viernes, 19 de octubre de 2012

Los niños mendigos de Senegal




En el reciente congreso internacional de pediatría social ISSOP 2012, hubo una comunicación oral que me impresionó especialmente. Se trata de la titulada “La prohibición de la mendicidad en Senegal ¿ha ayudado a los niños mendigos?”
Ya solo el título te hace dar un respingo, y a decir sin reflexionar ¡pues claro!, ¿cómo no va a ser bueno que se prohíba la mendicidad?
Después de leer el resumen (desde el hipervínculo del título) o de ver la presentación, la visión del asunto es muy otra.
Esta presentación la defendió mi amiga Jónína Einarsdóttir, antropóloga islandesa, que ha vivido varios años en Guinea Bissau, y conoce a fondo el entorno africano de esa zona.
Padres muy pobres de Guinea Bissau envían a sus hijos varones a las escuelas coránicas del vecino Senegal, con la esperanza de que allí adquieran una educación para poder tener un futuro. Los niños llegan sin ningún tipo de apoyo económico, y el método que la escuela coránica tiene para su subsistencia es mandarlos a mendigar. La mendicidad no está mal vista en el Islam, al contrario, ofrece la posibilidad a los fieles  de practicar la limosna, uno de los preceptos del Corán.
Es en este entorno dónde en 2010, presionado por los países donantes, especialmente Estados Unidos, el gobierno senegalés prohibió la mendicidad, e incluso apresó a varios profesores de estas escuelas acusándoles de tener a los niños en régimen de esclavitud.
Los niños quedaron desatendidos en las calles, hambrientos, sufriendo, sin poder volver a sus casas y sin tener el cobijo de las escuelas coránicas.
Las ONG, que pretendían “rescatar” a los niños, se enfrentaron tanto a las escuelas coránicas como a la población, planteando soluciones difíciles de implementar en un lugar con tantas carencias.
El equipo de Jónína realizó un trabajo de campo, entrevistándose con profesores coránicos, ONGs y otros estamentos implicados, y realizando una observación de los niños mendigos.
La prohibición finalmente fue revocada, y los niños volvieron a mendigar, como antes, pero con más miedo.
La solución no es solo prohibir, hay que dar salidas a la población implicada, de otro modo son los más débiles los que siempre sufren más.