sábado, 29 de noviembre de 2014

Cine y Pediatría (255). La mayor de las lacras en “La isla mínima”


La película La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014) se ha convertido en todo un fenómeno cinematográfico, para el que esto escribe, posiblemente la mejor película filmada en España en este año. 

Se ha escrito mucho sobre ella y sobre sus parecidos con otras obras del género policíaco con asesinatos como leit-motiv, incluyendo el mejor David Fincher de Seven (1995) o Zodiac (2007), el cine coreano de Bong Joon-ho de Memories of Murder (2003) o hasta el clásico de Roman Polanski de Chinatown (1974), e incluso series televisivas, desde la clásica Twin Peaks hasta la actual True Detective.  Sin embargo, pocos críticos de cine describen su gran parecido con la película alemana Silencio de hielo (Baran Bo Odar, 2010), ese thriller psicológico que nos adentró en un enigma criminal y sus personajes (niños, padres, policías y asesinos), en unas mentes, unos cuerpos y una sociedad que olía a locura y a hedor (el que provoca sentir la pederastia). Sea en el alemán centroeuropeo de Silencio de hielo o sea en español andaluz de La isla mínima, ambas nos dejan el alma helada, aislados con el dolor de estos terribles hechos a nuestro alrededor. 

Pero con La isla mínima uno tiene una sensación que ocurre muy pocas veces en la oscuridad de una sala de cine: ver una película y en el primer visionado tener la sensación y el presentimiento de que asistes al nacimiento de un clásico. Desde esas primeras imágenes cenitales de las marismas del Parque de Doñana y de la ribera del bajo Guadalquivir (casi sacadas de un reportaje del National Geographic, a medio camino entre la serenidad del paisaje que Julio Medem nos regala en Tierra y el paisaje fluvial que Alan Parker nos insinuó en Arde Mississippi), pero que adquieren anatomía y protagonismo particular (y que se repiten a lo largo de la cinta, siempre impactantes, siempre con mensaje incluido) comienzas a enterrar los perjuicios, pues estamos ante una película netamente española (de época, de la transición, en Andalucía y con acento andaluz, con actores conocidos y reconocidos en papeles bien diferentes,…) y, sin embargo, el buen hacer del director, del guión, de los actores, de la fotografía y de la música, te sumergen ante un clásico. Eso y más es La isla mínima

Ambientada en un rincón remoto (en todos los sentidos) de la Andalucía profunda de los años 80, en plenas marismas, desafiando la humedad penetrante y angustiosa del río, Alberto Rodríguez encuentra en el Guadalquivir su particular Mississippi, allí donde un pueblo maldito se curte de un irreversible desencanto, en el que un criminal actúa impunemente mientras todos callan porque el miedo es el vecino más ilustre de la comunidad. Un nudo permanente en la garganta, que escarba entre los instintos más innobles del ser humano para componer un retrato coral aldeano, que es uno de los atrezos más genuinos y escalofriantes del cine español en décadas, esa España bipolar ahogada entre el contraste del reciente franquismo y la nueva democracia. 
Y ese contraste se transmite ante los dos policías, personajes principales: por un lado, Pedro (Javier Gutiérrez), policía moribundo con oscura hoja de servicios en la sombra del régimen, adicto a la represión y a la tortura y que nos devuelve la España de tinieblas; por otro, Juan (Raúl Arévalo), el cachorro de la incipiente España democrática, de justicia y de libertad. El complejo antagonismo de dos personajes brillantes se esculpe con grata sorpresa por dos actores en estado de gracia y que rompen con sus tradicionales papeles cómicos: Javier Gutiérrez recordado en 1 franco, 14 pesetas (Carlos Iglesias, 2006) o en la serie Águila Roja; y Raúl Arévalo, actor fetiche de Daniel Sánchez Arévalo, con su recordado papel en AzulOscuroCasiNegro (2006), pero también en Gordos (2009), Primos (2011) y La gran familia española (2013) o como azafato de Los amantes pasajeros (Pedro Almodóvar, 2013). Y que ahora se transforman en esta película y de tal forma que nos hacen olvidar estereotipos de interpretación pasada. 

Dos policías ideológicamente opuestos (Juan y Pedro) que trabajan en el departamento de homicidios de Madrid y no pasan por su mejor momento, y que reciben como sanción el traslado a este pequeño pueblo en las marismas del Guadalquivir, un pueblo olvidado y detenido en el tiempo, y con el objetivo de resolver el caso de dos adolescentes desaparecidas durante las fiestas del pueblo: Estrella, 16 años, y Carmen, 15. En este difícil proceso, el thriller avanza con firmeza, contiendo el aliento, mientras nuestros protagonistas se enfrentan a un difícil caso (entre luchas sindicales y violencia machista, entre jóvenes y proxenetas) y también se enfrentan a sus propios miedos, a su pasado y a su futuro. 

Para algunos el mejor thriller español desde su propio Grupo 7 o las dos lecciones de Enrique Urbizu en el género: Caja 507 (2002) y No habrá paz para los malvados (2007). Porque La isla mínima es una lección del género policial con un soberbio estilo cinematográfico y tres protagonistas principales (los dos policías y los paisajes de las marismas, con el clímax final de la densa lluvia), con lectura política y con la denuncia al hedor de la pederastia, una más de las muchas formas en que el cine afronta esta lacra humana

En definitiva, La isla mínima es una buena película del cine español, una de esas películas que debería servir para terminar de convencer a aquellos que tengan tantos prejuicios hacia el séptimo arte de este país. Y también es una película que nos hace reflexionar (y denuncia) una de las mayores lacras sociales: la violencia hacia la mujer de cualquier forma (física, moral o sexual). Una película que queremos sumar hoy a la campaña «16 días de activismo contra la violencia de género» y que celebramos en estos momentos, pues comenzó el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y termina el 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos. 
Esta campaña tiene como objetivo llamar a la acción para poner fin a la violencia contra las mujeres y las niñas en todo el mundo. Nada mejor que para cerrar este mensaje, las palabras del Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon: “Acojo con beneplácito el coro de voces que piden que se ponga fin a la violencia que afecta a alrededor de una de cada tres mujeres a lo largo de su vida. Aplaudo a los dirigentes que están ayudando a promulgar leyes y a hacerlas cumplir, y a cambiar mentalidades. Rindo homenaje, además, a todos los héroes en el mundo que ayudan a las víctimas a sanar y a convertirse en agentes de cambio”. 

Y así, cada esfuerzo, por mínimo que sea, se convierte en máximo para acabar con esta lacra.

 

1 comentario:

Marta Máster dijo...

Hola: no vi la pleícula pero leí muy buenas críticas. Ya leo que tu la recomiendas.