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sábado, 11 de junio de 2022

Cine y Pediatría (648) “Hijos del sol” y esclavos del trabajo



"Esta película está dedicada a los 152 millones de niños trabajadores y a todos aquellos que luchan por sus derechos en el nombre de Dios”. Así comienza Hijos del sol (Majid Majidi, 2020), una película más del contundente cine iraní alrededor de la infancia y que publica un día antes de celebrar el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Este día se celebra cada 12 de junio para recordar y denunciar los millones de niños de todo el mundo (tantos como 1 de cada 10) que se dedican a algún tipo de trabajo peligroso o en el que son explotados, por lo general a expensas de su salud y su educación y, sobre todo, de su bienestar general y desarrollo. En este año 2022 el lema es “Protección social universal para poner fin al trabajo infantil”. 

Ya hemos hablado varias veces en Cine y Pediatría de las peculiaridades del cine iraní, de esa gravedad y autenticidad que se vislumbra en lo estético, en lo temático y en lo narrativo. Y, especialmente de esa reflexión que nos devuelve en los ojos de sus niños y niñas protagonistas, en su mayoría no actores, sino personajes reales de la calle. Y entre sus directores destacan Abbas Kiarostami, Jafar Panahi, Abolfazl Jalili, Bahman Ghobadi, Marziyeh Meshkini, los varios miembros de la familia Makhmalbaf y también Majid Majidi. Y es este último director el que hoy nos convoca con sus Hijos del sol, al igual que hace años lo hiciera con dos películas alrededor de su particular paraíso, con títulos como Niños del paraíso (1997) y El color del paraíso (1999). Porque el veterano Majid Majidi retoma aquí su interés por reflejar las duras condiciones de los niños de la calle de Teherán, los niños trabajadores y los refugiados afganos en Irán.  

Es Hijos del sol una odisea infantil, con parte de cine de aventuras y parte de suspense, que fue seleccionada por Irán para competir en los Óscar en la categoría de Mejor película internacional. En ella conocemos al niño de 12 años, Alí (Roohollah Zamani, premiado en el Festival de Venecia como mejor actor emergente), y a sus tres amigos (Abolfazl, Reza y Amad), quienes sobreviven haciendo trabajos en un desguace de coches y cometiendo pequeños delitos para conseguir dinero rápido y poder ayudar a sus familias. En un giro de los acontecimientos, Alí recibe el encargo de un capo de encontrar un tesoro oculto bajo subterráneo al que solo se puede llegar por el sótano de un colegio. Para ello recluta a sus amigos, pero antes de empezar la misión deben matricularse en este colegio, por nombre Escuela del Sol, una institución caritativa que intenta educar a niños sin hogar y que está ubicada cerca de donde se halla el tesoro. 

Es la Escuela del Sol un peculiar colegio para niños sin hogar, niños explotados expuestos a toda clase de daños sociales y donde se les intenta ayudar a gestionar sus emociones para evitar conflictos y actos violentos, para sacarles de la calle. Y en realidad, nuestros amigos cumplen ese perfil, pues cuándo les preguntan por sus padres, el de Ali murió (y ahora su madre está postrada y enferma en la cama de un hospital), el de dos de sus amigos son adictos a drogas y el del otro está en la cárcel. Pero el primer día Ali ya tiene una reyerta con otros chicos del colegio y son expulsados; por fortuna, un profesor les readmite de nuevo. Y ahí resuenan la recriminación de la niña Zahra (Shamila Shirzad), hermana de Abolfazl y vendedora ambulante en el metro: “¿Así es como cuidas de mi hermano?, ¿te das cuenta de lo que has hecho?, ¿sabes lo que nos harán como la escuela se entere? A ti nada, claro, pero nosotros somos afganos. Nos mandarán a un campo de refugiados y luego nos echarán del país”. 

Los cuatro amigos se dedican a excavar en los sótanos en los tiempos que las obligaciones de la escuela les permite, un día tras otro. Y a medida que pasan los días y avanza el túnel, conocemos un poco más a sus protagonistas y los avatares que rodean la institución. Porque llegan a cerrar y desalojar el colegio por impago del alquiler, aunque profesores y alumnos saltan la verja. Y Alí casi se queda solo en el empeño, hasta poner en peligro su vida y darse cuenta de que todo era un engaño y, en realidad, aquel tesoro solo era un alijo de droga que se les había caído por la alcantarilla y querían recuperar, sin importar nada o nadie, sin importar la vida de estos chicos de la calle, que son continua carne de cañón. 

Y ese timbre de escuela que ya no llama a ningún alumno del abandonado colegio Escuela del Sol sirve de colofón a esta dura obra del cine iraní, en la que es la décima cinta de Majid Majidi, una propuesta emotiva a la par que dura. Porque son varios los núcleos conflictivos que nos presenta la película Hijos del Sol: la pobreza, la injusticia, la criminalidad, el racismo, el trabajo infantil y… la realidad. Una realidad que nos devuelve la espontaneidad de sus jóvenes protagonistas, una muy buena fotografía de Hooman Behmanesh y una sencilla banda sonora, a manos de Ramin Kousha, que sintoniza perfectamente con algunas de las escenas más destacables. Una denuncia en tono de fábula donde hay un tesoro, un héroe, un ogro y una sorpresa final. La búsqueda del tesoro es un “macguffin”, algo con lo que mantener toda la acción en movimiento, pero es en el resto de las subtramas de la película donde cabe escarbar. 

Porque la infancia es para el cine iraní como los superhéroes para el actual cine norteamericano. Es el sujeto imprescindible, el héroe de las mil caras al que le sucede todo, desde ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Abbas Kiarostami, 1987) a este Hijos del sol, pasando por El espejo (Jafar Panahi, 1997), Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004), o Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007), entre otras. Y hoy, con motivo del Día Mundial contra el Trabajo Infantil, hemos hablado de Hijos del sol, que algunos han realizado algún parangón con la conocida Slumdog Millionaire (Danny Boyle, Loveleen Tandan, 2008).
     

 

miércoles, 12 de mayo de 2021

La belleza y la reflexión del cine iraní en los ojos de sus niños protagonistas


El cine iraní es, sin duda, uno de los más prominentes en Oriente Medio, y tiene una gravedad y una autenticidad de las que, en general, carece el cine comercial actual. Globalmente, ofrece un punto de vista alternativo al cine hollywoodiense en lo estético, en lo temático y en lo narrativo. En el cine iraní advertimos tres características particulares: la implicación del espectador por el uso del fuera de campo, la preocupación por la situación de la mujer, que vive “secuestrada” bajo un régimen dictatorial y, por último - y sobre todo - , la importancia de la mirada de los niños, unas miradas limpias con las que pretende identificarse el ojo de la cámara para mostrar y demostrar historias. Y en este artículo revisamos un conjunto de directores iraníes y algunas películas para “prescribir” y sentir el cine que mejor trata la infancia en su filmografía. Y por una sencilla razón: porque esos niños y niñas que nos dibujan sus historias no son actores ni actrices, sino ellos mismos en muchas ocasiones. 

Pocas cinematografías como la iraní han utilizado tanto y tan bien a los niños y las niñas en sus películas. En este artículo citaremos algunas bellas películas, que son recomendables para cualquier amante del buen cine (o de un cine diferente), pero que también contienen imágenes de dureza y desamparo, que reflejan poéticamente unas situaciones sociales difíciles y que son reales, y de cuya crudeza no escapa la infancia. Los niños y las niñas protagonizan muchas de las historias cinematográficas que, en las últimas dos décadas, han conformado la parte más conocida de la denominada Iranian New Wave, y en la que destacan los nombres de directores como Abbas Kiarostami (la figura más representativa e internacional, de cuya escuela e influencia surge buena parte de los demás directores), Abolfazl Jalili, Bahram Beizai, Reza Mirkarimi, Mariam Keshavarz Darius Mehjui, Khosrow Hatitash, Jafar Panahi, Majid Majidi, Bahman Gohbadi, y la extraordinaria familia Makhmabalf (un caso extraordinario dentro del séptimo arte: Mohsen, el padre, fundador de la Makhmalbaf Film House; Marziyeh, la madre, y Samira y Maysan, las dos hijas, dos casos de niñas directoras que fueron u verdadero revulsivo en los festivales de cine). Y más recientemente otros nombres como Asghar Farhadi, quien obtuvo el Oso de Oro de Berlín y Oscar a la mejor película de habla no inglesa por Nader y Simin (2011). Una lista no exhaustiva de directores que nos sirve como introducción para revisar algunos directores y películas claves para entender la belleza y la reflexión del cine iraní en los ojos de sus niños y niñas protagonistas. 

Estas películas, destacadas por orden cronológico, son: ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Abbas Kiarostami, 1987), El globo blanco (Jafar Panahi, 1995), A True Story (Abolgazl Jalili, 1996), Niños del paraíso (Majid Majidi, 1997), El espejo (Jafar Panahi, 1997), El silencio (Mohsen Makhmalbaf, 1997), La manzana (Samira Makhmalbaf, 1998), Don (Abolfazl Jalili, 1998), El color del paraíso (Majid Majidi, 1999), La pizarra (Samira Makhmalbaf, 2000), El día que me convertí en mujer (Marziyeh Meshkini, 2000), Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004), Buda explotó por vergüenza (Hana Makhmalbaf, 2007), entre otras. 

Bienvenidos a la belleza y la reflexión del cine iraní en los ojos de sus niños protagonistas. Y desde el proyecto Cine y Pediatría queremos reivindicar (y para algunos lectores, descubrir) el valor del cine iraní, ese bello desconocido que fue muy importante ya en los inicios de Cine y Pediatría y que sigue siéndolo. Y cuyo análisis más pormenorizado lo realizaremos en cuatro secciones en este artículo recientemente publicado en la revista de educación y cine, Making Of
- La mirada de la infancia en el cine iraní (1): el minimalismo de Abbas Kiarostami 
- La mirada de la infancia en el cine iraní (2): el extraordinario caso de la familia Makhmalbaf 
- La mirada de la infancia en el cine iraní (3): el mundo de las niñas y mujeres según el prisma de Jafar Panahi 
- La mirada de la infancia en el cine iraní (4): sobre paraísos, tortugas y otras historias.

Bienvenidos a una filmografía con otra mirada...

  

sábado, 2 de mayo de 2020

Cine y Pediatría (538). El mundo de las niñas y mujeres iraníes según el prisma de Jafar Panahi


Pocas cinematografías han utilizado tanto y tan bien a la infancia como la iraní. Películas solo recomendables para amantes del buen cine (o de un cine diferente), llenas de imágenes de dureza y desamparo, capaces de reflejar poéticamente situaciones sociales difíciles y que son reales, y de las que no escapa la infancia. Los niños y las niñas protagonizan muchas de las historias cinematográficas de este país y que, en las últimas dos décadas, han conformado la parte más conocida de la denominada Iranian New Wave

Ya en los inicios de Cine y Pediatría reivindicamos el valor del cine iraní, ese bello desconocido que nos presenta historias a través de la mirada de la infancia, destacando el minimalismo del precursor y maestro Abbas Kiarostami, el extraordinario caso de la familia Makhmalbaf y otros diversos autores, que han desarrollado su trabajo dentro o fuera de Irán. Hoy regresamos a esta especial filmografía, y lo hacemos con el mundo de las niñas y mujeres según el prisma de Jafar Panahi. 

El realizador iraní Jafar Panahi es un ejemplo de constancia y de amor al cine. Su cine ha sido descrito a menudo como neorrealismo iraní con un contenido profundamente humanista. Es un cine urbano – con el omnipresente ruido de la ciudad -, contemporáneo, donde abundan los detalles de la vida y también con una dimensión crítica que le ha causado problemas con la justicia de su país. Multipremiado por los festivales internacionales y perseguido por su país con condena a cárcel, con una prohibición expresa para realizar películas desde 2010, lo cual expresa en Esto no es una película (2011). Pero sigue adelante, con escasísimos medios y mucha imaginación: las últimas películas son Taxi Teherán (2015), todo un ejercicio de cómo contarlo todo sin mostrar nada, y Tres caras (2018), su tercera película en la clandestinidad. 

Pero los inicios de su cinematografía han sido un canto a las niñas y mujeres de Irán. Debutó con El globo blanco (1995), con un guión de su maestro Abbas Kiarostami. Una película que ocurre en la víspera del Año Nuevo Persa (o Noruz), el día más importante de Irán, ese 20 de marzo en el que se conmemora el despertar de la naturaleza tras los largos meses de invierno y la esperanza de un año fructífero, una de las celebraciones más antiguas de la humanidad y que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En ese día, la niña de 7 años, Razié, quiere comprar un pez y su madre le da un billete de 500 tomans, que pierde en varias ocasiones. Y el simple hecho de comprar ese pez en una tienda próxima a su casa ocupa todo el metraje, allí donde pide ayuda a adultos, a su hermano y a un adolescente afgano, quien al principio vende muchos globos y al final solo le resta, en la escena final, un globo blanco. 

Pura simplicidad que continuó con El espejo (1997), donde la protagonista, una niña de 10 años, es hermana de la protagonista de El globo blanco. Una película extraña, original,… quizás fallida. Mina espera en la verja de un colegio, lleva una mochila, una cazadora rosa y un velo, y tiene la mano izquierda escayolada. Espera a que la venga a recoger su madre, pero esta no llega: “Espera aquí. Tu madre llegará enseguida”, le dice una profesora. Pero ella decide volver sola y ahí comienza su aventura a pie, en autobús y en taxi por la ciudad de Teherán. Y coge un autobús equivocado, donde al montar le dicen: “La zona de las mujeres es al fondo”. Y, de pronto, en la segunda parte de la película, y de forma inesperada, la niña mira a la cámara y, cansada, dice: “¡Ya basta! No quiero que me graben más”… y entonces al director se le ocurre seguirla. Desde este punto de vista, la primera parte funciona como una película y la segunda como un documental, como una película dentro de una película, como ya le enseño su maestro Kiarostami. Una parte final en la que hasta se pierde el audio, por la espontaneidad de la filmación y donde se oyen conversaciones así de un taxista: “El hombre trae el dinero y la mujer hace el resto… Que crea que la mujer deba ocuparse de la casa no significa que yo sea un monstruo”

Y este pensamiento nos abre el camino a El círculo (2000). Porque la sensibilidad en la mirada de las niñas de El globo blanco y El espejo, se traslada al drama que les toca vivir a las mujeres como adultas, en una sociedad que solo aprecia su capacidad como reproductoras. Porque es posible que ninguna película haya sido tan fuerte y definitiva a la hora de criticar la situación de la mujer dentro de las coordenadas legislativas islámicas, una historia encadenada contada con mujeres de Teherán y contada en espiral (a la manera de La Ronda, de Max Ophüls, 1950). Una película que comienza con una puerta blanca y una rejilla de un hospital que preguntan por Solmaz Gholani y tras un fundido en blanco nos traslada a las diversas historias; y al final de la película, una puerta negra y una rejilla de una cárcel donde vuelven a preguntar por Solmaz Gholani, y un fundido en negro, tan negro como el presente y futuro de estas mujeres. 

Todo comienza con unos créditos iniciales acompañados de los sonidos de un parto. Se abre la primera trampilla y la enfermera informa que Solmaz acaba de dar a luz una niña, lo que es una tragedia en esa familia, según nos refiere la abuela: “Según la ecografía era un niño. Mi familia política se pondrá furiosa. Pedirán el divorcio”. Y de aquí se encadenan las historias de Nargess, Arezou, Mojgan, Pari, Parveneh, Maedeh… para ilustrar la magnitud de la opresión de la mujer iraní, mujeres que deambulan por Teherán como fantasmas de negro, intentando sobrevivir y sabiendo que “sin un hombre, no puedes ir a ningún sitio”. La historia continúa con tres mujeres que acaban de salir de la cárcel y deben tomar un autobús con destino a Raziliq y una amiga dice a otra: “No podría soportar que tu paraíso no existiera”. Luego sufrimos la crueldad de los hermanos de Pari cuando la echan de casa porque está embarazada y busca en una amiga enfermera de un hospital la posibilidad de abortar, pero nada se puede hacer sin el permiso de un marido. Continúa con una madre que abandona a su hija de 4 años y dice mientras vigila escondida: “Dios mío, haz que una familia se quede con ella. Algún sitio donde tenga futuro. Es la tercera vez que intento dejarla”. También nos cruzamos con una mujer que se prostituye para pagar sus facturas. Y al final, todas ellas, mujeres que fuman – como si el tabaco fuera su mayor signo de rebeldía en una sociedad donde está prohibido a las mujeres - coinciden en una celda. Del nacimiento a la cárcel, porque la vida de estas mujeres ya es una cárcel en sí misma. 

Y estas son tres películas clave para entender el mundo femenino (de niña a mujer) según Jafar Panahi, un director perseguido por su país y premiado fuera: El globo blanco ganó la Cámara de Oro en el Festival de Cannes, El espejo ganó el Leopardo de Oro del Festival de Locarno, y El círculo ganó el León de Oro en el Festival de Venecia y otros dos premios no oficiales, como fueron el Premio de la Crítica Internacional y el Premio de la Unicef, que le fue concedido "por afrontar con coraje la difícil condición de la mujer en la sociedad iraní, que la encierra en una prisión cotidiana hecha de discriminación y de temor". 

Este es el mundo de las niñas y mujeres según el prisma de Jafar Panahi, realizado con actrices no profesionales y en la ciudad de Teherán, que interactúa como un protagonista más, como escenario vivo, omnipresente con el ruido de sus coches, motos y ciudadanos. Y el eco de las películas de Panahi no se olvida, como no olvidamos el bullicio de ciudad de Teherán, esa ciudad que ha sido su escenario natural y a la que el director no puede volver.

 

sábado, 27 de marzo de 2010

Cine y Pediatría (11): La mirada de los niños en el cine iraní: el extraordinario caso de la familia Makhmalbaf


El apellido Makhmalbaf está, indiscutiblemente, ligado al cine, como un caso extraordinario dentro del séptimo arte. 

Mohsen Makhmalbaf es el patriarca, nacido en una familia humilde de Teherán e implicado desde joven en militancia política radical. Acabó en la cárcel durante 4 años, de la que salió de ella poco después de la Revolución de Jatami. Allí cultivó la cultura y se convirtió en escritor y en cineasta. Desde 1996, también se ha dedicado a enseñar, fundando la Makhmalbaf Film House, si bien su mayor influencia fue en su propia familia. Sus películas están atravesadas de poesía visual, por muy duros que sean los temas que abordar; autor entre otros de El silencio (1997) y Kandahar (2001). 

El silencio es la historia de un niño ciego que trabaja para ayudar a su madre afinando instrumentos y al que le gusta seguir por las calles las melodías que escucha. Kandahar se adentraba en la vida de las víctimas del terrorismo cotidiano que los talibanes generalizaban en Afganistán: las mujeres. Mujeres secuestradas bajo un régimen dictatorial en todos los niveles que la imaginación pueda inquirir (religioso, político, social, cultural, económico). Otra constante del cine iraní, junto con la infancia, es la preocupación por la situación de la mujer. Pero ninguna película ha sido tan fuerte y definitiva en relación a la situación de la mujer dentro de las coordenadas legislativas islámicas como El círculo (Jafar Panahi, 2000), historia, encadenada de varias mujeres de Teherán y contada en espiral (a la manera de La Ronda, de Max Ophüls, 1950).

Marziyeh Meshkini es la esposa de Mohsen Makhmalbaf, guionista y directora de El día que me convertí en mujer (2000): extraña y onírica película que narra la historia de la mujer iraní en tres etapas de la vida. Tres fábulas, tres historias, tres cortometrajes muy curiosos donde la mujer y su falta de libertad en Irán son los protagonistas.

Samira Makhmalbaf es la hija mayor de este matrimonio, una niña-cineasta, un caso excepcional más allá de las fronteras de su país. Autora, entre otras, de La manzana (1998), La pizarra (2000) y A las cinco de la tarde (2003).

La manzana es la historia de Massumed y Zahra, de doce años de edad, quienes llevan diez años encerradas en el interior de la humilde casa en la que viven con sus padres (un anciano y una invidente). Las niñas no saben hablar, nunca han pisado la calle y están mal alimentadas. Deseando poner fin a esta situación, los vecinos denuncian en la Dirección de Asuntos Sociales la dramática situación en la que se encuentran las dos hermanas gemelas. Cuando las autoridades toman cartas en el asunto, las hermanas quedarán libres y se enfrentarán a un nuevo mundo totalmente desconocido para ellas. La película, basada en un hecho real, es una interesante propuesta entre drama y documental y es la ópera prima de su directora que contaba por ese entonces con 18 años de edad y convirtiéndose en la realizadora más joven en competir jamás en el Festival de Cannes de 1998, que ganó numerosos premios en festivales internacionales.

Hana Makhmalbaf es la hija menor de este matrimonio, otro caso de precocidad en el mundo del cine (de casta le viene al galgo, como hemos visto). Ya con 8 años Hana presentó su primer corto en el Festival de Locarno y con 14 años su primer documental en el Festival de Venecia, lo que en ambos casos puso en un brete a las autoridades de esos festivales. Pero el éxito de esta niña cineasta le llegó en el año 2007 con la película Buda explotó por vergüenza, premio especial del jurado en el Festival de San Sebastián. Nos cuenta la odisea de Baktay, una niña afgana de 6 años, para comprar un cuaderno y asistir a la escuela; lo que provoca que unos niños, que juegan a ser talibanes, decidan atraparla en una cueva y apedrearla, porque opinan que una niña no debería ir a la escuela. Es increíble pensar que Hana tuviera 18 años cuando comenzó el rodaje pues todo en ella es una continuada metáfora sobre la vida de las mujeres en esas comunidades, la guerra y la ausencia de libertad que supone convivir con los talibanes. La niña-directora hace un gran trabajo y las actuaciones de todos los niños y niñas son plenamente realistas, quizá porque les ha dejado comportarse como son ellos mismos. La elección de la niña protagonista, Nikbakht Noruz, es perfecta, pues basta con ver su cara, su mirada... para entrar en la historia. Una historia sencilla que duele, pues sentimos las diferentes infancias entre Oriente y Occidente.

El cine iraní… ese bello desconocido que hemos pincelado en nuestras tres últimas entradas de esta serie de Cine y Pediatría del blog. Una mirada a su cine a través de la mirada de sus niños protagonistas. 

sábado, 20 de marzo de 2010

Cine y Pediatría (10): La mirada de los niños en el cine iraní: sobre paraísos, espejos y tortugas


Una de las características más importantes del cine iraní son las películas con el universo infantil como argumento y los niños como protagonistas. Hoy comentaremos la obra de tres directores, todos ellos vinculados a la “Iranian New Wave” y a la escuela creada por Abbas Kiarostami.

El color del paraíso (Majid Majidi, 1999): típico cine iraní minimalista e intimista. Una sencilla historia, bella y conmovedora, en torno de Mohamad, un niño ciego que ha aprendido a ver con el tacto y el oído, y a entender la vida mejor que los mayores. Su generosidad, su amor sincero y su afán por aprender contrastan con la vida temerosa y egoísta de su padre, un carbonero enviudado cuya obsesión por casarse de nuevo y asegurarse a alguien que le cuide en su ancianidad le llevan a buscar cómo desprenderse de su hijo, al que considera un estorbo y una maldición de Dios. En el inicio de la película aparece una escuela de niños ciegos (niños reales, no actores) y en donde nos resulta fácil identificar las distintas causas de la ceguera: cataratas congénitas, microftalmía, etc. 

Una visión más humana y profunda del universo infantil a través de la alegría, el dolor y la generosidad de su protagonista. Todo esto ya fue presentado por el mismo Majidi en Niños del paraíso (1997), cuya historia se centra en cómo Ali, de 9 años, al perder el calzado de su hermana menor Zahra, se ve obligado a compartir con ella sus únicas zapatillas para que sus padres, muy pobres, no lleguen a enterarse y tengan que pedir dinero prestado; el amor que los niños se profesan entre sí y a su familia pone esperanza allí donde parece no haberla. Un guión muy sencillo, pero que adquirió gran notoriedad, especialmente tras ser nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa del año 1998 y su exhibición internacional de la mano de la poderosa Miramax.

El espejo (Jafar Panahi, 1997): una película extraña, original,… quizás fallida. Una historia protagonizada por una niña de 10 años extraviada en el centro de Teherán, porque su madre no acude a recogerla a la salida del colegio. Pero en la segunda parte de la película, y de forma inesperada, la niña mira a la cámara y, cansada, dice que no va a actuar más… y al director se le ocurre seguirla. Desde este punto de vista, la primera parte funciona como una película y la segunda como un documental, como una película dentro de una película, como ya le enseño su maestro Kiarostami.

El jurado de la Mostra de Venecia del 2000 reconoció con su máximo galardón la sensibilidad y la firmeza de Panahi por denunciar en El círculo, con rigor y maestría, la opresión que padecen las mujeres en Irán. Todavía resuenan en la memoria sus palabras al recibir el León de Oro en el Lido de Venecia, pues manifestó su esperanza de que el premio "ayude a prestar atención de las mujeres en mi patria, donde viven como en una enorme prisión, independientemente de la clase social a la que pertenezcan". Y también declaró: "no podré olvidar el día en que mi mujer dio a luz y encontré a mi madre triste y decepcionada por tener que anunciarme que acababa de ser padre de una niña".

Las tortugas también vuelan (Bahman Ghobadi, 2004): hiperrealista testimonio de los dislates de la guerra de Irak en los asentamientos kurdos en la frontera con Irán, que mereció la Concha de Oro del Festival de San Sebastián de ese año. Es un poema brutal de infancias secuestradas, una bofetada a la conciencia. Un grupo de niños huérfanos con taras reales (agenesia de ambos brazos, ciegos por glaucoma congénito, cojos por las bombas, etc) se ganan la vida en el Kurdistán vendiendo minas antipersonales a la ONU, que ellos mismos extraen y de las que han sido víctimas, o canjeándolas por armas en el mercado negro. 

Según Ghobadi ésta es una película "antiguerra, pero sin eslogans", en el que se reflexiona sobre cómo el conflicto afecta irremediablemente la vida de niños y niñas que han perdido la inocencia y la alegría: ya no juegan, han tenido que crecer a la fuerza y cargan con una historia personal llena de violencia, abusos y dolor. Una antena parabólica, una “tortuga” (mina antipersonal), un helicóptero y unos zapatos van describiendo y uniendo la vida de los protagonistas de este relato que nos hará replantearnos la manera en que concebimos nuestra vida y el mundo que queremos construir. Ser kurdo no es fácil. Los niños de la película no son actores profesionales porque de esos no hay en Kurdistán, quizás porque Kurdistán es una patria que sólo existe en las cabezas y no en el mapa. Los kurdos son un pueblo de 12 millones de personas que no tiene fronteras propias en el atlas, sino que se esparcen entre las de Irak, Irán y Turquía. Huérfanos del mapamundi.

El cine iraní se ha ganado el prestigio paso a paso, en parte gracias al reconocimiento de los festivales de cine y también debido en buena medida a la numerosa y dinámica comunidad iraní de Estados Unidos, concentrada en torno a Los Ángeles (Tehrangeles, en el argot local). El cine iraní posee preciosas películas, no exentas tampoco de imágenes de dureza y desamparo, símil poético de situaciones sociales reales, de las que no escapan los niños. Historias de sabor neorrealista, conmovedoras y llenas de lirismo y sutileza.

Hemos citado algunos ejemplos de películas que nos arrebatan las fugaces miradas infantiles que capta la cámara... como la mirada que la niña que ilustra la entrada de hoy de nuestra sección: una mirada que llega al corazón y dice más que mil palabras…

sábado, 13 de marzo de 2010

Cine y Pediatría (9): La mirada de los niños en el cine iraní: el minimalismo de Abbas Kiariostami


El cine iraní supone globalmente un punto de vista alternativo al hollywoodiense en lo estético, en lo temático y en lo narrativo. En lo estético porque apuesta por una depuración de la imagen que prescinde de todo efectismo y de toda superficialidad; en lo temático porque bucea en la sencillez de la vida cotidiana; y también es una alternativa en lo narrativo porque parte de unos modelos de guión y de héroe al margen de los patrones clásicos. Se podría decir que lo más parecido en occidente al cine iraní contemporáneo fue el neorrealismo italiano. Una mirada transparente, sencilla, cotidiana, pero no carente de sentido crítico. Un redescubrimiento de la naturaleza, de los gestos, del color y de las metáforas visuales.

Dos características más del cine iraní: la implicación del espectador por el uso del fuera de campo (hay mucho cine alrededor de la pantalla que el espectador debe incorporar con su imaginación) y, sobre todo, la importancia que tienen las miradas de los niños en el cine iraní, miradas limpias con las que quiere identificarse el ojo de la cámara y mostrar historias.

Pocas cinematografías han utilizado tanto (y tan bien) a los niños en sus películas. El cine iraní posee preciosas películas, no exentas tampoco de imágenes de dureza y desamparo, símil poético de situaciones sociales reales, de las que no escapan los niños. Niños no actores que se encarnan como protagonistas de muchas de las películas que han conformado en los últimos 15 años la parte más conocida de la denominada “Iranian New Wave” del cine y en el que destacan los nombres como Abbas Kiarostami, Jafar Panahi, Majid Majidi, Bahman Ghobadi y la familia Makhmalbaf (Mohsen, Marziyeh, Samira y Maysam).

Abbas Kiarostami representa la figura más representativa de la primera ola de la “Iranian New Wave”. Su cercanía a la infancia es palpable en su obra, con rostros que emanan naturalidad, mentes inquietas y el futuro alentador de un pueblo humilde. El sonido directo, la falta de música y los silencios prolongados componen el espacio sonoro de su cine. Las imágenes fluyen sin necesidad de más apoyo y el director se toma el tiempo necesario para explicar lo que sucede en el interior de sus personajes a través de su inimitable uso de la cámara (no siempre apto para todos los públicos).

El cine de Kiarostami es un elogio a la sencillez. Es un desprendimiento constante que procura recortar las acciones, los personajes y la continuidad el relato. Son diamantes fílmicos, sin retórica ni artificio. Las anécdotas que ofrece el cineasta son fragmentos mínimos de una biografía, bocetos inacabados de una historia.

En su trilogía de Koker, rodada en un pueblito iraní que lleva ese nombre, se ve con facilidad esta vocación minimalista. Las tres películas que la integran: ¿Dónde queda la casa de mi amigo? (1987), Y la vida continua (1991) y A través de los olivos (1994), brillan por la simpleza de sus argumentos. La primera relata la historia de Ahmed, un niño que busca desesperadamente entregar su cuaderno de deberes a su compañero de escritorio; la gran amistad cultivada por Ahmed y su compañero de aula, quien le presta sus apuntes de clase, aparece solamente insinuada.

Sin duda, Kiarostami es el director iraní con mayor proyección internacional con obras como A través de los Olivos (1994) y El sabor de las cerezas (1997), esta última Palma de Oro del Festival de Cannes. Y gracias a él conocemos el trabajo de otros de sus compatriotas, algunos de los cuales fueron colaboradores suyos, y de los que hablaremos en las próximas entregas.

Si eres de los que no se conforma con el cine comercial proyectado en centros comerciales (tan cómodos, pero tan fríos) y buscas otro cine, el de los casi-extintos cines alternativos o de arte y ensayo (tan incómodos, pero tan cálidos), síguenos… y sigue buscando la mirada de los niños en el cine.