sábado, 29 de enero de 2011

Cine y Pediatría (55). “John Q” critica al sistema sanitario estadounidense


John Q es un melodra con pretensión de cine social y cine denuncia, dirigida por Nick Cassavetes en el año 2001 y protagonizada por Denzel Washington. El guión surgió tras leer un artículo periodístico: versa sobre la reacción que sufriría un padre si su hijo estuviera muriendo y se le negara el tratamiento médico por falta de dinero, reflejo previsible de los estragos causados por la crisis de los servicios de salud (y sus sistemas de seguros médicos) en Estados Unidos. John Q arroja una mirada implacable de hasta dónde puede llegar un padre por salvar a su hijo, enfrentando el sufrimiento humano con un sistema sanitario que, una vez más, demuestra su insensibilidad (y esto ocurre con demasiada frecuencia en Estados Unidos, primera potencia económica mundial).

La vida de John Q. Archibald (Denzel Washington) sufre un giro inesperado cuando su único hijo de 12 años, Michael, sufre un desmayo en un partido de beisbol. Se le informa que para salvar su vida se precisa con urgencia un trasplante de corazón (posiblemente por una miocardiopatía hipertrófica o dilatada), pero se entera de que su seguro médico no cubre esa contingencia y la operación le costará 250.000 dólares. Y que sólo podrán ponerle en lista de espera si abonan el 30% de esta cantidad en el hospital, algo que es impensable para un operario negro de una fábrica. Memorable escena cuando la administradora del hospital (Anne Heche) y el jefe de cirugía cardiovascular (James Woods) comunican a los padres, con una inmensa mesa de una sala de reuniones por medio, la necesidad del trasplante: un lenguaje tan técnico como desajustado, y con una marcada frialdad humana (escena que conviene revisar para enseñar lo que no se debe hacer). Posteriormente, la angustia de los padres por conseguir el dinero, la ayuda o la comprensión... recorriendo los distintos organismo oficiales (con una impresión patética que no nos parece tan lejana). Y es a partir de aquí donde la película derrapa y entra en la peligrosa senda de una teleserie: a causa de la falta de soluciones y desesperación a la que se enfrenta (un monitor de presión arterial aparece como "macguffin" del tiempo de vida que le resta a su hijo), la tensión de los padres llega al límite cuando el hospital les informa de que van a enviar a casa a Michael; en ese momento John Q decide bloquear el servicio de urgencias del hospital, secuestrando a los sanitarios y pacientes que en ese momento se encontraban allí.
Aunque se comenta que, para documentarse, el equipo se asesoró con uno de los cirujanos cardiovasculares más prestigiosos de Nueva York, alguien debió asesorarles mejor, pues algunos fallos de guión restañan en el espectador: el niño está intubado y es capaz de hablar; el “macguffin” del monitor de presión arterial (aportando la poco científica idea de que la “presión no puede bajar de 70”); o la realización del trasplante de corazón con similar facilidad a una amigdalectomía.

La productora decidió que fuera Nick Cassavetes el director, pues la historia no le resultaría desconocida: una hija suya nació con una cardiopatía congénita y fue sometida a cuatro operaciones, por lo que no era ajeno al juego de las compañías de seguros, hospitales y médicos. Para él también era una oportunidad para proclamar que en Estados Unidos no hay un sistema sanitario eficaz que permita atender a las personas enfermas que no tienen dinero. Sobre Nick Cassavetes ya hemos hablado en otra película seleccionada en esta serie de Cine y Pediatría (La decisión de Anne, 2009): no es un director de élite, pero si un buen artesano del séptimo arte, más capaz de atraer al público que a la crítica.
También los responsables pensaron en Denzel Washington para el papel John Q, un actor que siempre consigue estar a la altura, incluso en una película mediocre. Denzel Washington es un actor con un enorme gancho y el mejor representante actual (con permiso de Samuel L. Jackson) del “Black Power” en Hollywood. Nominado en cinco ocasiones al Óscar, en tres ocasiones como mejor actor (Malcom X de Spike Lee, 1992; Huracán Carter de Norman Jewison, 1999; y Training Day de Antoine Fuqua, 2001 –en donde si lo consiguió-) y en dos como actor de reparto (Grita Libertad de Richard Attenborough, 1987; y Tiempos de gloria de Edward Zwick, 1989 –en donde si lo consiguió-). Así pues, Denzel Washington es el primer actor negro que ha conseguido dos Oscar y encabeza esta prestigiosa “lista negra” de los Oscar en la que se encuentran también Hattie McDaniel (Lo que el viento se llevó de Victor Fleming, 1940), Sidney Poitier (Los lirios del valle de Ralph Nelson, 1963, amén de su Oscar honorífico en 2002), Louis Gosset Jr (Oficial y caballero de Taylor Hackford, 1982), Cuba Gooding Jr (Jerry Maguire de Cameron Crowe, 1996), Whoopi Goldberg (Ghost de Jerry Zucker, 1990), Halle Berry (Monster´s Ball de Marc Foster, 2001), Jamie Foxx (Ray de Taylor Hackford, 2004) y Forest Whytaker (El último rey de Escocia de Kevin MacDonald, 2006). La entrega de los Oscar del 2002 siempre se recordará por un momento especial, único y (posiblemente) irrepetible: las dos estatuillas más importantes de la interpretación (actor y actriz) recaían en Denzel Washington y Halle Berry, dos actores de color, y cuyas fotos de portada exhibiendo al “tio Oscar” llegaron a titularse como la “Beautiful Black”.

Volviendo a John Q, esta película pretendió ser un justo alegato contra el sistema sanitario estadounidense, un sistema que perjudica notablemente a los sectores menos favorecidos de la sociedad. Pero Nick Cassavetes perdió una oportunidad al intentar hacer converger dos lógicas discursivas que raramente funcionan bien juntas: por un lado, la denuncia realista de un situación y, por el otro, la espectacularidad. Durante los 80 y parte de los 90 se dio en la televisión norteamericana el fenómeno de "La Enfermedad de la Semana": películas de las diferentes cadenas televisoras trataban casi invariablemente con una historia de interés humano, en la que una mujer o niño luchaban valerosamente contra alguna enfermedad; y su victoria o derrota resultaba siempre en el clímax emocional de la película, tan falso como los valores de producción de esas baratas cintas, en muchas ocasiones utilizadas para lucir a algún actor o actriz, o para entrenar a futuros directores en un ambiente de baja expectativa y bajo costo. El fenómeno llegó hasta el paroxismo. Pero desde mediados de los 90, resurgieron este tipo de historias y ahora validadas por su aparición en la pantalla grande y con estrellas reconocida, en busca de un cine comercial con pretensión de "crear conciencia". En este contexto se puede encuadrar John Q, más telefilm que película rigurosa, y que será recordada por la oportunidad desaprovechada para ajustar en toda regla las cuentas a un disparate social.

Hillary Clinton fracasó en la época en que era primera dama en su intención de ampliar el seguro médico a toda la población de su país, lógicamente por lobis de poder corporativos que pudieron más que sus buenas intenciones. En el año 2010 Obama parece que si ha podido dar los primeros pasos para la Ley de Reforma Sanitaria de Estados Unidos: si bien no implica la creación de un sistema universal y gratuito de sanidad, si mejora sustancialmente la situación actual. Incluye la obligación a todos los ciudadanos de contratar una póliza de seguro sanitario privado, así como subvenciones públicas bastantes generosas para individuos y familias que hasta ahora no podían sufragar su coste.

Desde Pharmacoserias, Fernando Comas nos habla de la ópera prima del venezolano Diego Velasco (La hora cero, 2010) en la se cuenta la historia de un sicario que se ve también obligado a secuestrar una clínica privada para salvar al amor de su vida. Parece que esta moda empieza a ser contagiosa… y gusta al espectador, pues La hora cero llegó a ser la película más taquillera de Venezuela en el año de su estreno.