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sábado, 5 de septiembre de 2026

Cine y Pediatría (869) “Metronom”, liberadora música de juventud


La Rumanía de los años 70 fue un país en plena consolidación del régimen de Nicolae Ceaușescu, con una fase inicial de relativo aperturismo y crecimiento económico seguida de un giro hacia el nacionalcomunismo, la represión y el culto a la personalidad. Se reforzó la Securitate (policía secreta), se extendió la censura y se instaló un sistema de escuchas telefónicas al estilo de la RDA; la participación en la vida pública estaba muy controlada y cualquier crítica podía acarrear expulsión, vigilancia o cárcel. Un líder todopoderoso que acabó llevando al país a una economía sobreendeudada y a una sociedad cada vez más vigilada, lo que explica en gran medida la dureza de la década siguiente y el colapso violento del régimen en 1989. 

En este contexto ocurren los hechos narrados en la película Metronom (Alexandru Belc, 2022), que nos sitúa en el Bucarest del año 1972 y la primera escena nos sitúa en la explanada del Monumento a los Héroes de la Patria, allí donde nuestros dos protagonistas se abrazan, dos estudiantes de 17 años, Ana (Mara Burgarin) y Sorin (Serban Lazarovici). El título hace referencia a un famoso programa de radio de entonces y que fue el mayor símbolo de resistencia cultural, rebelión juvenil y escape ideológico en la Rumanía comunista de Nicolae Ceaușescu. Conducido de forma clandestina a través de Radio Free Europe desde Múnich por el legendario realizador y crítico musical Cornel Chiriac, el show se convirtió en un fenómeno de culto que marcó a toda una generación atrapada tras el Telón de Acero. Cabe recordar que bajo la dictadura de Ceaușescu, la música, la moda y el arte occidentales estaban estrictamente prohibidos y catalogados como "propaganda capitalista burguesa". 

Metronom significó la única vía de acceso a la cultura global, donde Chiriac presentaba álbumes completos de bandas prohibidas como Pink Floyd, The Doors, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Queen o Led Zeppelin. Escuchar el programa o interactuar con él conllevaba un peligro extremo debido al acoso de la Securitate. Porque los jóvenes rumanos se arriesgaban a penas de prisión, brutales interrogatorios y torturas solo por intentar enviar cartas clandestinas a Múnich solicitando canciones o dedicando temas. Un proyecto que duró hasta marzo de 1975, cuando Cornel Chiriac fue asesinado a puñaladas en un aparcamiento de Múnich en circunstancias nunca esclarecidas del todo. Aunque el asesino material fue detenido, la sospecha histórica generalizada es que se trató de una operación encubierta firmada por la propia Securitate para acallar su voz. 

Y con este contexto se entiende a la perfección nuestra película de hoy, pues Ana acude a una fiesta con sus amigos de instituto, allí donde bailan al ritmo de temas como el “Light My Fire” de The Doors o el “Kozmic Blues” de Janis Joplin, mientras deciden escribir una carta a Metronom. Y es entonces cuando aparece la Securitate tras un chivatazo, los detiene a todos y les obliga a hacer una declaración escrita en que conste el motivo de la reunión y el nombre de quiénes estaban presentes. Todos menos Ana, quien se resiste y el inspector le lee la ley: “Se prohíbe todo contacto con estaciones de radio o televisión extranjeras, así como con cuerpos de prensa que, con su actuación, contribuyan a difamar al Estado o vaya en contra de sus intereses”. Pese a ello sigue sin ceder y continúa la presión: “Lástima por tus padres. Les vas a matar a disgustos”. Finalmente intermedia su padre, un abogado y profesor, quien le argumenta: “Es una nueva ley y están deseando poneros un castigo ejemplar”. Hasta que, finalmente, consiguen que redacte la declaración y se convierta, a cambio de ayuda en sus estudios universitarios, como una futura confidente: “Menos mal que has recapacitado. Que si no… Piensa en tu futuro”, le remacha el inspector. 

Lo cierto es que, como nos tiene acostumbrado el nuevo cine rumano, la película no se ahorra nada para que sintamos la angustia a flor de piel. Para abocarnos a un final en el mismo lugar de la primera escena, esa simbólica plaza para el régimen de Ceausescu donde estos alumnos y alumnas uniformados, también nuestra Ana, juegan y conversan como si nada hubiera pasado. 

Metronom demostró al régimen que la música rock podía ser tan potente y peligrosa como un discurso político, al unificar el descontento de miles de jóvenes. Y esta película nos remite a aquel momento histórico, tan presente para los rumanos, tan ignorado para la mayoría que no vivimos aquellos tiempos. Un film con profundas enseñanzas morales, políticas y humanas. 

Los mensajes y enseñanzas clave que deja la película Metronom incluyen el valor de la integridad y la dignidad individual (frente a la brutal presión de la Securitate, Ana se niega firmemente a cooperar o a delatar a sus amigos), la dolorosa pérdida de la inocencia (donde el totalitarismo no respeta la juventud y fuerza a los adolescentes a madurar de golpe), el valor del arte y la cultura como ventanas de libertad (porque incluso cuando los cuerpos y las almas están atrapados por dictaduras, la mente busca la libertad a través de la cultura), el miedo como herramienta de fragmentación social (durante los interrogatorios, los jóvenes son forzados a delatarse unos a otros para salvarse), y la desilusión del amor romántico frente a la realidad (tal como ocurre entre Ana y Sorin, las dinámicas de supervivencia desnudan el egoísmo de quienes nos rodean, rompiendo los ideales románticos de la juventud.) 

Es Metronom un desgarrador relato de maduración (coming-of-age) basado en hechos históricos y que tuvo como símbolo aquella música de libertad que significaba esta clandestina cadena de radio.

 

sábado, 29 de agosto de 2026

Cine y Pediatría (868) “Didi”, coming of age entre la identidad digital y la identidad cultural


El cine bajo la denominación del anglicismo coming of age, ese tránsito que nos lleva de la adolescencia a la madurez juvenil, ha encontrado en las últimas décadas nuevas formas de representar el tránsito adolescente, desplazándose desde modelos más esquemáticos hacia retratos complejos donde la fragilidad, la pertenencia y la autoimagen ocupan el centro del relato. En ese contexto, la película estadounidense Dìdi (Sean Wang, 2024), basada en la propia experiencia del director como un adolescente de origen taiwanés afincado en Estados Unidos en el año 2008, sobresale por su atención a las zonas menos heroicas del crecimiento: la torpeza social, la inseguridad corporal, la vergüenza afectiva y la tensión entre los mandatos familiares y el deseo de encajar en el grupo. 

Y Didi se suma a los numerosos ejemplos de coming of age que hemos tratado ya en Cine y Pediatría y desde todas las latitudes. He aquí algunos ejemplos: desde Canadá, C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005); desde España, El camino de los ingleses (Antonio Banderas, 2006); desde Islandia, Hearstone: Corazones de piedra (Gudmundur Arnar Gudmudsson, 2016); desde Italia, Call Me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017); desde Estados Unidos, Lady Bird (Greta Gerwing, 2017); desde Colombia, Niña errante (Ramón Mendoza, 2018); desde Egipto, Yomeddine (A.B. Shawky, 2018); desde Francia, Adolescentes (Sébastien Lifshitz, 2019); desde el Reino Unido, Belfast (Kenneth Branagh, 2021); desde Dinamarca, Nada (Trine Piil Christensen, Seamus McNally, 2022); desde Suecia, Paradise is Burning (Mika Gustafson, 2023); y un largo etcétera.            

Pero volvamos a nuestra película de hoy, Didi, que no presenta la adolescencia como una simple etapa biológica, sino como una experiencia moral y cultural. El protagonista, Chris Wang (Izaac Wang), un adolescente de 13 años, se mueve entre varios mundos a la vez: el hogar marcado por la herencia taiwanesa, el espacio escolar y amistoso regulado por códigos juveniles estadounidenses, y el universo digital emergente de 2008, donde la identidad comienza a representarse y negociarse públicamente a través de plataformas como MySpace, Facebook y YouTube. Esa triple pertenencia confiere a la obra una singular densidad sociológica y emocional. Adolescencia, inmigración e identidad cultural que se alzó con el Premio del Público y del Premio Especial del Jurado al mejor elenco en Sundance 2024, alrededor de este adolescente estadounidense de origen taiwanés que, durante aquel verano se enfrenta a sí mismo y a sus raíces y al racismo mientras navega en redes sociales buscando validación personal. 

Chris Wang vive en California con su madre (Joan Chen), su abuela y su hermana mayor (por cierto, el título de la película, Didi, significa en mandarín “hermano menor”, que es apelativo cariñoso en su familia), y se enfrenta a varios aprendizajes simultáneos: la necesidad de ser aceptado por sus amigos, la atracción amorosa, el deseo de formar parte del mundo del skate (y su afición a grabar las trucos con la tabla) y la dificultad de comprender a una madre con la que mantiene una relación afectiva intensa, pero también conflictiva. En la superficie narrativa, los acontecimientos son modestos. No hay grandes giros melodramáticos ni conflictos extraordinarios. Sin embargo, la película entiende que para un adolescente los pequeños fracasos cotidianos poseen una intensidad total: una conversación mal resuelta, una foto humillante, un gesto de rechazo, una mentira para parecer más interesante o un comentario fuera de lugar pueden alterar por completo la percepción de sí mismo. Esa escala emocional es uno de los mayores logros del film. 

Al mismo tiempo, el relato va dibujando la vida doméstica de una familia inmigrante en la que la madre sostiene la estructura del hogar, intenta preservar su propia sensibilidad artística como pintora y observa con mezcla de ternura y preocupación la transformación de su hijo. La convivencia entre generaciones, la presencia de la abuela y la relación con la hermana mayor aportan al film una textura coral que impide reducirlo a una mera crónica sentimental juvenil. Y esa diferencia generacional queda subrayada en algunos diálogos… 

Cuando Wang se pelea y viene lesionado, la abuela realiza estas correcciones a la madre sobre la educación de los hijos: “¿Ves? Los dejáis salir y pasa esto. Se supone que los niños juegan con grillos en el arroyo o al escondite en el patio trasero. Pero tu hijo se pelea como un pandillero. Si la policía lo ve, pensará que le has pegado y te lo quitará. No podrá curarse la herida y quedará ciego, y entonces no podrá ir a la universidad. Si no va a la universidad, no encontrará un buen trabajo. Si no encuentra un buen trabajo, no encontrará una esposa guapa y no podrá tener hijos. ¡Y el legado la familia Wang se acabó!”. Pero también el hartazgo de la madre hacia la abuela, que es su suegra: “Eres una carga… Esta casa es un hogar gracias a mí. No tú, ni él. Soy yo. Sé que te parezco indigna, pero te juro que si no dejas de criticarme te echo a patadas”. Y todo ello lo oye y viven los hijos, con Wang como primer testigo. O ese me “¡Me avergüenza ser tu hijo!” que llega a decir a su madre, tal es el grado de confusión de nuestro protagonista con sus grupos de amigos que va perdiendo, los de clase, los del skate, la chica que le gustaba,… no encuentra el lugar y lo paga con la madre. 

Y es así que Didi se nos presenta como un retrato realista de la juventud y la autoaceptación que explora las complejas dinámicas familiares de su protagonista, al mismo tiempo que promueve la comunicación entre adolescentes y padres. La película destaca por su naturalismo, su precisión observacional y su capacidad para convertir la experiencia particular en memoria generacional.

Uno de los aspectos más interesantes de Dìdi es su reconstrucción del año 2008 como momento bisagra en la cultura juvenil. La película recuerda un periodo en el que internet ya no era un espacio secundario, pero todavía no se había convertido en la estructura total de la vida social. Y esta dimensión tecnológica no funciona como simple decorado de época, pues ya la película sugiere que el adolescente contemporáneo aprende a verse a sí mismo a través de pantallas, comentarios, fotografías y jerarquías de visibilidad. La inseguridad ya no nace solo de la comparación presencial, sino también de la construcción pública de una imagen que puede ser validada, ridiculizada o ignorada. Por ello, puede leerse como una película de memoria generacional, dado que no solo recuerda un periodo histórico reciente, sino que examina el modo en que esa primera sociabilidad digital modificó la experiencia emocional de crecer, y el film dialoga con una preocupación muy contemporánea: la dificultad de distinguir entre el yo vivido y el yo representado. 

La película también ofrece un valioso retrato de la experiencia asiático-estadounidense desde una perspectiva doméstica y cotidiana, así como ese vínculo maternofilial: el hijo desea autonomía, pero no entiende todavía el sacrificio silencioso que sostiene su mundo; la madre intenta proteger, pero también debe aceptar que educar implica dejar ir. El resultado es un retrato extraordinariamente humano de la familia como espacio de protección, pero también de tensión formativa. 

Y en términos pedagógicos, es una obra especialmente útil para trabajar cuestiones relacionadas con adolescencia, migración, identidad, medios digitales y vínculos familiares. Un particular coming of age entre la identidad digital y la identidad cultural, donde el director Sean Wang es capaz de transformar lo autobiográfico en una forma de conocimiento compartido.

 

sábado, 1 de agosto de 2026

Cine y Pediatría (864) Deletrear palabras mágicas con Eliza, Akeelah y tantos menores

 

El Scripps National Spelling Bee es el concurso nacional de ortografía más antiguo y prestigioso de Estados Unidos, y uno de los más largos en funcionamiento continuo del mundo. La práctica de celebrar spelling bees (concursos de deletreo) se originó en Estados Unidos como apoyo al aprendizaje del inglés, favorecida por la complejidad ortográfica del idioma y por libros escolares como los “Blue-backed Spellers” de Noah Webster (publicados desde 1786), que enseñaban a los niños a deletrear palabras sílaba a sílaba. 

El primer concurso nacional registrado se celebró en Louisville, Kentucky, organizado por el periódico local The Courier-Journal, y la final nacional tuvo lugar en Washington, D.C., el 17 de junio de 1925. El primer campeón fue Frank Neuhauser, de 11 años, que ganó 500 dólares al deletrear correctamente la palabra “gladiolus”. Hasta 1941 el concurso funcionó bajo el patrocinio del Courier-Journal; ese año, la empresa E. W. Scripps Company adquirió los derechos y lo rebautizó como Scripps Howard National Spelling Bee (más tarde acortado a Scripps National Spelling Bee en 2004 o Scripps Bee como más popular). 

El Scripps Bee se organiza como una entidad sin ánimo de lucro dentro de la E. W. Scripps Company y se celebra anualmente durante la semana posterior al Memorial Day (finales de mayo / principios de junio). Tras la Segunda Guerra Mundial, el concurso se ha celebrado de forma ininterrumpida desde 1946, salvo la cancelación de la edición de 2020 por la pandemia de COVID-19. La estructura habitual es la celebración de fases locales y regionales (donde miles de colegios y distritos organizan sus propios spelling bees y los ganadores de cada área acceden a niveles superiores) y el concurso nacional (donde cada estado enviaba a sus mejores concursantes, pero ha crecido a cientos de participantes con diferentes formatos). Desde 2011, las rondas finales se celebran en el Gaylord National Resort & Convention Center en National Harbor, Maryland, cerca de Washington, D.C. y las finales se transmiten en directo por la cadena ABC y plataformas digitales, alcanzando a millones de espectadores (en sus inicios se emitía por radio). 

Originalmente era un concurso pensado para escolares estadounidenses y, tradicionalmente, los concursantes no podían superar los 14–15 años. Desde mediados de los años 2000, se incorporaron participantes de otros países y territorios: Bahamas, Jamaica, Canadá, Guam, Islas Vírgenes, Nueva Zelanda, Puerto Rico, bases militares estadounidenses en el extranjero y, en algunos años, representantes de países de América Latina y Europa. Además, los premios han ido creciendo con el tiempo: en 1925, el primer premio eran 500 dólares, pero en ediciones recientes el campeón nacional recibe 50.000 dólares, además de medallas, trofeos y reconocimiento público; los finalistas también obtienen premios en metálico y becas. Y es tradición que los ganadores nacionales sean recibidos en la Casa Blanca y conozcan al presidente en ejercicio, lo que refuerza el prestigio social del concurso. 

La repercusión y el éxito del Scripps Bee inspiró otras iniciativas, como el Spelling Bee para adultos / sénior (desde 1996), así como imitaciones en otros países, como Venezuela, Perú y otros lugares, a veces organizados por centros culturales, ministerios de educación o instituciones bilingües. Hoy, el Scripps National Spelling Bee es mucho más que un concurso escolar: es un fenómeno cultural que combina educación, espectáculo televisivo y orgullo local, y que ha contribuido durante un siglo a poner en valor el dominio del vocabulario y la ortografía en inglés. 

Sobre este tema hace más de una década analizamos en Cine y Pediatría la película documental Spellbound (Al pie de la letra) (Jeffrey Blitz, 2002), si bien también enunciamos dos películas estrenadas unos años después sobre este mismo tema y que tiene como protagonista a dos niñas estadounidenses de la misma edad, dos niñas con especial talento para el deletreo y que hoy vamos a profundizar sobre ellas. 

 - La huella del silencio (Scott McGehee y David Siegel, 2005), fundamentada en el libro “Bee Season”, primera novela de Myla Goldberg, publicada cinco años antes, y que se centra en una adolescente que pretende ganar este concurso y la repercusión de este suceso sobre ella y su familia. Ella es Eliza Naumann (Flora Cross), una niña de 11 años, tímida y discreta, que de repente descubre un don extraordinario para deletrear palabras y comienza a ganar concursos de ortografía, hasta llegar a preparar el Scripps National Spelling Bee de Washington. A medida que Eliza avanza en la competición, la estructura familiar se desequilibra: su padre, Saul (Richard Gere), profesor de teología judía obsesionado con la Cábala, ve en el talento de su hija una posible vía para “escuchar a Dios” y se vuelca completamente en ella, mientras ignora emotivamente a su hijo mayor, Aaron (Max Minghella), que se rebela y busca refugio en otras espiritualidades (budismo, grupos alternativos). La madre, Miriam (Juliette Binoche), cargada con un trauma infantil y una fe herida, se siente cada vez más excluida y desencadenará conductas que ponen en evidencia la fragilidad de la familia. Al final, será Eliza quien, desde una experiencia casi mística en torno a las palabras, tome conciencia de que ni la perfección ni el éxito externo traen la felicidad, y con su actitud ayudará a replantear las prioridades de todos. 

Una historia que, en realidad, no se centra en el concurso en sí, sino en el hecho de cómo al surgir una potencial estrella en la familia (así se ven a estos jóvenes prodigios que concursan) se produce un efecto desgarrador de la frágil unión que hasta el momento había mantenida unida a la familia. Un reflejo de cómo muchos padres, aún con las mejores intenciones, pueden llegar a ver en los éxitos de sus hijos los sueños que ellos nunca alcanzaron, sin darse cuenta del daño que eso puede causar al desarrollo emocional en la infancia. Por ello esta película trabaja sobre todo la incomunicación familiar y la búsqueda de sentido a través de la religión, la mística y el conocimiento. Pero donde se mezclan aspectos para el debate, como la soledad y abandono (así, Aaron se siente invisible para su padre, Miriam arrastra un dolor antiguo que no puede compartir y Eliza acaba sintiéndose usada como “medio” para un fin espiritual del padre), la frustración y decepción (por ejemplo, la fe de Saul resulta más intelectual que vivida: busca “pruebas” de Dios en el éxito de su hija, y cuando la realidad no encaja con su teoría, queda desnudo ante su propia vacuidad), la esperanza y reconciliación (el giro de Eliza, que decide no perseguir la victoria a cualquier precio, abre una posibilidad de humildad, amor desinteresado y reconexión auténtica entre los miembros de la familia). 

Como reflexión de fondo, la película sugiere que la perfección (en los estudios, en la fe, en la imagen de familia feliz) no es camino de felicidad si se vive de manera obsesiva y egocéntrica. Propone, en cambio, una espiritualidad más humana y relacional, donde lo importante no es “oír a Dios” de forma extraordinaria, sino escuchar y acoger a las personas cercanas, especialmente a las que sufren en silencio. El título en España, La huella del silencio, apunta a esos dolores no dichos y a las marcas que dejan en cada personaje, y a la necesidad de ponerles palabra y cuidado para que la familia pueda sanar. Recordar que en otros países de habla hispana esta película se ha titulado como Palabras mágicas, lo cual no deja de tener una importante connotación con el hecho de deletrear. 

- Akeelah contra todos (Doug Atchison, 2006) es un drama inspirador sobre Akeelah Anderson (Keke Palmer), una niña de 11 años que vive en el sur de Los Ángeles, en un contexto familiar y escolar complicado: ha perdido a su padre, su madre (Ángela Bassett) está muy absorbida por el trabajo y su hermano se relaciona con malas influencias. Aunque al principio no se toma en serio la escuela, descubre que tiene una gran facilidad para las palabras: “No me gusta la escuela. Y no sé por qué tengo que hacer esto por ellos”, protesta Akeelah al principio, cuando le fuerzan para que participe en el Concurso de Deletreo. 

Su talento la lleva primero al ámbito escolar y después a competiciones cada vez más exigentes, donde recibe la ayuda de Dr. Larabee (Laurence Fishburne, también productor de la cinta), un profesor exigente pero decisivo en su formación. Y Akeelah lee esta frase en la pared del profesor: “Nuestro miedo más profundo es que seamos más poderosos de lo que creemos… Nacimos para que se manifieste la gloria de Dios que está en el interior de nosotros. Y dejando que nuestra luz brille, inconscientemente permitimos que la luz de los demás brille también”. 

En el camino encuentra amistad con otro niño deletreador, Jaime, de origen hispano, mientras también vive la compleja relación y competitividad con Dylan, el niño sometido por su padre a ser siempre el primero. La historia combina superación personal, aprendizaje y apoyo comunitario hasta la fase nacional del concurso, con un final muy “made in America”. Y aunque es una historia previsible, conviene no olvidar sus mensajes: que la inteligencia necesita constancia y método para convertirse en logro; que creer en uno mismo es clave para superar barreras externas e internas; que la familia, la escuela y el barrio pueden ser obstáculos o impulsores, según el apoyo que ofrezcan; y que el éxito no se mide solo por el premio final, sino también por el crecimiento personal y colectivo.

Porque Eliza, Akeelah y muchos otros menores se enfrentan no solo a la magia de las palabras, sino al riesgo de que ese don prodigioso ponga en peligro la magia de la infancia. 

 

miércoles, 15 de julio de 2026

La inquietante visión de la maternidad e infancia dirigida por Juanma Bajo Ulloa

 

Un galicismo popular dentro del mundo del arte es el de “enfant terrible”, aplicado a artistas de diversa índole, y que se usa para hablar de artistas jóvenes rebeldes, ya sean por su enfoque, su rupturismo y, sobre todo, por su capacidad de romper con lo establecido, siendo transgresor hasta el límite y generando controversia sin importar a quien ofende en su provocación. Y directores con este calificativo los hay en todas las filmografías. Uno de ellos en España es el vasco Juanma Bajo Ulloa. 

Su debut en largometraje fue con 23 años, cuando rodó Alas de mariposa (1991), fue un éxito de crítica y premios (entre ellos el honor de ser el director más joven en ganar la Concha de Oro de San Sebastián; después llegó La madre muerta (1993), que muchos consideran su obra más celebrada y de culto. A lo largo de su carrera ha alternado periodos de gran visibilidad con otros de menor presencia industrial, algo bastante coherente con un cineasta que nunca ha sido cómodo para el mercado. Tras Airbag (1997) - una violenta y alocada road movie que se ha convertido que se convirtió en ese momento en la película más taquillera de la historia del cine español, superada luego con la saga Torrente-, volvió con títulos como Frágil (2004), Historia de un grupo de rock (2008), Rey gitano (2015), Baby (2020) y El mal (2025). Entre medias, cortos y videos musicales. 

Sus películas suelen moverse entre lo infantil y lo siniestro, entre la ternura rota y la crueldad, con una puesta en escena muy marcada y una tendencia a romper expectativas genéricas. Esa personalidad estética explica que sea considerado un director “a contracorriente”, más cercano a la autoría radical que a la industria convencional. Y esa parte materno-infantil del cine de Bajo Ulloa es la que hoy nos convoca con tres películas clave en su recorrido: 

 - Alas de mariposa (1991), que abrió su carrera con una combinación de sensibilidad y extrañeza que ya lo definía todo. Esa particular relación entre Ami (Laura Vaquero), una niña de seis años introvertida y especialmente sensible, y su madre Carmen (Silvia Munt), quien vive obsesionada con la idea de tener un hijo varón, sentimiento que no comparte su marido. La película explora la ambivalencia de la madre —dadora de vida y transmisor de muerte— en un. entorno opresivo del norte español, con prejuicios y complejos que convierten el hogar en pesadilla 

- La madre muerta (1993), que consolidó su fama de autor intenso, visualmente poderoso y poco complaciente. Narra la historia de Leire (Ana Álvarez), una adolescente deficiente mental con rasgos autistas, sin expresividad tras ser testigo en su niñez del asesinato de su madre y el reencuentro con el asesino años después (Karra Elejalde). 

- Baby (2020), donde recuperó la atención crítica y volvió a situarlo como un director capaz de incomodar y fascinar a la vez. Porque Baby se convierte en un cuento de hadas del siglo XXI sin palabras, solo con el poder de la imagen y la música. Una joven drogadicta embarazada (Rosie Day), quien, tras dar a luz, desatiende los cuidados de su bebé debido a su enfermiza adicción de heroína y alcohol, una abuela (Charo López) que intenta cuidarlos, una matrona (Harriet Sansom Harris) que se dedica al tráfico de bebés, y otros extraños personajes que se cruzan en la historia. Y donde todas sus protagonistas son femeninas… como la Madre Tierra. 

Tres películas que reflejan el gusto de Juanma Bajo Ulloa por las atmósferas opresivas e inquietantes, visionadas a través de diversas etapas de la infancia con epicentro en la maternidad: lactancia (Baby), infancia (Alas de mariposa) y adolescencia (La madre muerta). 

Y el análisis en profundidad de estos directores y sus películas se puede revisar en reciente artículo publicado en el último número de la revista Arte y Medicina, que se puede revisar en las páginas 56 a 61. 

sábado, 18 de abril de 2026

Cine y Pediatría (849) “El consentimiento”, el escalofriante grooming cultural

 

Hoy revisamos una de las historias reales más escalofriantes de los últimos años. El crudo y aterrador relato de una niña de 13 años seducida por un célebre escritor que removió hace décadas a toda Francia, una película que consiguió dos nominaciones a los César y que se fundamentó en el adictivo bestseller de Vanessa Springora titulado “Le Consentement”, un libro autobiográfico publicado en 2020 en donde relata su experiencia como víctima de abuso sexual por parte del escritor francés Gabriel Matzneff cuando ella era una adolescente y él tenía cerca de 50 años. La obra expone los mecanismos de manipulación psicológica, el control y la ambigüedad del consentimiento en una relación asimétrica, enmarcada en la permisividad cultural de los años 70 y 80 en Francia, aquel entorno social que legitimó la violencia sexual contra menores bajo la máscara del “amor” y la “cultura”. 

Y cuando indagamos algo más nos encontramos con esta descripción en Wikipedia: “Gabriel Matzneff es un pederasta y escritor francés. Autor prolífico que publicó unos cincuenta libros, gran parte de ellos sobre los abusos a menores que cometía y recibió numerosos premios literarios, entre ellos, los premios Mottart y Amic de la Academia Francesa en 1987 y el premio Renaudot de ensayo de 2013”. Un personaje así y una historia de este calado se traspasó a la gran pantalla con El consentimiento (Vanessa Filho, 2023), un drama duro y muy lúcido que obliga a repensar qué significa realmente consentimiento en chicas menores de edad desde el punto de vista psicológico, social y jurídico. Allí donde el reconocido escritor seduce a la joven, y es celebrado (y no criticado) por el acomodativo e hipócrita mundo cultural y político francés de la época. 

Al desgranar el argumento, se nos sitúa en París, año 1985. Vanessa (Kim Higelin), de 13 años, conoce en una cena a Gabriel Matzneff (Jean-Paul Rouve), un escritor célebre, carismático, culto y muy manipulador. Él empieza un cortejo sofisticado (cartas, llamadas y elogios a la inteligencia de la menor), hasta que la convierte en su “amante” y “musa”, presentándola en círculos culturales donde casi nadie cuestiona esa relación. Cuando la madre (Laetia Casta) se da cuenta de ello, amenaza a su hija: “Si vuelves a verle, ¡te mando a un internado!”.Y ella le contesta “Tu responsabilidad es dejar que tu hija se siente con un pedófilo” y promete suicidarse si le separan de ese amor…, mientras él la sigue seduciendo: “Vamos a demostrarles a los demás que el verdadero amor sí existe… Tú eres la última niña que esperaba. Estoy dispuesto a luchar para casarme contigo. Eres mi amor definitivo”. Así que, finalmente, la madre consiente la relación e incluso expresa algo así delante de su hija y su depredador sentados a la misma mesa: “Yo creo que hay que dejar que los niños crezcan como quieran, a sus anchas. Hay que dejar que se equivoquen, que se hagan daño. Hay que dejar que aprendan a ser ellos mismos, eso es”. Una escena escalofriante… Mientras que el padre de Vanessa, que inicialmente se indigna y amenaza con ir a la policía, desaparece después de la vida de su hija. 

La película va subrayando cómo Vanessa se va perdiendo en esa relación, que vive como una gran historia de amor, y encuentra en él una figura de maestro, padre idealizado y amante, todo mezclado. Pero con el tiempo toma conciencia de lo destructiva y anormal que es ese vínculo, hasta ver a Matzneff como el depredador que realmente es. Porque la pedofilia del escritor es conocida en la familia, en el colegio, en la sociedad… Incluso aparecen agentes de protección de menores que le vigilan. Pero siguen adelante, ante el espanto del espectador que conoce que no es ficción, sino que fue una historia real de dominio público. Impensable en la actualidad. 

Escenas muy duras en sus diálogos, casi insoportables por la opresión del adulto sobre la joven, del lobo sobre su Caperucita,… Y lee Vanessa en los cuadernos de su depredador sexual las aventuras con otros jóvenes: “Unos poco billetes bastan para satisfacer mi deseo. A veces me encuentro en la cama con hasta cuatro niños de entre 8 y 18 años al mismo tiempo y disfruto con ellos del sexo más exquisito. Sí, esos niños que acaban en mi casa son una especie diferente, un rastro de sabores que no me canso de probar”. Y Vanessa se martiriza e intenta dejarlo. “No puedo más”… y la posibilidad del suicidio no le es ajena. Pero regresa…, atrapada, subyugada, maltratada con esa asimetría de la edad y el poder tan denigrante. Finalmente, le tiene que suplicar a Gabriel que la deje partir, porque “eres la cruz que tendré que soportar toda la eternidad”. Pero el depredador continúa al acecho de su pieza, no la suelta, la oprime, la asfixia. Y la menor no cuenta ni con el apoyo de su madre presente, ni de su padre ausente. 

Fueron varios años de calvario, pues llega a soplar las velas de sus 18 años, mayoría de edad. Para profundizar más en la herida, el escritor publica un libro sobre su relación con ella que la expone ante todos y ante todo, insoportablemente detallista. Ella, desesperada en sus acciones, llega a ser expulsada del instituto. Pero ya ha sido sustituida y ahora Gabriel ya ha tomado otra joven pieza femenina… Y hasta la televisión le pregunta en entrevistas sobre ese deseo de seducir a jóvenes, y apreciamos absortos que no solo le consienten la respuesta, sino que le ríen la ocurrencia. Una vida más destrozada ante la impunidad de la sociedad que no solo lo permitía, sino que lo publicaba… y le dejaban y le premiaban. Parece que en la literatura todo valía… y cabe recordar que en 1977 este personaje fue el promotor de una carta abierta en Le Monde pidiendo la despenalización de las relaciones entre adultos y menores de 15 años, firmada por intelectuales como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Michel Foucault. 

Un salto temporal nos lleva a una Vanessa adulta que sigue angustiándose al sentir el nombre de su particular lobo feroz escritor. Y esta asfixiante historia finaliza escribiendo el libro que doy origen a esta película. Y gracias a ese testimonio aparecido en 2020, Gabriel Matzneff, tras décadas de publicar abiertamente sobre sus relaciones sexuales con menores y ser protegido por la élite intelectual de Francia, pasó de ser una figura premiada a convertirse en un paria social tras el testimonio de una de sus víctimas. Por fortuna, las consecuencias inmediatas no de dejaron esperar: la editorial Gallimard dejó de comercializar todas sus obras por primera vez en su historia, y otras editoriales siguieron su ejemplo. La fiscalía de París abrió una investigación por violación de menores. Aunque el caso de Springora prescribió, en 2023 se inició una nueva investigación por hechos similares contra otra víctima. 

El debate que nos deja esta película y esta historia es profundo. El primero, analizar esa pedofilia y pederastia envuelta en retórica “cultural” y romántica, que se camufla bajo un discurso de alta cultura y libertad sexual; y donde se subraya que el desequilibrio de poder (edad, fama, experiencia, posición social) imposibilita hablar de consentimiento libre, por mucho que la adolescente crea que “elige”. El segundo, volver a recordar la adolescencia como territorio de vulnerabilidad, etapa de tránsito con escollos para ir construyendo la identidad, y donde la película ilustra los mecanismos típicos del grooming: seducción gradual, idealización, aislamiento, alternancia de ternura y violencia, y culpa trasladada a la víctima (“tú me provocas”, “tú eres especial”). El tercero, cómo la familia y la sociedad pueden pasar de salvadores a cómplices, y en este caso la actitud de esos padres separados asusta por la desprotección a que dejan a su hija: la madre no solo no frena esa relación, sino que la llega a legitimar; el padre que inicialmente actúa con indignación, termina ausentándose, dejando a la menor sin protección efectiva; pero tan grave o más es aquel mundo cultural y político francés, que conociendo la fama de pedófilo de Matzneff, guarda silencio y en muchos casos lo celebra. Y, finalmente, el poder de la denuncia, ese paso que traslada a la víctima como narradora, en este caso con la novela como tabla de salvación y reparación, lo que acaba desmontando el mito del escritor y provocando un gran debate social. 

Y una gran pregunta para el debate: ¿qué es el consentimiento con chicas menores? Y la película invita a distinguir entre tres niveles: lo que la menor siente, lo que la ley reconoce y lo que éticamente es admisible. 

- La dimensión legal (Francia y España como referencia). En Francia, se ha fijado la edad mínima de consentimiento sexual general en 15 años; por debajo de esa edad, todo acto de penetración sexual con un menor se considera automáticamente violación, y en casos de incesto el límite se eleva a 18. En España, la edad legal de consentimiento sexual está en 16 años: cualquier acto sexual con menor de 16 se considera abuso sexual, y se parte de la presunción de que no existe capacidad para prestar un consentimiento jurídicamente válido; es decir, incluso si una adolescente verbaliza que quiere la relación, la ley entiende que no puede consentir de forma válida por la asimetría de edad, madurez y poder. 

- La dimensión psicológica: por qué “decir sí” no equivale a consentir. Porque desde la psicología del desarrollo y la clínica con menores, varios factores explican por qué el “sí” de una chica de 13–15 años no puede equipararse al de un adulto: desarrollo incompleto de capacidades de juicio abstracto, evaluación de riesgos y anticipación de consecuencias, que maduran bien entrados los 20 años; vulnerabilidad a la idealización de figuras adultas carismáticas (profesores, artistas, médicos, etc.), con fuertes componentes de dependencia y necesidad de aprobación; mayor probabilidad de interpretar como “amor” lo que en realidad es manipulación, especialmente cuando el adulto se presenta como víctima, genio incomprendido o amante sacrificado; dificultad para identificar la violencia en contextos que alternan momentos de aparente ternura con episodios de humillación, celos, presión sexual o control, lo que genera confusión y autoculpa. 

- La dimensión ética y relacional. Porque más allá de la ley, el consentimiento ético exige al menos: igualdad razonable de poder entre las partes (edad, capacidad económica, posición social, dependencia emocional); ausencia de manipulación, chantaje emocional, coacción o promesas que anulen la libertad real (por ejemplo, “si me dejas, me mato”, “destruiré tu reputación”, “nadie te querrá como yo”); capacidad de comprensión de lo que se está aceptando (implicaciones para el cuerpo, la salud, la vida social, la biografía futura). 

Por todo ello, El consentimiento se transforma en una película de obligada “prescripción” en familias y centros  educativos.

sábado, 7 de marzo de 2026

Cine y Pediatría (843) “Extraño río”, la fluidez de un adolescente

 

La simbología del río es universal y rica: representa el flujo incesante de la vida, el paso del tiempo, la purificación espiritual y la transición entre mundos (nacimiento, muerte, renacimiento). En la mitología, evoca fertilidad y renovación, pero también peligro y olvido, como corriente que arrastra lo viejo hacia lo nuevo. En el arte y en la literatura implica experiencia táctil y sensorial (hapticidad), autodescubrimiento, memoria o huida, cambio personal y conexión con lo natural. 

Hay ríos simbólicos: el Nilo, cuna de la civilización egipcia; el Ganges, río sagrado para la purificación hindú, el Tigris y Éufrates, origen de la escritura y la civilización mesopotámica; el Amazonas, el río más largo y caudaloso, pura biodiversidad y misterio indígena; el Sena o el Támesis, corazón de ciudades simbólicas como París o Londres; y un largo etcétera. Entre estos, como no citar el Danubio, el más internacional de los ríos al atravesar diez países europeos en sus 2.850 km, símbolo de unidad multicultural y diversidad histórica, desde la Selva Negra hasta el Mar Negro. Ha servido históricamente como frontera imperial y "autopista líquida" que conecta cuatro capitales europeas (Viena, Bratislava, Belgrado y Budapest), meandro histórico de imperios (romano, austrohúngaro, otomano), violencia (guerras mundiales, Holocausto) y culturas mestizas (germánicos, magiares, eslavos). Poéticamente, evoca misterio, flujo eterno y melancolía, con aura mitológica de lo profundo y fantasmagórico. Y en el cine es epicentro de una ópera prima, Extraño río (Jaume Claret Muxart, 2025), representa deseo adolescente y abstracción sensorial. 

El director catalán Jaume Claret Muxart se había fajado en el cortometraje, y es ahora con Extraño río cuando firma su primer largo, un viaje iniciático a orillas del Danubio en el que un adolescente vive un despertar del deseo y de la identidad que fractura la imagen idealizada de su familia: su madre Monika (Nausicaa Bonnín), su padre Albert (Jordi Oriol), sus dos hermanos menores y de sí mismo. Es un film sensorial, muy apoyado en cuerpos, tacto, agua y desplazamientos en bicicleta, que propone un debate sobre el deseo, la fuga y los límites de la mirada familiar y social. 

No es la primera vez que Claret Muxart habla de este río, pues ya en el año 2023 firmó el corto Los Danubios, donde un escritor recorre el Danubio en busca del origen del río. Ahora, con Extraño río, la historia no se basa en eventos reales específicos, sino en experiencias personales del director sobre viajes familiares en bicicleta por ese circuito. Y aquí es Dídac (Jan Monter), de 16 años, quien recorre en bicicleta el Danubio con su familia durante un verano de calor y largos paisajes, en un viaje que combina turismo cultural (el padre arquitecto fascinado por edificios, la madre actriz ensayando a Hölderlin por la noche) y convivencia en campings o en sus rutas de cicloturismo. En uno de esos tramos del río, un misterioso chico emerge literalmente de las aguas y se suma al viaje, alterando de forma silenciosa pero intensa la dinámica del grupo. Y ese adolescente misterioso por el que se siente atraído Dídac, Alexander (Francesco Wenz), es una figura ambigua, presentada como una aparición enigmática que aparece y desaparece en este viaje, simbolizando el despertar sexual del protagonista. Un rol alegórico como proyección del deseo de Dídac, sin confirmar si otros lo perciben, lo que deja abierta la interpretación de que podría ser solo su imaginación. 

La presencia del recién llegado despierta en Dídac un deseo confuso y nuevo, mezcla de fascinación erótica, curiosidad y identificación, que se entrelaza con las fricciones típicas con sus hermanos y con la relación cambiante con sus padres. La experiencia se convierte así en un viaje interior: el paisaje del Danubio funciona como proyección de sus emociones, entre la realidad y una dimensión casi fantasmal, en la que no siempre está claro qué es vivido y qué es fantaseado. Didac y Alexander, dos adolescentes apolíneos, realidad y deseo. 

Sus padres conocen (y hablan de ello) la orientación sexual de su hijo hacia otros chicos, y responden a sus preguntas: “Mamá, ¿te recuerdas de tu primer amor?”. En un momento clave, Dídac sorprende a su madre besando a otro hombre en el camping, lo que derrumba de golpe la idea infantil de que sus padres sólo se desean entre sí. Esa herida se traduce en rabia contenida, visible en cómo pedalea y se desplaza, y refuerza la sensación de que todo el viaje es una transición desde la inocencia hacia una mirada más compleja y ambivalente del mundo adulto. 

La película evoca efluvios del cine de Éric Rohmer (La rodilla de Clara, Pauline en la playa, Cuento de verano....). La naturaleza alumbra con sus bosques, caminos, noches cálidas, alguna tormenta, arquitectura que se fusiona con el paisaje...; y todo bajo la influencia mágica del río, en cuyas aguas se esconde el bálsamo de la relajación y la volcánica presencia de las pasiones venideras. Y en el último tercio se produce ese encuentro muy sensorial (primeros planos de piel, agua, vegetación, texturas sonoras) entre los dos adolescentes, donde Dídac le pregunta “¿Cómo te llamas?” y la contestación, en alemán, es “Para ti soy Alexander”. Y su consejo a nuestro protagonista: “Deja que las corrientes decidan por ti”. 

Y termina con la misma sensibilidad que ha manifestado en toda la película, bajo los acordes de la canción “The Fireman is Blue” de Ryder The Eagle, mientras la cámara fluye por el agua del Danubio. Y nos quedamos reflexionando sobre los mensajes centrales, el principal ese despertar sexual e identidad fluida de nuestro protagonista, que no se formula en términos de etiquetas rígidas, sino como experiencia de deseo hacia un otro masculino en un contexto de vacaciones y libertad. Allí donde el río, con su fluir constante, funciona como metáfora de una identidad en tránsito, aún no fijada, donde el deseo puede ser tan cambiante como la corriente y tan ambiguo como la frontera entre fantasía y realidad. Pero también trascienden otros temas, entre ellos la ruptura de la idealización de la familia (ese descubrimiento del deseo extramatrimonial de la madre quiebra la imagen infantil de una familia cerrada, monolítica, y abre la pregunta de qué significa realmente la fidelidad, el amor y el deseo en la vida adulta; allí donde lo que se ve desde la mirada adolescente es sólo una superficie pulida que empieza a agrietarse) y la posibilidad de fuga (esa tentación de apartarse de la familia para seguir el cauce de un deseo propio, con ese encuentro final de dos “cuerpos anónimos” y que deja la idea de que la fuga puede ser más interior que geográfica: un cambio de mirada más que una huida física). 

Se ha interpretado la película como un gesto de valentía dentro de la industria: un cine que privilegia la poesía visual, la ambigüedad y el tiempo sensorial frente a la obviedad narrativa y al entretenimiento inmediato. El cine entendido como experiencia táctil a través de planos que casi invitan a tocar la piel, el agua, el pelo, más que a seguir un argumento clásico. Allí donde el clímax físico se liga al río como imagen del deseo. Allí donde la orientación sexual de este adolescente fluye como las aguas del Danubio, en una historia que permitiría debatir en un cinefórum con adolescentes, aspectos como la tensión entre deseo y culpa, y la diferencia entre “huir” de tu familia y empezar a mirarla con otros ojos.

 

sábado, 7 de febrero de 2026

Cine y Pediatría (839) “¡Sí, Dios mío, sí!”: adolescencia, sexualidad y religión

 

“Pero los incrédulos y los sexualmente impuros tendrán su porción en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” Revelación 21: 8. Y tras esta bíblica frase, luego se no devuelve la descripción del diccionario de dos términos: "ensalada aliñada" y "aliñar la ensalada", el primero un término culinario, el segundo un término sexual. Así comienza la película ¡Sí, Dios mío, sí! (Karen Maine, 2019), un coming‑of‑age estadounidense sobre sexualidad femenina y culpa católica más complejo de lo que aparenta su envoltorio de teen‑movie de tono ligero y punzante. 

Y a continuación un cura explica la sexualidad masculina y femenina a una clase mixta de adolescentes estadounidenses con este ejemplo: “Los chicos son más del tipo horno microondas y las chicas más del tipo horno convencional”. Y luego llega la explicación del plan de Dios en el sexo a través del matrimonio y el objetivo de tener hijos. Y un mensaje rotundo: “Estamos obligados a vivir en castidad hasta el matrimonio, lo que significa no practicar el sexo ni a solas ni con nadie más hasta haber pasado por el altar y haber dado el sí quiero. Porque lo contrario crearía una condenación eterna. No olvidéis que Dios nos observa siempre”. Y ello ante la mirada entre preocupada y estupefacta de una de las alumnas por esta clase de moralidad. 

A partir de ese momento la película sigue a Alice (Natalia Dyer), la adolescente de este instituto católico a inicios de los años 2000, cuya primera experiencia con un chat subido de tono (que nos devuelve una sonrisa como espectadores) desencadena un despertar masturbatorio atravesado por vergüenza, miedo al infierno y hostilidad del entorno. Todo ello en el contexto de una familia católica practicante y ella bastante ingenua sobre todos estos temas. 

Y siguen los mensajes desde la clase de moralidad: “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje…”, según los Gálatas. El momento de la confesión de Alice en que oculta lo que no hizo es significativo. Ante tanta estupefacción y buscando “purificarse” de sus pensamientos y tentaciones, acude a un retiro religioso (llamado Kirkos) durante cuatro semanas con la intención de sanarse. Y es así que la mitad del metraje ocurre en ese retiro, donde cada uno de esos días se nos introduce con un lema: “Pregunta el primero”, “Llora el segundo”, “Acepta el tercero” y “Vive el cuarto”. Allí es donde Alice descubre el contraste entre el discurso oficial sobre pecado y la práctica real (hipocresías adultas, dobles vidas, rumores, silencios). Un análisis de ese sentimiento de culpa cuando se le infunde que está cometiendo graves pecados al descubrir su cuerpo, algo que cuesta mucho a una gran mayoría de adolescentes con las hormonas alborotadas. Y en Alice resuenan las palabras de esa monitora: “Tu cuerpo es un regalo de Dios. Necesitas honrarlo”. 

Realmente resulta una película peculiar, algo así como un cóctel entre la estadounidense La (des)educación de Cameron Post (Desiree Akhavan, 2018), la chilena Joven y alocada (Marialy Rivas, 2012) y la estadounidense Lady Bird (Greta Gerwing, 2017). Una película sobre la sexualidad femenina de una adolescente y la culpa como constructo institucional, allí donde el catolicismo fundamentalista convierte el deseo en amenaza existencial: no solo el acto sexual, sino el pensamiento, la masturbación o incluso la curiosidad lingüística (“tossing salad” o aliñar la ensalada) son tratados como potencial condena eterna. Porque en esta película no se pretende discutir en abstracto la moral del “pecado”, sino los efectos psicológicos del discurso del miedo en una adolescente sin educación sexual, abocada a aprender por internet y rumores.    

Pero donde quizás el mayor aprendizaje sea la hipocresía y doble moral, allí donde la directora nos subraya que el problema no es solo la norma, sino la brecha entre predicación y práctica: líderes religiosos que hablan de pureza pero consumen pornografía o mantienen conductas privadas contradictorias, y jóvenes que fingen obediencia mientras experimentan a escondidas. Algo que sugiere que esa hipocresía estructural erosiona la credibilidad de la institución y deja al individuo sin referentes honestos para gestionar su deseo. De hecho, varios críticos señalan que la película no es tanto un alegato anticatólico como la crónica de cómo una joven descubre que sus deseos no la convierten en un monstruo y que la perfección moral absoluta es una ficción dañina. 

No era un tema fácil, y para ello Karen Maine realiza una mezcla de comedia incómoda y drama suave. Está claro que parte de la crítica cristiana ha podido reprochar el caricaturizar a figuras católicas, simplificar sermones y quedarse en la superficie de la teología, lo que resta matices al retrato institucional. Pero cabe indicar que al focalizarse en la subjetividad de Alice (mirada, silencios, pequeños gestos de culpa y curiosidad) construyen un relato íntimo, reconocible para quienes han vivido entornos moralistas rígidos. 

Varias enseñanzas emergen de esta película aparentemente menor: que la educación sexual basada en el miedo y el silencio genera desinformación, vergüenza y riesgo, no virtud; y que ninguna comunidad es homogénea, e incluso en espacios fundamentalistas hay fisuras, disidencias y adultos capaces de ofrecer una ética más compasiva. Porque el camino de Alice apunta a una maduración en la que fe, deseo y autonomía pueden coexistir, siempre que se cuestionen los discursos que absolutizan el control sobre el cuerpo y la mente de los jóvenes.

sábado, 10 de enero de 2026

Cine y Pediatría (835) “Girl, Positive”, “Three Months” y el estigma adolescente frente del sida


El sida irrumpió en la historia contemporánea hace 45 años como una crisis global que desafió a la ciencia y transformó los paradigmas sociales. Su impacto trascendió lo clínico para generar una cultura de estigma, activismo y resiliencia que afectó a personas de todas las edades y condiciones. A través de la gran pantalla, el cine ha servido como testimonio de esta realidad, documentando tanto el dolor de la pérdida como la lucha por la dignidad humana frente a la enfermedad. En este sentido, recordamos películas icónicas como Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), Los testigos (André Téchiné, 2007), Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée, 2013), The Normal Heart (Ryan Murphy, 2014), 120 pulsaciones por minuto (Robin Campillo, 2017), 1985 (Yen Tan, 2018), entre otras. 

Sin embargo, hay pocas películas centradas específicamente en el sida en la infancia y adolescencia. En Cine y Pediatría ya hemos revisado las siguientes películas alrededor del sida en la edad pediátrica: Juicio a un menor (John Herzfeld, 1989), Kids (Larry Clark, 1995), Que nada nos separe (Peter Horton, 1995), Yesterday (Darrell James Roodt, 2004) y Verano 1993 (Carla Simón, 2017). Y a estas sumamos hoy otras dos películas estadounidenses separadas entre sí tres quinquenios para indagar en el estigma del sida: Girl, Positive (Peter Werner, 2007), centrada en una adolescente heterosexual en los comienzos del sida, y Three Months (Jared Frieder, 2022), alrededor de un adolescente homosexual en la época más actual de la enfermedad.      

- Girl, Positive (Peter Werner, 2007) es un telefilme centrado en una adolescente de clase media-alta que se enfrenta al miedo a vivir con VIH y al estigma en su entorno escolar. Narrada a lo largo de varios días, conocemos a Rachel Sandler (Andrea Bowen), una popular estudiante de instituto que descubre que Jason, un deportista con el que mantuvo relaciones sexuales, ha muerto y que era consumidor de drogas por vía intravenosa y portador de VIH. A partir de esa noticia, emerge el miedo: tal vez ella también esté infectada, pese a no haber considerado nunca ese riesgo. 

La película funciona casi como un relato de iniciación donde la protagonista pasa de la negación y la desinformación a una posición de mayor conciencia, apoyada por una adulta seropositiva que vive con su enfermedad y su medicación en secreto. Ella es Sarah Bennett (Jennie Garth), la profesora sustituta, quien en clase ya les comenta a sus alumnos temas sobre infecciones de transmisión sexual (ITS) y sida: "Basta con una sola vez para infectar docenas de vidas", “Pensándolo bien, es difícil imaginar otra epidemia desde la peste negra de la Edad Media que haya causado tanto miedo", “En realidad, uno no muere de VIH. El VIH es un virus que ataca el sistema inmunitario. Soy voluntaria en la clínica gratuita de SIDA del centro y puedo garantizarles que los hombres homosexuales no son los únicos afectados por el VIH”. Y esta escena ya indaga en que la educación sexual que recibían los adolescentes era incompleta o evasiva: la escuela quizás prefería “no ver” el sexo ni las ITS, mientras los jóvenes tomaban decisiones basadas en intuiciones más que en información rigurosa. 

Y es así que Sarah anima a Rachel a acercarse a una clínica de sida para conocer su situación e informarse, pero la joven está demasiado aterrada como para hacerse la prueba y comparte sus dudas con la propia docente. Es entonces cuando Sarah le revela que lleva más de siete años viviendo en secreto con VIH, lo que, una vez descubierto por el entorno escolar, desencadena una espiral de rumores y exposición tanto para la alumna como para la profesora, pues el VIH se ha asociado a comportamientos “inmorales”, lo que conduce a culpa, vergüenza y aislamiento en adolescentes y jóvenes que viven con la infección. 

Cabe destacar las escenas en las que Rachel busca en internet información sobre la enfermedad y se encuentra con titulares así: “Más de 40 millones de personas viven en el mundo con VIH/sida”, “En USA la mitad de todas las nuevas infecciones se dan entre adolescentes y jóvenes adultos”, “50 jóvenes estadounidenses se infectan cada día de VIH”

Girl, Positive debe visualizarse como un material educativo audiovisual. Plantea en Rachel, nuestra protagonista, la importancia de las pruebas de VIH, del uso sistemático del preservativo y de la noción de que “no hay perfil” del seropositivo, desmontando la idea de que el riesgo es visible en el cuerpo o en la apariencia del otro. Y donde Sarah es un personaje puente, una adulta que comparte con la protagonista género, vulnerabilidad y experiencia de estigma, y que introduce una narrativa de empoderamiento más que de victimización. Su acompañamiento encaja con lo que recomiendan intervenciones centradas en jóvenes con VIH: modelos de rol positivos, trabajo en autoestima y habilidades para manejar la revelación del diagnóstico y las relaciones afectivo-sexuales. 

Una relación alumna–profesora muy particular y muy positiva, útil para trabajar en aula temas de sexualidad responsable, consentimiento informado, prueba del VIH y acompañamiento a jóvenes que viven - o temen vivir - con el virus. 

- Three Months (Jared Frieder, 2022) es una comedia coming-of-age queer donde nuestro protagonista adolescente, Caleb (Troye Sivan, cantante y actor), descubre que ha estado expuesto al VIH y debe esperar tres meses para el resultado definitivo. Caleb transforma la angustia de esperar resultados de VIH en un relato vitalista sobre autodescubrimiento, amistad y amor en la adolescencia tardía. Ambientada en Florida, evita el melodrama para mostrar cómo un joven gay enfrenta el estigma moderno del VIH con humor, apoyo comunitario y resiliencia. Porque Jared Frieder, el director de esta película, inspirado en su propia experiencia, prioriza la alegría sobre la tragedia, diferenciándose de narrativas ochenteras. 

Se nos presenta a Caleb como un estudiante ingenioso y extrovertido a punto de graduarse en el instituto. Tiene un encuentro sexual con un desconocido en una fiesta y, poco después, descubre que la pareja es VIH+ y que el condón se rompió, iniciando un período de tres meses de espera para su prueba confirmatoria: "Al parecer estaba caducado, como un maldito aguacate". En una clínica LGTBIQ+, conoce a Estha (Viveik Kalra), un chico más reservado también en espera de resultados, y forjan una conexión romántica mientras navegan miedos, rechazos familiares y la efervescencia del verano. Apoyado por su madre soltera y un consejero de la clínica, Caleb vive intensamente: fiestas, fotografía y reflexiones que lo llevan a madurar más allá del diagnóstico incierto. 

Es así que esta película desmonta el estigma persistente, al presentar el VIH no como sentencia de muerte, sino como condición manejable con tratamiento accesible, enfatizando que la detección temprana y la profilaxis pre-exposición cambian el panorama para jóvenes. Y otro mensaje contundente: el estigma social y la homofobia residual afectan más la salud mental que el virus mismo en adolescentes LGTBIQ+. 

Caleb encarna la vitalidad juvenil en búsqueda de su identidad, que usa el humor para lidiar con la vulnerabilidad sexual y el rechazo materno inicial, reflejando tensiones comunes en jóvenes gays que infravaloran riesgos en encuentros casuales. La relación con Estha explora el consentimiento, la intimidad emocional y el "qué pasaría si" del futuro, mostrando cómo el miedo al VIH cataliza crecimiento personal y lazos auténticos. Porque hoy en día esperar no es morir alrededor del sida, donde el protagonista aprende que el VIH es crónico, no terminal, promoviendo pruebas regulares y conversaciones abiertas sin pánico. 

Girl, Positive y Three Months se constituyen en dos películas que afrontan el temor de un adolescente frente al sida desde dos perspectivas diferentes, y que en su visionado nos deja buenos mensajes para “prescribir” a nuestros hijos o alumnos.

 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Cine y Pediatría (829) “No te quiero”, desde Rusia sin amor

 

Noche. Una adolescente con chándal lleva en brazos a una lactante de pocos mese abrigada por la fría calle ya vacía. Se compra un café con leche en un puesto callejero. A continuación tiene un encuentro con una mujer dentro de un coche donde negocian la compra-venta del bebé. Ella sale del coche. Y aparece el título de la película: No te quiero, película rusa dirigida por la directora Lena Lanksih en el año 2021, quien se estrena detrás de las cámaras con esta ópera prima dura, muy dura, descorazonadora. Por ello, emulando la mítica película de la saga James Bond, Desde Rusia con amor (Terence Young, 1963), hoy a esta historia le podríamos subtitular, por contraste, “desde Rusia sin amor”. Película de cine independiente ruso con espíritu de crítica social. 

La película se centra Vika (extraordinaria Olga Malahova), una adolescente de 14 años de origen muy humilde que acaba de tener una hija y tiene que superar ese hecho a través de una familia desestructurada y en una ciudad de provincias rusa (en la región de los Urales), gris y deprimente, y para el que los propios rusos utilizan despectivamente el término "Djopu mira", y que se traduciría como "el culo del mundo" para referirse a estos lugares, alejados de la mano de Dios. 

La historia nos va desgranando su entorno familiar, social y escolar. Vive con su madre, a la que ayuda a vender frutos del bosque en un mercadillo callejero. Parece que el padre vive con otra mujer, y con ellos está su hermano. Hace pasar a su bebé cómo su hermano pequeño, sin darnos pistas ciertas de quién realmente es el progenitor. Hace tiempo que no acude al instituto y todo apunta a que fue expulsada por sus faltas continuas; si parece feliz en las clases de danza, pero algunos familiares del resto de alumnos no quieren que se acerque a estos eventos escolares, pues la consideran una mala influencia para sus hijas. 

Vika nunca sonríe y si lo hace no parece normal. Y si lo hiciera, ahí está la madre para recriminarle: “¿Por qué sonríes? ¿Qué te hace gracia? Pues no es el lugar. No lo hagas en público. Es simplemente inapropiado. Pensarán, por qué está contenta”. Y algún secreto se cierne sobre ellos, pues Vika le llega a decir a su madre: “Si fue culpa mía, deberían castigarme”. Porque este bebé no solo es casi un secreto, sino también una fuente de conflicto, con una familia que no deseaba ni acepta al bebé. Y Vika está enfadada con ella misma, con todo, con todos y con la vida, de ahí que le sea difícil cuidar a su hija: “No voy a darle más el pecho”, “¿Por qué lloras todo el tiempo? Para ya…”. Acuda a su médica, pero se va de la consulta porque no quiero que haya estudiantes mientras la exploran; acude al pediatra, pero no la atienden… y es un consultorio tan patético como el resto que le rodea, como las casas, como las calles, como el clima, como los trenes,…. A medida que avanza la historia, Vika choca con la frialdad de la madre, la irresponsabilidad masculina y la indiferencia institucional, quedando aislada en un mar de dudas. 

La falta de control aumenta. Vika llega a poner pastillas picadas en el biberón…, pero acaba tirándolo, mientras en segundo plano oímos llorar su hija. Al final, se vuelve a reencontrar con la mujer del principio y visita a los futuros compradores de su hija: “Cuando venga mi mujer, dale la niña. Ven a verme y te daré el dinero. No puede concebir, por eso quiere un bebé”. Pero finalmente se vuelve con su hija y le dice: “Nadie podrá separarnos. Te quiero. Nadie podrá separarnos. Era todo un juego. Nos esconderemos. Te quiero”. Pero acto seguido la abandona en el bosque… Y el final es tan sórdido e inesperado como el resto de la película. 

Una tragedia rusa de principio a final… No deja respiro. Y, para ello, Lena Lanskih opta por un realismo crudo: planos prolongados, ritmo pausado, escenarios desolados y ausencia de subrayados musicales, lo que obliga a mirar de frente la precariedad moral y material del entorno. Maternidad adolescente y culpa social hacia ella, mientras el entorno familiar, masculino e institucional se desentiende o mira hacia otro lado. El título No te quiero nos remite tanto al bebé no deseado como a la propia Vika, tratada como alguien prescindible. El paisaje industrial y húmedo de los Urales funciona como metáfora de un país profundo donde los jóvenes tienen pocas salidas, allí done la economía informal (recolectar y vender frutos) muestra la vulnerabilidad económica que agrava la vulnerabilidad de género y edad. 

La película interpela sobre la responsabilidad colectiva hacia adolescentes y madres jóvenes: no basta con condenar embarazos precoces si no se asegura educación sexual, redes de apoyo y servicios públicos accesibles. Muestra que, cuando las instituciones fallan y la familia es hostil, cualquier elección de la protagonista será trágica porque ha sido abandonada previamente por todos. Y la enseñanza más incómoda es que no hay espectadores inocentes: la película obliga a preguntarse qué papel se juega en la vida de las personas vulnerables que nos rodean y si se actúa como apoyo o como parte del entorno que las empuja a sentirse “no queridas”. 

La frialdad de la sociedad rusa al descubierto ante la maternidad de una adolescente y que nos retrotrae a la película británica Pájaros sin alas (Ellinor Hallin y Ellen Fiske, 2018), que, aunque dirigida por dos directoras suecas, sigue la herencia del Free Cinema y la sombra de Ken Loach, otro golpe en el estómago sobre un grupo de adolescentes con poco presente y casi peor futuro en una ciudad escocesa convertida en escombros tras las políticas tatcherianas.  

Y es que la cultura cinematográfica rusa no deja de mostrar una mirada sin compasión ante una sociedad que es crítica consigo misma y que por ello mismo merece ser enseñada, aunque su visionado duela en el alma. Y las películas que ya hemos visionado en Cine y Pediatría desde la Unión Soviética (antes)/ Rusia (hoy) no dejan lugar a dudas: La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 19629), pura elegía antibélica, especialmente por convertir el alma pura de un niño en el alma de un monstruo; Masacre. Ven y mira (Elem Klimov, 1985), ya considerada una de las grandes películas bélicas de la historia y donde todo es bruma, fango, frío, lluvia, niebla, explosiones, guerra, dolor, muerte,…; El regreso (Andrey Zvyagintsev, 2003), donde dos adolescentes se reencuentran con su padre y viven de forma concentrada todo el proceso de adoración-rechazo-destrucción-aceptación de la figura paterna; Children 404 (Askold Kurov, Pavel Loparev, 2014), sobre el error es que un país no acepte el arco iris de la comunidad LGTBIQ+ (y la diversidad) en su sociedad; Sestrenka (mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019), emotivo drama de tono familiar ambientado en la retaguardia rusa durante la Segunda Guerra Mundial y narrado desde el punto de vista de un niño. Y hoy traemos, desde esa Rusia sin amor, la película No te quiero.    

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

Cine y Pediatría (827) “Alice T.”, los 4 meses, 3 semanas y 2 días en la era de las redes sociales

 

Hace años nos impactó en Cine y Pediatría una película dura y fría que nos obligaba a mirar al problema del aborto ilegal: 4 meses, 3 semanas, 2 días (Cristian Mungiu, 2007). Una película que transcurre en una sórdida habitación de hotel con tres protagonistas: dos amigas universitarias, Otilia y Gabita, ésta embarazada, y un tal señor Bebe quien le practicara un aborto clandestino. Con ello pudimos dirigir la mirada hacia una cinematografía casi desconocida, la rumana, pero que estaba despuntado bajo el movimiento conocido como la Nueva Ola Rumana. Y de este movimiento ya hablamos de nuevo a través de la película Pororoca (Constantin Popescu, 2017).   

La Nueva Ola Rumana surgió a partir de 2004, tras la caída del régimen comunista de Nicolae Ceaușescu, y ha sido reconocido internacionalmente por su característico realismo austero y minimalista, además de su compromiso con la exploración de la realidad social rumana. Su inspiración parte del neorrealismo italiano y la nueva ola francesa, como respuestas artísticas a regímenes autoritarios y contextos históricos oscuros; en el caso rumano, es la reacción a las décadas de comunismo y los cambios posteriores en la sociedad al pasar a un sistema democrático y de libre mercado. Este cine se distingue por mostrar historias cotidianas, pequeñas y profundamente humanas, ambientadas en la sociedad contemporánea o muy reciente, y por su estética naturalista. Y nuestra película de hoy Alice T. (Randu Muntean, 2018) se inscribe precisamente en este contexto. 

Radu Muntean es uno de los cineastas centrales de la Nueva Ola Rumana. Su no muy extensa filmografía evidencia un constante interés en las tensiones y dilemas éticos que atraviesan a ciudadanos ordinarios, principalmente en la esfera doméstica y social, e incluye títulos importantes como La furia (2002), El papel será azul (2006), Boogie (2008), Martes, después de Navidad (2010), Un piso más abajo (2015) y Entre valles (2021). Alice T. es su sexta película como director y se centra en la compleja y tensa relación entre una adolescente adoptada y su madre adoptiva en el Bucarest actual, con el aborto de la menor bajo la perspectiva de esta nueva generación. 

Conocemos a nuestra adolescente de 16 años, Alice Tarpan (interpretada por Andra Guți, ganadora del premio a Mejor Actriz en Locarno por este papel) con su característico pelo rizado teñido de rojo. La tensión no se hace esperar cuando la madre, Bogdana (Mihaela Sîrbu), le quitan el móvil a la menor. Al leer esta algunos mensajes surge la pregunta: “¿Estás embarazada?”. Ante la resistencia a realizarse una prueba rápida de embarazo que le han comprado, esta confiesa y declara sus intenciones: “Quiero tener el bebé. Con 16 puedo elegir tener el bebé. Puedes quejarte todo lo que quieras, pero ¡voy a tenerlo!”. Pero la madre le rebate: “No puedes cuidarte a ti mismo, ¿cómo vas a cuidar a un bebé?”. Como vemos, en menos de un cuarto de hora se nos pone toda la carne en el asador… 

Para Bogdana, separada de su marido y ahora con otra pareja, quien ha intentado sin éxito tener hijos biológicos, la noticia es un shock cargado de dolorosos ecos personales, a la vez que se enfrenta a la incapacidad de su hija para abordar esa maternidad. La película se convierte en un drama de intensa observación sobre los intentos de Bogdana por guiar, controlar o, simplemente, entender a su hija, y las constantes mentiras, manipulaciones y evasivas de Alice para manejar su vida y evitar la confrontación. Así, cuando la madre acompaña a Alice a la ginecóloga y se ve al bebé en la ecografía y se oyen sus latidos, ya apreciamos una reacción particular de nuestra protagonista sobre la camilla. Y eso se nos desvela en las escenas posteriores: fuma y bebé con las amigas, y se intuye que ha comprado unas pastillas abortivas por internet, donde ha sacado toda la información. Pronto confirmamos que nada es lo que parece, y se nos demuestra esta rebeldía también en clase, lo que roza su expulsión. 

Los efectos de la píldora abortiva (esos fármacos conocidos como mifepristone y misoprostol) no se hacen esperar. Y las escenas de las metrorragias y espasmos de Alice, primero entre risas con una amiga y luego con es tranquila indiferencia con la pareja que le ha dejado embarazada, dejan una profunda impresión en el espectador (al menos, el que esto suscribe). Cuando regresa a casa tras ese día en que ha expulsado a su hijo del vientre, vuelve a mentir a la madre: “Estaba demasiado avergonzada para coger el teléfono”. Y mientras tanto sigue interpretando su “feliz” embarazo entre los familiares, también con su padre a quien va a visitar a la playa; allí conoce a la actual pareja del padre, más joven y con la que presume de haber abortado con unas pastillas, lo que causa una extraña impresión pues ella no puede gestar. 

Cuando llega la segunda visita a la ginecóloga, acude con toda normalidad. Tras la ecografía, la ginecóloga llama a la madre para hablar fuera. Ambas salen de plano y la cámara fija nos deja de nuevo con Alice en la camilla… llorando. Y tras lo visto, me pregunto si serán lágrimas de verdad. Quizás sí.. porque quizás todo aborto no pasa desapercibido para nadie en el recuerdo y en la conciencia. Fin. Fundido en negro. 

Y vuelve al recuerdo aquella primera película que conocí de la Nueva Ola Rumana: 4 meses, 3 semanas, 2 días. Ahora bajo la perspectiva de esta generación Z pegada a internet y las redes sociales. Y Alice T. se convierte en una radiografía brutalmente honesta de la maternidad, la adolescencia, la verdad y la mentira en el seno familiar, ejecutada con la maestría observacional y el realismo sin adornos. El personaje de Alice es el corazón del análisis, con varios puntos de atención: 1) la adolescencia como conflicto y fragilidad, donde nuestro personaje es una manipuladora experta, allí donde su condición de hija adoptada quizás añada una capa de complejidad al conflicto de identidad adolescente; 2) la complejidad de la relación materno-filial, con ese control de Bogdana derivado de su propia incapacidad de ser madre biológica y la frustración ante el comportamiento autodestructivo de Alice, donde la falta de comunicación siempre es una lacra; 3) y el realismo abrasivo, de nuevo, de la Nueva Ola Rumana, especialmente en la forma de ponernos cara a cara con el aborto provocado, donde no se toma partido, se evitan respuestas fáciles o juicios morales y se deja al espectador con la tarea de reflexionar sobre la complejidad humana y del entorno social que hemos abonado. 

Una ola desde el este de Europa que nos arrastra por la adolescencia, el embarazo precoz y la incomunicación familiar, reflejo de la fragilidad y contradicciones de una juventud inmersa en un mundo fragmentado y a menudo desconectado (por mucho internet y redes sociales que usen).

 

miércoles, 25 de junio de 2025

Protección del menor en internet


Las organizaciones gubernamentales (educativas, científicas, tecnológicas y sociales) y no gubernamentales desempeñan un rol clave en la definición, implementación y supervisión de las normativas que regulan el uso de internet por parte de niños y adolescentes. Estas entidades no solo establecen directrices y marcos legales, sino que también fomentan una cultura digital segura y responsable a través de políticas públicas y programas de concienciación. 

Y también la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD), como no podía ser de otra forma, ha participado en este vital enfoque colaborativo y multidimensional para construir un entorno en el que la tecnología actúe como un instrumento de crecimiento y bienestar, sin comprometer la seguridad y la integridad de los usuarios jóvenes. En este enlace de la AEPD os dejamos la infografía sobre la PROTECCIÓN DEL MENOR EN INTERNET a través de 10 recomendaciones para padres y tutores, y que sintetizamos aquí:  

- EDUCA A LOS MENORES sobre los riesgos para su privacidad y su seguridad en el uso de tecnologías móviles. Fomenta el uso responsable de la tecnología. - LIMITA el tiempo que los menores permanecen conectados. 

- HAZLES SABER que es necesario tomar medidas por su propia seguridad. 

- USA EL CONTROL PARENTAL. Emplea sistemas operativos, proveedores de internet y terceros que faciliten opciones de control parental para saber el uso que se hace de los dispositivos móviles. Configura las opciones, ya que el control parental ofrece diferentes funcionalidades como el filtrado de contenido, limitación de horarios, bloqueo de aplicaciones, detalles de uso de las redes sociales, localización GPS, etc. 

- ELIGE LA HERRAMIENTA que mejor se ajuste a tus necesidades y ofrezca garantías para no introducir nuevos riesgos. 

- INFÓRMATE de los periodos de retención de datos y asegúrate de que no se utilizan los datos para finalidades distintas de las que necesitas. 

- EMPLEA NAVEGADORES, LAUNCHERS Y APLICACIONES EN SU VERSIÓN INFANTIL, que son alternativas que pueden ser menos intrusivas. 

- NO OLVIDES que otros dispositivos conectados como Smart TV o videoconsola están expuestos a riesgos similares. 

- UN BLOQUEO EXCESIVO PUEDE SER CONTRAPRODUCENTE. Ten en cuenta que algunas herramientas bloquean en exceso. Mantén abierta la posibilidad de desbloquear contenido a petición del menor y acuerda con él los filtros y restricciones. 

- MANTENTE ALERTA Y EN COMUNICACIÓN CON TUS HIJOS. Recuerda que las herramientas de control parental no son infalibles, así que configura adecuadamente las opciones de privacidad y seguridad en aplicaciones y redes sociales. Habla con tus hijos y explícales por qué en internet también es necesario tomar precauciones. 

Es fácil reconocer la importancia de estas normas de uso y protección en internet, en aspectos como la educación en el uso responsable, la protección de la privacidad y seguridad, la prevención del acoso cibernético y la explotación sexual en línea, el desarrollo de normativas y estándares internacionales en el ámbito digital, y conseguir la colaboración entre el sector público y privado en esta materia. 

Este no es un tema nuevo, tampoco en este blog, donde con frecuencia recordamos este aspecto de promover el buen uso de internet en la infancia y adolescencia, evitar el abuso, y combatir el mal uso. Sirva como ejemplo entradas previas de la última década en este blog: