sábado, 2 de julio de 2022

Cine y Pediatría (651) “If….”, la dura crítica al sistema educativo británico

 

Acabamos de estrenar el libro Cine y Pediatría 11 y su introducción (y el vídeo de presentación) ha sido un homenaje a la docencia y los docentes a través de esa fusión de alumnos y profesores en centros docentes del celuloide. Y en ese texto recopilábamos más de cuatro decenas de películas sobre el tema, todas ellas ya publicadas en Cine y Pediatría, y que abarcan desde Cero en conducta (Jean Vigo, 1933) hasta El profesor (Teacher) (Adam Dick, 2019), clásico en blanco y negro como El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962) o en color como El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989), películas de ayer como Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959) o de hoy como El buen maestro (Olivier Ayache-Vidal, 2017), película que nos dibujan una sonrisa como Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004) o un rictus de preocupación como La Ola (Dennis Gansel, 2008), y películas con profesores icónicos como Profesor Holland (Stephen Herek, 1995), La sonrisa de Mona Lisa (Mike Newell, 2003) o Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011). Está claro que en todo recopilatorio que se precie son todas las que están, pero no están todas las que son. Y éramos conscientes de películas ausentes en ese momento. Y un ejemplo son las dos películas británicas que vamos a comentar en las dos próximas entradas, ya icónicas en su filmografía. 

Hoy nos adentramos en una película que comienza con este pensamiento: “La sabiduría es lo principal; por lo tanto, consigue sabiduría y con todo lo que consigas, consigue compresión”. Hablamos de If…. (Lidsay Anderson, 1968), polémico film del que fuera pionero del Free Cinema inglés, donde arremete contra la enseñanza superior y hace una sátira violenta y sin matices de los colegios superiores y del “establishment” educativo británico. 

Esta película es la primera de la trilogía de Lindsay Anderson sobre Mick Travis, personaje que recae sobre el actor Malcolm McDowell, conocido por sus controvertidos papeles y que alcanzó la cima en el personaje de Alex DeLarge en La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971).  Las tres películas, tres críticas con un personaje común, son If.... (1968), la dura crítica al sistema educativo británico, Un hombre de suerte (1973), surrealista crítica al capitalismo a través de las aventuras de un joven vendedor de café, y Britannia Hospital (1982), un crítico documental sobre un hospital a través de la pluma de un periodista. Y es así como, a través de los años, Mick Travis (o Malcolm McDowell) se transforma de estudiante a periodista, pasando por un vendedor de café. Tres variaciones iconoclastas sobre Inglaterra a través de la mirada de un director, un actor y su ficticio personaje. 

Y es que If…, premiada con la Palma de Oro de Cannes y nominada en su año a los Óscar a Mejor película de habla no inglesa, nos dibuja un panorama educativo de opresores (los responsables del centro educativo de élite con carácter de internado) y oprimidos (los jóvenes estudiantes internos), donde la violencia brota como un recurso para vencer la opresión y buscar conatos de libertad. Y para ello el director se vale de distintos recursos, como ese uso recurrente de escenas en blanco y negro dentro de una película en color, y nos fracciona la historia en siete partes, con los siguientes títulos: 1. La Residencia. “El regreso…”; 2. Colegio. “Reunidos otra vez”; 3. El trimestre; 4. Ritual y romance; 5. Disciplina; 6 Resistencia; y 7. A la guerra. 

Todo comienza con el caos de los alumnos que llegan al nuevo curso escolar. Y se atisba un ambiente peculiar en el que ya se dibujan opresores y oprimidos, y es así que un profesor le dice a un alumno: “Malcolm, calienta el asiento del baño. Estaré ahí en tres minutos”. Niños trajeados con chaleco y corbata, muy “british”, que corren por los pasillos y escaleras y se instalan en sus habitaciones y en sus aulas. Y ya vislumbramos la superioridad de algunos alumnos sobre otros. Y vamos conociendo a los alumnos: Stephans, Peanuts, Biles, Gray, Pearson, Phillips, Jute, Wallace, Knightly,… y, cómo no, a nuestro Mick Travis (Malcolm McDowell), quien ya expresa su particular liderazgo cuando suena la campana que da comienzo al curso y dice: “¿Cuándo nos toca vivir? Eso es lo que quiero saber”. 

Y vale la pena recoger el discurso de ingreso de su director: “En este periodo sólo tengo una cosa que decirles, una regla. Cúmplanla y no tendrán problemas. Y es: trabajen, jueguen, pero no mezclen las dos cosas. Tal vez, alguno de los muchachos nuevos estén algo desconcertados por la rapidez de los sucesos desde que han llegado, pero en poco tiempo encontrarán el camino. Recuerden que aquí la vida se trata de dar y tomar. Somos su nueva familia. Y cabe esperar todo lo agridulce que sucede en cualquier familia. Estamos todos aquí para ayudarnos mutuamente. Encontrarán aquí en la Casa College la disciplina para ayudar a los demás y también para ayudarse a ustedes mismos. Ayuden a la Casa y la Casa los ayudará…”. Continúa con la inspección médica y la inspección de dormitorios. Y el esplendor de la Casa College se nos muestra ya en la ceremonia inicial en esa magnánima estancia gótica mientras entonan los coros. 

Y vamos conociendo a los profesores: el de Historia que llega en bicicleta hasta la misma clase, el de Matemáticas que es un cura acosador de alumnos, el de Gimnasia, etc. Y a los cuatro alumnos supervisores con varas. Y esa perorata del rector mientras le siguen sus acólitos en el paseo: “La educación en Gran Bretaña es una cenicienta núbil con poca ropa y muchas interferencias. Hoy en día Gran Bretaña es una potencia de ideas, experimentos, imaginación. Desde la música popular hasta los criaderos de cerdos, desde los generadores atómicos hasta las minifaldas. La creatividad se está despertando en alguno de nuestros jóvenes. Los engranajes de la imaginación se mueven. Eso es lo que hace que mi trabajo valga la pena. Eso es lo que apasiona de este lugar”. 

Avanza la historia y esa asimétrica relación entre profesores y alumnos. Y en sus habitaciones, con recortes de revistas de chicas, grupos musicales y posters de Lenin, el Che Guevara y fotos de soldados en Vietnam, aparecen las reflexiones de Travis (“La violencia y la revolución son los dos únicos actos puros… La guerra es el último acto creativo posible”) o la de otros alumnos (“Creo que hay que tener un objetivo. De esa manera triunfas. Veo cuál es tu problema: no tienes ambición”, “¿Cuál es la forma más horrible de morir?”). Y los sermones: “Somos todos corruptos. Somos todos pecadores. Somos todos ¡carne que debe ser castigada! Si un soldado no cumple con su deber, espera ser castigado. Hay fallas grandes y pequeñas y hay castigos grandes y pequeños. Pero hay una falla, un crimen, una deslealtad que no puede ser perdonada Y esa deslealtad se llama desertar ¡El desertor ante el enemigo debe ser fusilado! ¡Jesucristo es nuestro oficial al cargo! Y si desertamos, no podemos esperar misericordia. Y somos todos desertores”. 

Y la perorata del rector a Travis y sus dos conflictivos amigos, tras la escena del castigo físico: “Es característico de la adolescencia querer proclamar la individualidad. No hay nada malsano en ello. Es una forma inocente de existencialismo… Ustedes son inteligentes. Son demasiado inteligentes para ser rebeldes. Eso es demasiado fácil. Y sería fácil castigarlos de modo normal. Pero les otorgaré un privilegio. Trabajo, verdadero trabajo. Y no quiero que lo tomen como un castigo, sino como una oportunidad de dar, de servir”. 

Y es así como Lindsay Anderson presenta la rebelión estudiantil como una metáfora de la lucha contra un sistema conservador y anquilosado en rancias tradiciones. Y en esta primera parte de su trilogía analiza sin piedad el sistema educativo de las élites británicas localizando la narración en un internado masculino, donde Travis nos grita que la destrucción, la imaginación y la anarquía son el único modo viable de luchar contra el sistema. Y ello nos aboca a un final de curso caótico y sangriento, donde el protagonista (y sus acólitos) no solo dispara contra esa sociedad que conforma el sistema (políticos, militares, religiosos, clases sociales, educadores,…) sino contra el propio espectador.

 

miércoles, 29 de junio de 2022

La “farsa” del Mundial de Qatar sobre los derechos humanos frente al Orgullo

 

Ayer, 28 de junio, se ha conmemorado el Día Internacional del Orgullo, fecha que conmemora los disturbios de Stonewall (Nueva York) de 1969 y que marcaron el inicio del movimiento de liberación homosexual… y luego extendido a toda la diversidad sexual, con un juego de siglas que llega de LGBT a LGBTQIA+ y hasta LGBTTTQQIAAPP. Hace unos años, en la conmemoración a las bodas de oro de esta fecha, comentábamos en este blog algunos aspectos lingüísticos alrededor de este día que empezó llamándose Orgullo Gay, pasó luego a Orgullo LGBT y finalmente parece haberse quedado en Orgullo a secas.  

Hoy regresa esta fecha con este título que mezcla diversidad sexual, política y fútbol. Un título paradójico que parte de las supuestas declaraciones de un portavoz del Mundial de Fútbol en Qatar que se ha viralizado en redes sociales y en las que se decía que “quien luzca la bandera LGBTI en la copa del mundo de fútbol será arrestado por siete u 11 años…  Estamos en un país islámico, se debe respetar nuestra religión, creencias y cultura”. Según Maldita.es, web especializada en desmentir información falsa, se recoge que no hay rastro de declaraciones recientes al respecto.  

Sea como sea, cuando el río suena, agua lleva. Porque este Mundial en Qatar lleva la polémica en la mochila desde el inicio, pues todo ha estado rodeado de polémica, desde la muerte de miles de personas migrantes en la construcción de los estadios,  hasta el trato degradante que sufren las mujeres y el colectivo LGTBI en el país, o la vulneración de los derechos de expresión y reunión. Y toda esta información lleva denunciándose desde hace mucho tiempo en Amnistía Internacional. No es nuevo. Y es bien conocido. Otra cosa es que prefiramos mirar para otra lado, quitándonos las briznas de nuestros ojos (hasta quedarnos ciegos) sin hacer caso a la viga ajena (bien contrario al refrán, pero bien real). 

El fútbol ha cometido de nuevo un error, uno más en este deporte sobrevalorado y mimado. Todos recordamos las declaraciones de Xavi Hernández en septiembre de 2019, en plena crisis de España con la comunidad autónoma de Cataluña por aquella declaración unilateral de independencia; este jugador de fútbol, ahora entrenador del F.C. Barcelona (o Barça), pero entonces entrenador en Qatar, dijo: «Qatar no es una democracia, pero funciona mejor que España».  O también su "Muchos tienen una idea sobre la cultura árabe, pero cuando vienes a Qatar es completamente diferente", frase que se entiende mejor con los petrodólares que se metía en el bolsillo, aunque nuevamente Amnistía Internacional le contestó con este artículo titulado “Seis cosas que pasan en Qatar (diga lo que diga Xavi Hernández)” y que conviene leer en toda su extensión.  

El sistema judicial catarí se basa en la sharía o ley islámica, que considera la homosexualidad como falta grave. Y el Código Penal en ese país sigue tipificando las relaciones homosexuales entre hombres como un delito punible con hasta siete años de prisión. Su artículo 296 especificaba los delitos de “conducir, instigar o seducir a un varón de cualquier manera para que cometa sodomía o disipación” e “inducir o seducir a un varón o a una mujer de cualquier manera para que cometa acciones ilegales o inmorales”. 

La homofobia está a la orden del día. Y la sinrazón también, pues estas declaraciones de hace tan solo una semana si son ciertas. Una de ellas proceden de Nasser Al-Khater, presidente del comité de organización del Mundial 2022, quien confirma que «la homosexualidad no está autorizada» en Qatar, pero promete que los aficionados LGTBI tendrán derecho a viajar y ver los partidos, con una condición: «sin muestras de afecto en público». Y también recuerda las penas de hasta siete años por tener sexo fuera del matrimonio con motivo del Mundial de Fútbol.  

Algunos países y algunos clubes ya están tomando cartas en el asunto. La FIFA también debería hacerlo y con ello subsanar el error de elegir este país para un Mundial, y que acogerá muchos países donde los derechos humanos no pueden ser cuestionables. Pero poderoso caballero es don dinero. Parece que los derechos humanos ante ello quedan en segundo plano. Y esta es la farsa de Qatar sobre los derechos humanos en su Mundial de Fútbol. Y ante esta farsa queda el orgullo, el orgullo LGTBI y el de cualquier persona que no comulgue con ruedas de molino… 

Orgullo que es la suma de amor, visibilidad y resiliencia. Ya lo dijo A. Jodorovsky: “Los pájaros que nacen encerrados creen que volar es una enfermedad”

(Nota a pie de página. El dinero qatarí hace años que va a parar a financiar el deporte fuera de sus fronteras. Los casos más paradigmáticos están en el fútbol y concretamente en dos clubes: el PSG, ese equipo-estado cuyo capital principal proviene de Qatar, y el F.C. Barcelona, durante muchos años financiado por Qatar Sport Investment y que lucía en su camiseta la publicidad de Qatar Foundation y más tarde la de Qatar Airways (durante los 6 años de patrocinio le valió al club un total de 177 millones de euros). Y el diario Sport – hoja parroquial del F.C. Barcelona - se presentó en su momento como “el primer diario deportivo de Qatar” tras anunciar la creación de una nueva versión del diario en inglés para ser distribuida en aquel país. Por eso la “farsa” va en comillas…que suena como Farça, tan falso como la Xavineta que prometió este entrenador y que pinchó a medio camino).

lunes, 27 de junio de 2022

Cuadernos de Historia de la Pediatría Española: Pediatras escritores de España y Latinoamérica

 

Hoy revisamos una nueva publicación de la serie Cuadernos de Historia de la Pediatría Española que se aglutinan alrededor de la labor del Comité de Historia de la AEP (Asociación Española de Pediatría), cuya labor conviene conocer y que se pueden consultar a través de esta página web del Comité de Historia

Y hoy comentamos el Cuaderno nº 23 que lleva por título “Pediatras escritores de España e Hispanoamérica” (y que cabe revisar en su versión completa en este enlace), con estos dos capítulos: 

- José Ignacio de Arana Amurrio, pediatra y escritor. La mano que mece la escritura de médico 
Fue doctor en Medicina, español, especialista en pediatría, puericultor del Estado y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Ejerció en la medicina pública, en el Hospital Gregorio Marañón durante más de 40 años, hasta su jubilación. Ejerció también en la medicina privada, en su consulta, adscrita a Sanitas y otros seguros médicos. Fue escritor prolífico, divulgador sanitario y de la historia de la medicina y la pediatría y experto en medicina medieval española. En su narrativa y ensayo también cultivó el humor y el humanismo médico. Ante todo, se consideraba médico y pediatra. Y fue uno de los fundadores de este Comité de Historia de la pediatría española. En mi amistad hacía él nos únía profesión, orígenes palentinos y el que fuera uno de mis dos padrinos en mi ingreso en ASEMEYA (Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas). 

- Florencio Escardó. “Una pequeña historia de un Gran Maestro” 
Destacado pediatra, sanitarista, escritor y periodista argentino. Fue Decano de la Facultad de Medicina y luego vicerrector de la Universidad de Buenos Aires. Su cátedra crea el primer laboratorio de Bacteriología Pediátrica. Fue presidente de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y como escritor científico, pero también de otras obras y temáticas; en el rubro "humor" usaba el seudónimo: «Piolín de Macramé» y antes había usado el "Juan de Garay". 

Dos ejemplos de pediatras escritores, que se suman a la amplia lista de médicos escritores y escritores médicos que nos reseñan en su prólogo el Dr. Alberto Infante, quien fuera un reciente presidente de ASEMEYA, así como mi buen amigo (y el segundo de mis mentores en ASEMEYA, junto a José Ignacio), Fernando Navarro, en un artículo bien conocido suyo y que ha titulado "Por qué los médicos somos tan dados a escribir?" Y es aquí donde el autor nos recuerda algunos ilustres pediatras escritores más, como el madrileño Manuel Tolosa Latour, o el estadounidense de raíces hispanas, William Carlos Williams. 

Y en la actualidad un buen número de pediatras intentamos seguir esta estela. Y a buen seguro que ya conozco un generoso listado de jóvenes pediatras de España e Hispanoamérica con esta dedicación a la ciencia y a la literatura.