sábado, 27 de marzo de 2010

Cine y Pediatría (11): La mirada de los niños en el cine iraní: el extraordinario caso de la familia Makhmalbaf


El apellido Makhmalbaf está, indiscutiblemente, ligado al cine, como un caso extraordinario dentro del séptimo arte. Mohsen Makhmalbaf es el patriarca, nacido en una familia humilde de Teherán e implicado desde joven en militancia política radical. Acabó en la cárcel durante 4 años, de la que salió de ella poco después de la Revolución de Jatami. Allí cultivó la cultura y se convirtió en escritor y en cineasta. Desde 1996, también se ha dedicado a enseñar, fundando la Makhmalbaf Film House, si bien su mayor influencia fue en su propia familia. Sus películas están atravesadas de poesía visual, por muy duros que sean los temas que abordar; autor entre otros de El silencio (1997) y Kandahar (2001). El silencio es la historia de un niño ciego que trabaja para ayudar a su madre afinando instrumentos y al que le gusta seguir por las calles las melodías que escucha. Kandahar se adentraba en la vida de las víctimas del terrorismo cotidiano que los talibanes generalizaban en Afganistán: las mujeres. Mujeres secuestradas bajo un régimen dictatorial en todos los niveles que la imaginación pueda inquirir (religioso, político, social, cultural, económico). Otra constante del cine iraní, junto con la infancia, es la preocupación por la situación de la mujer. Pero ninguna película ha sido tan fuerte y definitiva en relación a la situación de la mujer dentro de las coordenadas legislativas islámicas como El círculo (Jafar Panahi, 2000), historia, encadenada de varias mujeres de Teherán y contada en espiral (a la manera de La Ronda, de Max Ophüls, 1950).

Marziyeh Meshkini es la esposa de Mohsen Makhmalbaf, guionista y directora de El día que me convertí en mujer (2000): extraña y onírica película que narra la historia de la mujer iraní en tres etapas de la vida. Tres fábulas, tres historias, tres cortometrajes muy curiosos donde la mujer y su falta de libertad en Irán son los protagonistas.

Samira Makhmalbaf es la hija mayor de este matrimonio, una niña-cineasta, un caso excepcional más allá de las fronteras de su país. Autora entre otras de La manzana (1998), La pizarra (2000) y A las cinco de la tarde (2003).
La manzana es la historia de Massumed y Zahra, de doce años de edad, quienes llevan diez años encerradas en el interior de la humilde casa en la que viven con sus padres (un anciano y una invidente). Las niñas no saben hablar, nunca han pisado la calle y están mal alimentadas. Deseando poner fin a esta situación, los vecinos denuncian en la Dirección de Asuntos Sociales la dramática situación en la que se encuentran las dos hermanas gemelas. Cuando las autoridades toman cartas en el asunto, las hermanas quedarán libres y se enfrentarán a un nuevo mundo totalmente desconocido para ellas. La película, basada en un hecho real, es una interesante propuesta entre drama y documental y es la ópera prima de su directora que contaba por ese entonces con 18 años de edad y convirtiéndose en la realizadora más joven en competir jamás en el Festival de Cannes de 1998, que ganó numerosos premios en festivales internacionales.

Hana Makhmalbaf es la hija menor de este matrimonio, otro caso de precocidad en el mundo del cine (de casta le viene al galgo, como hemos visto). Ya con 8 años Hana presentó su primer corto en el Festival de Locarno y con 14 años su primer documental en el Festival de Venecia, lo que en ambos casos puso en un brete a las autoridades de esos festivales. Pero el éxito de esta niña cineasta le llegó en el año 2007 con la película Buda explotó por vergüenza, premio especial del jurado en el Festival de San Sebastián. Nos cuenta la odisea de Baktay, una niña afgana de 6 años, para comprar un cuaderno y asistir a la escuela; lo que provoca que unos niños, que juegan a ser talibanes, decidan atraparla en una cueva y apedrearla, porque opinan que una niña no debería ir a la escuela. Es increíble pensar que Hana tuviera 18 años cuando comenzó el rodaje pues todo en ella es una continuada metáfora sobre la vida de las mujeres en esas comunidades, la guerra y la ausencia de libertad que supone convivir con los talibanes. La niña-directora hace un gran trabajo y las actuaciones de todos los niños y niñas son plenamente realistas, quizá porque les ha dejado comportarse como son ellos mismos. La elección de la niña protagonista, Nikbakht Noruz, es perfecta, pues basta con ver su cara, su mirada... para entrar en la historia. Una historia sencilla que duele, pues sentimos las diferentes infancias entre Oriente y Occidente.

El cine iraní… ese bello desconocido que hemos pincelado en nuestras tres últimas entradas de esta serie de Cine y Pediatría del blog. Una mirada a su cine a través de la mirada de sus niños protagonistas.