sábado, 28 de julio de 2012

Cine y Pediatría (133). “María y yo”, documento sobre el autismo en primera persona


Las películas documentales que narran algún problema médico son siempre una gran baza para conocer la entidad o problema que se analiza. Estos documentales siempre vienen precedidos de muchas horas de rodaje y de material grabado y donde la parte más complicada suele ser el montaje; montaje que lo convierta en auténtico “cinema verité”. Sin embargo, no son muchos los títulos de calidad que podemos recordar con este supuesto. En España nos viene a la memoria algunos títulos: 
- Las alas de la vida (Antoni P. Canet, 2006), película documental sobre Carlos Cristos, médico de familia afecto de atrofia sistémica múltiple, enfermedad degenerativa, invalidante y mortal. La película es una reflexión en primera persona sobre la vida y la muerte, sobre la muerte digna y cómo mirarla a la cara. 
- Bicicleta, cuchara, manzana (Carles Bosch, 2010): película documental sobre Pascual Maragall, el famoso alcalde de Barcelona que trajo las Olimpiadas del 92 a esa ciudad, y que ahora nos cuenta cómo convive con la demencia. La película es una reflexión y conocimiento sobre la enfermedad de Alzheimer. 
- María y yo (Félix Fernández de Castro, 2010): película documental sobre María, una niña autista de 14 años, y la convivencia con sus padres separados: Miguel Gallardo, que vive en Barcelona, y May, quien vive en Gran Canarias. La película es un documento extraordinario sobre el autismo. Y es sobre esta película sobre la que hoy profundizamos en Cine y Pediatría. 

La película toma como punto de partida el cómic "María y yo", publicado en 2007 por Miguel Gallardo, figura del cómic y la ilustración. Esta obra fue nominada a los premios de mejor obra y mejor guion en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona y galardonada en el Premio Nacional del Cómic de Cataluña. El debutante Félix Fernández de Castro leyó la obra y fue quien la convirtió en un relato redondo y plásticamente atrevido con la mezcla de imagen, fotografía, dibujo y animación, sin dejar de conservar la esencia del cómic del que es fiel embajadora la película. 

La película nos narra un hoy (el viaje de María y de su padre hacia Gran Canarias, en donde van a pasar las vacaciones en un resort) y un ayer (la evolución de María desde el nacimiento y los avatares para el diagnóstico del autismo, su tratamiento e integración social). Este documental aúna las pequeñas y grandes vivencias de María y Miguel (y también de su madre y familiares en Canarias) para acercarnos al autismo de una forma natural. Los dibujos se fueron convirtiendo en un buen medio de comunicación para ambos (“me di cuenta de que María disfrutaba viéndome dibujar”), por lo que se acaba por crear un cuaderno de viaje que quiere retratar la relación de afecto entre un padre y su hija, independientemente de las barreras. Miguel Gallardo comenzó a dibujar a María desde el nacimiento en un cuaderno: “mientras otros padres hacía fotos, yo dibujaba; deformación profesional, supongo”. Un cuaderno que quedó detenido en el tiempo hacia el año de edad, cuando empezaron a intuir que María iba a ser diferente. Su madre decía que la primera sensación de sospecha que tuvo es que “María no la quería”; el padre no hizo caso al principio a la madre, hasta que el pediatra le puso en aviso: “no abrazaba, no sonreía, no jugaba, no reaccionaba ante las caricias o canciones…”. Empezó con el recorrido de pruebas complementarias a partir de los 11 meses, pues no hablaba y casi no se mantenía sentada y “era como una isla a la que no podíamos acercarnos más que de vez en cuando, cuando bajaba la marea”
Tras años y años de médicos y diagnósticos frustrados, a los 8 años María fue diagnosticada como una niña autista. Y Miguel nos recuerda cómo todos los padres quieren saber el nombre de la enfermedad de su hijo, como si los nombres tuvieran poderes mágicos: “Hay tantos tipos de autismo, que hoy se le llama trastornos del espectro autista (TEA)”. Ahora María tiene 14 años y juega, ríe y se comunica de una manera que, según confiesa su madre, “no habría sido capaz de imaginar entonces”

La película nos adentra en el mundo de María… y con ello en el mundo del TEA, muy diferente entre cada paciente, pero con algunos rasgos bastante comunes. Son niños y niñas que presentan conductas repetitivas para conseguir hacer el mundo más ordenado. La vida debe estar bien programada para ello, a ser posible siempre igual cada día y cada hora. La rutina es su defensa en su mundo y son normas que hay que respetar. Así lo explica Miguel: “Por ejemplo, un día cualquiera de María: 8.15 hs, levantarse; 8.30, vestirse; 8.45, desayunar; a la 9, ir al cole; 14 hs, volver a casa; 17, al parque; 18.30, una merendola; 19.30, jugar con sus papelitos; 20, ducharse; 20.30, cenar; 21, lavarse los dientes y a la cama hasta el día siguiente”
Miguel nos describe las cosas que no le gustan a María (las alturas, esperar, subir a los coches, que la abracen, que el agua esté fría, andar descalza, etc) y las cosas que si le gustan (comer espaguetis, que le aplaudan cuando hace algo bien, la bruja de Blancanieves, las fiestas, cantar flojito, hacer listas, etc). “Pero lo que más le gusta de todo a María es comer y también las listas de nombres: es su especialidad y se acuerda de cualquier nombre de una persona que haya conocido alguna vez, los nombres son su mapa del mundo”
Y también nos dice Miguel “que en la vida real pasan demasiadas cosas en un instante, la gente habla todo el rato, se mueven muy deprisa, sus caras expresan emociones que a María le cuesta comprender y ella lo recibe todo a la vez de una manera confusa y agresiva. La única forma de defenderse es refugiándose en su universo, un sitio donde sólo ella puede entrar y salir; bueno, también sus amigos imaginarios, esos con los que ella se ríe a carcajadas cuando nadie la ve. En ese sitio especial María encuentra protección en sus juegos repetitivos, con arena o con los papelitos, o simplemente viendo caer el agua. Gracias a esos momentos, María cambia la angustia que le provocan unas reglas que no entiende”

María y yo avanza con solidez, mezclando la historia con los dibujos, la película con el cómic. Y logra mayoritariamente que el espectador no pestañee durante los 80 minutos de metraje. María es “única, como todos los demás”, y ahora podemos verla en pantalla, en una historia emocionante, divertida y alejada del dramatismo y la grandilocuencia. Su padre no reclama igualdad, sino que reivindica el valor de la diferencia, lo que implica asumir las peculiaridades de cada uno y abandonar las metas imposibles: “Ir con María es como ir con Madonna: todo el mundo la mira. Pero esas miradas a veces me molestan y otras me entristecen”. 

Esta película ha obtenido numerosos reconocimientos en festivales de cine, y llegó a ser finalista en los Premios Goya 2011 en la categoría (arrebatado el premio, precisamente, por Bicicleta, cuchara, manzana), pero lo más importante ha sido la gran repercusión posterior. El resultado final es una película para padres, hijos, educadores y, en general, para que todas las personas conozcan el valor de haber encontrado un lugar en el mundo. 

Una película documental digna heredera de ese cómic, lleno de ternura, que nos acercaba a la vida cotidiana de las familias con niños autistas. Y como dice el padre, “cuando María está con nosotros hace del mundo un sitio mejor”.