sábado, 4 de agosto de 2012

Cine y Pediatría (134). “Kiseki” o el milagro del reencuentro familiar


El cine japonés es recordado en occidente por algunos autores muy concretos y en tres épocas principales: 
1) Una época clásica con Kenji Mizoguchi (La historia del último crisantemo, 1939; Vida de O-Haru, mujer galante, 1952; Cuentos de la luna pálida, 1953), Yasujirō Ozu (Primavera tardía, 1949; Cuentos de Tokio, 1953; Buenos días, 1959) y el incombustible Akira Kirosawa (Rashomon, 1950; Los siete samuráis, 1954; Dersu Uzala, 1975; Ran, 1985). 
2) La llamada nueva ola japonesa con Nagisa Oshima (Historias crueles de juventud, 1960; El imperio de los sentidos, 1976; Feliz Navidad, Mr. Lawrence, 1983) y Shohei Imamura (La balada de Narayama,1983; La anguila, 1997; Agua tibia bajo un puente rojo, 2001). 
 3) Y los directores más actuales, entre los que destaca los peculiares Takesi Kitano (Sonatine, 1993; Flores de fuego, 1997; Zaotichi, 2003) y Takashi Miike (The bird people in China,1998, Audition, 1999; Dead or alive: Hanzaisha, 1999); y algunos otros, como el director Hirokazu Kore-eda.

Sobre este último director y sobre su última obra, Kiseki, centraremos nuestra atención. Los inicios del cine de Hirokazu Kore-eda partieron del inconformismo documental a finales de los 80. En 1995 firmaba su primera obra de ficción, Illusion, y ya pronto se convirtió Kore-eda en un predilecto del circuito de festivales. Se consolidó con After life (1988) y Distance (2001), pero es con Nadie sabe (2004) con quien se gana a la crítica (una película definida como un brutal relato de supervivencia contado a vista de niño, y sobre la que profundizaremos en una posterior entrada de Cine y Pediatría). Sus siguientes películas implican claros cambios de registro: Hana (2006), Caminando (2008) y Air doll (2009) y, en estos momentos, Kiseki (2011). Empeñado en reinventarse, en ser un director diferente a cada paso, el cineasta japonés más internacional del momento, cambia radicalmente de tercio en muchas de sus películas.
Es Kore-eda un director que explora en sus películas temas tales como la memoria, la muerte y asumir la pérdida. Y que nos ha dejado con su última obra una sencilla y gran película, entre las mejores del año: Kiseki, comedia dramática llena de humanidad que consagra a su director como uno de los grandes directores asiáticos vivos. Interesante película que, sin embargo, ha pasado prácticamente desapercibida en España, pues se ha estrenado en contadas salas en nuestro país y durante muy poco tiempo (esto acaba ya siendo una tónica peligrosa en nuestra maltrecha cultura cinematográfica).

Kiseki (Milagro) es una comedia dramática que nos muestra la indisolubilidad espiritual de la familia, en la que dos hermanos, separados a causa de un matrimonio roto, creen en el milagro de poder volver a estar juntos y completar las piezas del puzle que faltan para que su infancia vuelva a ser como antes, cuando estaban todos unidos. Kore-eda retrata el universo infantil con una sensibilidad extrema (como ya lo hiciera en Nadie sabe), en una historia llena de esperanzas e ilusiones rotas, en la que la magia y los sueños propios de los niños conquistan al espectador con una trama amable, incorporando elementos humorísticos. La cinta ha obtenido el Premio al Mejor guión y el Premio SIGNIS en el Festival de Cine de San Sebastián del 2011.
Dos hermanos se sienten desdichados por que están separados el uno del otro, en los extremos de la isla de Kyushu. Ryunosuke (Ohshirô Maeda), el hermano menor de 10 años, vive con su padre en Hakata, al norte de la isla; y Koichi (Koki Maeda) el mayor de 12 años, reside con su madre y abuelos en Kagoshima, al sur de la isla. Dos hermanos con caracteres muy diferenciados: el mayor es muy sensato, como su madre; el pequeño, un simpático seductor como su padre; se complementan para crear armonía en la diferencia. Igual de logrados están los papeles de sus amigos, cada uno de ellos con su pequeña historia, su pequeño sueño. El divorcio de sus padres les ha separado, pero Koichi solo desea que vuelvan a estar juntos. Cuando se entera de que un nuevo tren bala a punto de inaugurarse unirá las dos ciudades, empieza a creer que ocurrirá un milagro en el momento en que los trenes se crucen a toda velocidad. Durante una clase oye esta explicación de un amigo a otro: “El tren Sakura viene de Kagoshima a 260 Km por hora. El tren Subame viene de Hakata a 260 Km por hora. Algo ocurre cuando los dos se cruzan. Un milagro…sí, por la energía que se desprende. Si alguien lo ve, su deseo se hace realidad”. Y entonces surge la idea… 
Kiseki es la película de un director más que nunca enamorado de la idea de la infancia como terreno de incontenible exploración y aprendizaje sentimental, casi una reverencia a la complejidad de la psicología infantil. Esta película tiene algunas similitudes con otra obra de otro maestro del cine japonés: Takesi Kitano y el viaje emocional de El verano de Kikujiro (Takeshi Kitano, 1999), con ese niño en su tránsito de búsqueda. Kisaki cuenta con un buen grupo de niños japoneses, encabezados por los dos hermanos protagonistas (hermanos delante y detrás de la pantalla), constituido por el dúo cómico Maeda Maeda, los hermanos Koki y Ohshirô, auténtico acontecimiento en Japón, donde gozan de enorme éxito y de una fama sin precedentes. Y es ese viaje de los dos hermanos y de sus amigos en busca del cruce de trenes balas, en donde cada niño expresa el deseo que buscaba cumplir: “ser actriz”, “dibujar mejor”, “correr más deprisa”, “que mi padre no apueste tanto”, “que volvamos a ser una familia unida”,… 
Kiseki propone, además, un escenario inédito. Por primera vez Kore-eda acepta un encargo, una película de productor, a cuya gestación es ajeno. Pero hubo dos poderosos motivos para aceptar: es un amante de los trenes y, además, acaba de ser padre y le apetecía especialmente hacer una película con niños en un registro opuesto, mucho más amable, al de la complicada Nadie sabe


Kore-eda cambia radicalmente de tono y de registro (otra vez) con esta entrañable fábula familiar en la que vuelve a exhibir su extraordinario toque para dirigir niños y su extraordinaria sensibilidad retratando el universo mental y emocional de la infancia. Y es capaz de hacer tanto con una historia tan sencilla. Kiseki (Milagro) es la obra de un director más que nunca enamorado de la idea de la infancia como exploración y aprendizaje sentimental. Ese cine dedicado en su última y brillante década a hablar de la pérdida como ese sentimiento aplicado a la infancia todavía inocente. Así lo palpamos claramente cuando Ryunosuke espera en casa a su padre y le dice: “Debo hablarte, papá, siéntate. Aparento que lo paso muy bien, pero desde que os separasteis, he tenido que aguantar mucho”. Porque en la separación de unos padres siempre pierden los hijos y eso lo conocen (aunque no siempre lo re-conocen) los padres, y eso lo conocemos los pediatras (partícipes, en muchas ocasiones, de esta noticia tan habitual en las familias actuales como es el divorcio). De ello nos habla Kiseki, del posible “milagro” de un reencuentro familiar tras la separación de los padres. En el fondo, es un “milagro” que muchos niños sueñan, aunque no se lo preguntemos (o no lo queramos conocer).