagonistas. 

Una particular película que reflexiona sobre tema como la delincuencia juvenil, el libre albedrío (donde el bien o el mal se deben elegir, pero no forzar), el valor de la psiquiatría y la corrupción moral de las autoridades. Esa distopía de Anthony Burgess que sigue dando lugar a múltiples interpretaciones y cuyo autor pasó años explicando los porqués de su novela después de que Kubrick le hiciese “un flaco favor” llevándola al cine. Porque Alex DeLarge (nombre que intenta asemejarse al de Alexander The Great, aquel que conquistó el mundo, pero con el tiempo fue vencido, quedó impotente y sin palabras) reúne tres atributos que Burgess consideraba esenciales en el hombre: emplea un lenguaje elocuente y a menudo inventa palabras (donde una chica es una “débochca”, la leche era “moloco”, la cabera una “golova”, la mano era “ruca” o la boca era “rot”), ama la belleza (y la encuentra en la música de Beethoven por encima de todo) y es agresivo. Un antihéroe (un ladrón, un violador y un eventual asesino) para el que el camino correcto siempre estuvo abierto, pero decidió obviarlo hasta la edad adulta. 

La naranja mecánica fue nominada a cuatro premios Oscar (película, director, guión y montaje), pero no ganó ninguno, en el año que triunfó The French Connection, contra el imperio de la droga (William Friedkin, 1971). Ni que decir tiene que Kubrick si se ganó con creces su fama de perfeccionista también en esta película: la escena final en la que Alex recibe a los periodistas en la habitación del hospital se repitió 74 veces y la escena de la violación que comete la pandilla rival de BillyBoy al principio, tuvo tantas tomas y fue tan dura para la actriz contratada que abandonó el rodaje. 

Porque con La naranja mecánica y los cinco responsables de esta película (Burgess, Kubrick, McDowell, DeLarge y Carlo), la polémica está servida. La estética es incuestionable, la ética sigue cuestionándose: esa manera de exprimir la polémica de la ultraviolencia y el libre albedrío. Calificar el film de Kubrick como rompedor, transgresor y controvertido es quedarse cortos. La obra se erige como una de las más grandes películas jamás realizadas y, a día de hoy, su visionado sigue provocando escalofríos. Una cinta admirada y denostada a partes iguales.

 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Siete fallos evidentes del gobierno de España en la pandemia


Unidad Editorial es uno de los principales grupos españoles de prensa escrita, tanto en distribución como en lectores, y que cuenta en su haber con publicaciones líderes en su campo como El Mundo, Marca o Expansión, pero que también gestiona otras publicaciones especializadas como Diario Médico y Correo Farmacéutico. 

Diario Médico es un reconocido periódico sanitario en nuestro país, decano en su especialidad y con rigor y transparencia demostrada. Y que el pasado 26 de octubre publicó una editorial bajo el título de “Siete fallos evidentes del gobierno de Pedro Sánchez en la pandemia”. Una editorial que merece ser reproducida, porque se puede decir más alto pero no más claro. Y que solo recoge lo que es un clamor desde muchos puntos de vista (dejando aparte las ideologías que todo lo distorsionan), pero principalmente una petición que desde hace meses se vienen reclamando desde las sociedades científicas de España, y con punto de inflexión en el manifiesto que surgió en el mes de septiembre del I Congreso Nacional COVID-19, en el que participaron 55 sociedades Científicas españolas: “COVID-19 en España: Manifiesto a favor de una respuesta coordinada, equitativa y basada en la evidencia”. 

Previamente, una carta en el mes de agosto firmada por una veintena de especialistas en Salud Pública y Epidemiología en la revista Lancet reclamaba una auditoría externa a la gestión de Gobierno y Comunidades Autónomas a la gestión de la crisis de la COVID-19. Y que se continuó con una carta de similar contenido y otros firmantes en el mes de octubre. 

Y ha pasado el tiempo y nada ha cambiado a mejor. Y solo se confirma que España sigue encabezando el ránking de peores indicadores en la gestión sanitaria de esta pandemia, tanto en términos sanitarios (porcentaje de contagios, porcentaje de mortalidad, porcentaje de sanitarios infectados, porcentaje de infectados y muertes en la tercera edad) como económicos (caída del PIB, tasa de desempleo global, tasa de paro juvenil, tasa de destrucción de negocios). Y estos datos son incontestables. Y la conclusión es clara, por mucho que se utilicen las estrategias ya definidas por Noam Chomsky para desenfocar el problema y sus responsables: unos malos datos en la crisis del coronavirus es responsabilidad de una mala gestión de su gobierno. 

Ya se ha dicho de todo sobre este tema, pero para este Gobierno es como predicar en el desierto. Los periodistas Iñaki Ellakuría y Planos Planas han publicado recientemente su libro “Manual de incompetencia”, en clara alusión y guiño al previo “Manual de resistencia” de Pedro Sánchez. Y ahora esta editorial de Diario Médico va dirigida a él y su Gobierno, con esos siete fallos que conviene tener en cuenta y aprender de ellos, para mejorar. Porque en la mejora va la salud de los españoles, pero también la crisis económica y social de dimensiones no vividas hasta la fecha en el futuro cercano. Espero que dejemos las ideologías aparcadas por un momento y sirva de algo este clamor y esta petición. 

Expongo literalmente la editorial: 

“Desde que se registró el primer caso positivo de SARS-CoV-2 en España, el 31 de enero, en una persona de origen alemán llegada a la isla de La Gomera en calidad de turista y que había estado en contacto con un paciente diagnosticado en Alemania, hasta hoy, 26 de octubre, sumamos más de un millón de infectados (la cifra se superó el pasado día 21/10, pero con fecha actual el número de casos ha superado 1,5 millones y el de fallecidos se acerca a los 43.000 oficiales ), lo que nos confirma como el sexto país del mundo que acumula esa cifra de contagios confirmados. 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? El Gobierno de Pedro Sánchez, que había asumido el poder justo dos meses antes del citado primer caso, cometió su primer error al desoír las alertas internacionales y las nacionales y no poner en marcha hasta el 14 de marzo el estado de alarma que luego duró nada menos que 98 días. Posiblemente Sánchez y su Comité Ejecutivo se consideraron muy hábiles dejando, a partir de ahí, en manos de los gobiernos autonómicos la gestión de la pandemia en sus respectivos territorios, pero de esa forma cometió su segundo error: la covid-19 es un problema de Estado y requería, en todo momento, control de Estado; con la participación en las decisiones de las regiones, sí, pero control de Estado. 

El tercer error: Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, tendría que haber sido sustituido al frente de la estrategia contra la covid-19 por un académico de la Medicina Preventiva y Salud Pública muy respetado dentro y fuera de España por sus aportaciones a la especialidad en la bibliografía médica mundial y tendría que haberse nombrado un comité formal y oficial de expertos de todas las disciplinas requeridas, del que saliesen todas las propuestas de medidas y criterios técnicos a aprobar por parte del Gobierno central con participación de los autonómicos. Cuarto error: en la compra de material (EPI, respiradores artificiales, PCR…) el ministerio hizo bien en pretender centralizar las adquisiciones, para intentar lograr mejores precios con la economía de escala, pero fracasó por no apoyarse desde un primer momento en la industria nacional con conocimientos y contactos en el mercado asiático, lo que generó falta de productos vitales para los sanitarios y un dispendio, por ahora, incalculable. 

Quinto error: no dictar las normas necesarias para asumir el control (que no la gestión directa) de los recursos asistenciales, con la participación legalmente obligada de las autonomías, de tal manera que fuese posible mover enfermos con covid-19 entre unas y otras en función de recursos y necesidades, lo que hubiese paliado el abandono de enfermos en las residencias de ancianos. Es evidente que la solidaridad entre ellas ni funcionó ni cabía esperar que lo hiciera sin más. 

Sexto error: no intentar poner en marcha un sistema de recogida de datos centralizado, automatizado y anonimizado de las historias clínicas electrónicas de todo el SNS para tener datos fiables y on line de la evolución de la pandemia. La credibilidad de los datos aportados por Gobierno central y las autonomías ha sido baja por la inexplicada discrepancia entre ellos. 

El partidismo, en un contexto de gobiernos débiles (en minoría y de coalición en el caso del central y de autonómicos, entre ellos los de Madrid y Cataluña; en este caso también más pendiente del procés que de la pandemia), ha resultado un palo en las ruedas de la maquinaria para hacer frente con éxito a la covid-19, pero Sánchez no debió renunciar, bajo ningún concepto ni por ningún tipo de presión, a ejercer su rol en un problema nacional de tanta gravedad. Pero lo hizo, y perdió el verano, séptimo error, en no se sabe qué. ¿Por qué somete a aprobación del Consejo Interterritorial justo cuando ya cabalgamos sobre la segunda ola de la pandemia el documento Actuaciones de respuesta coordinada para el control de la transmisión de Covid-19? Pedir sacrificios a la ciudadanía es necesario, pero la pandemia requiere sobre todo un Gobierno eficaz.” 

Siete errores y siete pecados capitales que dejaran pequeñas a la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Porque obras son amores y no buenas razones. Y porque este análisis de la editorial de Diario Médico soporta el método deliberativo de hechos, valores y deberes.

lunes, 23 de noviembre de 2020

Epidemias y pandemias: cuando la historia supera la ficción

 

Durante el mes de octubre y noviembre el proyecto Cine y Pediatría saltó sus fronteras. Y no solo físicas, pues viajamos virtualmente a otros países, sino temáticas. Pues abordamos un tema a petición de la organización de ciertos congresos para hablar del tema de la representación de las epidemias y pandemias en el cine. 

Y así lo hicimos junto con la Sociedad Dominicana de Pediatría y con la Sociedad Chilena de Pediatría. Y realizamos la ponencia que os adjuntamos en este post, y que desarrollamos bajo al visión de la historia y la visión del cine. 

En el primer apartado, abordamos la HISTORIA e historias alrededor de epidemias y pandemias. Y aquí analizamos el Top 10 de las principales pandemias en la Historia: peste negra o peste bubónica (1347-1351), nueva peste negra (1885-1920), gripe española (1918-1920), gripe asiática (1957 - 1958), gripe de Hong Kong (1968), VIH (desde 1986), Ébola (desde 1976), SARS (2002-2003), gripe A,H1N1 o gripe porcina(2009) y MERS (desde 2012). Sin contar claro está con la actual pandemia por el nuevo coronavirus, SARS-CoV-2, causante de la enfermedad conocida como COVID-19. 

Y estas son las claves que nos devuelve la HISTORIA: 
- Las pandemias se han repetido en la historia, con tres claros protagonistas: al principio Yersinia pestis, y luego dos virus (el de la gripe y el coronavirus, el nuevo, el anterior y los que vengan). 
- La Historia y las historias deben servir para aprender algo y no cometer los mismos errores. 
- Dejemos que sea la Ciencia, la Medicina y la Historia las que guíen los pasos a seguir, y que sean los científicos, médicos e historiadores los que marquen las pautas a realizar para la gestión de las epidemias y pandemias, pautas basadas en los datos y en los hechos, no en las ideologías, basadas en la prudencia pero no el miedo. 

Y en el segundo apartado, ya planteamos EL CINE y películas alrededor de las epidemias y pandemias. Y aquí analizamos 20 películas alrededor de este tema, de distintas épocas, países y géneros documentales. Por orden cronológico: El doctor Arrowsmith (John Ford, 1931), Pánico en las calles (Elia Kazan, 1950), La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), La amenaza de Andrómeda (Robert Wise, 1971), El puente de Cassandra (George Pan Cosmatos, 1976), La invasión de los ultracuerpos (Philip Kaufman, 1978), Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), Estallido (Wolfgang Petersen, 1995), Doce monos (Terry Gilliam, 1996), El último patriota (Dean Semler, 1998), 28 días después (Danny Boyle, 2002), Hijos de los hombres (Alfonso Cuaron, 2006), Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007), Doomsday: El día del juicio (Neil Marshall, 2008), A ciegas (Fernando Meirelles, 2008), Infectados (Àlex Pastor, David Pastor, 2009), Contagio (Steven Soderbergh, 2011), Virus (Kim Sung-su, 2013), Guerra Mundial Z (Marc Foster, 2013), Tren a Busan (Yeon Sang-ho, 2016). 

Y estos son las claves que nos devuelve el CINE: 
- La infectología, las epidemias y pandemias son un tema recurrente en el séptimo arte. Y a la mayoría de las películas les precede una novela de éxito. 
- La mayoría de las pandemias son víricas (virus de la rabia, de la gripe y no filiado) y se sitúan en el primer cuarto del siglo XXI, casi como una premonición de nuestra situación actual. 
- Las pandemias asolan las ciudades, transformando a las personas en zombis, vampiros o con funciones sensoriales y mentales alteradas. Todas plantean un futuro desolador, caótico y con escasos motivos para la esperanza. 
- De las 20 películas analizadas, considero argumentales 5: El doctor Arrowsmith (1931), Philadelphia (1993), Estallido (1995), Virus (2013)… y especialmente CONTAGIO (2011)  
- La película CONTAGIO debe prescribirse a estudiantes, sanitarios y también a la población, porque plantea los siguientes debates: el proceso científico para caracterizar y contener un nuevo patógeno; los mecanismos de transmisión de una pandemia; la ética personal y profesional ante una amenaza existencial; las fortalezas y limitaciones de las respuesta de la salud pública; los factores que llevan al pánico de masas y al colapso de orden social. 

Por tanto, dos conclusiones más allá de la realidad y más acá de la ficción: 
1. La HISTORIA nos demuestra dos realidades PASADAS de las pandemias: su gravedad y su recurrencia. Por lo tanto, las pandemias no son “cisnes negros”, sino “rinocerontes grises”.  
2. El CINE nos muestra dos supuestos FUTUROS de las pandemias: su visión apocalíptica y su limitada positividad. Aunque la realidad supera en ocasiones la ficción. Y el momento distópico que vivimos por la COVID-19 es un ejemplo. 

Porque en estos difíciles momentos en el mundo, cabe recordar que en temas de epidemias y pandemias la historia puede superar a la ficción. Y debemos estar preparados para ello. Porque en realidad esta es una historia de cine...