jueves, 28 de enero de 2010

... Pero las guías pueden funcionar (y funcionan)


Esta entrada es un poco continuación de la de ayer. Si entonces relatábamos una experiencia fallida de implementación de una guía de práctica clínica (GPC), hoy le toca el turno a la otra cara de la moneda.

Antes de nada una pequeña introducción: ya lo hemos dicho muchas veces, pero insisto: Twitter es una fabolusa fuente de información. Basta con seguir las cuentas apropiadas. La de Carlos Cuello @CharlieNeck es una de las imprescindibles.

Por ella nos enteramos de la publicación en Journal of Pediatrics de un estudio realizado en Italia en el que dos grupos de pediatras de atención primaria eran asignados a dos grupos. El de "intervención" recibía un curso intensivo de dos horas sobre las recomendaciones de una GPC para el tratamiento de la gastroenteritis aguda. El grupo de control no recibió curso alguno. Se determinó el grado de cumplimiento de las recomendaciones, la duración del episodio diarreico y la variación en el peso del niño a los 5-7 días de seguimiento.

El 65% de los niños atendidos por los pediatras que recibieron la intervención fueron tratados según las recomendaciones de la GPC frente a un 3% de los niños del grupo de control. La duración de la diarrea en el grupo de intervención fue inferior (83,3 horas frente a 90,6 horas en el grupo de control).

Otras experiencias positivas: también en Italia, la aplicación de las recomendaciones de una GPC para el manejo de las convulsiones en dos servicios de urgencias pediátricas hospitalarios redujo el porcentaje de ingresos y de realización de análisis de sangre. En España, también hemos constatado experiencias similares en el manejo diagnóstico y terapéutico de la neumonía extrahospitalaria en atención primaria.

Así que las GPC funcionan. La cuestión radica, como ya escribíamos ayer, en su implementación. Alguna pista producto de la experiencia personal: las GPC no deberían ser vistas como una "imposición" de los gestores sino como lo que son: una herramienta para proporcionar la mejor asistencia sanitaria disponible basada en las mejores pruebas extraídas de la mejor investigación clínica realizada en pacientes. Una herramienta que tiene como uno de sus objetivos disminuir la variabilidad injustificada en la práctica clínica. A los profesionales se nos ha de facilitar el seguimiento de las recomendaciones (por ejemplo, integrándolas en las historias clínicas informatizadas), evitando tener que "recordar" lo que ponía en un pdf. Y las instituciones sanitarias promotoras deben tener presente que una GPC no acaba con su edición: la GPC, de hecho, no acaba nunca. Una vez implementada, debe monitorizarse el grado de adecuación a sus recomendaciones además de - lógicamente - ser actualizada periódicamente cuando nuevas pruebas científicas así lo exijan. Todo esto no es sencillo... pero se ha de tener presente, como decíamos ayer, desde el mismo momento en que la idea de diseñar una GPC surge.